martes, 31 de marzo de 2009

A pie juntillas.

Creer en algo requiere de muchas cosas. Conozco aferrados creyentes, por ejemplo, que no pueden vivir sin amuletos, papeles y bendiciones. También los hay de otro tipo, cuya creencia requiere sólo de la idea en que se cree, pero de algo, en fin, requiere. Creer en algo, como todo en la vida, tiene un precio. Quien diga que lo que tiene lo obtuvo gratis, o miente o no tiene nada. Poseer, incluso si se trata de una creencia, requiere sacrificio y abandono. Requiere dejar ir.
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Yo creo en muchas cosas. Esto, como lo podrán suponer, me convierte en un hombre pobre. Al creer, o más específicamente, al momento de adoptar creencias, he tenido que dejar otras opciones de lado, que entregar a sacrificio otras verdades, otras opciones. Creer me permite, empero, tener una firme -a veces ni tanto- base ideológica, muy efectiva cuando se trata de tomar decisiones.
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El problema me viene encima cuando lo que creo se me revela como un obstáculo para mi caminar. Tengo 21 años: ponerme obstáculos enfrente para seguir viviendo, es terquedad más que dañina. Entonces, cuando lo que creo se rebela en mi contra, sufro al recordar que cuando decidí creer en lo que creo, había para mí otras opciones que, pronto al sacrificio de la decisión creyente, dejé ir, sacrifiqué.
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Yo hoy, traigo un mar de dudas respecto a lo que creo. Aunque hay un número considerable de cosas que se conservan intactas en mi isla de creencias, un buen porcentaje de ellas se ha perdido entre olas desconsideradas y navega ya hacia mares inhóspitos. Quisiera salvar mis decisiones, y recuperar mis creencias. Volver a la idea del sacrificio que antes rememoraba, me revuelve las entrañas. No quiero. Reconsiderar lo que creo es más duro que no creer en nada.
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Hecho: es más difícil reconsiderar una creencia que reconsiderar una relación-caso perdido con otra persona. Examinar una creencia a la luz de otros días, distintos a cuando se tomó, es volver sobre uno mismo, lo que necesariamente implica cerrar el changarro unos días por inventario, y tener a todos tus amigos y seres queridos expectantes sobre tu cara como de desarraigo y malversación de fondos -no sé cómo sea esa cara, pero imagino que muy shockeante-. Examinar una relación-caso perdido a la luz de otros días, distintos a cuando se efectuó su determinación de "caso perdido", es volver sobre otros tiempos, dolorosos quizá, y sobre otras personas, pero no sobre uno mismo necesariamente, lo cual es ya, per se, un aliviane.
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Hoy, con mis creencias a mar abierto, sigo reconsiderando mis decisiones. Y seguiré así por un buen tiempo. No he aprendido, a pesar de todo lo vivido, que las creencias no las reconsidera uno con necesaria objetividad, sino el tiempo, ese orquestador de afanosos trabajos que nada lo limita, que todo se lo lleva. Sólo el tiempo, y el cambio en las circunstancias que el destino -yo sí creo en él- promueva, sólo esos dos extraños e invisibles paladines, pueden promover una reconsideración de creencias sana y justa, equitativa y fructífera.
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Me hace sentir mejor mirar a mi isla de creencias y ver en qué todavía creo. Creo en la amistad como fuerza sustentadora contra los malos días, y en la familia como fortaleza del desamparo. Creo en el arte como liberadora de conciencias, y en las revistas de moda como esclavizantes del espíritu. Creo en las leyes como guías sociales efectivas, y en su cumplimiento y reordenamiento como la clave de todo provecho común. Creo en Dios, sí, en Dios, pero en el que habita en el corazón de los que me aman, y en el mío cuando soy capaz de amar a otros. Creo en el amor como la fuerza no cursi que salva al espíritu de la oscuridad, y en la cursilería como el más gastón de los entretenimientos fugaces.
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Creo en el Sol, la Luna y las estrellas, y en el poder del hombre para descubrirlas. Creo en la capacidad mental del ser humano, y en la fuerza del abrazo. Creo en el futuro, porque no lo he visto, y en la confrontación del pasado, porque ya lo vi. Creo en la gripa y el llanto, y en la gripa cuando es de llanto. Creo en el pan con Nutella como el remedio más sano contra la neblina mental, y en el jugo de guayaba como la más sabrosa de las alternativas contra la falta de tiempo para desayunar.
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Creo en los libros y su compañía como el más cálido de los abrazos no humanos posibles, y en la lluvia como el mejor de los tiempos del año. Creo en el Messenger como una herramienta de comunicación fructífera, y en su abuso como el apocalipsis de la relación interpersonal. Creo en el agua y el fuego como los dos enemigos públicos más irreconciliables, en el aire como la fuerza natural más limpia, y en el frío como el mejor aliado para salir con la cara bonita en las fotografías.
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Creo que el pan dulce es bueno en todos lados, pero que es mejor cuando se come acompañado, sentado en el filo de una banca de algún centro comercial, mientras se conversa sobre la vida, la felicidad, la esencia de la concha. Creo en el espíritu del hombre, y en la supremacía de la razón sobre la fuerza. Creo que la inteligencia no consiste en saber qué hacer, sino cuándo y cómo. Creo que todos somos grandes, pero a ratos nos achaparramos. Creo que la maldad y la bondad son dos conceptos mediocres, cuando se trata de hablar de individuos, hombres y mujeres con historias personales específicas e irremplazables.
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Creo en el sueño como el mejor aliciente contra el mal de amores, y en el bosque como el más estético de los ambientes posibles. Creo en el Distrito Federal como la ciudad que mejor ejemplifica lo que es resucitar, y en Guadalajara como... como se puede creer en el suelo dónde se han echado raíces. Creo que el cabello despeinado es sinónimo de belleza cuando así se quiere, y que un buen gel puede conseguir buenos empleos. Creo en el corazón del hombre, y en lo que, unido a su mente, es capaz de construir. Creo que soy un buen chico, pero que mi bondad radica en mi disposición a aprender antes que en mi disposición a obrar bien.
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Fuera de esto, el resto es vanidad. Yo sigo reconsiderando el resto de mis creencias, mientras las veo flotar a mar abierto, echas maraña. Hoy, las decisiones que me han hecho tomar me traen dolores de cabeza, me piden las reevalúe, las reconsidere. Yo quiero hacerlo, pero primero tengo que ordenarlas, que someterlas a juicio crítico, y lo que menos tengo ganas de hacer en este momento es criticar. Sufro, pero al menos mis creencias están conmigo.
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¡Salud!

lunes, 30 de marzo de 2009

Asentir la vida.

