jueves, 30 de abril de 2009

Niñez a prueba de años.

Como sucede con muchas de las cosas intangibles, la niñez desaparece cuando deja de pensársele. En su caso, sin embargo, el pensamiento que sobre ella se haga está más bien basado en un recuerdo que en una presencia. Por eso es que muchos hombres dicen no ser nunca más niños: creyendo no ver en sus cuerpos más que barba y extremidades alargadas, dan por hecho que hace ya varios ayeres dejaron la infancia y se adentraron en los tremendos -y aburridos, o extremos- parajes de la adultez.
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Nada más falso. Cuando aparece el recuerdo vívido, punzante, cuando una vieja cancioncilla de algún comercial, o el sabor de alguna golosina plagan nuestros sentidos, cuando cierta imagen nos remonta a nuestros primeros años, o cuando visitamos cierto lugar en que durante la niñez frecuentábamos, nos damos cuenta que seguimos siendo niños. Hoy, a cincuenta años de que la Organización de las Naciones Unidas decretara la designación de un día anual en cada país para celebrar a los niños -y su niñez incluida-, me permito enlistar algunas de las cosas que hoy, vívida y fortificada, siguen constituyendo mi niñez. Hagan lo mismo. Es un experimento interesante darse cuenta lo poco que hemos crecido en tantos años.
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Los tazos. A mí nadie me la vende: había niños con mano divina para eso de voltear las fichas. Tengo en mi recuerdo a uno, de apellido Rivas, de nombre olvidado en algún archivo de mi memoria que no estoy dispuesto a abrir ahora -para hacerlo hay que presentar solicitud por escrito con dos copias, "A quien corresponda", y tres más de la credencial de elector por ambos lados- . El tal Rivas era el dios de los tazos volteados. ¡Ah, bruto! Los que no volteaba -y te ganaba- los dejaba rodando, en un empate poco visto y nunca declarado. El genio de Sabritas que tuvo la brillante ocurrencia de aumentar hasta en un 200% la venta de frituras a través de la colocación en cada paquete de un poco higiénico tazo -hoy ya traen cubierta plástica, pero en sus inicios venían a pelo-, merece un homenaje nacional -no quedaría mal como parte de los festejos por los Centenarios-.
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Y ahí nos veías a todos, en los recreos, con el olor de la salsa Valentina en los dedos -vinagre (plus) chile de árbol (plus) benzoato de sodio como conservador-, tirando tazos a lo bruto para derribar las gigantescas torres que se armaban en común. Media hora sin parar, moviendo el brazo con mil y un maneras distintas, en medio de ceremonias de la suerte, posponiendo la colocación de algún tazo que considerábamos "especial", evitando así su pérdida. Y el tal Rivas llegaba con su mano firme y bastaba un sólo golpe suyo para que todos nos viéramos en la obligación de declarar bancarrota y abandonar el parque. No mano de Rivas, no tazos. Era la ley. Ahora, a más de diez años de distancia, los tazos ya no existen, y cuando los relanzan son cada vez más delgados -al tazo le llegó su crisis-, y los niños o ya no los buscan, o los usan nada más para decorar sus cuadernos. Tiempos lejanos son ya en que el tazo era tazo, y no retazo de condón.
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La nieve Bing. De chocochips. Van a decir que ésa no se vale, porque sigue habiendo nieve Bing. Pero no, dice mi parte adulta, no como la de entonces. Cuando don Adolf Horn manejaba el espléndido y próspero negocio, siglos antes de que Dolphy le arrebatara la batuta de la idea y agregara más azúcar a las fórmulas, las nieves Bing sabían a gloria. La de chocochips -vainilla (plus) chispas de chocolate (plus) vasito de cartón para no tirarla- era una maravilla. A mí en lo personal me gustaba comerme la mitad de la bolita de helado como Dios manda, cucharéandola y dejando que el calor de la boca acabara primero con la consistencia de la nieve y luego con el sabor del chocolate, mezclándolo todo en una nube inconsistente y algo amarguita. La otra mitad, había que batirla hasta medio derretirla, para que en la boca resaltara la consistencia durita de las chispas de chocolate -¡ése sí era chocolate!-. Y tronarlas, tronar las chispas.
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Habría que agregar que Bing tenía sucursales por todo Guadalajara siempre idénticas, con su vidrio protector del interior de la tienda que hacía parecer a las Bing cuneros callejeros, y sus azulejos blancos, y su anuncio de neón en forma de carrusel rosa y verde. Y los empleados atendiéndote higiénicamente a través de pequeñas ventanillas, colocando los pedidos helados en paletas de madera para que tú vieras que nunca en la vida habían tocado lo que segundos después acabaría en tu boca. ¡Vaya tradición!
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Las Fantasías Animadas de Ayer y Hoy, por el Cinco -XHGC-, antes de las 9 a.m., porque cuando regresabas del kínder, a las 12, ya estaban los Caballeros del Zodíaco en el 7, o Las Tortugas Ninja, o Hi-Man. ¿Y qué decir de las que les gustaban a las niñas, como Candy Candy o Los Cariñositos? Y los sábados Las Patoaventuras, con Rico Mc. Pato y sus intrépidos sobrinos -Hugo, Paco y Luis-, o Fenomenoide, o Chip y Dale Rescatadores. El argumento en general era el mismo: una confusión causaba que los héroes salieran de casa, buscaran y encontraran algo, lucharan contra algún malévolo gordinflón, y luego regresaran a la tranquilidad del hogar para reír en conjunto a intervalos. ¡Pero esos sí eran argumentos!
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Las promociones de Sonric's. Un buen amigo, El Édgar, tenía por padre un abarrotero, así que su cuarto era una sala de exhibición mercadotécnica de la "Fábrica más completa de golosinas de la República Mexicana", como nombraba Chabelo, los domingos desde las 7 a.m., a la marca mexicana del maguito peludín. Poseía mi mentado compañero desde las figuritas que salían en las cajitas -de a quince y veinte, según la promoción-, contándose buenos y malos de Disney y Looney Tunes, y Batman y sus múltiples películas, hasta los retorcidos Frutsipopotes que cambiaban de color, y los Pepsilindos de los Pica Piedra. Inolvidable el olor a chicle con el que inevitablemente terminabas teniendo a las figuritas, y las pequeñas rebabas con las que debías lidiar, sumando a eso la pintura que las más de las veces se descarapelaba pronto, dejando a tu Gatúbela en calidad de Maléfica, o a tu Pedro el Malo en vistas de ser Donald, o algo peor.
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Los domingos en el parque. Cuando no había pic-nic, había nomás retozadero. Y anexado, bajar dando vueltas acostados sobre el pasto las colinas. Y jugar carreras, a ver quién rodaba más rápido. Terminar enterregados, rasguñados, temiendo que el domingo se acabara y empezara el lunes, con la escuela, las tareas, el estrés de Rivas y los tazos -¡y dale!- Buscar insectos, aterrorizar con ellos a las hermanas, hacer pasteles de lodo, cortar ramas, hojas y flores nomás por no dejar, escuchar un discurso atenagórico de mamá sobre cómo a las plantitas les dolía que les quitaras partes, con el ya mítico "¿Tú qué sentirías si te arrancara tu brazito de un jalón?", que hoy ha derivado en toda una generación de masoquistas y ecologistas -que son cosas similares-.
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Beber los Frutsis -el de uva y el de tutti-fruti eran los más solicitados- congelados en el verano, o por abajo del embase, haciendo con fuerza dental un agujero deforme en el delgado plástico. Ponerle a los Gansitos el palito de la Gansipaleta para congelarlos y luego masticarlos duros -¿más?-, echos verdaderas piedras de azúcar y grasa -ni "azúcar" ni "grasa" eran términos que conociéramos como dañinos. ¿Diabetes infantil? ¡Ja! Quizá mañana-.
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Aquí me detengo, porque si no no acabo. Habría que ahondar sobre babear la espalda de los Panditas Ricolino y pegártelos en la playera, jugar escondidas, bebeleche, latrais. Juegos de mesa como "Adivina quién", o "Destreza". La Cajita Feliz de Mc Donalds con el cassete -¡sí, cassete!- del Rey León, las tardes con el coupé de La Niñera, el jefe entubado -Orson, se llamaba- de los Power Rangers, de los cuales, al recrear en juegos, todos los niños querían ser el rojo, y todas las niñas la rosita.
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Crecimos con el boom de la mercadotecnia, pero aprendimos que "el dinero no se da en los árboles", y que "si sigues comiendo tantas burundangas vas a terminar enfermo de los nervios como tu tío Mastrocracio el Grande". Aprendimos también que cuando mamá dice "no sales a jugar si no comes", en realidad está diciendo "termina tus obligaciones y disfrutarás aún más de tus gustos". Aprendimos que holograma de Abú -con el número 231- equivale a dos cartitas de Jafar, y que Panini es una marca de álbumnes de autoadheribles antes que un arquitecto romano.
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Aprendimos a sonreír, a mojarnos en la lluvia, y a tomar Cevalín de cereza o limón como consecuencia. A correr del Emulsión de Scott, el Dramamine -más valía no marearse- y las jeringas, pero no del Pepto Bismol de cereza, el Graneodín de miel y el Broncolín con propóleo. Entendimos que para tener papitas en las manos hay que portarse bien, y que eso que la abuela carga en la espalda es una jorobita y no una mochilita. Yo, y creo que mi generación no me dejará mentir y se unirá a mi declaración, fui un niño muy feliz. Todo este listado me recuerda, ¡oh divino descubrimiento!, que sigo siendo un niño feliz.
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¡Feliz día del niño a todos!
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¡Salud!

lunes, 27 de abril de 2009

Días de guardar.

