jueves, 30 de abril de 2009

Niñez a prueba de años.

Como sucede con muchas de las cosas intangibles, la niñez desaparece cuando deja de pensársele. En su caso, sin embargo, el pensamiento que sobre ella se haga está más bien basado en un recuerdo que en una presencia. Por eso es que muchos hombres dicen no ser nunca más niños: creyendo no ver en sus cuerpos más que barba y extremidades alargadas, dan por hecho que hace ya varios ayeres dejaron la infancia y se adentraron en los tremendos -y aburridos, o extremos- parajes de la adultez.
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Nada más falso. Cuando aparece el recuerdo vívido, punzante, cuando una vieja cancioncilla de algún comercial, o el sabor de alguna golosina plagan nuestros sentidos, cuando cierta imagen nos remonta a nuestros primeros años, o cuando visitamos cierto lugar en que durante la niñez frecuentábamos, nos damos cuenta que seguimos siendo niños. Hoy, a cincuenta años de que la Organización de las Naciones Unidas decretara la designación de un día anual en cada país para celebrar a los niños -y su niñez incluida-, me permito enlistar algunas de las cosas que hoy, vívida y fortificada, siguen constituyendo mi niñez. Hagan lo mismo. Es un experimento interesante darse cuenta lo poco que hemos crecido en tantos años.
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Los tazos. A mí nadie me la vende: había niños con mano divina para eso de voltear las fichas. Tengo en mi recuerdo a uno, de apellido Rivas, de nombre olvidado en algún archivo de mi memoria que no estoy dispuesto a abrir ahora -para hacerlo hay que presentar solicitud por escrito con dos copias, "A quien corresponda", y tres más de la credencial de elector por ambos lados- . El tal Rivas era el dios de los tazos volteados. ¡Ah, bruto! Los que no volteaba -y te ganaba- los dejaba rodando, en un empate poco visto y nunca declarado. El genio de Sabritas que tuvo la brillante ocurrencia de aumentar hasta en un 200% la venta de frituras a través de la colocación en cada paquete de un poco higiénico tazo -hoy ya traen cubierta plástica, pero en sus inicios venían a pelo-, merece un homenaje nacional -no quedaría mal como parte de los festejos por los Centenarios-.
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Y ahí nos veías a todos, en los recreos, con el olor de la salsa Valentina en los dedos -vinagre (plus) chile de árbol (plus) benzoato de sodio como conservador-, tirando tazos a lo bruto para derribar las gigantescas torres que se armaban en común. Media hora sin parar, moviendo el brazo con mil y un maneras distintas, en medio de ceremonias de la suerte, posponiendo la colocación de algún tazo que considerábamos "especial", evitando así su pérdida. Y el tal Rivas llegaba con su mano firme y bastaba un sólo golpe suyo para que todos nos viéramos en la obligación de declarar bancarrota y abandonar el parque. No mano de Rivas, no tazos. Era la ley. Ahora, a más de diez años de distancia, los tazos ya no existen, y cuando los relanzan son cada vez más delgados -al tazo le llegó su crisis-, y los niños o ya no los buscan, o los usan nada más para decorar sus cuadernos. Tiempos lejanos son ya en que el tazo era tazo, y no retazo de condón.
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La nieve Bing. De chocochips. Van a decir que ésa no se vale, porque sigue habiendo nieve Bing. Pero no, dice mi parte adulta, no como la de entonces. Cuando don Adolf Horn manejaba el espléndido y próspero negocio, siglos antes de que Dolphy le arrebatara la batuta de la idea y agregara más azúcar a las fórmulas, las nieves Bing sabían a gloria. La de chocochips -vainilla (plus) chispas de chocolate (plus) vasito de cartón para no tirarla- era una maravilla. A mí en lo personal me gustaba comerme la mitad de la bolita de helado como Dios manda, cucharéandola y dejando que el calor de la boca acabara primero con la consistencia de la nieve y luego con el sabor del chocolate, mezclándolo todo en una nube inconsistente y algo amarguita. La otra mitad, había que batirla hasta medio derretirla, para que en la boca resaltara la consistencia durita de las chispas de chocolate -¡ése sí era chocolate!-. Y tronarlas, tronar las chispas.
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Habría que agregar que Bing tenía sucursales por todo Guadalajara siempre idénticas, con su vidrio protector del interior de la tienda que hacía parecer a las Bing cuneros callejeros, y sus azulejos blancos, y su anuncio de neón en forma de carrusel rosa y verde. Y los empleados atendiéndote higiénicamente a través de pequeñas ventanillas, colocando los pedidos helados en paletas de madera para que tú vieras que nunca en la vida habían tocado lo que segundos después acabaría en tu boca. ¡Vaya tradición!
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Las Fantasías Animadas de Ayer y Hoy, por el Cinco -XHGC-, antes de las 9 a.m., porque cuando regresabas del kínder, a las 12, ya estaban los Caballeros del Zodíaco en el 7, o Las Tortugas Ninja, o Hi-Man. ¿Y qué decir de las que les gustaban a las niñas, como Candy Candy o Los Cariñositos? Y los sábados Las Patoaventuras, con Rico Mc. Pato y sus intrépidos sobrinos -Hugo, Paco y Luis-, o Fenomenoide, o Chip y Dale Rescatadores. El argumento en general era el mismo: una confusión causaba que los héroes salieran de casa, buscaran y encontraran algo, lucharan contra algún malévolo gordinflón, y luego regresaran a la tranquilidad del hogar para reír en conjunto a intervalos. ¡Pero esos sí eran argumentos!
