sábado, 14 de marzo de 2009

Quiebre.

Se miraron un segundo como dos desconocidos.
Ruido, Joaquín Sabina.
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Lamento que las cosas llegaran a este punto. Siempre he temido por mis decisiones, y conforme pasan los años más me voy dando cuenta que no he aprendido a decidir. No porque lo que decida sea "incorrecto", o me acarree dolores de cabeza, sino porque nunca estoy conforme con lo que escojo, y siempre termino pensando en lo que hubiera resultado de tomar otro camino, de elegir otra opción.
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Hoy ya no es posible. Las cosas con ella llegaron a un punto alarmante de incomprensiones, y ambas partes terminamos hasta agotados de tanto intentar leernos las conciencias. Triunfó esta vez la pérdida, la derrota y la incertidumbre, y ante este trío infernal sólo queda esperar el desasosiego, seguido de la paz, que es, como la esperanza que queda en el fondo de la caja de Pandora, atalaya y bastión.
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Yo hablé, ella habló, pero nuestras voces se perdieron en un mar de ruido infernal. El punto álgido llegó cuando se amenazó con buscar "culpables" -"que quede claro que yo no soy la única que tiene la culpa en esto", fueron las palabras exactas que ella utilizó, aunque luego dijera que no había hablado de culpables-. La culpa es terrible. Yo no puedo darme el tiempo de sentirla. Creo, eso sí, en la responsabilidad, y admito mi parte de la misma sin remilgos, sin esperar que ella admita la suya propia.
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Es una mujer inteligente. Sé que entenderá tarde que temprano mi punto, tras el cual comenzará a tomar decisiones valientes, no influidas por su corazón al punto de alcanzar la herida. Creo en ella, y en su capacidad para doblegar sus propios temores y aprender a decir "no". Sé que le esperan cosas grandes, conmigo, sin mí, o a pesar de mí, y que sabrá tomar el tren a tiempo, antes de que la hora se pase y ella tenga que esperar al siguiente, que quizá no llegue igual, que quizá no sea el mismo ni la dirija a la felicidad. Ruego con todo mi corazón que esto no pase, y que ella aprenda a ser feliz, muy feliz.
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Yo, ante el vacío de su ausencia, tengo muchas cosas qué someter a recuento. Necesito contar las palabras dichas, las horas entregadas, los besos recibidos. Este inventario no será cosa fácil. Ella tiene ahora tiempo libre, y sólo me queda esperar que lo aproveche a conciencia, que busque, que pierda, que deje ir. Si lo hace, llegará a la verdad, cuyo abrazo no se recibe más que a tropezones. Si no lo hace, habrá perdido un tiempo valiosísimo de su existencia.
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Es joven. Ambos somos jóvenes. Sobran palabras qué decir e historias qué contar. Sobran amigos qué despedir. La cuestión está en si hemos tomado ya con suficientes ganas las riendas de nuestra vida, o nos estamos limitando a verla pasar. Yo no quiero verla pasar. Quiero vivir, salir adelante, no quedarme sentado viendo cómo el caos se desintegra a sí mismo a mi alrededor, cómo la nada se vuelve nada, cómo mis imprecisiones me deboran, me aniquilan.
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Pero repito que tengo la confianza. En ti, en tu situación, en lo que harás hacia adelante. Y por mi parte, puedo decirte que en mi vida, mi tiempo y mi esfuerzo, siempre hay un espacio abierto para el intercambio de información y el entendimiento. Nunca me niego a ello cuando hay oportunidad. A ti, porque eres parte de mí, tampoco te lo niego. Cuando quieras escuchar, y cuando creas estar lista para ser escuchada como te mereces, búscame. Sabes dónde encontrarme, siempre a las cinco en el Astoria.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

De oca en oca y tiro por k me toca, de puente a puente tiro por k me lleva la corriente.

Tiraste hacia un camino, no hay vuelta de hoja, la vida sigue, el mundo rueda, solo hay correcciones o otros caminos dentro del mismo camino, que pueden ser opciones para que esto vuelva a fluir cual fuente de la juventud.
El tiempo permitirá considerar el camino tomado en todas sus vertientes, suerte, y sabes que si es necesario tendremos que tomar medidas drásticas y entrar en un estado etílico para pensar y relajar, yo me apunto para este último.

Saludos cordiales, de SUPER-Víctor.

Bien lo decía Froy... después te cuento.