Uno no se da cuenta de que la enfermedad es un asunto alarmante hasta que lo mandan a guardar cama. En la escala nacional, a nivel estudiantil, eso se traduce en días de asueto y declaraciones alarmadas del Secretario de Educación -recién nombrado, por cierto, en una ceremonia que hizo temblar a la mismísima "Viuda" Vázquez Mota con tanto protocolo, y a la cual no asistió "La Ametralladora" Gordillo-.
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También hay que sumarle que el rector de la Universidad de Guadalajara -de la cual, hasta dónde me quedé, era yo estudiante- desplegó la página oficial de la institución educativa un mensaje en letras amarillas con fondo rojo que más parece comercial de la cajita feliz de Mc Donalds que oficio a la comunidad universitaria. En dicho anuncio, hace saber el C. Rector -¡me encanta que pongan letras al inicio de los nombres!, les da caché- que las clases se suspenderán, atendiendo a la declarada "emergencia nacional", durante los días lunes y martes de esta semana.
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Júbilo total. Los que teníamos que exponer besamos la cubierta protéica del virus de la Influenza tipo "C", y los que tenían examen que presentar seguro están bailando con la tira de ARN que habita en el interior de cada virusito. Yo, en lo personal, tomo estos dos días como un buen augurio, imaginando que en el descanso está la recuperación. "Guardar cama", un concepto que los médicos se saben de memoria, y que han puesto en miles de recetas membretadas a lo largo de la historia de la medicina, tiene precisamente esa concepción: en el descanso está la salud.
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Claro que yo conozco gente que descansa todo el tiempo y está enferma igual número de horas. "Guardar cama", habría que decir en defensa de la práctica saludable, no significa "vivir en la cama". La salud requiere, como todo en la vida, de un equilibrio entre el descanso, la actividad, la medicina y la buena actitud. La experiencia -y mis informantes- dicen que la gente que se siente enferma, o reniega de estarlo, permanece mal mucho tiempo más del que virus, bacterias o patologías genéticas permiten. A la tempestad, buena cara y adelante.
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En el D. F. tembló hace unas horas. Seis grados en la escala de Richter, que es nada comparado con lo que suele tocarle a esa ciudad en materia de desastres naturales. El de 1985, que dejó tanta destrucción y edificó tanta participación ciudadana, fue de 8 grados. Un grado extra a los 6, dicen mis informantes -la influenza los trae activos-, posee la suficiente fuerza como para hacer estallar los cristales de un edificio en segundos. Así que en este caso, 6 es mejor que 7. No habiéndose registrado daños significativos, se puede estar contento: si la economía, la salud pública y la tierra están sufriendo reacomodos evidentes -no poco alarmantes, sí, pero evidentes-, lo que nos espera es un entorno diferente. Lo diferente está bien. El crecimiento económico es diferente a la crisis. La salud es diferente a la enfermedad. Hoy ya estamos guardando cama por una. Lo que viene es la otra. ¡A fuerzas!
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En la familia también hay acomodos. Éstos no competen al país, pero sí a mi vida personal, y como este blog es mío -y de los que ayudan con los gastos, que de todas formas no escriben-, pues los paso a detallar: un par de familiares -si es que a esa clase de personas se les puede considerar familias¿-, muy molestosos, acaban de denunciar a mi madre por abandono senil hacia mi padre. Nada más falso, sobra decir. Ni doña Mago ha abandonado a su esposo, ni sus hijos hemos dejado el asunto por la paz. Que me pregunten ellos dos si yo falto a las citas, si yo dejo de sufrir acompañándolo, y escuchando las cantaletas propias de su padecimiento siquiátrico, si yo no me estreso cada vez que me entero que hizo algún atropello de niño en el asilo, o cuando la mente me asalta y me arrebata un pensamiento sobre cómo debió haber vivido para hoy tener una ancianidad más plena. Nada más falso. Me molesta la gente molestosa, pero me molesta más prestarles atención. Ya lo escribí, ya lo avisé, ya no vuelve a tocarse el tema. No es tema...
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La influenza sí. Guarden cama. Harán bien.
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¡Salud!

sábado, 25 de abril de 2009

El nuestro de cada día.

Quienes me conocen lo saben: soy amante del pan. Cuando no puedo comerlo, porque no ando de ganas, o cuando no traigo dinero para comprarlo, me conformo con mirarlo en el aparador. Por su consistencia, su aroma, su sabor, pero sobre todo porque lo considero uno de los más evidentes y fehacientes representantes de la existencia y evolución del ingenio humano, lo prefiero a muchos otros manjares para aliviar el hambre.
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Pues sucede que mi amor por el pan me lleva a extremos inauditos en su apreciación. Uno de ellos, sin lugar a dudas, consiste en aprenderme de nombre e ingredientes cada una de las nuevas variedades que conozco y pruebo. Ahora mismo podría yo hacer gala de este conocimiento inútil adquirido tras años de mendigar y lambisconear por todo el país, pero no me nace decir, por ejemplo, que lo que aquí en Jalisco llamamos birote, en el D. F. se conoce como bolillo, o que nuestra telera es mucho más dura de la que se come en el Estado de México, o que la sema sonorense lleva piloncillo, lo que la de Colima sustituye con anís y azúcar de caña. Pero ya dije que no me da la gana, y no lo haré.
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Pues sucede que mi disposición natural a la búsqueda de pan me lleva casi todos los días a husmear en las sucursales que encuentro en mi camino de una de las cadenas comerciales que, a mi gusto, elabora el mejor pan: El Globo, fundada en 1884 bajo el concepto de bizcotería francesa, y que goza de una indiscutible tradición en las mesas de todos los mexicanos. Yo, a la fecha, no conozco alguien que pruebe sus chocolatines, o sus donas francesas salón, o sus conchas con toque cítrico, y no regrese alguna vez en vida a otro Globo para probar otra delicia.
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Y en una sucursal en que husmeé ayer, cometí el gravoso e imperdonable error de husmear junto a La Zucaritas, que a partir de esta aventura será dada en llamar "La Megabirotona", por razones a todas luces sorpresivas que a continuación relataré. Estando, pues, husmeando entre las estanterías de una sucursal de El Globo, me acerqué a la zona de pan salado que todas las tiendas de esta cadena poseen -conozco en el D. F., en el Estado, en Jalisco y en otros lugares, y en todas he observado la misma disposición-.
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Estando entre baguettes, chapatas, ricottos y frambouyanes, La Megabirotona se acercó conmigo y soltó, sin el menor asomo de pensamiento, razón ni prudencia, un sonoro: "¡Ay!, yo también quiero un megabirote". El panadero, que a dos pasos intentaba acomodar baguettes, se crispó de pies a cabeza y casi pude escuchar de su boca brotar un angustiado "sacreblú!" La Megabirotona entendió pronto que lo que ella, en su desconocimiento vulgar conocía como "megabirote", ni se llamaba así, ni era en sustitución un nombre fino y apropiado para tan esmeroso pan como lo es el baguette.
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Baguette, me dicen mis informantes, es el término alemán para "varilla", esto por la forma del tradicional pan, alargado, delgado y consistente. Originalmente fabricado en Viena, su materia primaria siempre fue la harina de trigo, y el vapor su método de cocción. Con el paso del tiempo, Viena le regaló el baguette a toda Europa, y luego Europa lo trajo a América y lo popularizó en Subway, la famosa cadena americana de comida rápida que ha hecho del pan baguette en su versión de bocadillo otra cosa. Antes de eso, me dicen mis informantes, el ejército napoleónico cargó baguettes en cada una de sus expediciones bélicas, y los hermanos Ferrero, en Italia, le untaron de su famosa crema de avellanas y dieron lugar al famosísimo y multipreparado pan con Nutella.
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Así que toda la tradición respecto al pan baguette llegó al Globo, y La Megabirotona se encargó de denostarla, destrozarla e ignorarla. El panadero no nos corrió nada más porque vió que sí le compraríamos, pero las señoritas de la caja, ruborizadas en sus míticos trajes color durazno, se ocultaron avergonzadas al paso de mi amiga. "Alguien que no conoce el nombre del baguette", seguro pensaron, "es un muy pobre ser humano".
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La noticia del rebautizo del baguette realizado por La Megabirotona cundió como agua hecha vapor, y hoy el mayor de mis hermanos, mi madre y mi hermana la mayor, ya rieron con la fugaz interpretación de mi amiga en torno al pan. Ella se excusa: "Es que lo vi grande, pan, salado, y pensé en un birotón". Su coartada no pega ni con chicle. Queda esperar que pronto la alcurnia la alcance... o muera de un birotonazo existencial.
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¡Salud!