¡Qué orgullo!, dice la opinión pública conservadora tapatía, al tiempo que aplaude sin cesar a legisladores y agremiados que han aprovado recientes reformas al Código Civil del Estado de Jalisco con el fin de, dicen, salvaguardar la vida del ser humano desde su gestación hasta su muerte, prohibiendo así a la madre la capacidad de decidir sobre la interrupción de su embarazo antes de los tres meses de gestación.
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¡Qué orgullo!, pronuncia el cardenal, su diócesis entera, los comentaristas editoriales de tendencias conservadoras más recalcitrantes. ¡Qué orgullo contar con diputados que saben lo que el pueblo pide, que por alguna mística razón en este caso es equivalente a lo que necesita! ¡Qué orgullo ser un Estado de la federación dónde el tema se discute, se somete a votación popular, y luego el pleno de representantes acata la decisión de sus representados y se promulga a favor de las reformas! ¡Qué orgullo los 27 votos a favor y las dos abstenciones, que dan a pensar que nadie está en contra, nadie puede estar en contra! Porque, ¿quién en su sano juicio se negaría a la vida, a su capacidad redentora, consoladora, poderosa? Porque la vida es la vida, y contra ella no puede erigirse ningún grupo de poder oscuro y radical. Contra ella no puede ni la misma Iglesia.
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¡Qué orgullo!, dirán muchos, y yo, sentado en la banqueta de la opinión, viendo los coches pasar, las opiniones circular, los diálogos viajar, me pregunto si las recién aprovadas reformas al Código Civil del Estado de Jalisco son motivo de orgullo y celebración, o de alarmante reconsideración. Yo, que poco sé del caso, que poco, poquísimo, sé de todo, que no soy más que un pobre y joven estudiante de Letras Hispánicas en la universidad pública estatal, aspirante a periodista, triste y desconsolado, insatisfecho con muchas cosas, perteneciente a una generación de negación y abstencionismo, de antiparticipantes y antidemócratas, de anticiudadanos. Yo, que no soy nada, me quedo mirando las cosas pasar.
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Pero no, no es orgullo lo que la aprovación de las reformas me provoca. Por un lado, tengo la convicción, fría y serena, de que no están mal, de que es bueno que los representantes del pueblo frente a la administración pública defiendan la vida de todos, aún anterior al nacimiento. Me pongo en los zapatos del feto -si es que pudiera tener zapatos-, y me doy cuenta que, asincerándome, a mí no me gustaría que mi madre decidiera acabar con mi vida por más inhumano que fuera el tren de acontecimientos que me espere al nacer.
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Yo, que ya he vivido 21 años de buenas y malas en este Valle de Lágrimas, veo a los procesos de la vida como continuos vaivenes de la suerte, de cuyos puntos buenos sólo queda aprovecharse, y de sus puntos malos aprender. Por eso, sé que si me propusieran volver al útero, y tras plantearme el mundo y sus circunstancias me preguntaran si deseo o no nacer, yo esperaría tener la capacidad de decidir nacer, y ser respetado en mi decisión.
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El problema es que el feto no decide. A los tres meses de gestación, incluso, todavía no se le llama feto. Es "producto", que es como decir que es el resultado de un proceso cuya estructuración y realización busca la generación de un bien. El bien es el orgasmo, la satisfacción sexual, la renovación del vínculo amoroso a través de la manifestación carnal del sentimiento y la pasión que éste conlleva. El "producto" es, por tanto, secundario en muchas ocasiones, secundario y detestable.
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A mí no me gustaría que nadie dijera de mí que soy producto de un embarazo "no deseado". ¿A quién sí? ¿Quién en su sano juicio consideraría una oferta amorosa ser un error de cálculo, una falla técnica? El problema es que, falla o no, al feto no hay quien lo defienda.
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Pero está el otro lado, que pide que no nos equivoquemos. Las reformar de ley hechas por nuestros "dignos de orgullo" legisladores, tampoco defienden la vida. Privilegian, eso sí, la persistencia del embarazo, al tiempo que garantizan al "producto" su aparición en el mundo. Pero de eso a que la reforma de ley dé a la vida calidad y existencia, hay un gran, gigantesco, bache demoledor.
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¿Qué reforma es ésa, que afirma a pie juntillas decirle "sí" a la vida, al tiempo que propone traer de afuercitas al niño cuya vida "defiende", a una sociedad que todavía no tolera la adopción ni ve con buenos ojos a los hijos de madres solteras? ¿Dónde está la defensa a la vida en una ley que no hace sino privilegiar el nacimiento sin preocuparse en las circunstancias de éste conlleve, ni en las pérdidas -económicas, sociales, legales- que signifique? ¿Qué hay de protección al ser humano en una legislación que prohibe el aborto, pero no castiga la paternidad irresponsable, ni procura para los violadores y padres irresponsables condenas severas y rigurosas, en centros penitenciarios eficaces y promotores de la readaptación funcional?
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Que la ley proteja a la vida de la gestación a la muerte, bien. Que la misma ley no acelere los engorrosos trámites de adopción, ni limite por la vía legal los procesos de indiscriminación y los actos de vituperio contra los hijos no deseados, nacidos por obligación, mal. Que nuestros legisladores aprueben leyes obedeciendo a procesos de votación ciudadana, bien. Que nuestros legisladores consideren que la cerrazón, poca vista e incultura de la ciudadanía debe regularse con leyes que ésta pide pero que sólo tapan la mitad del problema, mientras la otra parte se cae a pedazos por su pésima estructuración, por su falta de solidez, mal.
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Jalisco -en referencia al pueblo que contiene y le da soberanía- merece leyes que le digan "sí a la vida". Leyes que defiendan, por tanto, la capacidad de los individuos de decidir sobre sus actos, pero también los obliguen a cargar con responsabilidad las consecuencias de los mismos. Leyes que castiguen a violadores y padres irresponsables, que obliguen a los contratistas a dar trabajo a madres solteras o mujeres embarazadas, que censuren y pugnen contra la discriminación y el atraso. Leyes que digan "sí a la ética", y no sólo "sí a la moral", porque la ética implica decidir en lo humanamente posible, y la moral sólo censurar lo humanamente imposible. Leyes que hablen de lo que, como Estado, queremos obtener, queremos llegar a ser.
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¡Salud!

domingo, 29 de marzo de 2009

Ídolos de autoconsumo.

