jueves, 26 de febrero de 2009

Truequecórcholis.

Cambio viejos amores por nuevas realidades. .
Yo siempre soy de los que insisten que es mejor un buen intercambio que una mala compra. El intercambio permite, como pocas actividades humanas, la adquisición de un elemento cualquiera que ya ha sido probado y comprobado reiteradamente con anterioridad. En ninguna otra cosa como el trueque interviene aquello de "Más vale malo conocido que bueno por conocer".
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Por eso aplaudo, alabo, celebro y festejo -que son cosas similares, pero que se escriben distinto, prolongando así la longitud de la entrada- la próxima segunda edición de El Tianguis del Trueque, que una admirable comitiva está planeando en estas fechas para su realización en los primeros días de marzo. Encabeza el flamante grupo la ya célebre y comentadísima Zucaritas, quien en esta ocasión ha tenido que hacer acopio de más cosas que su creatividad y buena disposición para levantar un proyecto que, si yo fuera ella, ya hubiera mandado al cerro a sembrar.
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Pero no. La Zucaritas armó el trueque con toda la capacidad organizacional que la caracteriza, y hasta ha hecho de más, atrayendo desmesuradamente a ordas de participantes provenientes de carreras en extremo distintas a Letras, como Derecho y Sociología, cuyos estudiantes ya están también más que puestos para sentarse en sus tapetitos y exponer sus pertenencias con el único fin de cambiarlas por otras tantas, sin la lamentable participación del "cochino dinero".
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Dándome a la tarea de promocionar la eficaz labor de La Zucaritas y asociados, me he puesto a reflexionar largamente sobre trueques famosos en la Historia. Debo admitir que me di de topes, pues muchas han sido las ocasiones en que el dinero, por sobre cualquier otra clase de sustancia monetaria, se ha puesto sobre la mesa de negociaciones. Pero como yo no soy ideólogo fácil de quebrantar, pensé aún más y encontré tres buenos ejemplos de cómo el trueque ha determinado no sólo la formación de naciones, sino hasta la sublevación de las culturas. Va, pues, mi deducción epistemológica.
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Perdido, como siempre lo estuvo, preso en territorio lejano por causa de una guerra que nada sino su terquedad ocasionó, Santa Anna intercambió su libertad por la aceptación de independencia del territorio de Texas, entonces anexado a México. Así, nosotros perdimos no sólo más de la mitad de nuestro territorio, sino que nuestro vecino del norte ganó el mismo tanto, reconociendo poco tiempo después a Texas como estado de la Unión Americana. Santa Anna, el dictador, el convulso, el crédulo, el vituperado, el once veces presidente, el ídolo de la ignominia, entró en la Capital del País entre vítores y glorias, acompañado por su pierna recién recuperada, y su libertad recién ganada a costa de la pérdida de la Historia. Buen trueque para él, extraño e impredecible intercambio para México.
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En uno de los pasajes del Antiguo Testamento que yo más leo, disfruto y recomiendo, se rememora una antigua costumbre hebrea relacionada con el matrimonio y la consecuente unión de los clanes o familias. Booz, un rico propietario de tierras de Moab, perdidamente enamorado de la caritativa y entregada Rut, belemita, habla con el pariente de la mujer y, habiendo ya pasado la noche con ella y dispuesto a pasar así mismo el resto de su vida, lo sienta frente a los diez hombres más ancianos de la región y le presenta su chancla. La chancla es más que un anillo de compromiso: colocada frente al pariente de Rut y los testigos, representa la decisión conciente y esperanzada por parte de Booz para hacer de Rut no sólo la mujer más feliz del mundo, sino de la unión de ambos la relación más fructífera, más dadivosa, que la historia de la antigüedad haya podido ver jamás. El pariente acepta el trato y a cambio entrega también su chancla. Booz y Ruth, y sus respectivas familias, han acabado así con discordancias pasadas, han roto con las malas tretas del funesto destino, y han fundamentado un nuevo amor en la unión de sus corazones -vía trueque de calzado-. Tan bueno fue el trueque, que de la unión de ambos personajes, nos dice la tradición, nacerían los antepasados del rey David, y, por ende, el mismo Jesucristo. Todo un negociazo.
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Nada en la historia de la humanidad ha determinado tanto el curso de los acontecimientos como el trueque de cartitas. ¿Quién no ha sentido en su corazón el triunfo determinante del trato concluido que permite acceder a esa última cartita que completa el álbum, la colección, y que convierte a su poseedor en el absoluto Rey del Mundo? ¿Quién no ha gastado sus días, sus domingos, incluso sus quincenas, en buscar desaforadamente de sobre en sobre ese último número de la colección, ese pequeño papel que sólo adherido en el libro de páginas entintadas cobra verdadero valor? Y entonces, en medio de un cúmulo de cartas ajenas, aparece la salvación, el punto culminante, el éxito calcomaníaco, y si uno ofrece bien, recibe a cambio de otra carta, carta por carta, el triunfo y la gloria. Seguro estoy de que si Hitler, Calles, Pinochet, Franco y los otros grandes desastres humanos de la historia, hubieran completado sus álbumnes de cartitas vía trueque, la Historia sería hoy muy distinta.
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Por eso felicito y alabo el gesto de La Zucaritas y sus allegados, quienes han puesto todo sobre la mesa para que los que tenemos cosas qué intercambiar, o qué conseguir, pongamos el trompo en desuso, el libro en abandono, el disco sin escucha para hacer de ello cuentas claras y, a cambio, obtengamos satisfacciones, historias ajenas, buenas memorias. Yo, por su capacidad de reinventar la vida, si le voy, le voy al trueque. Aikir.
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¡Salud!

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