¡Oinc!

Resulta ser que en México hay hombres y cerdos. Los unos, dotados -dice la tradición- de razón e inteligencia, van y vienen diariamente a sus labores, o sus desquehaceres, y se gastan el dinero que ganan en fiestas de quince años, bautizos, idas al mar o chocolates que conmemoran ocasiones especiales. Los puercos, en cambio, viven en corrales -en el mejor de los casos, porque sé de un vecino que tiene uno en su sala-, son amantes de la mugre, comen de todo y su carne es altamente cotizada entre los amantes de la garnacha y el tlacoyo.
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Notarán que hombres y cerdos son seres muy distintos. Mientras los primeros construyen -y destruyen- sociedades, los segundos las alimentan, o las proveen de diversión -¿nunca han jugado al lechoncito encebado? ¡De la que se han perdido!- En el caso de México, sobre todo en lugares como Michoacán, con la presencia de las carnitas, o en toda la república, con el chicharrón, la salchicha, el chorizo, tocino y el pibil, tenemos una filiación al puerco que, más que tremenda, raya en lo insalubre. A eso súmenle que por temporadas hemos adoptado como ciudadanos ejemplares a la muppet Peggy, Puerquito el de Winnie Pooh y Babe, el cerdito valiente, y verán que nuestra relación con el cerdo es peligrosa.
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Pues ándenle que en una de ésas, nuestro fiel amigo el cerdo nos avisa que trae con él un petit virus de la familia de los Orthomyxoviridae, conocido como Influenza C. Lo de la "C" no es gratuito: mis informantes me avisan que hay Influenza tipo "A" y tipo "B". Lo malo de la "C" es que es rara, y son portadores de ella sólo el puerco -¡oing!- y el ser humano -¡asumecha!- Y lo peor de todo, es que la rapidez con que el virus muta hace muy difícil -y costoso, que en el caso de un sistema de salud como el mexicano es lo que priva más- el desarrollo de un fármaco que lo controle, aisle y cure.
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Los síntomas son los mismos que los de la gripa, porque el otro nombre que la gripa tiene, que en realidad es su nombre oficial, es, ¿adivinan? ¡influenza! La tipo A y B, y sobre todo la B, son las que suelen pegarnos cada diciembre, y que nos hacen aparecer -malévolas que son- en las fotos de las reuniones de navidad con narices de Rodolfo el reno y ojitos vidriosos y apagadones. La cosa de la influenza tipo "C" es que es rarísima, a tal grado de que en la Secretaría de Salud ni las secres, ni los asistentes, ni el director, la conocían.
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El primer caso se reportó oficialmente hace unos días en el Distrito Federal, cuando la epidemia ya olía a pandemia tras cobrar la vida de 23 personas. Hoy, en pleno inicio del fin de semana, el carnal Marcelo -Marcelo Ebrard, para los cuates y los intelectuales- ya anunció que la cosa está controlada mientras todo el mundo de chilangos que son no se saluden de mano y beso, no intercambien saliva ni mocos, y no anden en tumulto o conjuntos huastecos de más de dos.
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A difícil tarea ha condicionado don Marcelo el control de la influenza en la ciudad que gobierna, que además, cabe recordar, es la capital del país. ¿Cómo pedirle a una muchedumbre de por lo menos 10 millones de habitantes que no haga aglomeraciones? Para los capitalinos, salir a comer, ir al baño, caminar por la calle, confesarse y hasta entrar a un temazcal, son actividades multitudinarias. Nada hay en esa ciudad que no se haga en lo común -hasta derrocar gobernantes y tomar instalaciones universitarias-.
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El punto es que mientras más personas están juntas, más posibilidades hay de que el virus de origen porcino nos agarre sin confesar. Se transmite vía aérea a través no sólo de fluidos corporales, sino, incluso de superficies contaminadas. Y ahí ve uno a todos los pobres defeños en las fotos llenos de tapabocas, saludándose de lejecitos, intentando abrir distancia en una ciudad en la que, ha de admitirse por más que se le ame, lo que menos hay es espacio libre.
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Hidalgo, leo en fax de últimos momentos que llega a la redacción de este Baile, ha oficializado ya el primer caso de influenza entre sus pobladores. Mientras al hidalguense se le va la vida por la naríz, México entero comienza a temer que la gripe arrecie... y sin kleenex. Aunque Jalisco está lejos, habrá que tomar en cuenta que no hay estado federativo en este país que no tenga contacto diario con la Ciudad de los Palacios, por lo que todos estamos expuestos.
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Pero no se preocupen. La experiencia nos dice que de ésta, como nos ha pasado con huracanes, terremotos, incendios, inundaciones, intoxicaciones masivas en pachangas, derrumbes, caídas del sistema y regímenes políticos, vamos a salir airosos. La cosa está en extremar precauciones, no compartir vasos, ni cucharas, ni camas, ni alfombras, ni almohadas, ni calles, ni casas ni oficinas, y verán que en uno, dos o tres años, nos vemos limpios de virus... y de mexicanos. ¡Ánimo!
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¡Salud! (ahora más literalmente que nunca)

jueves, 23 de abril de 2009

Una rosa.

No leo para saber más, sino para ignorar menos.
Sor Juana Inés de la Cruz.
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La lectura de un buen libro
es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta.
André Maurois.
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Gutenberg debe estar contento. Mis informantes no saben decirme a ciencia cierta la ubicación de su tumba, pero sé que en su entierro debe estar regocijándose. El invento que le dio la inmortalidad a su nombre, y que constituiría uno de los más grandes artífices del cambio en la historia de la humanidad, celebra hoy a su más inmediata, perfecta y acabada creación: el libro.
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Un día como hoy, pero de 1616, Miguel de Cervantes Saavedra, el "Manco de Lepanto", el padre "adoptivo" del Quijote, el Cide Amete Benengeli de carne y hueso, el genio, el sabio, el escritor, dejó de ver la luz -o se acercó demasíado a ella al final del túnel-. El mismo día, pero titulado "3 de mayo" por las diferencias entre los calendarios juliano y gregoriano -¡ni en eso nos podíamos poner de acuerdo!- a cientos de kilómetros de distancia, William Shakespeare, el dramaturgo, el actor, el director, el genio, el romántico -ajá, con todo y su renacentismo-, el escritor, también dejó de ver la luz. Ambos, al apagarse, fundaron leyendas, crearon mitos, constituyeron literaturas que nunca más dejarían de influenciar ni al teatro, ni a la prosa, ni a la poesía.
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Por todo eso es que hoy la UNESCO ha decidido instituir la celebración del Día Internacional del Libro. Por eso y porque la festividad ha cobrado un tinte particularmente festivo desde que la comunidad catalana, con Barcelona como capital y el libro como sustancia económica elemental, unió la Fiesta de Saint Jordi -san Jorge, el del dragón, patrono de Cataluña- a la amable y gentil tradición de regalar una rosa -y roja, lo que hace el gesto todavía más pasional- a todo aquel que compre un libro en esta fecha. Flor por libro. Vida por vida.
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Hoy, Guadalajara se unió a la celebración mundial, y el mayor de mis hermanos y yo con ella le cantamos un bonito son al libro. ¿Cómo sería eso si no leyéndolo? Leímos, cada uno cierto fragmentito de dos minutos, Cuentos de amor, de locura y de muerte, del uruguayo-argentino Horacio Quiroga. Noté una copiosa asistencia de personas, y mi notación fue corroborada por el cansado rostro de La Martha, encargada de Eventos Especiales de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara -mi querida FIL, con Nubia "Todoterreno" incluída, organiza la lectura del 23 de abril año con año-. Al acercarme a saludarla, se llevó la mano a la cara y con gesto de hartazgo me confesó que había sido un día tremendo. La FIL no ha dado números oficiales, pero calculando lector cada dos minutos, por catorce horas de lectura... saquen ustedes sus conclusiones.
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A mí, ya lo imaginarán, me da gusto. Gusto haber leído a Quiroga -que ha sido, en lo particular, un agradable descubrimiento literario-, gusto haberlo leído con mi hermano -que sacó carcajadas al público asistente a la Rambla Cataluña al leer con matices vocales específicos según cada personaje-. Gusto ver que una ciudad como Guadalajara, de gustos culturales tan inexplicables como volubles, celebre al libro y la lectura en un ambiente de total apertura y trabajo conjunto. Gusto ver que el más práctico de los inventos culturales -más incluso que el disco compacto, el reproductor de mp3 o el proyector de cinematógrafo- recibe una honrosa, justa y merecida celebración.
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Gusto también poder desearles a ustedes una pronta y buena lectura. Si todos deséaramos un buen libro cada vez que nos despedimos, en lugar de gastar neuronas en recordar un amistoso "ciao", en poco tiempo habría un gran número de lectores generosos de libros bienvenidos. Lamentablemente, vivo en un país dónde leer como Dios manda sigue siendo una actividad de lujo, y dónde el libro es tanto sinónimo de status como de ocio -ocio no bien visto, cabe señalar, porque es un ocio inteligente, en nada comparado a chutarse tres horas sabatinas de Maribel Guardia en apretados y vulgares atuendos, lo que la mayoría de los mexicanos considera "sana diversión"-.
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Yo no leo por ocio. Si así fuera, me vería obligado a declarar que mi carrera, y algo de mi profesión, son derroches de tiempo libre -y "libre" es lo que menos puede asegurarse que es mi tiempo-. Yo leo por convicción, y porque si no lo hiciera me vería lamentablemente reducido a un cúmulo de carne y huesos sin más derecho para vivir que haber nacido. No, la vida yo me la gano, y me la gano leyendo, porque en los libros está la cultura -no sólo en ellos, pero en ellos uno la puede encontrar más prácticamente-, y en la cultura está la clave del considerarnos "humanos".
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Les deseo, pues, a todos ustedes, una próxima y sabrosa lectura. Este 23 de abril, mientras las librerías del mundo venden libros y regalan rosas, yo tengo para ustedes la más plena de las flores: una tarde lluviosa, un sillón acogedor, una lámpara cálida, un mamotreto de deleitosas páginas. Eso sí es un regalo y no fregaderas.
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¡Salud!

domingo, 19 de abril de 2009

Nuevo.