Aclaración merecida anterior a una entrada que versará de otro tópico: cierra la semana, cierra marzo, y éste se convierte así en el mes con menor número de entradas en la historia de El Baile de la Coma. El suceso, que podría tener asustada a toda la opinión pública si la opinión pública se interesara en temas menos trascendentales que la captura de Irma Serrano, "La Tigresa", denota no sólo el hecho de que este fue un mes con poca -nula, diría yo- actividad cerebral por parte de ésta su pluma, sino que hemos llegado a la era magestuosa y apocalíptica en que el número de entradas de tu blog refleja más tus tiempos de crisis que lo que al respecto puedas declarar. Termina aclaración merecida anterior a una entrada que versará de otro tópico.
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De las muchas cosas que no entiendo del show business mexicano, Irma Serrano es quizá la que menos se adapta a mis estándares de comprensión. Dirán que qué gacho soy no adaptando mis estándares a ella y sus múltiples escándalos, pero no puedo evitarlo: si entiendo de política, narcotráfico, millonarios y cosas peores con estos mismos esquemas, ¿cómo he de cambiarlos para entender con ésos a una mujer que se hace llamar "La Tigresa", que tiene a su vez un teatro al que ha intitulado "Frufrú", y que dice ha vivido más años que Matusalmén, cosa no demeritoria, pero sospechosa?
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Irma Serrano es una vedette. Aunque esta declaración podría asustar al que no la conoce, en realidad el término "vedette" reporta un par de significados no del todo demeritorios. "Vedette" es, en la connotación popular negativa , en mucho estimulada por los medios -baratos- masivos mexicanos, de la calidad de Tv Notas y asociados, una mujer que se dedica a quitarse la ropa, decir leperadas y hasta exhibir sus intimidades, todo esto en público y sin asomo alguno de pudor. Para la RAE, que cada vez es menos académica, el término "vedette" refiere únicamente a una mujer que se dedica al espectáculo, a la diversión de las masas, y nada más. Si nosotros le hemos dado un sesgo negativo al término, o si se lo han dado nuestras "vedettes" al recibirlo como definitorio de su actividad profesional, ni la RAE ni el término mismo tienen la culpa.
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"Vedette" es también, según la misma Academia, equitativo a una persona que destaca en cualquier actividad. Así, si yo dijera que Cuauhtémoc Blanco es una "vedette" del balonpié, ni estaría en un error, ni podría permitir que el jorobadito tepitense me agarrara a 'ingadazos. Claro que todos reirían, y mucho, y más si aclarara que Jorge Vergara es una "vedette" de lo empresarial, y que Galilea Montijo es una vedette de... ¿en qué momento este Baile perdió la cordura y le dio entrada a esta clase de personajes de baja ralea y tachoneado historial? Estarán de acuerdo conmigo en que lo mejor será concentarme, y dejar de andar recorriendo las agendas editoriales de Ventaneando como si eso no fuera cancerígeno.
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Irma Serrano es una vedette que, entre sus múltiples accesorios, además de dos pezones que en su juventud enseñó hasta el cansancio, y una vida llena de escándalos, posee la fama de bruja. Dice haber vivido 666 años ya -los datos oficiales que mis informantes me traen, "fants" de ella como son, me dicen que nació en 1933, de esta era y siglo pasado-, y asegura que todos los romances que ha conseguido, debido a su cara de tambor mal amarrado, no se los ha podido embolsar por otra vía que el "amarre" paranormal.
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Aunque nació en Chiapas, vive en la ciudad de México como otra de sus muchas -y más bonitas- antigüedades. Tuvo romances con Gustavo Díaz Ordaz -que tampoco cantaba mal las rancheras en lo referente a la fealdad física y sicológica-, el mismo hombre deleznable que alguna vez fue presidente de este país, y que terminó por decir que su labor respecto al movimiento del 68 había "salvado a México". También se "echó al plato" al empresario mexicano Alejo Peralta, de quien dijo hace poco conserva semen congelado, esperando usarlo para embarazarse -sí, a sus 76 años de vida seguro será posible. Total, si Isabel, la prima de María, lo consigue a los 80 en el Nuevo Testamento, ¿quién le pone el freno a doña Irma?-.
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Se ha peleado con medio mundo, y ha besado frente a las cámaras a otros tantos changos saltarines. A su edad, ni el DIF ni el INSEN pueden con ella, por lo que mejor todo mundo la ha dejado ser... y como los medios mexicanos, tan finos ellos, ni se quejan al contar el dinero que sus escándalos protagonizados les generan, pues todos callados y que siga doña Irma haciendo mensadas, y el dinero entrando a las arcas, y la fiesta en paz.
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Esta semana, pese a todo eso, Irma Serrano llegó esposada al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Acusada de fraude multimillonario, las cámaras de televisión y fotografía retrataron una Tigresa evidentemente asustada y con el cerebro en stand by. Los que consiguieron arrancarle -no habría mejor término para definir lo que ocurrió- una declaración, sólo obtuvieron de ella un mexicanísimo: "aquí no ha pasado nada". Los policías federales la rodeaban, su silla de ruedas lucía desencantada, y el país entero reía de una mujer que, en su vida, no ha hecho otra cosa que dar lástima.
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¿Por qué le dedica este honorable -hasta hoy- Baile una entrada a Irma Serrano y el zafarrancho en el aeropuerto capitalino? Porque nuestra preocupación por la vejez, la niñez y los otros rubros de esta sociedad que se encuentran imposibilitados para defenderse solos, ha rebasado en el caso de "La Tigresa" toda posibilidad de guardar prudente y sano silencio. Al Baile de la Coma le enferma ver a una mujer producto de un periodismo nacional rabioso, inepto y mordaz, que no hace otra cosa que construir ídolos para luego derrotarlos, en un afán dictatorial, monopolizador y a todas luces injusto, que televidentes y lectores de revistas baratas terminan por pagar.
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Al Baile de la Coma también le enferma ver a una mujer de 76 años tener que vivir del escándalo porque ni la vida, ni su país, le pueden garantizar a su edad calidad de vida en una actividad decorosa. Habrá muchos que digan que Irma Serrano podría vivir bien haciendo menos ruido y más trabajo. Bien por ellos, que seguro creen que es justo para un hombre que ha trabajado su vida entera terminar de cerillito en un supermercado porque la raquítica pensión que recibe del Estado ni siquiera merece ese nombre -debería ser "limosna"-.
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Doña Irma no puede dedicarse a otra cosa porque su edad y su educación se lo impiden. Ve en el escándalo una entrada fuerte de dinero, y así prefiere quedarse con tal de no tener que ponerse una gorra y un mandil y pelearle el cambio a los jóvenes clientes en la caja de cualquier Soriana. No es sólo, entonces, que no conozca alternativas laborales, sino que no las hay, no al menos decorosas y dignas. Irma Serrano fue diputada por el PRD en la LVI Legislatura, cuando era diez años más joven... y más vendible. Hoy, de eso, ni hablar.
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Y los medios felices, gastando sus páginas y sus horas al aire en el rostro asustado, las manos esposadas, la piel estirada hasta el cansancio -y la fealdad- tras múltiples cirugías para no perder nunca la imagen, la presencia, el dinero y el pan. Cronos deforme devorando a su propia hija, extrayendo de ella hasta la última gota del mismo jugo que le ha impreso a base de presiones y abusos, de llevar hasta el extremo la necesidad de ídolos perfectos, extraños, bizarros y abominables. Ídolos vendibles para un país sin conciencia ni educación, para un país perdido en su incultura y su tendencia a creerse Dios.
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Ya chole. Dejo a doña Irma descansar, y le deseo de todo corazón una pronta resolución de su situación ante la justicia mexicana. A los medios son a los que, con perdón de todos, me voy a seguir poniendo parejos. Al final, sólo me llega el temor: si esos son los medios que tenemos, ¿son los que nos merecemos? Si no, ¿por qué no hemos hecho algo antes por devolverle el micrófono a los justos y veraces, y dejar así de hacer de nuestra televisión, nuestra radio, nuestra prensa, escaparates de feria, mesas de table dance? Sí, no sólo tenemos los gobernantes que merecemos, sino la tele que hemos pedido. Arriba Azcárraga.
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¡Salud!

miércoles, 25 de marzo de 2009

Rearrancar la vida.

