lunes, 13 de abril de 2009

Inapreciable.

Para La Casicasi, que a pesar de todo conserva el son.
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Tenía siglos sin verla. No tanto tiempo, pero sí muchos años. No, tampoco. Meses, meses sí. El punto con amigas como ella es que cuando uno les pierde la pista, las encuentra luego más fuertes y vividas. Más vívidas también. Tengo la impresión entonces, tras verla, que uno nunca termina de conocer a las personas, porque las personas nunca dejan de cambiar.
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La Casicasi llegó a la cita en una ceñida blusa morada, que me dio de fijó el gatazo de que estaba más delgada. El fijón del gatazo se transformó en fijón verificado -que es un fijón peligro en realidad- cuando ella misma me contó que ha estado cuidando su alimentación, y de paso su salud. La revelación me dio un gusto tremendo: si La Casicasi cuida su salud, tendremos Casicasi para rato. ¡Enhorabuena a su decisión restrictiva!
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Algo que todo aquél que quiera conocerla debe saber sobre La Casicasi, es que nunca se está quieta. Las veces que la he visto relativamente tranquila, está durmiendo o está insolada. Su tesón, arduo y bien forjado, responde en mucho a su incapacidad para estar sentadita, quieta y sin respirar: al tener ganas de hacerlo todo, de comerse al mundo en un proyecto, ni se da por vencida ni se deja flechar. Es lo que yo llamaría, sin reservas, una mujer de largo aguante.
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El punto es que nos vimos para charlar, y como hacemos siempre que nos vemos, reunir en torno a una mesa, que a veces es de tequila, otras de ron, otras de café y otras de saludable jugo de naranja, nuestras pretensiones, nuestras decisiones y nuestras caídas. También los triunfos, pero ésos solemos celebrarlos más en corto. La cuestión está en que una tarde más conjuntamos pareceres, y como pocas veces, su opinión resultó esclarecedora para mi toma de decisiones.
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Yo no me aprecio de ser alguien que escuche fácilmente consejos. Los oigo, sí, y les pongo atención, pero una parte rebelde hay en mí que se indigna al vislumbrar la posibilidad de seguir un consejo. He aprendido con el paso de los años que los amigos que en verdad te quieren y conocen suelen decir cosas más sensatas de las que tú mismo tienes posibilidad de pensar. La Casicasi es una de esos amigos.
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Entre un agua fresca -yo pedí de horchata con fresas, y ella se fue por la opción fresca y saludable de la alfalfa-, y dos cafés -tras las aguas nos movimos a un lugar que espero recomendarles en otra entrada, que verse sobre temas más frívolos e insustanciales-, yo le actualicé mi vida y ella me puso al tanto de la suya. Redescubrí, mientras la hacía reír y ella me devolvía el favor, que podrán pasar los años y movernos sin remilgos las corrientes y las circunstancias -que también suelen ser unas corrientes-, pero ella siempre estará para tomarse un café conmigo, y yo deberé replantear mis tiempos para darle más de mis minutos a personas como ella, que tantas veces han puesto el hombro -o han advertido que lo harán en caso de ser necesario- ante las amarguras de la vida.
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Admito que en otras tardes yo la escuché como oír llover. Ella era muy alocada, sobre todo en primer semestre, y yo demasíado aburrido para entenderla. Hoy, los días son distintos para ambos. Los vientos nos han movido a polos tan distantes que, en la redondez de la Tierra, han acabado por acercarnos. Aunque las situaciones son algo distintas, su punto símil en los días que pisamos nos han colocado frente a la insuperablemente dadivosa facilidad de darnos consejos útiles mutuamente.
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Como nunca, como siempre, yo la escuché y ella me escuchó. Resumimos cuestiones, nos jalamos las orejas, y luego nos dimos fraternales abrazos. Revolví misterios inenarrables que hacía tiempo tenía malamente estancados, y ella me lisonjeó con el favor de sus secretos. Se lo agradecí sinceramente, más porque estoy en una época en que si algo necesito es sentirme cercano a mis amigos. Admito que soy mayoritariamente yo el de las faltas, el de las negaciones, el que no contesta las llamadas ni se da un tiempo para conversar. Mea culpa entonces.
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Algo que también me regaló La Casicasi esta tarde, fue la posibilidad de relajarme un poco y subir un escalón para ver las cosas con menos agua al cuello. Me recordó que problemas siempre habrá en la vida, por lo que éstos no pueden ser una limitante para buscarse uno sus ratos y tomar sus propias decisiones. "Vives demasíado por otros" y "eres muy extremista", fueron algunas de sus frases, que dichas por ella, en situaciones como las que embargan el presente, resultaron esclarecedoras. Se lo agradecí, estuve a punto de llorar con cierta narración de un hecho reciente nacida de sus labios, y luego lloré de camino a casa. Lloré por las decisiones extremas, por las vidas de otros que me son tan importantes, y lloré también de emoción, porque se ha dicho hasta el cansancio que encontrar un amigo es un tesoro, pero nadie ha reparado nunca en que redescubrir a ese amigo, y encontrarlo más cercano, es, de tan caro, inapreciable.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Ella mide lo mismo pero es más grande, en muchos sentidos y eso es bueno aunque se resista a crecer.