Un día extraño. Por primera vez en 21 años de vida, no hay hermanas en mi casa. No en el sentido básico de ausencia como la falta de una persona. No hay hermanas en casa porque ayer se casó la menor de ellas, en una ceremonia por demás entrañable y bien planeada, con una multitud de asistentes, de los cuales conocía yo sólo a una pequeña parte, incluidas La Jirafa, La Anabólica y La Zucaritas, trío de amigas del alma que acudieron a la cita con la única intención evidente de acompañarme y abrazar a mi familia, de la cual también son ellas parte importante.
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Ruth hace honor a lo que su nombre entraña. Es una compañera fiel. Yo lo sabía desde antes, de toda una vida de convivir con ella. De ella, me sorprende la capacidad que posee para darle nombre a sus sentimientos y dedicarse sólo entonces a sentirlos. Es inteligente, aunque en ocasiones su sensibilidad la rebase, y termine por sucumbir al llanto, la desesperación y la ansiedad. Por este razgo personal uno podría creer que tanto sentimiento enmarcado en una mujer con tantas fortalezas viene a significar una debilidad. Nada más falso: sin sus sentimientos, Ruth sería incapaz de acceder al mundo, de entenderlo.
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Es una mujer maravillosa. Al entregársela a Eduardo, mi recién nombrado cuñado, mi hermano el mayor le otorgó no sólo a una gran sonrisa, ni a un fino y cultivado intelecto. Le dio a una esposa trabajadora, amorosa y fiel. Fiel, sobre todo, en tiempos en que la fidelidad se subvalúa y coloca al mismo nivel que la estupidez. Le dio a Ruth, y Eduardo sabe todo lo que ello conlleva, lo que explicaría por qué al decir sus votos -de memoria y de corridito, sin titubear ni poquito- Eduardo agregó un anudado "Gracias, Dios, por Ruth".
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Hoy, al levantarme, las cosas son muy distintas. Mi hermano el mayor ha puesto manos a la obra con mi ayuda, y ante mi interrogante mirada ha movido muebles, descolgado cortinas y cambiado colchones. Hoy tengo un cuarto sin litera, con mis libros -que es como decir mi vida-, mis películas y mis discos acomodados en lugares estratégicos, mi nueva cama junto a la ventana, para poder ver la luna noche tras noche, mi nueva cabecera, mi nueva vida. Con Ruth o sin ella, las cosas cambiarían. Sin ella, son todas nuevas.
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Eduardo y Ruth se irán a un viaje de tres semanas por el Caribe mexicano. Yo la voy a extrañar, y mucho. Su apoyo ha sido sustancial en las distintas etapas de mi vida, y su presencia ha sabido apoyarme en circunstancias desiguales, cuando me veo superado por la vertiginosa acción del cambio y tiendo a desesperarme. Ruth también se desespera, pero se desespera conmigo, o me escucha, lo que ya es ganancia. Roja, la laptop en que hago todo lo que hago, es producto de su trabajo, y ambos le estamos profundamente agradecidos. Muchas de las cosas de mi corazón hoy me serían aún inentendibles sin su consejo, sin su dedicada atención. Eduardo lleva un paquetote -aunque lo mismo puedo decir de Ruth-, y sólo es compensable a todo lo que Ruth es el amor que él le tiene y le profesa.
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Yo, por mi parte, con cuarto nuevo y vida distinta, con aires renovados, espero que la vida les tenga a ambos sólo días felices. La utópica espera, lo sé, es eso: una utopía, un lugar que no existe. En sus días juntos habrán de enfrentar decisiones que tenderán a separarlos, y momentos duros, casi insuperables. Ante la derrota, el silencio y la molestia, sólo les quedará el amor. Si son lo suficientemente fuertes como para renovarlo, lo harán y aprenderán de las caídas. Yo espero que así sea. Por ellos, por Ruth, que es mi hermana, y que sólo con eso me ha dado tanto que ya no puede salir de mi corazón, y por Eduardo, que es mi nuevo hermano, por ellos dos lo espero. ¡Nueva vida!
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¡Salud!

viernes, 17 de abril de 2009

Bilateral.

La relación entre México y los Estados Unidos de América es profundamente humana. Eso de "humano" ha adquirido a estas alturas de la existencia del término tantas connotaciones, que sería importante precisar a qué nos referimos: una relación humana no en el sentido de humanística, favorecedora, pues, a los ideales ilustrados de igualdad, fraternidad y justicia. Una relación humana en el sentido de real, apegada al modus operandi de todos los hombres respecto a sus relaciones interpersonales.
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Una relación profundamente humana está llena de altibajos. El expresidente George W. Bush, con su afán de encontrar armas de destrucción masiva en el Oriente Medio, con sus ataques a las Torres Gemelas y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001, su Al-Qaeda, su negación a Cuba, su controvertida elección y su silenciosa reelección, y con él el resto de su gabinete, incluidos los Secretarios de Estado Colin Powell y su predecesora Condoleezza Rice, construyeron con México una relación de sobresaltos y altibajos.
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Vicente Fox Quesada, presidente de México durante cinco de los ocho años que George W. Bush se mantuvo al mando de la silla presidencial estadounidense, pareció rehusarse a mantener con el gobierno de los Estados Unidos una relación de diplomacia efectiva: sostuvo declaraciones producto sólo del disgusto personal y no del raciocinio político, como aquélla muy lamentable respecto a que los mexicanos emigran al vecino país para hacer trabajos que "ni siquiera los negros quieren hacer allá"; reaccionó con evidente desagrado visceral ante la decisión de la administración del presidente Bush de reforzar la seguridad fronteriza con la puesta en marcha de varias medidas, entre ellas la construcción de un muro y el envío de seis mil miembros de la Guardia Nacional a la frontera para apoyar en las labores de seguridad antiinmigrante.
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Fox no fue, ni por asomo, un presidente de diálogo sustancial e inteligente, fructífera visión declaratoria. Sus metidas de pata lingüísticas son conocidas y reconocidas por todos, mexicanos y no. George W. Bush no pareció esforzarse, tampoco ni por asomo, en responder al miedo -justo, excesivo pero de justa aparición- que los ataques del 11 de septiembre provocaron en toda la población de su país: posicionó el miedo sobre el diálogo, y cerró las puertas al gobierno vecino de un presidente atontado y bombardeado por una opinión pública nacional observadora punzante-también justa, excesiva, sí, pero de justa aparición-.
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Al salir los dos mandatarios, Fox en 2006, Bush en 2008, los escenarios en sus respectivos países quedaron debastados: el de Fox por una elección presidencial polarizada y controvertida, y un manifestado involucramiento presidencial en los procesos, documentado, entre otros, por Luis Carlos Ugalde, en su Así lo viví, y el propio Andrés Manuel López Obrador, actor principal del conflicto posterior a los comicios de julio; el de Bush por una administración cerrada, nacionalista y caduca, y una recesión económica producto de la falta de visión económica sustanciosa.
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Hoy, en 2009, las cosas no son muy distintas para ambos países: México sigue padeciendo los rescoldos de un proceso electoral lejano pero todavía dudoso; Estados Unidos sigue padeciendo el cierre de empresas, la pérdida de empleos y la falta de dinero. La poca capacidad gubernamental de Fox cedió el paso a un presidente de esfuerzos proempleo y antinarcotráfico, Felipe Calderón Hinojosa, un mandatario manchado por la controvertida elección que le dio el poder, y por una oposición radical y ciega, que nada quiere construir con un presidente que no pertenece a su fracción partidista; la política extrema proteccionista-nacionalista de Bush cedió el paso a un presidente que intenta el diálogo y sonríe con galanura, que conquista a las masas y se asume inteligente ante las cámaras y los micrófonos, no con el discurso liberal guardando ideas recesivas, ni con la pose pretendiendo suplantar la labor del estadista, sino con el mantenimiento de la dura visión de la realidad ante la crisis: "No les voy a mentir", declara Obama, "estamos en crisis, una de las peores de nuestra historia. Pero con esperanza y trabajo vamos a salir adelante".
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Esperanza y trabajo. Dos conceptos que Obama ha colocado en favor no sólo de la flagelada economía de su país, sino también de la relación de su gobierno con los de otros países. Obama anuncia que liberará a Cuba del embargo económico que su nación le ha impuesto tras la revolución socialista de Castro; Obama anuncia que planteará con México una lucha antinarcotráfico, unir fuerzas, hacer, de la labor de uno, el problema -evidente, existente- de dos, para que entonces la solución también sea de dos; Obama retira tropas de Iraq, y, democrático, asegura que la nación, injustamente intervenida por la administración de Bush, ya puede gobernarse por sus propios medios. Obama sonríe, y pretende que el mundo sonría con él.
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México cree en el trabajo, conjuntando así esperanza y labor, las dos medidas anticrisis del gobierno de Barack Obama. Confía en que cuenta con las capacidades y con las fortalezas para salir adelante, para hacer de su nación un Estado de Derecho existente, funcional, progresista. Calderón lucha contra el narco, sin embargo, y la opinión pública le exige preocuparse en otros menesteres; Calderón emprende una labor intensa para promover el empleo, pero ésta sólo se queda en el discurso, convirtiendo la crisis en letra muerta el discurso; Calderón levanta la cara ante una oposición radical y agresiva, pero sus circunstancias lo dejan solo ante el monstruo de la lucha de contrarios.
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Ahora Obama llega a México y dialoga con Calderón sobre los temas pendientes en la agenda pública. Se toca la cuestión de la frontera, y Obama anuncia "soluciones integrales". No un muro, no sólo unos cuantos miles de efectivos de seguridad. Se toca la cuestión del narcotráfico, y Obama anuncia "acciones conjuntas", a sabiendas de que su país es el principal consumidor de la droga que nuestros capos producen. Se toca la cuestión de la crisis, y Obama anuncia "inversión paulatina". Calderón aplaude. Puede que Obama no cumpla, que la crisis en su país le impida "soluciones integrales", "acciones conjuntas" e "inversión paulatina". Puede, pero el triunfo de ambos gobiernos es hoy el diálogo reactivado, la mano nuevamente estrechada, la posibilidad abierta. Obama tiende una mano, algo dolida por la crisis, y Calderón la toma, con otra mano dolida por otras cuestiones. Los presidentes se abrazan, y las naciones se reconsideran.
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"No somos nuestros antecesores", parece decir el discurso oficial de ambos mandatarios. "Nuestras políticas son las del progreso y la convivencia, no las del trastabilleo y la ignorancia". Buen inicio. Habrá qué ver el seguimiento.
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¡Salud!