El vecino está escuchando Reik. Yo tengo aquí sentado, frente a Roja, unos veinte minutos, y en ese tiempo ya se echó "Noviembre sin ti" tres veces, y "Yo quisiera" otras tantas. A eso hay que sumarle el hecho de que acaba justo Doña Mago de recordarme que mañana es el cumpleaños oficial de El Mayordemishermanos. También agréguenle que La Jirafa programa piscinazo para el próximo sábado a ocasión de la celebración de su natalicio, acaecido un día como el pasado lunes 23, pero de hace 21 años. Y luego vuelvo a la idea trémula y apocalíptica con la cual abrí esta entrada: el vecino está escuchando Reik. Súmenle y verán: ya es primavera.
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Me había percatado que la donna Prima se acercaba unas semanas atrás, cuando vi a dos alegres pajarillos que colgados de una rama estaban, hacer efusivos intentos por perpetuar su especie. Por lo que alcancé a notar, la pajarita no cedía a los encantos del fornido pichoncito porque el pajarito era de baja clase social, situación que al padre de ella lo tenía indispuesto a la unión de los enamorados. El pajarito, que no encontraba su lugar -ni lugar para su pajarito-, trinaba, literalmente, ante la negación de su enamorada. "No", decía ella, "porque además me estoy guardando para el matrimonio".
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No, no me la fumé. La primavera me pone fantasioso. Por supuesto que el pajarito se tronó a la pajarita hasta por dónde ningún pajarito se ha tronado a pajarita alguna. Ambos en disfrute, me hicieron sentir ansiedad primaveral. Suerte que no vive cerca de mí ningún burro que haga honor a la populachera frase de "ando como burro en primavera", porque mi depresión entonces hubiese sido absoluta.
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Maravillosa es la renovación incesante de la vida. Federico Reyes Heroles decía, en reciente columna suya en el periódico Reforma, que de entre todas las longas confrontaciones de contrarios de la historia, la que se ha sucitado entre la vida y la muerte, siempre ha terminado por dar triunfo y gloria a la representación de la vida. Reyes Heroles se refería en este caso a la cuestión del aborto como alternativa al embarazo, pero su idea me es esclarecedora: es imposible luchar contra la vida. Su duración es insospechada, y está tan ligada a la muerte que el acto mismo de vivir es morir poco a poco, por lo que es imposible decir siquiera que la vida tiene un contrario absoluto.
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La primavera, cuya llegada se celebraba en todas las culturas antiguas de las más variadas maneras, sigue formando parte, quizá cada vez más inconcientemente, del conjunto de tradiciones mexicanas. Vemos en ella, veladamente, no como una efeméride famosa, ligada íntegramente a la historia nacional, pero sí bajo el trato efusivo que le damos, la posibilidad de lograr por fin, tras siglos de lo mismo, un cambio.
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La llegada de la primavera es para el mexicano como el lunes. No importa qué mal se hayan hecho las cosas hasta el viernes, o qué tanto se haya uno obstinado en ignorar los errores de la semana pasada durante sábado y domingo. El lunes, como el 21 de marzo, nos recuerdan que nada es tan grave como para no volver a empezar de nuevo.
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A los mexicanos nos fascina la idea del recomienzo. Adoramos a Hacienda cuando da borrón a nuestras cuentas, y levantamos monumentos a nuestros banqueros cuando condonan los intereses de nuestras deudas. Somos intolerantes a la infidelidad y el error, pero tomamos las segundas oportunidades como oro puro. No todos hacemos grandes cosas por hacer valer las segundas vueltas, por hacer provechosas las terceras oportunidades, pero todos entendemos que el recomienzo es el principio del cambio, y que todo cambio, mientras permite el recuento y el cambio de rumbo, es bienvenido.
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Decía Einstein que la locura es hacer una y otra vez la misma cosa, del mismo modo, esperando que una de esas tantas veces el resultado sea distinto. Yo, que no me considero muy cuerdo, no estoy seguro de querer hacer las cosas del mismo modo tras ésta primavera. Si la vida se renueva, si todo a mi alrededor cambia tan vertiginosamente que ni los pies se deja ver, si hoy ya no están los mismos, ni de la misma manera, y si el agua de mi pozo -expresión nacida del entendimiento de mi madre, quien cree ver en el agua del pozo lo que todos vemos en la torta bajo el brazo- se ha secado ya en dos o tres ocasiones, será el momento de mover los diques necesarios para que llegue de nuevo, para que vuelva la vida.
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Es miércoles. La primavera comenzó hace ya cuatro días, y El Mayor de mis hermanos cumple en un par de horas sus 32 primaveras. Él es un gran ejemplo de lo que puede construirse a partir del recomienzo. Ha recomenzado tantas veces, que es el ser humano que conozco que más oportunidades se ha dado a sí mismo. Seguro pronto lo hará de nuevo, porque para él estar mal es una pérdida de tiempo. Yo ya vi, ya me vi. Primavera, vida: aquí te voy. Vamos comenzando... otra vez.
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¡Salud!

sábado, 21 de marzo de 2009

Nuevos días.

Hay un cierto número de cosas que, hoy día y en esta provinciana ciudad, ya no son novedad. Entre ellas, claro, se incluye el hecho de que contamos con un Festival Internacional de Cine que adolece, cual voz mítica de la canción, porque tiene manita, no tiene manita, porque la tiene desconchabadita -ignoro la correcta ortografía de la palabra "desconchabadita", pero me suena así como se escribe, y como yo soy bien sonoro, pues así la dejo-.

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A nuestro Festival -porque es de todos, como la FIL, como este Baile, como las otras grandes creaciones de la cultura humana- le duele una organización poquitera, que se concentra más en atiborrar de estrellas -es un decir- telenoveleras, medianamente famosas, carentes de talento, las pasarelas y las alfombras rojas -que también se dedica, insistente Festival, a planchar y replanchar-, que en proponer un programa acertivo y fructífero, dónde reine el cine por el cine, y no la farándula por la farándula, ni el show business por el show business.

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Del trato que he recibido como prensa, mejor ni hablemos. La estructuración de la supuesta sala de prensa en lo absoluto se compara con otras salas de prensa dónde he estado -la de la FIL, y la de la FIL-, y ni las pastitas que ponen tienen la capacidad efectiva de alivianar el rato. A eso súmenle que cada que hay una alfombra roja se ponen sus moños y permiten sólo camarotas, razón por la cual siempre terminamos corridos -La Natalización a duras penas tiene una Kodak de rollo, desechable, que se compró en un Oxxo tras muchísimos esfuerzos-.

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Tampoco es novedad en esta provinciana ciudad, que hay cantidades inverosímiles de basura en las calles. Ayer, justo ayer, El Sexsymbol me explicaba con dolor y rabia que fue atacado por una bolsa de Sabritas Adobadas... ¡de las que todavía tenían la carita feliz en lugar del solecito! "¡Qué bárbaro!, le dije, ¿y no la agarraste para venderla como antigüedad en Mercado Libre?" "No, me contestó, yo no comercio con el crímen organizado". Y tiene razón. Pareciera que la basura, por su multilocalización, es también parte de una estrategia del crímen organizado para jorobar nuestras conciencias -digo "también" porque ahora, cada que no encuentran a quién echarle la culpa de algo, le avientan el peine al crímen organizado, pues total, como nunca se queja...-.

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Tampoco es novedad que, si bien estamos muriéndonos del calor y de ausencia de lluvias, llueven y llueven propagandas políticas ante las ya venideras elecciones. Los comicios, que nos traerán a todos mirando políticos desangrarse y a postulantes desgreñarse en afán del voto -muy noble y leal afán-, serán en julio, y como los políticos siempre tienen dinero extra por gastarse, y mucha inseguridad para endilgarnos, han entrado en un pavor de los mil demonios ante la incertidumbre de cuál de ellos se quedará con alguna de las alcaldías, o a quién "el fuero" le otorgará el favor de una curul.
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Pero el pueblo está lo suficientemente preocupado con el Macrobús -al cual, he de confesar alegremente, no me he subido todavía-, como para mirar a los candidatos con ojos de beneplácito y entregarles un voto. Yo he estado revisando a conciencia -si es que eso es posible- las propuestas de campaña, y me he dado cuenta que cada día se las creo menos y me dan más risa. Los que pueda, y quieran -porque para toda clase de perversiones puede haber ánimo-, busquen imágenes de Bernardo Guzmán, precandidato a la diputación -nooo, pues sí, así sí- de no sé qué distrito zapopano, cuyo rostro, que seguro trae muertas a unas cuantas descerebradas, me fabrica en la cabeza una mezcla entre escultura de la Isla de Pascua y King Kong.
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Tampoco es novedad en estas tierras tapatícas, que esta entrada ya llegó a su fin. Triste situación para una ciudad que está en precampañas, tiene calor, basura, un Festival de Cine -dizque- y un Macrobús. Gulp!
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¡Salud!

lunes, 16 de marzo de 2009

La invasión del celuloide.

