viernes, 10 de abril de 2009

Él.

“Este Cristo (...) es histórico, no místico; es un individuo, no una mera imagen. Él permanece como el más elevado modelo de religión que pueda alcanzar nuestro pensamiento y ninguna devoción verdadera será posible sin su presencia en el corazón.”
David Strauss
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Viernes santo. Para la tradición cristiana, Cristo murió en un día como hoy, pero de hace 1976 años, después de permanecer tres horas clavado en una cruz de madera y de una noche de andar del tingo al tango entre el sanedrín, que era la institución eclesiástica y legal máxima para los judíos, sociedad religiosa-patriarcal hasta la fecha, el palacio de Herodes Antipas -hijo, por cierto, del Herodes que encomendó la matanza de los inocentes, con fecha en mi cumpleaños y en el de este Baile-, y la unidad administrativa Quintum Solem, en cuyo organigrama figuraba como gerente administrativo el mismísimo Poncio Pilatos. Eso explicaría, al menos en parte, por qué en este día el mundo entero se dedica a faenas imposibles.
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Uno sabe que la ciencia está en crisis cuando se vende en canales como History Channel. No me malinterpreten: no tengo nada en contra del canal de la H. De hecho, creo que si bien su investigación a veces abraza temas inútiles -como de dónde salió la Salsa Tabasco, o por qué el hot dog se llama así y no hot cat, o hot monkey-, en general hacen buenos trabajos de divulgación científica. El problema es que, a falta de público en revistas, anales y congresos, la ciencia ha tenido que venderle su alma al marketing de la televisión y tener que participar en investigaciones inútiles como las antes enlistadas, con tal de poder pagar protocolos útiles que llevan a lo que nos compete.
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¡Cómo doy rodeos! Se nota que es viernes santo: mi capacidad de concentración anda más dispersa que de costumbre. Yo iba al hecho de que la ciencia ha demostrado, según escuché hace unos días en cierto programa de History Channel, que Cristo murió de al menos tres factores combinados: asfixia, insuficiencia cardíaca aguda y un infarto al miocardio. Si a eso le sumamos una fuerte dosis de estrés, y la muy probable formación de un coágulo cerebral, deshidratación y la fuerte carga de enzimas de polen que llenaban Palestina, tan polvorosa, por aquellas fechas, tenemos un cuadro patogénico completito.
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No hay que hacer muchos esfuerzos para saber que la friega de toda la noche ha de haber traído a las neuronas de Jesús de Nazareth vueltas locas. Los nervios podrían haberlo traicionado en más de una ocasión. Sorprende el hecho de que las narraciones del suceso de su muerte que hasta nosotros han llegado, no precisan a un Jesús llevado más allá del cansancio extremo. Su frágil cuerpo -por más rubicundo que hubiera sido, una noche de insomnio y golpes a cualquiera lo debilitan- fue tolerante hasta la muerte, y dejó para la posteridad escenas de verdadero dramatismo, digno de final shakespereano.
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Mel Gibson, cristiano de hueso colorado, entendió el profundo morbo que todo el proceso detallado de la pasión del nazareno podría generar en audiencias sustanciales, así que se puso creativo y llevó a la pantalla, de un modo indiscriminadamente preciso, las últimas doce horas de vida de Jesucristo. Hablada en dialectos como el arameo, e idiomas propiamente dichos como el latín, en La Pasión (The Passion of the Christ, 2003), Gibson y su equipo de colaboradores recrearon magistralmente los acontecimientos que, encadenados y "divinamente" dispuestos, acarrearían, a posteridad, la formación de una de las creencias más sólidas, dinámicas y controversiales de todos los tiempos: el cristianismo.
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El Cristo, inmolado cual Prometeo asiático en su afán por llevar la "luz" a los hombres, entregado a manos asesinas para su seguimiento en un juicio injusto y reprobado actualmente por los más estudiosos expertos en derecho penal, dañado, adolorido, golpeado, humillado, escupido, blasfemado, azotado, sangrante, falseado, el Cristo humilde, carismático, amoroso, servicial, didáctico, el Cristo de multitudes, como las de Cafarnaum, e individuos, como Zaqueo, el redimido empleado de hacienda, o María de Magdala, injustamente tratada por la historia como prostituta, el Cristo de amigos, como sus doce inseparables, y de enemigos, como los miembros del sanedrín, el Cristo múltiple, versátil, "divino", entregó "su alma al Padre" en un día como hoy, de hace 1976 años.