jueves, 16 de abril de 2009

Ssh.

" A veces, el silencio es la peor mentira".
Miguel de Unamuno.
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Hasta hoy, tenía la idea de que pedir disculpas era similar a pedir un favor: hacía falta solicitarlo por cualquier medio para esperar casi inmediata resolución y producto. Hoy, tras viajar más de 30 kilómetros en transporte urbano, pagar casi quince pesos en ese concepto, aguantar calor, olores ajenos, ideas propias insistentes y desesperadas, tendientes a hacerme retornar a la comodidad de mi casa, mi Roja y mis conceptos anquilosados, descubrí que para pedir disculpas no hace falta sólo pedir: hace falta dar, y luchar también, emprender una pelea irresoluta contra el que es quizá el peor enemigo de uno mismo: uno mismo.
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Yo descubrí que las disculpas eran el próximo paso desde hace varias semanas, cuando una noche de desvelos con La Traviata me puso en sintonía con la que era única vía para que lo que he dado en llamar equilibradamente "el asunto", tuviera un progreso más allá del silencio. La Traviata, que es fanática de sacar la verdad a fuerza de múltiples cuestiones al aire lanzadas, nacidas no de otro interés que el suyo propio por enterarse del estado que guardan las cosas que la rodean, me aprisionó, me esclavizó, me torturó y luego, en medio de frenéticos arrumacos, me hizo entender: "¿No será que traes herido el ego, y no lo quieres aceptar, Agus?"
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Y entonces comencé un viaje que ya antes de que ella mencionara el ego herido me guiñaba el ojo: un viaje por las más cruentas esteras de mi interior, por las más insondables cuestiones de mi personalidad, por mis más irreverentes decisiones, y mis más significativas derrotas. Fue un viaje todo pagado: inició en los oídos, con las punzantes -y verídicas- palabras de La Traviata, caminó a la cabeza, y me estuvo punzando ahí un rato, para luego pasar a la boca y hacerme prometer en voz alta que pensaría la cuestión del ego. Luego el viaje regresó a mi cabeza, y se estuvo ahí un rato, hasta que avanzó, sin que yo lo sospechara, al más temible de los órganos invadibles: el corazón.
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Y en el corazón, encontré la verdad: no sólo era ego. Mi silencio, el silencio que hacia ella guardaba desde que le advertí en enero pasaso que guardaría distancias, era producto inefable del miedo. Un miedo audaz, manifestado en múltiples pensamientos, que venía tomando parte importante de mis decisiones en los últimos tres meses. Un miedo para cautivarlo todo, surgido del inconciente para derrotar al conciente. Un miedo contra la razón -como todo miedo interesante que se precie de serlo-, contra la verdad y contra la amistad.
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Fue eso, que fuera justo en contra de la amistad, lo que me asustó más que nada. Podría tolerar en mí o en otros un miedo que fuera contra el medio ambiente, o contra el control natal, la música rock y el color amarillo -"xantofobia", según mis informantes-. Pero contra la amistad no: por la forma en que agrupa a dos o más personas, por la capacidad que posee -y que yo he comprobado en carne propia- de sacar adelante al hundido y refrendar el amor en todas sus posibilidades máximas, la amistad es intocable. Un miedo que la agrede, por tanto, merece belicosa reacción contra él.
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Y la emprendí. Me dispuse a luchar contra el miedo, lo que era luchar contra mí mismo, y a defender así la amistad. Por supuesto que mi silencio en contra de ella, mi amiga, había clavado muy dentro de ella, y de muchos otros que no tendrían por qué salir heridos con todo esto según mis planes -que nunca fueron tan organizados ni tan valientes como para presentarse como "planes"-, un profundo dolor de caudaloso silencio. El silencio es cruel porque implica incomprensión y engendra frustración. En el silencio nacen los malentendidos, los distanciamientos, las discriminaciones. En el silencio se engendra el delito, encuentra cama tibia el dolor, y crece el odio.
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Por eso el silencio no se lo merecen ni los enemigos. Cuando entre dos personas hay un silencio, evidentemente no hay comunicación; pero cuando dos personas no se hablan porque una de ellas ha decidido -llena de miedo- que así sea, la incomunicación se convierte en áspera ausencia y en apático mazo que todo lo destruye. Si el silencio provocado -y provocativo- no se detiene, las cosas se pierden en un vertiginoso remolino de dudas y frustraciones, rencores y agravios. Las ideas no se aclaran, los complejos no se reconsideran, las heridas no se sanan. El silencio sólo lo derrota todo, y no es justo. No al grado de pervertir una amistad.
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Yo llegué, la vi, y no sentí miedo. Por primera vez en tres meses, no sentí nada más que unas tremendas ganas de suplicar disculpas, de repetir las veces necesarias "la regué", y de escucharla. Escucharla sobre todo, porque en la buena escucha está la base del buen diálogo. Ella puso sus puntos sobre la mesa, y me parecieron tan acertados como temibles. Yo recuperé lo que ya había pensado: que mi silencio fue grosero y excesivo, aniquilador.
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El proceso de recuperar los restos tras el naufragio -provocado-, llevará para mí más tiempo del que pensaba. Hay cosas que la tormenta hizo brillar, y cosas que dejó inútiles. Pero hoy, y eso me alivia, rompí el silencio y emprendí la escucha. Una escucha sin tregua, sin consideraciones ni miramientos. Una escucha para una amiga, pero sobre todo para un corazón, el mío, que necesita saber que no sigue matando lentamente a través de la ausencia de palabras corteses y sinceras nacidas de la boca.
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No soy perfecto. Cuando La Traviata mencionó el ego, y algo en mi interior digo "sí, ego, y también miedo", temblé, caí en cama, padecí fiebres y descomposiciones estomacales, y luego me levanté. Me levanté para reconsiderarla a ella y reconsiderarme a mí. Cuando de niños hacíamos berrinche, mi beatísima madre nos miraba a los ojos y se limitaba a decirnos: "recapacita, papacito, recapacita". Yo recapacité, lo que significa, según la RAE, que pensé en mis propios actos. Pensé en mi propio silencio, y decidí darle a la palabra una segunda oportunidad.
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Hoy ya no los tengo. Ni el silencio, ni el miedo. El ego es otra cosa. Me ha llevado a buenos lugares y sé que con inteligencia puede producir grandes frutos. Recapacito: con inteligencia. Suelto, desordenado, aferrado además, no puede generar más que tormentos. La inteligencia es el siguiente paso.
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Hoy le agradezco a ella el que hubiera aceptado mis disculpas, y el que hubiera abierto su corazón. Yo necesitaba escucharla, y darle mis palabras. Las cosas no serán iguales, me lo ha repetido en mil y un formas, y yo no puedo pedir que lo sean: antes no éramos lo que hoy somos, y pedir que actuemos, pensemos y distingamos de la misma manera que ayer, es hoy una utopía. Distinto, todo es distinto, y las nuevas relaciones así tienen que serlo. Pero hay palabras ya de por medio, y eso es un avance. Un avance no urgentemente hacia la recuperación de la amistad, pero sí ante una nueva definición de ambos como personas, un nuevo rumbo basado en un nuevo reconocimiento. La palabra ya empezó. El silencio se fue. Nos queda el tiempo.
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¡Salud!

martes, 14 de abril de 2009

Todos los nombres del rey.

