lunes, 30 de marzo de 2009

Asentir la vida.

¡Qué orgullo!, dice la opinión pública conservadora tapatía, al tiempo que aplaude sin cesar a legisladores y agremiados que han aprovado recientes reformas al Código Civil del Estado de Jalisco con el fin de, dicen, salvaguardar la vida del ser humano desde su gestación hasta su muerte, prohibiendo así a la madre la capacidad de decidir sobre la interrupción de su embarazo antes de los tres meses de gestación.
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¡Qué orgullo!, pronuncia el cardenal, su diócesis entera, los comentaristas editoriales de tendencias conservadoras más recalcitrantes. ¡Qué orgullo contar con diputados que saben lo que el pueblo pide, que por alguna mística razón en este caso es equivalente a lo que necesita! ¡Qué orgullo ser un Estado de la federación dónde el tema se discute, se somete a votación popular, y luego el pleno de representantes acata la decisión de sus representados y se promulga a favor de las reformas! ¡Qué orgullo los 27 votos a favor y las dos abstenciones, que dan a pensar que nadie está en contra, nadie puede estar en contra! Porque, ¿quién en su sano juicio se negaría a la vida, a su capacidad redentora, consoladora, poderosa? Porque la vida es la vida, y contra ella no puede erigirse ningún grupo de poder oscuro y radical. Contra ella no puede ni la misma Iglesia.
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¡Qué orgullo!, dirán muchos, y yo, sentado en la banqueta de la opinión, viendo los coches pasar, las opiniones circular, los diálogos viajar, me pregunto si las recién aprovadas reformas al Código Civil del Estado de Jalisco son motivo de orgullo y celebración, o de alarmante reconsideración. Yo, que poco sé del caso, que poco, poquísimo, sé de todo, que no soy más que un pobre y joven estudiante de Letras Hispánicas en la universidad pública estatal, aspirante a periodista, triste y desconsolado, insatisfecho con muchas cosas, perteneciente a una generación de negación y abstencionismo, de antiparticipantes y antidemócratas, de anticiudadanos. Yo, que no soy nada, me quedo mirando las cosas pasar.
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Pero no, no es orgullo lo que la aprovación de las reformas me provoca. Por un lado, tengo la convicción, fría y serena, de que no están mal, de que es bueno que los representantes del pueblo frente a la administración pública defiendan la vida de todos, aún anterior al nacimiento. Me pongo en los zapatos del feto -si es que pudiera tener zapatos-, y me doy cuenta que, asincerándome, a mí no me gustaría que mi madre decidiera acabar con mi vida por más inhumano que fuera el tren de acontecimientos que me espere al nacer.
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Yo, que ya he vivido 21 años de buenas y malas en este Valle de Lágrimas, veo a los procesos de la vida como continuos vaivenes de la suerte, de cuyos puntos buenos sólo queda aprovecharse, y de sus puntos malos aprender. Por eso, sé que si me propusieran volver al útero, y tras plantearme el mundo y sus circunstancias me preguntaran si deseo o no nacer, yo esperaría tener la capacidad de decidir nacer, y ser respetado en mi decisión.
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El problema es que el feto no decide. A los tres meses de gestación, incluso, todavía no se le llama feto. Es "producto", que es como decir que es el resultado de un proceso cuya estructuración y realización busca la generación de un bien. El bien es el orgasmo, la satisfacción sexual, la renovación del vínculo amoroso a través de la manifestación carnal del sentimiento y la pasión que éste conlleva. El "producto" es, por tanto, secundario en muchas ocasiones, secundario y detestable.
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A mí no me gustaría que nadie dijera de mí que soy producto de un embarazo "no deseado". ¿A quién sí? ¿Quién en su sano juicio consideraría una oferta amorosa ser un error de cálculo, una falla técnica? El problema es que, falla o no, al feto no hay quien lo defienda.
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Pero está el otro lado, que pide que no nos equivoquemos. Las reformar de ley hechas por nuestros "dignos de orgullo" legisladores, tampoco defienden la vida. Privilegian, eso sí, la persistencia del embarazo, al tiempo que garantizan al "producto" su aparición en el mundo. Pero de eso a que la reforma de ley dé a la vida calidad y existencia, hay un gran, gigantesco, bache demoledor.
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¿Qué reforma es ésa, que afirma a pie juntillas decirle "sí" a la vida, al tiempo que propone traer de afuercitas al niño cuya vida "defiende", a una sociedad que todavía no tolera la adopción ni ve con buenos ojos a los hijos de madres solteras? ¿Dónde está la defensa a la vida en una ley que no hace sino privilegiar el nacimiento sin preocuparse en las circunstancias de éste conlleve, ni en las pérdidas -económicas, sociales, legales- que signifique? ¿Qué hay de protección al ser humano en una legislación que prohibe el aborto, pero no castiga la paternidad irresponsable, ni procura para los violadores y padres irresponsables condenas severas y rigurosas, en centros penitenciarios eficaces y promotores de la readaptación funcional?
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Que la ley proteja a la vida de la gestación a la muerte, bien. Que la misma ley no acelere los engorrosos trámites de adopción, ni limite por la vía legal los procesos de indiscriminación y los actos de vituperio contra los hijos no deseados, nacidos por obligación, mal. Que nuestros legisladores aprueben leyes obedeciendo a procesos de votación ciudadana, bien. Que nuestros legisladores consideren que la cerrazón, poca vista e incultura de la ciudadanía debe regularse con leyes que ésta pide pero que sólo tapan la mitad del problema, mientras la otra parte se cae a pedazos por su pésima estructuración, por su falta de solidez, mal.
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Jalisco -en referencia al pueblo que contiene y le da soberanía- merece leyes que le digan "sí a la vida". Leyes que defiendan, por tanto, la capacidad de los individuos de decidir sobre sus actos, pero también los obliguen a cargar con responsabilidad las consecuencias de los mismos. Leyes que castiguen a violadores y padres irresponsables, que obliguen a los contratistas a dar trabajo a madres solteras o mujeres embarazadas, que censuren y pugnen contra la discriminación y el atraso. Leyes que digan "sí a la ética", y no sólo "sí a la moral", porque la ética implica decidir en lo humanamente posible, y la moral sólo censurar lo humanamente imposible. Leyes que hablen de lo que, como Estado, queremos obtener, queremos llegar a ser.
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¡Salud!

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