sábado, 25 de abril de 2009

El nuestro de cada día.

Quienes me conocen lo saben: soy amante del pan. Cuando no puedo comerlo, porque no ando de ganas, o cuando no traigo dinero para comprarlo, me conformo con mirarlo en el aparador. Por su consistencia, su aroma, su sabor, pero sobre todo porque lo considero uno de los más evidentes y fehacientes representantes de la existencia y evolución del ingenio humano, lo prefiero a muchos otros manjares para aliviar el hambre.
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Pues sucede que mi amor por el pan me lleva a extremos inauditos en su apreciación. Uno de ellos, sin lugar a dudas, consiste en aprenderme de nombre e ingredientes cada una de las nuevas variedades que conozco y pruebo. Ahora mismo podría yo hacer gala de este conocimiento inútil adquirido tras años de mendigar y lambisconear por todo el país, pero no me nace decir, por ejemplo, que lo que aquí en Jalisco llamamos birote, en el D. F. se conoce como bolillo, o que nuestra telera es mucho más dura de la que se come en el Estado de México, o que la sema sonorense lleva piloncillo, lo que la de Colima sustituye con anís y azúcar de caña. Pero ya dije que no me da la gana, y no lo haré.
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Pues sucede que mi disposición natural a la búsqueda de pan me lleva casi todos los días a husmear en las sucursales que encuentro en mi camino de una de las cadenas comerciales que, a mi gusto, elabora el mejor pan: El Globo, fundada en 1884 bajo el concepto de bizcotería francesa, y que goza de una indiscutible tradición en las mesas de todos los mexicanos. Yo, a la fecha, no conozco alguien que pruebe sus chocolatines, o sus donas francesas salón, o sus conchas con toque cítrico, y no regrese alguna vez en vida a otro Globo para probar otra delicia.
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Y en una sucursal en que husmeé ayer, cometí el gravoso e imperdonable error de husmear junto a La Zucaritas, que a partir de esta aventura será dada en llamar "La Megabirotona", por razones a todas luces sorpresivas que a continuación relataré. Estando, pues, husmeando entre las estanterías de una sucursal de El Globo, me acerqué a la zona de pan salado que todas las tiendas de esta cadena poseen -conozco en el D. F., en el Estado, en Jalisco y en otros lugares, y en todas he observado la misma disposición-.
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Estando entre baguettes, chapatas, ricottos y frambouyanes, La Megabirotona se acercó conmigo y soltó, sin el menor asomo de pensamiento, razón ni prudencia, un sonoro: "¡Ay!, yo también quiero un megabirote". El panadero, que a dos pasos intentaba acomodar baguettes, se crispó de pies a cabeza y casi pude escuchar de su boca brotar un angustiado "sacreblú!" La Megabirotona entendió pronto que lo que ella, en su desconocimiento vulgar conocía como "megabirote", ni se llamaba así, ni era en sustitución un nombre fino y apropiado para tan esmeroso pan como lo es el baguette.
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Baguette, me dicen mis informantes, es el término alemán para "varilla", esto por la forma del tradicional pan, alargado, delgado y consistente. Originalmente fabricado en Viena, su materia primaria siempre fue la harina de trigo, y el vapor su método de cocción. Con el paso del tiempo, Viena le regaló el baguette a toda Europa, y luego Europa lo trajo a América y lo popularizó en Subway, la famosa cadena americana de comida rápida que ha hecho del pan baguette en su versión de bocadillo otra cosa. Antes de eso, me dicen mis informantes, el ejército napoleónico cargó baguettes en cada una de sus expediciones bélicas, y los hermanos Ferrero, en Italia, le untaron de su famosa crema de avellanas y dieron lugar al famosísimo y multipreparado pan con Nutella.
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Así que toda la tradición respecto al pan baguette llegó al Globo, y La Megabirotona se encargó de denostarla, destrozarla e ignorarla. El panadero no nos corrió nada más porque vió que sí le compraríamos, pero las señoritas de la caja, ruborizadas en sus míticos trajes color durazno, se ocultaron avergonzadas al paso de mi amiga. "Alguien que no conoce el nombre del baguette", seguro pensaron, "es un muy pobre ser humano".
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La noticia del rebautizo del baguette realizado por La Megabirotona cundió como agua hecha vapor, y hoy el mayor de mis hermanos, mi madre y mi hermana la mayor, ya rieron con la fugaz interpretación de mi amiga en torno al pan. Ella se excusa: "Es que lo vi grande, pan, salado, y pensé en un birotón". Su coartada no pega ni con chicle. Queda esperar que pronto la alcurnia la alcance... o muera de un birotonazo existencial.
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¡Salud!

2 comentarios:

David TTT dijo...

Hola.
Antes de nada, perdona que te escriba esto como un comentario, pero es que no vi tu email en el tu blog
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Muchas Gracias por tu tiempo... y disculpa si no fue la mejor manera de darme a conocer.

Un saludo.

DAVID T.
Webmaster de Publizida.es

Wendy Piede Bello dijo...

Comentarios por párrafo:
1.- Piensas demasiado antes de comer, yo como pan porque sí, no porque la evolución bla bla bla...
2.- En Sahuayo hay semas de piloncillo y de cilacayota o algo así...
Comentario general: si vas a Sahuayo regresarás con un coma diabético luego de comer pan y respecto a la Megabirotona, por qué tiene ella que saber que eso se llama baguette? pobrecilla,yo no te juzgo Zuca...