Los trajes están hechos para poder ver absolutamente todo, y no enseñar absolutamente nada. Honorato de Balzac. .
Evo Morales, el presidente de Bolivia, se fue a huelga de hambre. Yo abrí el periódico un día después de anunciado el régimen alimenticio forzoso, por lo que cuando me enteré, el asunto era ya noticia. La imagen que Mural publicaba acompañando al artículo en la última plana de su sección Internacional, con fecha del jueves 9 de abril de 2009, me provocó una mezcla tan bizarra de sentimientos que todavía estoy en proceso de separarlos, ponerles nombre, clasificarlos y vivirlos.
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Encuéntrase en la foto el señor presidente tendido en el suelo, con la espalda recargada en la pared de su despacho. A sus lados se ven parte de su escritorio, madera bien tallada, pulida con garigoles en las patas; también un tapete casi estilo persa -sé poco de estilos, pero de estilo sudamericano no me da idea-, y una bolsa con hojas de coca. Se alcanza a ver el brazo de un médico que le toma la presión, y su zarape -imagino que en bolivia tendrán otro nombre para ese tipo de indumentarias típicas, pero mis ayudantes no me ayudan hoy- tendido sobre sus piernas, guareciéndolo del frío. Junto a él se alcanza a divisar el brazo de otra persona. A huelga, se fueron Evo y un aproximado de veinticinco colaboradores.
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La imagen es por demás insufrible. Insufrible y no: en Guadalajara, en México, en cualquier país de América Latina, incluso en Estados Unidos y en cualquier ciudad de Europa, la particular figura de los mendigos nos es familiar. Lo que la hace una foto irritante es pensar que ese señor moreno, con ojos pequeños y sonrisa cautivadora, ese hombre de poca estatura y cabello abundante que sobre el suelo yace, es un jefe de estado.
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"¡Uy, qué miedo! Un Señor Presidente de la República mal vestido y dispuesto a morir de hambre sobre el suelo de su despacho", pensarán, y tienen razón. Exagero, o me ganan mis creencias. Ésas creencias guajiras que dicen que un jefe de estado debe estar sobre una silla carísima, de caoba y oro, tras un escritorio de roble de una pieza, discutiendo con pingüinos bien trajeados frente a él, o acudiendo a citas para comer con la Reina Isabel en Buckingham, o viajando en primera clase, o contrayendo nupcias con una súpermodelo de bien vestidas carnes. No así, no en esas condiciones, tirado sobre el suelo, lanzando amenazas contra los legisladores de su país.
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El problema está precisamente en que la actitud de Evo Morales es la de un hombre preocupado, en el sentido estricto del término. No la de un Señor Mandatario preocupado. Morales llegó al Palacio Quemado de La Paz en 2006 con la transparente imagen de hombre de raíces indígenas, trabajador y preocupado por el bienestar de los bolivianos, y se ha esforzado por mantener esa imagen que es él, y que le dio el triunfo electoral por el 54% de los sufragios, aún a pesar de las consideraciones que pudiera guardar la opinión pública, o el cambio de imagen de hombres esforzados y estilizados que el común de los dirigentes mundiales suelen adoptar al tomar el poder.
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Evo Morales estaba dispuesto, y lo dijo, a permanecer mascando sólo hojas de coca el tiempo que fuera necesario, hasta que los legisladores de la Cámara Alta aceptaran las propuestas de la reciente reforma electoral que le permitirían a él renovarse en el cargo, y a los comicios electorales fluir. Sí, como sucede con frecuencia aquí en México, la raíz del mal estaba en la falta de diálogo -y la incluída escucha- entre los distintos poderes. El punto está en que Morales cuenta con mayoría partidaria en la Cámara, pero el pequeño porcentaje que no le va a las ideas del mandatario ejerce una fuerte presión sobre el resto.
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Morales pide reformas, y los representantes dicen "no del todo". Morales pone claros sus puntos, y los representantes tardan demasíado en negociar -de enero a abril, cuando el plazo es de máximo 12 semanas-. Morales se sienta en su palacio, secundado por una veintena de compañeros, y otros tantos en distintas regiones del país andino que gobierna, y anuncia huelga de hambre, las fracciones contrarias señalan reelección e intenciones monárquicas. En la cortina de fondo, el pueblo boliviano se debate entre las opiniones de los distintos bandos, y no acaba todavía de decidir quién es culpable y quién es víctima. América Latina, expectante, contempla al presidente con su bolsa de coca y su zarape boliviano, y se asusta de la reacción de un hombre, como si a diario no hicieran muchas personas huelga de hambre alrededor del mundo por motivos más fáciles de solucionar que una reforma electoral.
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La huelga terminó cuando los representantes de la Cámara Baja aprobaron las reformas y le dieron así luz verde a Morales para iniciar una campaña electoral. Según comicios elaborados antes de las propuestas de reforma a la ley, una mayoría significativa -entre el 60 y 70%- deseaba ya desde diciembre pasado para Evo la posibilidad de la reelección. El pensamiento marco es sencillo y pleno de justicia, si se cumple al margen de lo establecido: Morales es un candidato más a la presidencia, como cualquier otro que los partidos de oposición eligan para contender en la jornada electoral. Evo Morales, el que hace la protesta para exigir su posibilidad de ser contendiente, es el mismo hombre que deja el cargo para ser candidato. No es el presidente: es el hombre.
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Difícil resulta, en un mundo tan acostumbrado a guiarse por la imagen pública, entender la separación entre el personaje y la persona. Por eso nos duelen los huesos cuando un todavía Presidente de México Vicente Fox Quezada dice frente a una cámara: "Yo ahorita digo cualquier tontería y listo. Total, ya me voy", o cuando nos enteramos que Sarkozy le aprieta el trasero a su reciente nueva esposa Carla Bruni en público, en pleno acto protocolario. Todos son hombres, hombres que han elegido guiar las vidas de sus países esperando hacer algo por ellos, o quizá sólo en afán egoísta, partidista, romántico. Hombres, al fin y al cabo, que tienen derecho a exigir en la misma medida en que el país y la opinión pública les exigen a ellos. El problema está en que hacerlo en público implica mezclar personaje y persona, ridiculizar a uno, del que se espera solemnidad, y evidenciar al otro, del que no se espera aparición. Crudo, pero cierto.
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¡Salud!

lunes, 13 de abril de 2009

Inapreciable.