Huele a celuloide. Yo no lo había notado hasta que la llamada acalorada y eufórica de La Natalización me trajo a la realidad. La Natalización es una Natalia que funge desde recientes fechas como fotógrafa oficial para Mujer Hoy, el periódico que, ya sabrán ustedes, me paga los camiones mes con mes. Tuve que parar naríz y poner atención a lo que mis sentidos me dictaban, y entonces sí, me di cuenta que, probablemente desde hace semanas, Guadalajara huele a celuloide.
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El celuloide es, me dicen mis informantes, una sustancia plástica que se obtiene de la mezcla de alcanfor, una sustancia de origen natural extraída de un árbol perenne en Asia, y nitrocelulosa, una suerte de hule extraído del petróleo mil veces procesado. La celuloide está en mil y un productos que usamos todos los días en casa, desde el cepillo de dientes hasta los sprays con los que las señoras ricas -o sus criadas- sacuden los muebles y que luego dejan una capita protectora contra el polvo.
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En lo que nos compete, el celuloide es también la sustancia básica con la que se fabrica la cinta cinematográfica. Los que nacimos en los ochentas todavía podemos distinguir a tres cuadras el olor particularmente adictivo del rollo fotográfico, beneficio sensorial del que ya no gozan las generaciones recientes, cuyo arte fotográfico es digital e instantáneo -como suelen ser ya todo el resto de las cosas-. El olor del celuloide es una mezcla entre los aromas del plástico que cubre los juguetes, el aire caliente que sale a través de las pistolas de aire -?- y los sueños y realidades de una sala de cine.
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Ah, ya llegué a mi punto. Guadalajara huele a celuloide porque este viernes, de hoy en cuatro, se inaugura la vigésimo cuarta edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, evento de gran importancia que, ya lo imaginarán, La Natalización y un seguro -?- servidor estamos destinados a cubrir. Y aquí sí, no hay vuelta de hoja: Guadalajara se llena de cine, y nosotros dos de trabajo.
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Pero no me quejo. La Natalización tampoco lo hace. De hecho, su oportuna llamada fue realizada sólo para recordarme que este martes me toca a mí, porque no hay de otra, recoger las credenciales de prensa en la sede temporal del Festival. Con dichas credenciales, La Natalización podrá andar por todos los cines de Guadalajara entrando y saliendo sin consideración, de función en función, de horario en horario, tomando fotografías y pirateándose las cintas para venderlas a falluqueros de San Juan de Dios y ganarle así la apuesta al cine nacional. Incluso, me dicen mis informantes, que ya saben cuán trácala es, adaptó su ropa interior para cargar en ella cámaras ocultas con qué grabar las funciones estelares. Si no lo vio primero en el bra de La Natalización, es que no ha sucedido.
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Yo no prometo estar tan al tiro. La universidad amenaza con retirarme la palabra si falto a una sola clase más. Ya mi profesora de periodismo, clase que llevo los viernes, me ve con los mismos ojos con que uno mira a los diputados faltistas -que son los mismos ojos con los que uno mira a cualquier diputado-, cada vez que me le acerco para pedirle "permisito" de faltar. Por eso, nada más por eso, y también porque La Diana Cazadora ya me avisó que en esta ocasión Paty Chapoy mandará a una lela a cubrir el evento, no andaré, como el año pasado, de función en función.
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Pero el Festival trae cosas buenas este año a las cuales vale la pena invitarlos. Entre ellas, la organización ha contemplado un Homenaje a Pedro Infante, dos galas de apertura y cierre en que se rodarán películas novedosas y comerciales nacionales, una cátedra sobre Los Secretos de Guillermo del Toro, impartida por el ya mítico realizador zapopano, así como una entrega más de Mayahueles, cine, diversión y arte para todos.
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Aparten sus lugares, busquen sus boletos, o levanten un periódico y soliciten sus acreditaciones. Este Festival Internacional de Cine en Guadalajara amenaza con venírsenos encima, y chin chin el que le saque.
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¡Salud!

sábado, 14 de marzo de 2009

Quiebre.

Se miraron un segundo como dos desconocidos.
Ruido, Joaquín Sabina.
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Lamento que las cosas llegaran a este punto. Siempre he temido por mis decisiones, y conforme pasan los años más me voy dando cuenta que no he aprendido a decidir. No porque lo que decida sea "incorrecto", o me acarree dolores de cabeza, sino porque nunca estoy conforme con lo que escojo, y siempre termino pensando en lo que hubiera resultado de tomar otro camino, de elegir otra opción.
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Hoy ya no es posible. Las cosas con ella llegaron a un punto alarmante de incomprensiones, y ambas partes terminamos hasta agotados de tanto intentar leernos las conciencias. Triunfó esta vez la pérdida, la derrota y la incertidumbre, y ante este trío infernal sólo queda esperar el desasosiego, seguido de la paz, que es, como la esperanza que queda en el fondo de la caja de Pandora, atalaya y bastión.
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Yo hablé, ella habló, pero nuestras voces se perdieron en un mar de ruido infernal. El punto álgido llegó cuando se amenazó con buscar "culpables" -"que quede claro que yo no soy la única que tiene la culpa en esto", fueron las palabras exactas que ella utilizó, aunque luego dijera que no había hablado de culpables-. La culpa es terrible. Yo no puedo darme el tiempo de sentirla. Creo, eso sí, en la responsabilidad, y admito mi parte de la misma sin remilgos, sin esperar que ella admita la suya propia.
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Es una mujer inteligente. Sé que entenderá tarde que temprano mi punto, tras el cual comenzará a tomar decisiones valientes, no influidas por su corazón al punto de alcanzar la herida. Creo en ella, y en su capacidad para doblegar sus propios temores y aprender a decir "no". Sé que le esperan cosas grandes, conmigo, sin mí, o a pesar de mí, y que sabrá tomar el tren a tiempo, antes de que la hora se pase y ella tenga que esperar al siguiente, que quizá no llegue igual, que quizá no sea el mismo ni la dirija a la felicidad. Ruego con todo mi corazón que esto no pase, y que ella aprenda a ser feliz, muy feliz.
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Yo, ante el vacío de su ausencia, tengo muchas cosas qué someter a recuento. Necesito contar las palabras dichas, las horas entregadas, los besos recibidos. Este inventario no será cosa fácil. Ella tiene ahora tiempo libre, y sólo me queda esperar que lo aproveche a conciencia, que busque, que pierda, que deje ir. Si lo hace, llegará a la verdad, cuyo abrazo no se recibe más que a tropezones. Si no lo hace, habrá perdido un tiempo valiosísimo de su existencia.
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Es joven. Ambos somos jóvenes. Sobran palabras qué decir e historias qué contar. Sobran amigos qué despedir. La cuestión está en si hemos tomado ya con suficientes ganas las riendas de nuestra vida, o nos estamos limitando a verla pasar. Yo no quiero verla pasar. Quiero vivir, salir adelante, no quedarme sentado viendo cómo el caos se desintegra a sí mismo a mi alrededor, cómo la nada se vuelve nada, cómo mis imprecisiones me deboran, me aniquilan.
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Pero repito que tengo la confianza. En ti, en tu situación, en lo que harás hacia adelante. Y por mi parte, puedo decirte que en mi vida, mi tiempo y mi esfuerzo, siempre hay un espacio abierto para el intercambio de información y el entendimiento. Nunca me niego a ello cuando hay oportunidad. A ti, porque eres parte de mí, tampoco te lo niego. Cuando quieras escuchar, y cuando creas estar lista para ser escuchada como te mereces, búscame. Sabes dónde encontrarme, siempre a las cinco en el Astoria.
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¡Salud!

miércoles, 11 de marzo de 2009

Para leer a Quiroga.

