domingo, 5 de abril de 2009

Punto ciego.

Justo termino de ver Ceguera (Blindness, 2008), del director brasileño Fernando Meirelles, célebre por su trabajo en Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002). Ya había yo antes mencionado el tema en este Baile, pero como superamos ya las 315 entradas -sí, estoy presumiendo, ¿y?-, me resulta tarea cansada y hasta imposible ponerme a buscar la entrada exacta en que hablé de la cinta, y específicamente, según recuerdo, del libro de José Saramago que le da sostén temático (Ensayo sobre la ceguera, 2003).
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Por eso, en esta ocasión omitiré el hecho de que el texto del nobel portugués me resulta altamente apetitoso, constituyéndose como uno de mis libros favoritos, y una de las novelas modernas que más tiendo a recomendar para lectura vacacional. Omitiré eso, pues, y me concentraré exclusivamente en lo que Ceguera me ha causado, y la impresión que algunos aspectos de su realización me han provocado.
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Para empezar, excelente el tratamiento, por parte del también actor de la cinta Don McKellar, de una historia que, mal escrita, podría fácilmente convertirse en una película de zombies ciegos. El argumento ya lo sabrán: un hipotético día, la humanidad comienza a padecer una expansiva y sin causa aparente epidemia de ceguera. Como la trama se empecina en seguir metódicamente la catástrofe que dicha epidemia significaría para el género humano, la trama misma podría exigir un tratamiento de película de suspenso, o terror, o el más bizarro y bochornoso gore. Ahí es justamente donde el texto de McKellar entra a salvar a la cinta, y la convierte en un drama apetitoso y grotesco -como lo es la humanidad en sí- sobre lo epidémicos y ciegos que somos los seres humanos.
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Meirelles también sale bien librado en la dirección. Su trabajo genera la impresión de que el espectador también quedará ciego en un punto determinado de la cinta, y el resto será historia. Con un hábil manejo de cámara, un espléndido desempeño en las luces -blancos sobreexpuestos y negros densos, insondables- y un generoso marco fotográfico, Meirelles genera bien narrada una historia bien escrita.
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Del cuerpo actoral, sobraría decir algo. Estupenda Julianne Morre como la esposa del oftalmólogo que termina convirtiéndose en la única mujer del mundo entero que no pierde la vista, y estupendos también Mark Ruffalo como el oftalmólogo, Alice Braga como la chica de las gafas oscuras -no sé cómo se llame su caracter en la película, pero en la obra de Saramago algo similar tenía por nombre- y también estupendo Danny Glover como el hombre del parche. Gael García Bernal y Sandra Oh hacen pequeños cameos en la cinta, y salen igualmente bien librados.
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De la mano de todos, pues, Ceguera termina constituyéndose como una auténtica obra de arte que hace lo que, si bien no es para el cine su principal motivo, sí constituye un buen estimulante para su visión-realización: mostrar al ser humano en toda su consistencia, con lo grotesco de sus modos y lo bello de sus capaciades, esto en un escenario hipotético y tétrico como sólo el cine -y el arte en general- serían capaces de representárnoslo.
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Moraleja: vayan a verla. No al cine, si no la ven anunciada en ninguna sala especial, pero sí en la comodidad de su hogar, con un buen dvd de colección -rentado, comprado, es igual-, y una amplia seguridad de que están en la seguridad de sus casas, por lo que toda ceguera posible -de las oculares, y de las mentales, que son más difíciles de sanar- no pasará a mayores.
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¡Salud!

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