Para La Casicasi, que a pesar de todo conserva el son.
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Tenía siglos sin verla. No tanto tiempo, pero sí muchos años. No, tampoco. Meses, meses sí. El punto con amigas como ella es que cuando uno les pierde la pista, las encuentra luego más fuertes y vividas. Más vívidas también. Tengo la impresión entonces, tras verla, que uno nunca termina de conocer a las personas, porque las personas nunca dejan de cambiar.
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La Casicasi llegó a la cita en una ceñida blusa morada, que me dio de fijó el gatazo de que estaba más delgada. El fijón del gatazo se transformó en fijón verificado -que es un fijón peligro en realidad- cuando ella misma me contó que ha estado cuidando su alimentación, y de paso su salud. La revelación me dio un gusto tremendo: si La Casicasi cuida su salud, tendremos Casicasi para rato. ¡Enhorabuena a su decisión restrictiva!
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Algo que todo aquél que quiera conocerla debe saber sobre La Casicasi, es que nunca se está quieta. Las veces que la he visto relativamente tranquila, está durmiendo o está insolada. Su tesón, arduo y bien forjado, responde en mucho a su incapacidad para estar sentadita, quieta y sin respirar: al tener ganas de hacerlo todo, de comerse al mundo en un proyecto, ni se da por vencida ni se deja flechar. Es lo que yo llamaría, sin reservas, una mujer de largo aguante.
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El punto es que nos vimos para charlar, y como hacemos siempre que nos vemos, reunir en torno a una mesa, que a veces es de tequila, otras de ron, otras de café y otras de saludable jugo de naranja, nuestras pretensiones, nuestras decisiones y nuestras caídas. También los triunfos, pero ésos solemos celebrarlos más en corto. La cuestión está en que una tarde más conjuntamos pareceres, y como pocas veces, su opinión resultó esclarecedora para mi toma de decisiones.
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Yo no me aprecio de ser alguien que escuche fácilmente consejos. Los oigo, sí, y les pongo atención, pero una parte rebelde hay en mí que se indigna al vislumbrar la posibilidad de seguir un consejo. He aprendido con el paso de los años que los amigos que en verdad te quieren y conocen suelen decir cosas más sensatas de las que tú mismo tienes posibilidad de pensar. La Casicasi es una de esos amigos.
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Entre un agua fresca -yo pedí de horchata con fresas, y ella se fue por la opción fresca y saludable de la alfalfa-, y dos cafés -tras las aguas nos movimos a un lugar que espero recomendarles en otra entrada, que verse sobre temas más frívolos e insustanciales-, yo le actualicé mi vida y ella me puso al tanto de la suya. Redescubrí, mientras la hacía reír y ella me devolvía el favor, que podrán pasar los años y movernos sin remilgos las corrientes y las circunstancias -que también suelen ser unas corrientes-, pero ella siempre estará para tomarse un café conmigo, y yo deberé replantear mis tiempos para darle más de mis minutos a personas como ella, que tantas veces han puesto el hombro -o han advertido que lo harán en caso de ser necesario- ante las amarguras de la vida.
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Admito que en otras tardes yo la escuché como oír llover. Ella era muy alocada, sobre todo en primer semestre, y yo demasíado aburrido para entenderla. Hoy, los días son distintos para ambos. Los vientos nos han movido a polos tan distantes que, en la redondez de la Tierra, han acabado por acercarnos. Aunque las situaciones son algo distintas, su punto símil en los días que pisamos nos han colocado frente a la insuperablemente dadivosa facilidad de darnos consejos útiles mutuamente.
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Como nunca, como siempre, yo la escuché y ella me escuchó. Resumimos cuestiones, nos jalamos las orejas, y luego nos dimos fraternales abrazos. Revolví misterios inenarrables que hacía tiempo tenía malamente estancados, y ella me lisonjeó con el favor de sus secretos. Se lo agradecí sinceramente, más porque estoy en una época en que si algo necesito es sentirme cercano a mis amigos. Admito que soy mayoritariamente yo el de las faltas, el de las negaciones, el que no contesta las llamadas ni se da un tiempo para conversar. Mea culpa entonces.
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Algo que también me regaló La Casicasi esta tarde, fue la posibilidad de relajarme un poco y subir un escalón para ver las cosas con menos agua al cuello. Me recordó que problemas siempre habrá en la vida, por lo que éstos no pueden ser una limitante para buscarse uno sus ratos y tomar sus propias decisiones. "Vives demasíado por otros" y "eres muy extremista", fueron algunas de sus frases, que dichas por ella, en situaciones como las que embargan el presente, resultaron esclarecedoras. Se lo agradecí, estuve a punto de llorar con cierta narración de un hecho reciente nacida de sus labios, y luego lloré de camino a casa. Lloré por las decisiones extremas, por las vidas de otros que me son tan importantes, y lloré también de emoción, porque se ha dicho hasta el cansancio que encontrar un amigo es un tesoro, pero nadie ha reparado nunca en que redescubrir a ese amigo, y encontrarlo más cercano, es, de tan caro, inapreciable.
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¡Salud!

sábado, 11 de abril de 2009

Papalote.

De entre todos los recuerdos que guardo de mi infancia, ésa infancia mía que todavía a veces me asedia cuando me surge un antojo repentino de chocolate, azúcar refinada y panquecitos, o cuando algo no sale como lo espero, y reacciono con berrinche, de entre las memorias de esa infancia mía, decía, sobresale como pocos el vuelo del papalote.
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Tendría entonces como 10 años, 11 no creo. A los 11 se sienten irremediablemente cerca los 12, y uno comienza a temblar. Yo no recuerdo haber temblado al volar un papalote. Recuerdo, eso sí, la sensación en mis manos de la tensión del aire, la búsqueda incesante del viento por traspasar el ligero "armamento" de plástico y madera, búsqueda que se traducía en una tensión constante en los dedos, los hombros, el cuello de uno. Recuerdo también el presentimiento inminente de que aquel pájaro multicolor caería sin remedio de un momento a otro, llevándose en picada la tarde entera de diversión, los esfuerzos por levantarlo, la ilusión primera de ver aquella simpleza volar tan alto como los pájaros, tocar las nubes, y luego bajar un poco para contar lo que vio allá arriba, cerca del Sol
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Volar un papalote es, en muchos sentidos, cercano a vivir. Los pedagogos deberían, lo digo con la seguridad propia de quien ha experimentado en propia piel el método, dejar de buscar hasta por debajo de las piedras nuevas teorías sobre cómo aprendemos mejor, y ponerse a volar papalotes. Por el fugaz pero dichosísimo espacio de tiempo en que el viento lo mantiene alzado, pero también por su capacidad de levantarse de nuevo cada vez que ha caído, el papalote es la referencia didáctica más directa a lo que debería ser nuestra actitud ante los hechos de la vida: el disfrute de la no sempiterna felicidad mientras ésta se tiene; la urgencia a reanudar el vuelo una vez que se ha caído
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Volar un papalote es también reanudar el diálogo, desde temprana edad perdido, con lo que somos y queremos ser. El invento, nacido en China cerca del siglo VII a. C., según mis informantes, y traído al mundo por un tal Mun Hi, inventor de luengas barbas cuyo ocio lo llevó a desear la construcción de un artefacto que imitara el vuelo del halcón, recibió el nombre de cometa -no me pregunten cómo se llamaba en chino-, y todo me lleva a pensar que fue Marco Polo quien agarró la idea en alguno de sus tantos viajes por el continente asiático y la llevó al Viejo Continente. De ahí, el resto es historia: cuando los españoles volaron los primeros papalotes en la Nueva España, los mexicas otorgaron al aerodinámico objeto el mismo término, papalotl, que tenían dispuesto para referirse a un insecto de ligeras alas, muy popular en los cuentos de hadas: la mariposa. Quizá es por eso que los Chinos se creen sus dueños -año con año, en Beijing se organiza una Cumbre Internacional del Papalote (sí, así con mayúsculas)-, y nosotros sus mejores voladores. Quien le da un buen nombre al objeto, tiene derecho a hacer con él... un papalote.
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Volar un papalote es como enamorarse. Llego a esta frase después de recordar las palabras que una cada vez menos lúcida Isabel Allende dijo cuando todavía tenía chispazos de integridad e inteligencia de vez en cuando: escribir es como enamorarse: ambas actividades requieren dejarlo todo de lado. El papalote es un amante muy celoso: basta que uno pierda un segundo la atención en su desplazamiento, o que suelte ligeramente de más el hilo que lo mantiene medianamente fijo en tierra, para que el asunto se desplome, en el mejor de los casos, o vaya a atorarse con otro papalote, derivando esto en tragedia nacional -¡lo que cuesta ponerse de acuerdo cuál de los dos cordones será sacrificado ante la maraña armada, sobre todo cuando el otro dueño no es amigo de uno!- Volar un papalote y enamorarse requieren dejarlo todo de lado. Volar un papalote, y escribir, son dos actividades similares también. Pienso ahora en la imagen del papalote pleando sin orden ni cordura sobre la faz del cielo, y no puedo evitar sonreír al equiparar esa imagen con la de la pluma recorriendo el papel, o unos labios apasionados la piel de otra persona.
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Volando papalotes aprendí más de la vida que estudiando sobre ella en mis libros de civismo. Para volar un papalote se requiere aprender a negociar, a controlar, a frenar y a dejar ir. El papalote, obedeciendo quizá a su orígen topográfico, obedece en sus volteretas a aquel viejo proverbio chino que dicta: "si quieres algo, déjalo ir: si vuelve a ti, siempre fue tuyo, si no, nunca lo fue". Además, para volar papalotes, hay que aprender a esperar.
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Lamento profunda y tristemente que hoy día existan cada vez menos lugares en la ciudad aptos para volar papalotes fructífera y soberanamente. Yo, a mis diez años, volé los que se dejaron en un terreno baldío que hoy ocupa un gigantesco centro comercial de ésos de decenas de salas y atiborramiento de franquicias multinacionales alimenticias y del vestir. Hoy, para volar un papalote hay que ir más lejos, salir de la ciudad, alejarse del estrés de las calles y el tedio de la rutina, como si el papalote reclamara para su vuelo de un santuario, de una actitud de vida lejana a la que estamos acostumbrados a llevar en las grandes urbes. El papalote, como invento inteligente, pugna por un espacio digno para su desenvolvimiento. ¡Cuánto podríamos aprender de su protesta!
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Sobre volar un papalote, recuerdo también la tarde en que, parado a mitad del campo con mi cometa de plástico multicolor -ahora que lo pienso, volaba yo un papalote digno de bandera gay-, con sus aristas de madera, su cola de metro y medio apenas meciéndose pendularmente, esperaba yo que hubiera viento propicio para correr, soltar poco a poco el hilo y luego alzar la cara para ver aquella magia volátil y ligera cobrar vida. Pero nada: el aire no llegó a la cita. Mamá y el mayor de mis hermanos podrían hacer grandes cosas por mí, pero generar aire suficiente para hacer mi papalote volar no era una de ellas. Así que no había más solución que dar media vuelta y sentarse a esperar.
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También por eso, la vida se semejante a volar un papalote: ser inteligente requiere saber cuándo es momento de correr y actuar, y cuándo es tiempo de sentarse a reflexionar la estrategia. Después de todo, pienso hoy como pensé aquella tarde sin viento, siempre habrá buenos y malos temporales. El papalote, con su cola móvil y su jugueteo aéreo, está dispuesto a esperar los buenos y guardarse en los malos. Buena lección para un mundo que vive lamentándose de los malos días y desconfiando de los buenos. Buena lección para mí.
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¡Salud!

viernes, 10 de abril de 2009

Él.