El Día Internacional del Libro se ha puesto lúgubre este año. Del catolicismo recalcitrante que reinó el año pasado, con un pueblo perdido no sólo en la geografía del estado de Jalisco -un estado de Jalisco literario, apenas cercano al real, al que yo y otros muchos millones de habitantes compartimos-, sino perdido también en el rezago de su propia ideología, este año, los lectores decidimos ponernos oscuros y cederle la palabra al amor, la locura y la muerte -que son tres sustancias románticas de alta densidad y largo kilometraje-.
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Los jaliscienses escogimos a Horacio Quiroga, y lo vamos a leer. Yo también voté por Horacio, a pesar de que no tengo el gusto de conocerlo. Más bien, fue precisamente porque no lo conozco que decidí darle mi voto -he de admitir que en más de una ocasión, no por afanes tramposos sino pensando en los muchos de mis amigos que quisieran votar por Quiroga y nunca tuvieron el tiempo (ni las ganas, hay que admitirlo) de dirigirse a las casillas y darle al uruguayo una "x" de consuelo, en más de una ocasión, decía, voté por Quiroga-.
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No lo conozco, y ya me cae rebien. Los otros contendientes, Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, respetables y nobles competidores, han sido leídos por mí en determinadas etapas de mi vida, y en el caso particular de Poe, me han rodeado en su lectura acontecimientos tétricamente específicos que aún hoy me hacen volver a él con cuidado y sólo cuando es estrictamente necesario.
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La Feria Internacional del Libro, encargada de la organización de la lectura de Quiroga, a realizarse el próximo 23 de abril de manera simultánea en los distintos municipios del estado, me informa que Horacio Silvestre Quiroga Forteza, el nombre completo del implicado, nació en Uruguay, nación de la cual salió siendo aún muy pequeño para irse a vivir a Argentina, patria en la cual decidió quitarse la vida a los 39 años, luego de haber cruzado la totalidad de sus días rodeado de un dulce, incesante -y, en su caso, inspirador- olor a muerte.
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La muerte fue, expando la idea, una presencia constante en la vida -¡oh, ridícula y absurda realidad!- de Quiroga. Cuando tenía dos meses de edad, su padre murió por accidente en una cacería, su padrastro se suicidó cuando el escritor era apenas un adolescente, dos de sus hermanos murieron de tifoidea, un amigo suyo murió por accidente mientras limpiaba un arma, y a eso habrá que agregar que fueron amigos suyos los también suicidas Alfonsina Storni (la argentina inspiradora de aquella hermosa poesía que reza "Te vas Alfonsina con tu soledad, ¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?...") y Leopoldo Lugones. Su primera esposa, ¿adivinan?, sí, también se suicidó, como lo hicieron dos de sus hijos tras la muerte del autor de próxima lectura maratónica.
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Toda esta información me la traen mis informantes desde el sitio mismo de la FIL. También agregan que Quiroga escribió la obra que se leerá en la jornada del Día Mundial del Libro, Cuentos de amor, de locura y de muerte, imprimiendo a la totalidad de la misma el tono lúgubre, oscuro, tenebroso y hasta horroroso, que el uruguayo recibió de la tradición de la literatura negra -terror, horror, romanticismo llevado al extremo de lo grotesco- iniciada por los propios Poe y Maupassant.
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Yo no he leído a Quiroga. Quizá una declaración así, en un entorno que ya se prepara para alabarlo a él, a la par que alabará al libro que le ha dado lugar en el mundo de lo trascendente, todo, como ya dije, el próximo 23 de abril, una declaración así de fuerte e inocente debería comenzar con una disculpa. Algo como: "Confieso con dolor y sobrecogimiento que no he leído a Quiroga". Pero no. Aunque Quiroga merece todo mi respeto, creo que es no sólo sano, sino hasta laudable, decir que no se le ha leído, esto porque mi declaración va acompañada de una firme determinación de leerlo en los próximos días.
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No sé si participe yo en la jornada de lectura en esta ocasión. Les contaba yo el año pasado que es tradición en ese día regalar una rosa a todo aquel que compra un libro. En Barcelona, capital del libro en español, así lo hacen, y en el resto del mundo también. Yo quisiera regalar muchas rosas, y leer otras tantas. Quiroga me espera, me hace ojitos, me coquetea. Quizá me animo. ¿Y ustedes? Será una buena opción para sentir mello, para darle a las letras la oportunidad que solemos negarles el resto del año de cambiar nuestro día. Total, ¿qué tanto es tantito?
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Las inscripciones ya están abiertas en el sitio de la FIL (http://www.fil.com.mx/), o en las instalaciones de la Feria. Anótense, elijan el horario que más se les acomode, y lean a Quiroga con el horror que se merece.
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¡Salud!

domingo, 8 de marzo de 2009

Mujer.

"... mientras exista una mujer hermosa, habrá poesía."
Gustavo Adolfo Bécquer.
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Yo las tengo por montones. Las hay que son mis amigas, mis madres, mis hermanas, mis tías, mis compañeras de escuela, mis compañeras de trabajo, mis clientas, mis lectoras. Las tengo mi conciencia, mi sueño y mi musa. Las tengo novia, amante y escucha. Las tengo profesoras, alumnas y hasta amas de casa. Las tengo y, tonto de mí, no tengo ninguna.
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Por ellas se han levantado sociedades y también por ellas -en su nombre- se han derrotado imperios. El caso más cercano, quizá, es el de la famosa Beatríz Hernández, aquella mujer cuyo tesón y cansancio -nada más peligroso que una mujer tesonuda y cansada- a quien debemos la cuarta y definitiva fundación de Guadalajara. O Helena, la célebre mujer de hermosa faz por cuyo rapto se desató la epopeya de la guerra de Troya.
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Yo las tengo a todas, y no tengo ninguna. Si me pertenecieran, si de verdad fueran mías todas, no sabría yo qué hacer con tanta perfección. Y es que las he visto levantarse con tanta gallardía tras las pérdidas, flanquear de tal modo las adversidades diarias, que no hay día que no deje de desear abofetear al anónimo imbécil que se atrevió a afirmar alguna vez que eran el "sexo débil".
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No las tengo, pero las he visto. Las veo, a diario, levantarse, trabajar, acomodar, estudiar, defender, postergar, leer, saber, reconocer, amar, disfrutar, comer, bailar -¡y de qué forma!-, inspirar, desnudar, llover. Las veo a diario formar y reformar, formular y formularse. Las veo caminar, correr, construir y destruir. Las veo romper corazones, movilizar contingentes, guiar el tráfico, modificar sociedades. Las veo mexicanas, rusas, alemanas, estadounidenses, colombianas, francesas.
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Las veo presidentas, líderes, amas de casa -que es, más que decir otra cosa, decir todos los oficios posibles-, ingenieras, zootecnistas, cantantes, abogadas, reinas -de países, de belleza-, conductoras, escritoras, investigadoras, prostitutas, afianzadoras, cajeras, barrenderas, costureras, recamareras, conductoras, maestras, diseñadoras, financieras, comerciantes, relacionistas, modelos, herreras, carpinteras, vendedoras, editoras, profesionistas.
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Las veo alzar familias, criticar nueras, molestar yernos. Las veo dando bendiciones, maldiciendo al dolor. Las veo creciendo, demostrando que están dispuestas siempre a ir hombro con hombro con nosotros, los trémulos hombres, que, tontos, tontos, más que tontos, todo les hemos negado. Las veo negar el engaño que pesa sobre sus propios hombres, el mismo engaño que les dice que no son, que nunca han sido, que no podrán jamás ser más que sombras, sombras que no son, que nunca han sido, que nunca podrán ser.
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Por eso les envío, a todas y cada una, las que me han hecho feliz o infeliz, o las que no me han hecho nada, hoy en su día, la más sincera de las felicitaciones, aunada al más grato y firme de los agradecimientos. Gracias por sonreír, por luchar, por inspirar. Gracias por ser mi novia y musa, mis amigas, mi madre, mis hermanas, mis profesoras, mis porristas, mis exnovias, mis presidentas, mis diputadas, mis burócratas, mis directoras, mi editora, mis fotógrafas, mis compañeras. Gracias por ser mujeres, que es como decir gracias por serlo todo.
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¡Salud!

viernes, 6 de marzo de 2009

De golpe y porrazo.

Cuando les digo a todos mis conocidos que las alarmantes -y amarillistas- fotografías de la cantante barbadense Rihanna de reciente publicación, en las cuales aparece en calidad de quesadilla frita -con todo y protuberancias e hinchazones a destajo- tras la tremenda golpiza que, dicen, le propinó a la intérprete de "Umbrella" su novio, Chris Brown, cuando les digo a todos que esas fotos de desazón y violencia me provocan tremendos escalofríos, nadie me cree, o me tildan de fácilmente manipulable por las notas más nimias de entre las que manejan las carteras informativas actuales de los medios de comunicación.
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Tendrán razón, o creen que la tienen, y luego se van. Lo que a mí me falta explicarles es que esas fotografías me duelen porque Rihanna se parece de un modo alarmante a La Mayor de mis Hermanas, de reciente casamiento con El César quien, he de decirlo, no tiene de Chris Brown más que lo brown. Así que ver a la también intérprete de "Don't stop de music" con rostro de membrillo, me lleva, por relación ideológica-sentimental, a imaginarme a La Mayor de mis Hermanas masacrada de esa forma tan brutal, lo que provoca en mí los mentados escalofríos, y uno que otro sentimiento de venganza.
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Lo que me sorprende es que nadie ponga cartas en el asunto de la violencia. Si Rihanna estuvo o no de acuerdo en ser martirizada de esa forma, si opuso o no resistencia, o si Brown y la barbadense suelen llevar en tales términos agrestes su relación amorosa, son cosas que pasan a segundo término ante una realidad alarmante: la violencia se ha convertido en el medio de manifestación más recurrente de los sentimientos humanos en últimas fechas.
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Pienso en Rihanna y en el resto de mujeres maltratadas que día con día salen a la calle, o, peor aún, se quedan en sus hogares, víctimas del miedo, la incertidumbre, la desazón y la parálisis -física, cerebral, las ocasionadas por los golpes también-. Imagino que vivir entre los golpes y los gritos es un infierno hasta que uno se acostumbra al candor de las llamas, y termina por amar al captor, por creer fielmente que, si no hay sangre, no hay amor.
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El caso de Rihanna sucede en los Estados Unidos de América, por decenas de años considerada la nación más desarrollada sobre la faz de la Tierra. La reciente crisis financiera ha develado el telón que ocultaba a un país de ideología decadente e inmoralidad alarmante -no en el sentido ético, sino de estabilidad cultural-, en picada como lo han ido las ideologías de los grandes imperios cercanos a su fin. Pero lo que le sucedió a Rihanna-por amor, por odio, por insatisfacción, por cualquier otra causa aparente-, le pasa también a mujeres en México, Francia, España, India, China y, me atrevo a imaginar, hasta Mongolia. El amor ha perdido el interés en la caricia, y ha tomado, sorpresiva y alarmantemente -es como la décima vez que uso la palabra "alarmante" y sus derivados en lo que va de la entrada-, a la violencia como su carta de representación.
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Si la triste realidad de la violencia misógina puede bien cimbrar los suelos patrios -y reacomodar los paradigmas de dos o tres ideologías-, la violencia en las calles contempla ya al silencio aplastante, rudo e incómodo que produce, como un efectivamente insuperable resultado de su propia existencia. Hoy, hasta la insatisfacción más efímera se resuelve a balazos. El reciente caso del topógrafo asesinado en el Distrito Federal por un conductor con evidentes daños en su estado síquico, comprueba toda la tesis de esta pequeña -y muy humilde- entrada: la violencia nos ha acostumbrado tanto a sí misma, que hoy creemos en ella como la única prueba feaciente de demostrar nuestros sentimientos.
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Dirán que no es novedad. Que desde los albores de la humanidad existen los golpeadores, los abusadores, los que no tienen otra forma de actuar que el golpe y la espada. Tendrán razón. Lo que es hoy distinto es el hecho de que todos, hasta los que no la practicamos, nos hemos ido acostumbrando tanto a la violencia como respuesta natural de nuestros sentimientos, que hoy incluso vemos con humor al histérico, al alarmado, al golpeador. Hoy, sólo que sea una famosa cantante a quien su novio -sinónimo intrínseco de respeto, seguridad, amor y compañía- le ha propinado una golpiza, la cosa nos causa sorpresa. Hoy, sólo que el asesino sea un histérico conductor en la capital del país -de por sí tildada de violenta, como si el Norte no existiera, ni viviera entre las balas-, la noticia de de un topógrafo fallecido nos provocaría la misma reacción que el canal del congreso en horas pico -"aburrimiento" es la palabra que mejor define a dicha reacción-.
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No sé qué nos pasa. A mí, las fotos de Rihanna, porque me recuerdan a mi hermana, pero sobre todo porque me recuerdan a todas las mujeres, a todos los seres humanos, me traen entre el lamento y la incertidumbre. Las fotos del agresor del topógrafo blandiendo el arma, porque me recuerdan a todos los topógrafos, a todos los hombres de bien y de trabajo -que son casi la misma cosa, que son casi los mismos hombres-, me lleva del miedo a la desazón. Si esto sigue así, llegará el punto en que el apretón de manos sea un acto infame y déspota, y perdamos toda clase de movimiento o acto ceremonia manifestante de la calidez humana. Sufro. Rihanna también.
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¡Salud!

martes, 3 de marzo de 2009

Movimiento tangencial.

