martes, 31 de marzo de 2009

A pie juntillas.

Creer en algo requiere de muchas cosas. Conozco aferrados creyentes, por ejemplo, que no pueden vivir sin amuletos, papeles y bendiciones. También los hay de otro tipo, cuya creencia requiere sólo de la idea en que se cree, pero de algo, en fin, requiere. Creer en algo, como todo en la vida, tiene un precio. Quien diga que lo que tiene lo obtuvo gratis, o miente o no tiene nada. Poseer, incluso si se trata de una creencia, requiere sacrificio y abandono. Requiere dejar ir.
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Yo creo en muchas cosas. Esto, como lo podrán suponer, me convierte en un hombre pobre. Al creer, o más específicamente, al momento de adoptar creencias, he tenido que dejar otras opciones de lado, que entregar a sacrificio otras verdades, otras opciones. Creer me permite, empero, tener una firme -a veces ni tanto- base ideológica, muy efectiva cuando se trata de tomar decisiones.
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El problema me viene encima cuando lo que creo se me revela como un obstáculo para mi caminar. Tengo 21 años: ponerme obstáculos enfrente para seguir viviendo, es terquedad más que dañina. Entonces, cuando lo que creo se rebela en mi contra, sufro al recordar que cuando decidí creer en lo que creo, había para mí otras opciones que, pronto al sacrificio de la decisión creyente, dejé ir, sacrifiqué.
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Yo hoy, traigo un mar de dudas respecto a lo que creo. Aunque hay un número considerable de cosas que se conservan intactas en mi isla de creencias, un buen porcentaje de ellas se ha perdido entre olas desconsideradas y navega ya hacia mares inhóspitos. Quisiera salvar mis decisiones, y recuperar mis creencias. Volver a la idea del sacrificio que antes rememoraba, me revuelve las entrañas. No quiero. Reconsiderar lo que creo es más duro que no creer en nada.
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Hecho: es más difícil reconsiderar una creencia que reconsiderar una relación-caso perdido con otra persona. Examinar una creencia a la luz de otros días, distintos a cuando se tomó, es volver sobre uno mismo, lo que necesariamente implica cerrar el changarro unos días por inventario, y tener a todos tus amigos y seres queridos expectantes sobre tu cara como de desarraigo y malversación de fondos -no sé cómo sea esa cara, pero imagino que muy shockeante-. Examinar una relación-caso perdido a la luz de otros días, distintos a cuando se efectuó su determinación de "caso perdido", es volver sobre otros tiempos, dolorosos quizá, y sobre otras personas, pero no sobre uno mismo necesariamente, lo cual es ya, per se, un aliviane.
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Hoy, con mis creencias a mar abierto, sigo reconsiderando mis decisiones. Y seguiré así por un buen tiempo. No he aprendido, a pesar de todo lo vivido, que las creencias no las reconsidera uno con necesaria objetividad, sino el tiempo, ese orquestador de afanosos trabajos que nada lo limita, que todo se lo lleva. Sólo el tiempo, y el cambio en las circunstancias que el destino -yo sí creo en él- promueva, sólo esos dos extraños e invisibles paladines, pueden promover una reconsideración de creencias sana y justa, equitativa y fructífera.
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Me hace sentir mejor mirar a mi isla de creencias y ver en qué todavía creo. Creo en la amistad como fuerza sustentadora contra los malos días, y en la familia como fortaleza del desamparo. Creo en el arte como liberadora de conciencias, y en las revistas de moda como esclavizantes del espíritu. Creo en las leyes como guías sociales efectivas, y en su cumplimiento y reordenamiento como la clave de todo provecho común. Creo en Dios, sí, en Dios, pero en el que habita en el corazón de los que me aman, y en el mío cuando soy capaz de amar a otros. Creo en el amor como la fuerza no cursi que salva al espíritu de la oscuridad, y en la cursilería como el más gastón de los entretenimientos fugaces.
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Creo en el Sol, la Luna y las estrellas, y en el poder del hombre para descubrirlas. Creo en la capacidad mental del ser humano, y en la fuerza del abrazo. Creo en el futuro, porque no lo he visto, y en la confrontación del pasado, porque ya lo vi. Creo en la gripa y el llanto, y en la gripa cuando es de llanto. Creo en el pan con Nutella como el remedio más sano contra la neblina mental, y en el jugo de guayaba como la más sabrosa de las alternativas contra la falta de tiempo para desayunar.
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Creo en los libros y su compañía como el más cálido de los abrazos no humanos posibles, y en la lluvia como el mejor de los tiempos del año. Creo en el Messenger como una herramienta de comunicación fructífera, y en su abuso como el apocalipsis de la relación interpersonal. Creo en el agua y el fuego como los dos enemigos públicos más irreconciliables, en el aire como la fuerza natural más limpia, y en el frío como el mejor aliado para salir con la cara bonita en las fotografías.
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Creo que el pan dulce es bueno en todos lados, pero que es mejor cuando se come acompañado, sentado en el filo de una banca de algún centro comercial, mientras se conversa sobre la vida, la felicidad, la esencia de la concha. Creo en el espíritu del hombre, y en la supremacía de la razón sobre la fuerza. Creo que la inteligencia no consiste en saber qué hacer, sino cuándo y cómo. Creo que todos somos grandes, pero a ratos nos achaparramos. Creo que la maldad y la bondad son dos conceptos mediocres, cuando se trata de hablar de individuos, hombres y mujeres con historias personales específicas e irremplazables.
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Creo en el sueño como el mejor aliciente contra el mal de amores, y en el bosque como el más estético de los ambientes posibles. Creo en el Distrito Federal como la ciudad que mejor ejemplifica lo que es resucitar, y en Guadalajara como... como se puede creer en el suelo dónde se han echado raíces. Creo que el cabello despeinado es sinónimo de belleza cuando así se quiere, y que un buen gel puede conseguir buenos empleos. Creo en el corazón del hombre, y en lo que, unido a su mente, es capaz de construir. Creo que soy un buen chico, pero que mi bondad radica en mi disposición a aprender antes que en mi disposición a obrar bien.
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Fuera de esto, el resto es vanidad. Yo sigo reconsiderando el resto de mis creencias, mientras las veo flotar a mar abierto, echas maraña. Hoy, las decisiones que me han hecho tomar me traen dolores de cabeza, me piden las reevalúe, las reconsidere. Yo quiero hacerlo, pero primero tengo que ordenarlas, que someterlas a juicio crítico, y lo que menos tengo ganas de hacer en este momento es criticar. Sufro, pero al menos mis creencias están conmigo.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Siempre tan oportuno.

Regresamos a la danza, vacaciones (entre comillas) al fin, si, se lo que piensas, que no quieres que regresen mis puntos críticos, pero que pena, jajajaja.

Pues aquí reportándome, por que quieras o no, a veces es de la única forma que me entero de ti, y tú de mí, seguiré tus pasos en vacaciones, y regresando a la elite intelectual universitaria los seguiré pero silenciosamente.

Suerte en las tierras Michoacanas.