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Las promociones de Sonric's. Un buen amigo, El Édgar, tenía por padre un abarrotero, así que su cuarto era una sala de exhibición mercadotécnica de la "Fábrica más completa de golosinas de la República Mexicana", como nombraba Chabelo, los domingos desde las 7 a.m., a la marca mexicana del maguito peludín. Poseía mi mentado compañero desde las figuritas que salían en las cajitas -de a quince y veinte, según la promoción-, contándose buenos y malos de Disney y Looney Tunes, y Batman y sus múltiples películas, hasta los retorcidos Frutsipopotes que cambiaban de color, y los Pepsilindos de los Pica Piedra. Inolvidable el olor a chicle con el que inevitablemente terminabas teniendo a las figuritas, y las pequeñas rebabas con las que debías lidiar, sumando a eso la pintura que las más de las veces se descarapelaba pronto, dejando a tu Gatúbela en calidad de Maléfica, o a tu Pedro el Malo en vistas de ser Donald, o algo peor.
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Los domingos en el parque. Cuando no había pic-nic, había nomás retozadero. Y anexado, bajar dando vueltas acostados sobre el pasto las colinas. Y jugar carreras, a ver quién rodaba más rápido. Terminar enterregados, rasguñados, temiendo que el domingo se acabara y empezara el lunes, con la escuela, las tareas, el estrés de Rivas y los tazos -¡y dale!- Buscar insectos, aterrorizar con ellos a las hermanas, hacer pasteles de lodo, cortar ramas, hojas y flores nomás por no dejar, escuchar un discurso atenagórico de mamá sobre cómo a las plantitas les dolía que les quitaras partes, con el ya mítico "¿Tú qué sentirías si te arrancara tu brazito de un jalón?", que hoy ha derivado en toda una generación de masoquistas y ecologistas -que son cosas similares-.
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Beber los Frutsis -el de uva y el de tutti-fruti eran los más solicitados- congelados en el verano, o por abajo del embase, haciendo con fuerza dental un agujero deforme en el delgado plástico. Ponerle a los Gansitos el palito de la Gansipaleta para congelarlos y luego masticarlos duros -¿más?-, echos verdaderas piedras de azúcar y grasa -ni "azúcar" ni "grasa" eran términos que conociéramos como dañinos. ¿Diabetes infantil? ¡Ja! Quizá mañana-.
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Aquí me detengo, porque si no no acabo. Habría que ahondar sobre babear la espalda de los Panditas Ricolino y pegártelos en la playera, jugar escondidas, bebeleche, latrais. Juegos de mesa como "Adivina quién", o "Destreza". La Cajita Feliz de Mc Donalds con el cassete -¡sí, cassete!- del Rey León, las tardes con el coupé de La Niñera, el jefe entubado -Orson, se llamaba- de los Power Rangers, de los cuales, al recrear en juegos, todos los niños querían ser el rojo, y todas las niñas la rosita.
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Crecimos con el boom de la mercadotecnia, pero aprendimos que "el dinero no se da en los árboles", y que "si sigues comiendo tantas burundangas vas a terminar enfermo de los nervios como tu tío Mastrocracio el Grande". Aprendimos también que cuando mamá dice "no sales a jugar si no comes", en realidad está diciendo "termina tus obligaciones y disfrutarás aún más de tus gustos". Aprendimos que holograma de Abú -con el número 231- equivale a dos cartitas de Jafar, y que Panini es una marca de álbumnes de autoadheribles antes que un arquitecto romano.
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Aprendimos a sonreír, a mojarnos en la lluvia, y a tomar Cevalín de cereza o limón como consecuencia. A correr del Emulsión de Scott, el Dramamine -más valía no marearse- y las jeringas, pero no del Pepto Bismol de cereza, el Graneodín de miel y el Broncolín con propóleo. Entendimos que para tener papitas en las manos hay que portarse bien, y que eso que la abuela carga en la espalda es una jorobita y no una mochilita. Yo, y creo que mi generación no me dejará mentir y se unirá a mi declaración, fui un niño muy feliz. Todo este listado me recuerda, ¡oh divino descubrimiento!, que sigo siendo un niño feliz.
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¡Feliz día del niño a todos!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

"¡Insolente pedazo de cacharro!"
"Manos arriba, gusano. en este pueblo ya no cabemos los dos... te estoy hablando a ti, Sid Phillips...!"
Las frases anteriores las escuchaba todas las mañanas de más de un verano, corresponden a Merlín y a Woody, de La espada en la piedra y Toy Story, dos de mi películas de Disney favoritas, junto con La bella durmiente y Mulan.
Me sigo preguntando quién dijo que eran infantiles...

Mmm Cevalín, ewey Emulsión de Scott de plátano.
Mi familia y yo comíamos pollo rostizado en el parque Alcalde o el parque de los pescaditos, que ahora se llama Rehilete, mi hermano le temía a las fuentes que estaban en la enmtrada y a los aspersores del Centro Médico, en cuyos jardines también comíamos pollo mientras esperábamos a mi papaá, pero lo más hard era hacer eso mismo en el parque Morelos, con un espectáculo sólo apto para mayores de 18 años.