“Este Cristo (...) es histórico, no místico; es un individuo, no una mera imagen. Él permanece como el más elevado modelo de religión que pueda alcanzar nuestro pensamiento y ninguna devoción verdadera será posible sin su presencia en el corazón.”
David Strauss
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Viernes santo. Para la tradición cristiana, Cristo murió en un día como hoy, pero de hace 1976 años, después de permanecer tres horas clavado en una cruz de madera y de una noche de andar del tingo al tango entre el sanedrín, que era la institución eclesiástica y legal máxima para los judíos, sociedad religiosa-patriarcal hasta la fecha, el palacio de Herodes Antipas -hijo, por cierto, del Herodes que encomendó la matanza de los inocentes, con fecha en mi cumpleaños y en el de este Baile-, y la unidad administrativa Quintum Solem, en cuyo organigrama figuraba como gerente administrativo el mismísimo Poncio Pilatos. Eso explicaría, al menos en parte, por qué en este día el mundo entero se dedica a faenas imposibles.
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Uno sabe que la ciencia está en crisis cuando se vende en canales como History Channel. No me malinterpreten: no tengo nada en contra del canal de la H. De hecho, creo que si bien su investigación a veces abraza temas inútiles -como de dónde salió la Salsa Tabasco, o por qué el hot dog se llama así y no hot cat, o hot monkey-, en general hacen buenos trabajos de divulgación científica. El problema es que, a falta de público en revistas, anales y congresos, la ciencia ha tenido que venderle su alma al marketing de la televisión y tener que participar en investigaciones inútiles como las antes enlistadas, con tal de poder pagar protocolos útiles que llevan a lo que nos compete.
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¡Cómo doy rodeos! Se nota que es viernes santo: mi capacidad de concentración anda más dispersa que de costumbre. Yo iba al hecho de que la ciencia ha demostrado, según escuché hace unos días en cierto programa de History Channel, que Cristo murió de al menos tres factores combinados: asfixia, insuficiencia cardíaca aguda y un infarto al miocardio. Si a eso le sumamos una fuerte dosis de estrés, y la muy probable formación de un coágulo cerebral, deshidratación y la fuerte carga de enzimas de polen que llenaban Palestina, tan polvorosa, por aquellas fechas, tenemos un cuadro patogénico completito.
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No hay que hacer muchos esfuerzos para saber que la friega de toda la noche ha de haber traído a las neuronas de Jesús de Nazareth vueltas locas. Los nervios podrían haberlo traicionado en más de una ocasión. Sorprende el hecho de que las narraciones del suceso de su muerte que hasta nosotros han llegado, no precisan a un Jesús llevado más allá del cansancio extremo. Su frágil cuerpo -por más rubicundo que hubiera sido, una noche de insomnio y golpes a cualquiera lo debilitan- fue tolerante hasta la muerte, y dejó para la posteridad escenas de verdadero dramatismo, digno de final shakespereano.
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Mel Gibson, cristiano de hueso colorado, entendió el profundo morbo que todo el proceso detallado de la pasión del nazareno podría generar en audiencias sustanciales, así que se puso creativo y llevó a la pantalla, de un modo indiscriminadamente preciso, las últimas doce horas de vida de Jesucristo. Hablada en dialectos como el arameo, e idiomas propiamente dichos como el latín, en La Pasión (The Passion of the Christ, 2003), Gibson y su equipo de colaboradores recrearon magistralmente los acontecimientos que, encadenados y "divinamente" dispuestos, acarrearían, a posteridad, la formación de una de las creencias más sólidas, dinámicas y controversiales de todos los tiempos: el cristianismo.
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El Cristo, inmolado cual Prometeo asiático en su afán por llevar la "luz" a los hombres, entregado a manos asesinas para su seguimiento en un juicio injusto y reprobado actualmente por los más estudiosos expertos en derecho penal, dañado, adolorido, golpeado, humillado, escupido, blasfemado, azotado, sangrante, falseado, el Cristo humilde, carismático, amoroso, servicial, didáctico, el Cristo de multitudes, como las de Cafarnaum, e individuos, como Zaqueo, el redimido empleado de hacienda, o María de Magdala, injustamente tratada por la historia como prostituta, el Cristo de amigos, como sus doce inseparables, y de enemigos, como los miembros del sanedrín, el Cristo múltiple, versátil, "divino", entregó "su alma al Padre" en un día como hoy, de hace 1976 años.
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Ya sé que ya lo dije, lo de los años, lo de que todo sucedió un día como hoy. Fatídica fecha para el género humano, que si ya antes de conflictos sabía, tras la muerte del galileo cambió la estrategia y puso entre las línesa de las declaraciones de guerra la lucha por la supremacía de las ideologías. Pero no se espanten: si Cristo no hubiera muerto, si estos 2009 años hubiera sido para él de completa y fructífera salud, si sus tres años de vida pública se hubieran prolongado hasta el día de hoy, de todos modos habría desconsideradas conciencias intentando deshacerse de él, haciendo valer un intrincado panorama axiológico como único, irrepetible e invaluable.
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Desvirtuadas sus palabras, traducidas o interpretadas a consideración de sus poseedores -o los que se catalonga como tales-, la ideología de Cristo no deja de ser fabulosamente humana y profundamente revolucionaria. Si axiomas como "dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios", o "Bienaventurados los que sean como niños, porque de ellos es el Reino de los Cielos", si alguien basara el intrincado sistema de leyes en tan sencillas palabras, se ganaría las palmas, y la paz. Pero no es así, y basta el desecho tergiversado y maldicho en que los "poseedores" de su palabra han convertido sus ideales, para entender el por qué de que políticos y gobernantes renieguen de hacer leyes con conceptos tan suyos como el amor y la entrega al prójimo. A eso súmenle que nuestros líderes entienden laicismo con anticlericalismo, y ya acabamos.
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Pese a lo que hayan hecho con su palabra, Jesús de Nazareth sigue siendo, a casi 2000 años de su muerte, un firme y genuino modelo a seguir. Lo digo yo, que no voy a misa, y lo dice mi madre, que se la vive frente al sagrario. Lo dicen los que han visto en los anales de la historia palestina el progresivo alboroto público que sus andanzas llegaron a generar, y lo dicen los que han estudiado sus palabras, desde anticlericales como Lutero hasta devotos como Juan de la Cruz, y han encontrado en ellas algo más allá del humanismo: un profundo interés porque el amor a la vida, la paz y la felicidad estén con todos nosotros. ¿Por qué? Porque nos lo merecemos, hijos o no del mismo padre.
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A mí me queda la duda de qué pensaría Jesús de los esfuerzos diarios por ser felices que emprendemos hoy día. ¿Qué opinaría del alto índice de secuestros, extorsiones y agresiones violentas que plagan las noticias? ¿Qué diría de un Estado mexicano favoritista y monopolizador? ¿Qué diría del elevado porcentaje de suicidios en niños, jóvenes y adolescentes? ¿Qué diría de nuestros debates sobre el aborto, la eutanasia, la legalización de la droga y los sindicatos? ¿Qué diría de Elba Esther Gordillo, Manlio Fabio Beltrones, Andrés Manuel López Obrador, Germán Martínez, Mario Marín, Luis Téllez y el resto de las fichitas políticas que intentan, con pésimos resultados, regir la vida de nuestro país?
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O peor aún, ¿qué diría de los conflictos bélicos que tienen a las ciudades de su región natal como tela de colador? ¿Qué opinaría de las discrepancias entre Estados Unidos y los países musulmanes de Medio Oriente? ¿Qué diría de la existencia de Estado Vaticano, de la Capilla Sixtina, de las declaraciones de Benedicto XVI en torno al uso del condón en África? ¿Qué le diría a José María Escrivá de Balaguer sobre el evidente derrochamiento de recursos que el Opus Dei realiza? ¿Qué opinaría en la prensa sobre los abusos sexuales cometidos contra menores por clérigos de alta importancia como el recién fallecido Marcial Maciel?
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No sé con certeza la respuesta a ninguna de estas cuestiones. Las palabras del líder, del maestro, sin embargo, son tan buenas y tan universales que todavía hoy hablan por él: sentiría profunda pena, profundísimo dolor, imaginándose que tomó la idea de su muerte como un sacrificio para la liberación de las almas, y todo para que las almas se sigan condenando solitas milenios tras milenios. No hablo de infiernos ni castigos post mortem. Creo silenciosamente que Cristo tampoco lo hacía. Hablo, como él también hablaba, de búsquedas terrenales por la felicidad, por el equilibrio, por la paz y el progreso humano. Lo que venga después, llegará por añadidura. "En verdad les digo que el Reino de los Cielos está ya entre vosotros". Amén. La cosa es que entendamos dónde.
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¡Salud!