sábado, 21 de febrero de 2009

La enfermedad del recuerdo.

Tres entradas más, y esto que hasta hoy se llama El Baile de la Coma, tendrá tanto contenido como número de soldados espartanos pelearon contra los persas en cierto mítico enfrentamiento recién llevado a la pantalla grande de la providencial mano de Zack Snyder, vía novela gráfica del ya ineludible Frank Miller. Para las 300, así lo espero, haremos un importante recopilado de las mejores entradas, y festejaremos el número más que la intención -cual deben, en tiempos de crisis, hacerse las cosas-.
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Un recopilado de 300 entradas requerirá, ya me vi, de un esfuerzo nemotécnico prodigioso y plausible. Difícil tarea para alguien quien, como yo, si algo no tiene -además de vergüenza- es memoria. La última vez que intenté recordar algo... creo que de hecho no recuerdo cuándo fue la última vez que intenté recordar algo. Así, en un vaivén de misterios atemporales inconexos, se me van los días y la vida. Sufro.
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Ahora lo pienso bien. No es que no recuerde lo que me ha pasado, sino que, por lo menos en mí, los recuerdos son como un mar de corrientes y mareas impredecibles, de modo que mis recuerdos obedecen siempre a sus propios caprichos, dejándome a merced de la tiranía de la memoria y los sentimientos que con ella vienen, y no así de mis ganas de acordarme de los asuntos que competen mi existencia -todavía debo llamadas de cumpleaños de la última jornada 2008... y quien sabe si este año me acuerde de hacerlas-.
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La memoria, como los otros grandes procesos de nuestra mente, está tan ligada al corazón -en el sentido metafórico sentimentaloide del término- que si uno quiere cuidárselo debería empezar por hacer un esfuerzo gigantesco -y a todas luces improductivo- por controlar el florecimiento de sus recuerdos -al menos de los negativos, o los que nos generan dolencia "cardíaca"-. Nuestra memoria es, pues, además de testigo evidencial de los hechos, río de sentimientos y sensaciones de toda índole.
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Ahora bien, como seguramente a nadie le gusta traer el corazón llagado y vuelto a llagar con tanta vivencia y revivencia de asuntos dolorosos, la Universidad de Ámsterdam se acaba de poner a trabajar -no sé si ya trabajan antes, pero para hacer esto que voy a decirles, seguro tuvieron que poner manos a la obra- en el diseño de una pastilla que ocasiona la progresiva disminución de los dolores que llegan de la mano con los recuerdos pesarosos.
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Parece mentira, ¿cierto? Una sola pastilla, como la que uno se toma cuando siente en su garganta el lejano escozor de la temprana gripa, o como la que uno se engulle cuando va a salir a carretera y no quiere marearse y vomitar al conductor -bueno, de ésa me daban a mí, y hasta la fecha nunca supe si era placebo o qué, porque vomitados siempre acabábamos-. Una sola pastilla, decía, y el último quiebre con la novia, o aquella primera Navidad en que uno recibió una bolsa con calcetines en lugar de un fragante Nintendo 64, serán cosa del pasado, verdaderas nimiedades que jamás, ni aunque baile Bertha -expresión que indica a todas luces imposibilidad, ahí luego les platico por qué-, podrán ocasionar dolor en el dueño del recuerdo.
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El medicamento -es una sustancia que al consumirse quita el dolor, ¿no?, entonces es un médicamento- no es una fantasía, ni un invento ideado por los investigadores para consumirse el sueldo y los recursos universitarios -fue en Ámsterdam, recuerden, no en México-, y la explicación científica de su modo de operación me parece bastante lógica: bloqueando la respuesta de miedo o dolor que sigue a la activación de la memoria emocional, el inventito disminuye toda generación negativa de energía cerebral originada por el recuerdo, y, de este modo, anula la memoria del sentimiento que dicho recuerdo genera. Así de simple, así de posible.
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El medicamento todavía está en pruebas. Los científicos tienen la idea, también bastante lógica, de que si el fármaco puede borrar descargas eléctricas de sentimientos asociados con los recuerdos, existe la posibilidad de que llegue también al extremo de borrar los recuerdos mismos, situación imposible si se considera el hecho de que somos memoria, y sin la memoria, por extensión, estamos limitados a la desaparición, la pérdida y el abandono, tres actividades realmente poco estimulantes para el género humano, que si algo busca es trascender.
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Por lo pronto, a mí la idea me parece fenomental. Yo aquí tengo dos o tres heridas que la memoria, repentina y acompasadamente, se encarga de abrirme de cuando en vez. La posibilidad de borrar el dolor conservando el recuerdo me sabe bien, tanto que estoy a un paso de prestarme a la experimentación, y así de paso ayudar a la ciencia -no lo hago nada más porque no hablo... lo que sea que se habla en los Países Bajos, y porque, claro está, luego me da por pensar, por lo menos a ratos, que también el sentimiento es importante ("¡Pamplinas!", diría el célebre personaje de Evenecer Scrooge, en el también célebre Cuento de Navidad de Dickens. -.
Por lo pronto aquí nos quedaremos, restándole dolor al sufrimiento del recuerdo con buenas canciones, buenos amigos, buenos nuevos ratos. Algo innegable es que la capacidad que tiene el mexicano para olvidar su dolor -aún a tragos en una cantina, que el medio es lo de menos- y aún borrar los recuerdos -éstos sí de plano en una cantina, o en la sala de urgencias que le sigue a la congestión alcohólica-, no la iguala ningún otro país. Somos, parafraseando a Octavio Paz, todos los siglos en nuestro presente, y a pesar de eso ¿quién dijo dolor?, ¿quién dijo miedo?
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¡Salud!

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