sábado, 28 de febrero de 2009

Penélope Cruz, y Barcelona... y las demás.

Yo de Woody Allen, como de muchas otras cosas, sé muy poco. Sé, por ejemplo, que dejó a su esposa para contraer nupcias con la hija que ambos habían adoptado, de origen asiático. Sé también que le dió a Diane Keaton la idea del look andrógino que hasta la fecha lleva a todas partes. Sé que ama Nueva York, y más específicamente Manhattan, lo que es lo mismo, pero no es igual. Sé que tiene manías extrañas, y que es muy cómico al actuar. He degustado su brillante trabajo en sólo tres filmes, contando el que hoy traigo a colación, y que además es su más reciente creación, la valedora del Óscar para Penélope Cruz, Vicky Cristina Barcelona. Fuera de eso, y de que puedo asegurar -lo cual no es información, sino opinión- que es una mente lúcida y productiva, de Woody Allen no sé nada.
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Por eso es que no puedo hablar de Woody Allen cuando lo que quiero es hablar de Vicky Cristina Barcelona. Las otras dos cintas que del también escritor he mirado, Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite, 1995) y Deconstructing Harry (1997, les debo el título en español), son tan distintas entre sí y respecto a Vicky Cristina Barcelona, que no me queda más que concluir que intentar hablar de la diversidad de Woody Allen para hablar de sus películas, es buscar clavos oxidados en casa nueva -osea, más que inútil, imposible-.
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Vicky Cristina Barcelona es, aunque muchos podrían no creerlo, poco más que el filme que le dio, por una reducida pero contundente aparición, el primero y reciente Óscar a la "maja" de Penélope Cruz -que además, me informan mis informantes, sería como mi prima lejana, nomás por el "apeído" que nos une (sí, Chucha, ¿y tu nieve?)-. Es también un filme sobre las relaciones humanas, sobre los modos románticos de amar, y sobre lo bonito que es el amor "a la española" -sangre, flores y pasión estilo Almodóvar incluidos-.
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Es también la contundente oportunidad de ver a la "parejita del momento" actuando en el mismo filme, con un Javier Bardem que sale de la fealdad y se adentra en lo sexy -sigo sin entender cómo ha hecho con esa cara para ser considerado símbolo sexual, lo que me abona esperanzas (ajá, Chucha, ¿y sigues con tu nieve?)-, y una Penélope Cruz que es no sólo profesional sino hasta miedo da en el papel de una sicópata de desconsideradas acciones y enfermizas relaciones.
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Vicky Cristina Barcelona podría ser también, ya yéndonos muy lejos, una mirada llena de sorpresa del Imperio Americano a la Madre Patria y sus costumbres, su guitarra, sus atalayas y sus palacios, sus galanterías y sus ojos moros. Y, yéndonos todavía más lejos, rayando en lo bizarro, Vicky Cristina Barcelona es el retrato no de cómo amamos hoy en día, sino de cómo no queremos amar -chale, diría El Buen Venecio-.
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Yo se las paso al costo así, sin decirles de qué trata. Si me lo preguntan, y si no también, que para eso de la libre opinión es para lo cual levanta uno los blogs, yo le daría a Penélope no sólo uno, sino muchos otros Óscar. Que le den el de Mejor Loca, Mejor Atentado de Suicidio, Mejor Pelea Parental, Mejor Discusión Bilingüe, Mejor Renuencia a Hablar en Inglés, Mejor Beso Lésbico -no, bueno, ése se lo damos por default, porque estuvo medio frío- y hasta Mejor Actitud Contemplativa.
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Para que no se desesperen cuando la vean, les aviso de una buena vez que Penélope no aparece en la película hasta que esta ya supera la mitad de su proyección. Mientras, uno tiene que conformarse con el buen desarrollo de Bardem, porque el resto de los actores, será por su gringa liviandad, nomás no acaban nunca de prender. Sin embargo, y aún si la prima Cruz se nos apareciera para ejecutar su papel faltando tres minutos para la aparición de los créditos finales, sus tres minutos de María Elena descocada, valdrían la cinta, el Óscar y la pena.
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Como dato adicional, no se pierdan Vicky Cristina Barcelona si sin fans de éste último personaje: la ciudad con vista al mar más famosa de España, donde vivió Dalí, y Gaudí, y donde están sus más grandes obras, como la siempre interminable iglesia de La Sagrada Familia, y su famoso edificio curvo de departamentos. Ah, y claro, dónde vive Cody, la mascota nacional, referente obligado para los niños de los noventa... pero ésa es otra historia.
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¡Salud!

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