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Ya sé que ya lo dije, lo de los años, lo de que todo sucedió un día como hoy. Fatídica fecha para el género humano, que si ya antes de conflictos sabía, tras la muerte del galileo cambió la estrategia y puso entre las línesa de las declaraciones de guerra la lucha por la supremacía de las ideologías. Pero no se espanten: si Cristo no hubiera muerto, si estos 2009 años hubiera sido para él de completa y fructífera salud, si sus tres años de vida pública se hubieran prolongado hasta el día de hoy, de todos modos habría desconsideradas conciencias intentando deshacerse de él, haciendo valer un intrincado panorama axiológico como único, irrepetible e invaluable.
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Desvirtuadas sus palabras, traducidas o interpretadas a consideración de sus poseedores -o los que se catalonga como tales-, la ideología de Cristo no deja de ser fabulosamente humana y profundamente revolucionaria. Si axiomas como "dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios", o "Bienaventurados los que sean como niños, porque de ellos es el Reino de los Cielos", si alguien basara el intrincado sistema de leyes en tan sencillas palabras, se ganaría las palmas, y la paz. Pero no es así, y basta el desecho tergiversado y maldicho en que los "poseedores" de su palabra han convertido sus ideales, para entender el por qué de que políticos y gobernantes renieguen de hacer leyes con conceptos tan suyos como el amor y la entrega al prójimo. A eso súmenle que nuestros líderes entienden laicismo con anticlericalismo, y ya acabamos.
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Pese a lo que hayan hecho con su palabra, Jesús de Nazareth sigue siendo, a casi 2000 años de su muerte, un firme y genuino modelo a seguir. Lo digo yo, que no voy a misa, y lo dice mi madre, que se la vive frente al sagrario. Lo dicen los que han visto en los anales de la historia palestina el progresivo alboroto público que sus andanzas llegaron a generar, y lo dicen los que han estudiado sus palabras, desde anticlericales como Lutero hasta devotos como Juan de la Cruz, y han encontrado en ellas algo más allá del humanismo: un profundo interés porque el amor a la vida, la paz y la felicidad estén con todos nosotros. ¿Por qué? Porque nos lo merecemos, hijos o no del mismo padre.
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A mí me queda la duda de qué pensaría Jesús de los esfuerzos diarios por ser felices que emprendemos hoy día. ¿Qué opinaría del alto índice de secuestros, extorsiones y agresiones violentas que plagan las noticias? ¿Qué diría de un Estado mexicano favoritista y monopolizador? ¿Qué diría del elevado porcentaje de suicidios en niños, jóvenes y adolescentes? ¿Qué diría de nuestros debates sobre el aborto, la eutanasia, la legalización de la droga y los sindicatos? ¿Qué diría de Elba Esther Gordillo, Manlio Fabio Beltrones, Andrés Manuel López Obrador, Germán Martínez, Mario Marín, Luis Téllez y el resto de las fichitas políticas que intentan, con pésimos resultados, regir la vida de nuestro país?
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O peor aún, ¿qué diría de los conflictos bélicos que tienen a las ciudades de su región natal como tela de colador? ¿Qué opinaría de las discrepancias entre Estados Unidos y los países musulmanes de Medio Oriente? ¿Qué diría de la existencia de Estado Vaticano, de la Capilla Sixtina, de las declaraciones de Benedicto XVI en torno al uso del condón en África? ¿Qué le diría a José María Escrivá de Balaguer sobre el evidente derrochamiento de recursos que el Opus Dei realiza? ¿Qué opinaría en la prensa sobre los abusos sexuales cometidos contra menores por clérigos de alta importancia como el recién fallecido Marcial Maciel?
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No sé con certeza la respuesta a ninguna de estas cuestiones. Las palabras del líder, del maestro, sin embargo, son tan buenas y tan universales que todavía hoy hablan por él: sentiría profunda pena, profundísimo dolor, imaginándose que tomó la idea de su muerte como un sacrificio para la liberación de las almas, y todo para que las almas se sigan condenando solitas milenios tras milenios. No hablo de infiernos ni castigos post mortem. Creo silenciosamente que Cristo tampoco lo hacía. Hablo, como él también hablaba, de búsquedas terrenales por la felicidad, por el equilibrio, por la paz y el progreso humano. Lo que venga después, llegará por añadidura. "En verdad les digo que el Reino de los Cielos está ya entre vosotros". Amén. La cosa es que entendamos dónde.
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¡Salud!

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