viernes, 17 de abril de 2009

Bilateral.

La relación entre México y los Estados Unidos de América es profundamente humana. Eso de "humano" ha adquirido a estas alturas de la existencia del término tantas connotaciones, que sería importante precisar a qué nos referimos: una relación humana no en el sentido de humanística, favorecedora, pues, a los ideales ilustrados de igualdad, fraternidad y justicia. Una relación humana en el sentido de real, apegada al modus operandi de todos los hombres respecto a sus relaciones interpersonales.
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Una relación profundamente humana está llena de altibajos. El expresidente George W. Bush, con su afán de encontrar armas de destrucción masiva en el Oriente Medio, con sus ataques a las Torres Gemelas y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001, su Al-Qaeda, su negación a Cuba, su controvertida elección y su silenciosa reelección, y con él el resto de su gabinete, incluidos los Secretarios de Estado Colin Powell y su predecesora Condoleezza Rice, construyeron con México una relación de sobresaltos y altibajos.
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Vicente Fox Quesada, presidente de México durante cinco de los ocho años que George W. Bush se mantuvo al mando de la silla presidencial estadounidense, pareció rehusarse a mantener con el gobierno de los Estados Unidos una relación de diplomacia efectiva: sostuvo declaraciones producto sólo del disgusto personal y no del raciocinio político, como aquélla muy lamentable respecto a que los mexicanos emigran al vecino país para hacer trabajos que "ni siquiera los negros quieren hacer allá"; reaccionó con evidente desagrado visceral ante la decisión de la administración del presidente Bush de reforzar la seguridad fronteriza con la puesta en marcha de varias medidas, entre ellas la construcción de un muro y el envío de seis mil miembros de la Guardia Nacional a la frontera para apoyar en las labores de seguridad antiinmigrante.
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Fox no fue, ni por asomo, un presidente de diálogo sustancial e inteligente, fructífera visión declaratoria. Sus metidas de pata lingüísticas son conocidas y reconocidas por todos, mexicanos y no. George W. Bush no pareció esforzarse, tampoco ni por asomo, en responder al miedo -justo, excesivo pero de justa aparición- que los ataques del 11 de septiembre provocaron en toda la población de su país: posicionó el miedo sobre el diálogo, y cerró las puertas al gobierno vecino de un presidente atontado y bombardeado por una opinión pública nacional observadora punzante-también justa, excesiva, sí, pero de justa aparición-.
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Al salir los dos mandatarios, Fox en 2006, Bush en 2008, los escenarios en sus respectivos países quedaron debastados: el de Fox por una elección presidencial polarizada y controvertida, y un manifestado involucramiento presidencial en los procesos, documentado, entre otros, por Luis Carlos Ugalde, en su Así lo viví, y el propio Andrés Manuel López Obrador, actor principal del conflicto posterior a los comicios de julio; el de Bush por una administración cerrada, nacionalista y caduca, y una recesión económica producto de la falta de visión económica sustanciosa.
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Hoy, en 2009, las cosas no son muy distintas para ambos países: México sigue padeciendo los rescoldos de un proceso electoral lejano pero todavía dudoso; Estados Unidos sigue padeciendo el cierre de empresas, la pérdida de empleos y la falta de dinero. La poca capacidad gubernamental de Fox cedió el paso a un presidente de esfuerzos proempleo y antinarcotráfico, Felipe Calderón Hinojosa, un mandatario manchado por la controvertida elección que le dio el poder, y por una oposición radical y ciega, que nada quiere construir con un presidente que no pertenece a su fracción partidista; la política extrema proteccionista-nacionalista de Bush cedió el paso a un presidente que intenta el diálogo y sonríe con galanura, que conquista a las masas y se asume inteligente ante las cámaras y los micrófonos, no con el discurso liberal guardando ideas recesivas, ni con la pose pretendiendo suplantar la labor del estadista, sino con el mantenimiento de la dura visión de la realidad ante la crisis: "No les voy a mentir", declara Obama, "estamos en crisis, una de las peores de nuestra historia. Pero con esperanza y trabajo vamos a salir adelante".
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Esperanza y trabajo. Dos conceptos que Obama ha colocado en favor no sólo de la flagelada economía de su país, sino también de la relación de su gobierno con los de otros países. Obama anuncia que liberará a Cuba del embargo económico que su nación le ha impuesto tras la revolución socialista de Castro; Obama anuncia que planteará con México una lucha antinarcotráfico, unir fuerzas, hacer, de la labor de uno, el problema -evidente, existente- de dos, para que entonces la solución también sea de dos; Obama retira tropas de Iraq, y, democrático, asegura que la nación, injustamente intervenida por la administración de Bush, ya puede gobernarse por sus propios medios. Obama sonríe, y pretende que el mundo sonría con él.
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México cree en el trabajo, conjuntando así esperanza y labor, las dos medidas anticrisis del gobierno de Barack Obama. Confía en que cuenta con las capacidades y con las fortalezas para salir adelante, para hacer de su nación un Estado de Derecho existente, funcional, progresista. Calderón lucha contra el narco, sin embargo, y la opinión pública le exige preocuparse en otros menesteres; Calderón emprende una labor intensa para promover el empleo, pero ésta sólo se queda en el discurso, convirtiendo la crisis en letra muerta el discurso; Calderón levanta la cara ante una oposición radical y agresiva, pero sus circunstancias lo dejan solo ante el monstruo de la lucha de contrarios.
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Ahora Obama llega a México y dialoga con Calderón sobre los temas pendientes en la agenda pública. Se toca la cuestión de la frontera, y Obama anuncia "soluciones integrales". No un muro, no sólo unos cuantos miles de efectivos de seguridad. Se toca la cuestión del narcotráfico, y Obama anuncia "acciones conjuntas", a sabiendas de que su país es el principal consumidor de la droga que nuestros capos producen. Se toca la cuestión de la crisis, y Obama anuncia "inversión paulatina". Calderón aplaude. Puede que Obama no cumpla, que la crisis en su país le impida "soluciones integrales", "acciones conjuntas" e "inversión paulatina". Puede, pero el triunfo de ambos gobiernos es hoy el diálogo reactivado, la mano nuevamente estrechada, la posibilidad abierta. Obama tiende una mano, algo dolida por la crisis, y Calderón la toma, con otra mano dolida por otras cuestiones. Los presidentes se abrazan, y las naciones se reconsideran.
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"No somos nuestros antecesores", parece decir el discurso oficial de ambos mandatarios. "Nuestras políticas son las del progreso y la convivencia, no las del trastabilleo y la ignorancia". Buen inicio. Habrá qué ver el seguimiento.
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¡Salud!

1 comentario:

María Florencia dijo...

Agus! te dejo el link a mi blog: www.delpuebloconmar.wordpress.com
Es nuevo, antes era en blogspot. Año nuevo... espero nos empecemos a leer y comentar seguido.
Besos!