Al escribir esta entrada, habrá quien piense, estoy malgastando mi tiempo. Yo debería de estar sentado en mi escritorio, con la tenue luz de la vela iluminando los cientos de pergaminos que me rodearían por todas partes, los alteros de hojas y libros descuadernados que, de tan altos, amenazarían con caer sobre mi rostro enjuto, consumido por el estudio a deshora y sin consideraciones, acompañado sólo por el rumor frío del chisporroteo de la vela y la imagen taciturna de la calavera que, por todo adorno, luce mi escritorio.
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Pero no. En lugar de eso, estoy aquí, sentado, sí, pero con un foco ahorrador de luz de 60 watts que ilumina todo mi cuarto, con mi escritorio rebosante de cosas que, en definitiva, son muy lejanas a una calavera, y con los libros que me esperan para el estudio medio dispersos sobre mi almohada. Eso, a todas luces -luces de focos ahorradores de 60 watts-, indica que estoy dejando el estudio para después.
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Ignoro el día en que pasó -no lo hago, pero tampoco quiero fijarme mucho en el asunto, así que mejor me abstengo de recordarlo-, pero El Meromerosaborranchero lo definió categóricamente con los términos específicos de su profesión -mecánico tepitense vertido en letrado-: "La escuela deja de ser el centro y ocupa el lugar de una de las tangentes de tu vida".
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Yo no hubiera podido -ni de chance- definirlo mejor. Ahora los cienes, los ochentas y los cincos ocupan para mí, lo que quizá pocas veces en mi vida habíase visto, un cajón de desordenada categoría, entitulado "Números". Si la maestra me pone mañana un cuarenta por responder que Víctor Hugo no fue romántico, o si el resto de los profesores me reprueban, citando a una conocida -?- canción de 31 mintos, "porque hablo como idiota", toda reacción del Universo en torno a mi actividad escolar me viene valiendo soberano y absoluto gorro -azul, o rojo, como el de la Revolución Francesa, para que sea más espiritual-.
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La Kenya podría ser la culpable, pero como a mí me choca culpabilizar a mis vicios de mis problemas, y siendo ella mi vicio favorito, diremos que ni ella es culpable, ni yo puedo ver en ella más falta que la de quererme y buscarme el lado -actividades ambas de alta importancia y riesgo sicológico-.
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Pero el amor que nos tenemos es la razón de mi despreocupación. No diría yo, citando a mi queridísima Casicasi, que estoy "en estado de ommm", pues la dormición todavía no repara en mí como buen representante, pero sí ando como queriendo salir de éste mundo que comienza a molestarme, y buscarme algún rincón ajeno para armar ahí nuestros castillos en el aire.
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La cosa, la-men-ta-ble-men-te, no se puede así. Vamos a tener La Kenya y yo que aguantarnos, y mis calificaciones conservar, taciturnas como son, su lugar en la tangente. En el centro, por el rumbo que habitan mis amigos, y aún más cerca del que habita mi querencia, La Kenya está sentada y yo no pienso moverla de ahí. Además, a eso hay que sumar que, por primera vez en muchos años, un buen porcentaje de mis compinches traen galán (a) bajo el brazo, cosa que nos coloca en actitud de verdaderos contemporáneos (el otro día se me fueron como diez horas de conversación telefónica con La Wera para explicarnos mutuamente cómo nos gusta que nos esté yendo tan bien, cómo no nos la creemos todavía).
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Luego, quizá, les cuento cómo me fue en mi examen. La ventaja de hacerse expectativas bajas cuando siempre lo esperan a uno en casa -o en otra casa- los brazos del bienamado, es la misma ventaja que existe en observar la depreciación el petróleo cuando uno de lo que vive es del turismo. A mí, pues, que me lluevan ramas.
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¡Salud!

domingo, 1 de marzo de 2009

Sin permiso de los padres.

Vengo llegando de conocer a mis suegros. Triste caso es darse cuenta de que uno es buen chico, amable, caballeroso, atento, generoso, divertido, un absoluto paquetazo, pues, y apenas y ha explotado sus facultades autónomas -autónomas porque no dependen ni de la Iglesia, ni del Estado (del etílico quizá sí) ni de la madre (en el sentido progenitor del término)-. Pero eso no importa. Importa que según La Kenya les caí muy bien, y que todo el informe que me ha dado indica que eso permitirá que nos veamos más tiempo, y mayor número de días, cosa que yo agradezco intensamente, pues desde que doña Mago me hizo vocearla en Mega Mercado en mi lejana niñez, porque no aparecía, tengo delirios de abandono.
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El punto es que he narrado a mi madre las peripecias del encuentro padres-novio, mi nerviosismo incluido, y ella me ha señalado, con ese tono admonitorio que utiliza siempre que detecta una falla en el sistema (osea, una caída en la moral, un atentado a las buenas costumbres, un error de la Matrix): "En mis tiempos, los padres se presentaban primero si no se conocían, y luego era el novio quien iba y pedía permiso a los padres de la novia para andar con ella".
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A mí la reminiscencia de mi madre me hizo sentir repentinas ganas de vomitar, y generó en mi interior un profundo sentimiento de lástima y pena hacia esa -ya casi finada- generación. Pensé en los noviazgos como propiedad ideológica de los padres, un paso tan sólo adelantado al noviazgo como vía de conservación del apellido, la estirpe, el nivel socioeconómico, y sentí frío -frío del gacho, no del que uno dice "ummm, fríííío", y luego se acurruca en cama-.
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Creo que sí, doña Mago tiene -como casi siempre- toda la razón. En sus tiempos, el noviazgo no le pertenecía a los novios, y a duras penas era "consagrado" a Dios -el matrimonio sí, pero ésa era otra historia-. Le tocaba a los padres decidir en él, y si los novios no estaban de acuerdo con la decisión tomada por los padres, les quedaban dos -igual de problemáticos- caminos: o fugarse, o acatar las normas. O el fluir de las pasiones, o la cerrasón y la infelicidad.
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¡Qué sanos tiempos vivió mi madre! Esa última exclamación fue, por supuesto, sarcasmo absoluto: por más que los padres quieran verlo, no hay ventaja alguna en su participación activa en el noviazgo de sus hijos. Hoy, aunque han pasado tantos años -doña Mago no confesará su edad, y yo respetaré eso, pero de que han pasado muchos años desde que novió la última vez, ni duda me puede quedar (el PRI olía a nuevo y no había tele en el país... con eso les digo todo)-, hoy, decía, aunque ya llovió, sobrevive -subsiste- una especie de padres que conservan todavía la cerrazón del pasado a la libre decisión de sus hijos, lo que los lleva a interceder -"meter las narices a lo bruto" es un término más apropiado para el caso- hasta en los lugares de las citas, las fechas y horas, las familias, los apellidos, los gestos de demostración afectiva, y un largo etcétera.
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Los padres de La Kenya son gente agradable. Miran por su hija -es la menor, como en mi caso, así que sobre ella se concentra una atención "especial"-, y esperan que ella misma sea quien toma las decisiones de sus días. Eso es aplaudible, laudable, y es parte esencial en lo que podríamos llamar "una buena pareja de padres". Mis experiencias anteriores con suegros y suegras de todo tipo me llevan a concluir que los padres de La Kenya tienen un manejo controlado de la situación, pero no excesivo. Es decir: se hacen sentir presentes, pero expectantes, no partícipes. ¡Bingo!
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A eso habrá que agregar que después de que me he ido -y conmigo los otros amigos de La Kenya que fueron a la comida que ella organizó en su casa (dónde, por cierto, me enteré que posee una habitación que es la de mis sueños -planeo robársela un día de éstos... quizá-), El Apapachoquealivia y La Zucaritas incluidos-, después de que me he marchado, decía, sus padres le han dicho que soy amable y agradable, y han agregado, no conforme con eso, un "tus gustos han mejorado bastante últimamente". ¿Podrían caerme mejor los señores de otra manera? Ai don ting so.
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La próxima semana, a La Kenya le tocará conocer a doña Mago, y al resto de mi familia. Ya los conoce, pero me ha hecho creer que ahora, como novia, le toca otra vez. Yo creo que no tiene de qué preocuparse. Doña Mago, por más madre mía que sea, y por más monja desertora que parezca, es a todo dar, y testimonios de ello sobran. Mi hermano el mayor es más que un caballero, un verdadero hombre de mundo -de los que caen bien, no de los que sólo alardean-, y Mi hermana la menor quizá ni estará -boda en pueeeeerta, boda en pueeeeerta-. La reunión se presenta, pues, como éxito seguro.
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Ignoro el momento en que el Manual de Carreño dejó de circular, y tras dicho acontecimiento la gente se fue olvidando paulatinamente de que había buenas costumbres, y redujo las mismas a lo básico necesario para el buen desarrollo de la convivencia social. Ignoro el punto de la Historia en que dejamos de creer que un beso en público era un desacato al orden, la moral y un atentado a la Patria -cualquier pedrada a gobiernos panistas del Bajío es mera coincidencia merecida-. Ignoro el punto, pero lo alabo y aplaudo. Hoy, a los que nos toca noviar, queremos vivir, no temer, ni ceder al olvido y la desidia que el control excesivo trae consigo. Queremos amar, y para eso no hay reglas, no se necesitan padres.
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¡Salud!