martes, 3 de marzo de 2009

Movimiento tangencial.

Al escribir esta entrada, habrá quien piense, estoy malgastando mi tiempo. Yo debería de estar sentado en mi escritorio, con la tenue luz de la vela iluminando los cientos de pergaminos que me rodearían por todas partes, los alteros de hojas y libros descuadernados que, de tan altos, amenazarían con caer sobre mi rostro enjuto, consumido por el estudio a deshora y sin consideraciones, acompañado sólo por el rumor frío del chisporroteo de la vela y la imagen taciturna de la calavera que, por todo adorno, luce mi escritorio.
.
Pero no. En lugar de eso, estoy aquí, sentado, sí, pero con un foco ahorrador de luz de 60 watts que ilumina todo mi cuarto, con mi escritorio rebosante de cosas que, en definitiva, son muy lejanas a una calavera, y con los libros que me esperan para el estudio medio dispersos sobre mi almohada. Eso, a todas luces -luces de focos ahorradores de 60 watts-, indica que estoy dejando el estudio para después.
.
Ignoro el día en que pasó -no lo hago, pero tampoco quiero fijarme mucho en el asunto, así que mejor me abstengo de recordarlo-, pero El Meromerosaborranchero lo definió categóricamente con los términos específicos de su profesión -mecánico tepitense vertido en letrado-: "La escuela deja de ser el centro y ocupa el lugar de una de las tangentes de tu vida".
.
Yo no hubiera podido -ni de chance- definirlo mejor. Ahora los cienes, los ochentas y los cincos ocupan para mí, lo que quizá pocas veces en mi vida habíase visto, un cajón de desordenada categoría, entitulado "Números". Si la maestra me pone mañana un cuarenta por responder que Víctor Hugo no fue romántico, o si el resto de los profesores me reprueban, citando a una conocida -?- canción de 31 mintos, "porque hablo como idiota", toda reacción del Universo en torno a mi actividad escolar me viene valiendo soberano y absoluto gorro -azul, o rojo, como el de la Revolución Francesa, para que sea más espiritual-.
.
La Kenya podría ser la culpable, pero como a mí me choca culpabilizar a mis vicios de mis problemas, y siendo ella mi vicio favorito, diremos que ni ella es culpable, ni yo puedo ver en ella más falta que la de quererme y buscarme el lado -actividades ambas de alta importancia y riesgo sicológico-.
.
Pero el amor que nos tenemos es la razón de mi despreocupación. No diría yo, citando a mi queridísima Casicasi, que estoy "en estado de ommm", pues la dormición todavía no repara en mí como buen representante, pero sí ando como queriendo salir de éste mundo que comienza a molestarme, y buscarme algún rincón ajeno para armar ahí nuestros castillos en el aire.
.
La cosa, la-men-ta-ble-men-te, no se puede así. Vamos a tener La Kenya y yo que aguantarnos, y mis calificaciones conservar, taciturnas como son, su lugar en la tangente. En el centro, por el rumbo que habitan mis amigos, y aún más cerca del que habita mi querencia, La Kenya está sentada y yo no pienso moverla de ahí. Además, a eso hay que sumar que, por primera vez en muchos años, un buen porcentaje de mis compinches traen galán (a) bajo el brazo, cosa que nos coloca en actitud de verdaderos contemporáneos (el otro día se me fueron como diez horas de conversación telefónica con La Wera para explicarnos mutuamente cómo nos gusta que nos esté yendo tan bien, cómo no nos la creemos todavía).
.
Luego, quizá, les cuento cómo me fue en mi examen. La ventaja de hacerse expectativas bajas cuando siempre lo esperan a uno en casa -o en otra casa- los brazos del bienamado, es la misma ventaja que existe en observar la depreciación el petróleo cuando uno de lo que vive es del turismo. A mí, pues, que me lluevan ramas.
.
¡Salud!

No hay comentarios: