sábado, 11 de abril de 2009

Papalote.

De entre todos los recuerdos que guardo de mi infancia, ésa infancia mía que todavía a veces me asedia cuando me surge un antojo repentino de chocolate, azúcar refinada y panquecitos, o cuando algo no sale como lo espero, y reacciono con berrinche, de entre las memorias de esa infancia mía, decía, sobresale como pocos el vuelo del papalote.
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Tendría entonces como 10 años, 11 no creo. A los 11 se sienten irremediablemente cerca los 12, y uno comienza a temblar. Yo no recuerdo haber temblado al volar un papalote. Recuerdo, eso sí, la sensación en mis manos de la tensión del aire, la búsqueda incesante del viento por traspasar el ligero "armamento" de plástico y madera, búsqueda que se traducía en una tensión constante en los dedos, los hombros, el cuello de uno. Recuerdo también el presentimiento inminente de que aquel pájaro multicolor caería sin remedio de un momento a otro, llevándose en picada la tarde entera de diversión, los esfuerzos por levantarlo, la ilusión primera de ver aquella simpleza volar tan alto como los pájaros, tocar las nubes, y luego bajar un poco para contar lo que vio allá arriba, cerca del Sol
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Volar un papalote es, en muchos sentidos, cercano a vivir. Los pedagogos deberían, lo digo con la seguridad propia de quien ha experimentado en propia piel el método, dejar de buscar hasta por debajo de las piedras nuevas teorías sobre cómo aprendemos mejor, y ponerse a volar papalotes. Por el fugaz pero dichosísimo espacio de tiempo en que el viento lo mantiene alzado, pero también por su capacidad de levantarse de nuevo cada vez que ha caído, el papalote es la referencia didáctica más directa a lo que debería ser nuestra actitud ante los hechos de la vida: el disfrute de la no sempiterna felicidad mientras ésta se tiene; la urgencia a reanudar el vuelo una vez que se ha caído
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Volar un papalote es también reanudar el diálogo, desde temprana edad perdido, con lo que somos y queremos ser. El invento, nacido en China cerca del siglo VII a. C., según mis informantes, y traído al mundo por un tal Mun Hi, inventor de luengas barbas cuyo ocio lo llevó a desear la construcción de un artefacto que imitara el vuelo del halcón, recibió el nombre de cometa -no me pregunten cómo se llamaba en chino-, y todo me lleva a pensar que fue Marco Polo quien agarró la idea en alguno de sus tantos viajes por el continente asiático y la llevó al Viejo Continente. De ahí, el resto es historia: cuando los españoles volaron los primeros papalotes en la Nueva España, los mexicas otorgaron al aerodinámico objeto el mismo término, papalotl, que tenían dispuesto para referirse a un insecto de ligeras alas, muy popular en los cuentos de hadas: la mariposa. Quizá es por eso que los Chinos se creen sus dueños -año con año, en Beijing se organiza una Cumbre Internacional del Papalote (sí, así con mayúsculas)-, y nosotros sus mejores voladores. Quien le da un buen nombre al objeto, tiene derecho a hacer con él... un papalote.
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Volar un papalote es como enamorarse. Llego a esta frase después de recordar las palabras que una cada vez menos lúcida Isabel Allende dijo cuando todavía tenía chispazos de integridad e inteligencia de vez en cuando: escribir es como enamorarse: ambas actividades requieren dejarlo todo de lado. El papalote es un amante muy celoso: basta que uno pierda un segundo la atención en su desplazamiento, o que suelte ligeramente de más el hilo que lo mantiene medianamente fijo en tierra, para que el asunto se desplome, en el mejor de los casos, o vaya a atorarse con otro papalote, derivando esto en tragedia nacional -¡lo que cuesta ponerse de acuerdo cuál de los dos cordones será sacrificado ante la maraña armada, sobre todo cuando el otro dueño no es amigo de uno!- Volar un papalote y enamorarse requieren dejarlo todo de lado. Volar un papalote, y escribir, son dos actividades similares también. Pienso ahora en la imagen del papalote pleando sin orden ni cordura sobre la faz del cielo, y no puedo evitar sonreír al equiparar esa imagen con la de la pluma recorriendo el papel, o unos labios apasionados la piel de otra persona.
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Volando papalotes aprendí más de la vida que estudiando sobre ella en mis libros de civismo. Para volar un papalote se requiere aprender a negociar, a controlar, a frenar y a dejar ir. El papalote, obedeciendo quizá a su orígen topográfico, obedece en sus volteretas a aquel viejo proverbio chino que dicta: "si quieres algo, déjalo ir: si vuelve a ti, siempre fue tuyo, si no, nunca lo fue". Además, para volar papalotes, hay que aprender a esperar.
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Lamento profunda y tristemente que hoy día existan cada vez menos lugares en la ciudad aptos para volar papalotes fructífera y soberanamente. Yo, a mis diez años, volé los que se dejaron en un terreno baldío que hoy ocupa un gigantesco centro comercial de ésos de decenas de salas y atiborramiento de franquicias multinacionales alimenticias y del vestir. Hoy, para volar un papalote hay que ir más lejos, salir de la ciudad, alejarse del estrés de las calles y el tedio de la rutina, como si el papalote reclamara para su vuelo de un santuario, de una actitud de vida lejana a la que estamos acostumbrados a llevar en las grandes urbes. El papalote, como invento inteligente, pugna por un espacio digno para su desenvolvimiento. ¡Cuánto podríamos aprender de su protesta!
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Sobre volar un papalote, recuerdo también la tarde en que, parado a mitad del campo con mi cometa de plástico multicolor -ahora que lo pienso, volaba yo un papalote digno de bandera gay-, con sus aristas de madera, su cola de metro y medio apenas meciéndose pendularmente, esperaba yo que hubiera viento propicio para correr, soltar poco a poco el hilo y luego alzar la cara para ver aquella magia volátil y ligera cobrar vida. Pero nada: el aire no llegó a la cita. Mamá y el mayor de mis hermanos podrían hacer grandes cosas por mí, pero generar aire suficiente para hacer mi papalote volar no era una de ellas. Así que no había más solución que dar media vuelta y sentarse a esperar.
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También por eso, la vida se semejante a volar un papalote: ser inteligente requiere saber cuándo es momento de correr y actuar, y cuándo es tiempo de sentarse a reflexionar la estrategia. Después de todo, pienso hoy como pensé aquella tarde sin viento, siempre habrá buenos y malos temporales. El papalote, con su cola móvil y su jugueteo aéreo, está dispuesto a esperar los buenos y guardarse en los malos. Buena lección para un mundo que vive lamentándose de los malos días y desconfiando de los buenos. Buena lección para mí.
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¡Salud!

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