martes, 24 de febrero de 2009

Fluir.

"¿Ya lloraste lo suficiente las pérdidas y los encuentros?". La Nancy me miró desde el sillón de enfrente con esa cara pícara que pone cuando conoce de antemano mi respuesta. Mi mirada idiota -que en realidad representaba no sólo al resto de mi cara, sino también a mi entendimiento (nulo) en general-, seguro la comprendió perfectamente, pues se limitó a aclararme: "Cuando uno vive tantas pérdidas y encuentros repentinos como tú los has tenido, la respuesta evidente es el llanto. Si no has llorado, entonces te vas a agripar, lo que significa que la tarea del llano se la han robado a los ojos los órgamos de la respiración".
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Mi gripa tiene ya dos días de vida. Anda locamente de mi naríz a mis ojos, luego de vuelta a mi nariz, provocando la aparición de toda clase de fluidos que bañan mis días. Yo, desde lo que La Nancy me dijo, no puedo más que abrazar la enfermedad, sonreírle, decirle "bienvenida, gripa, te esperaba".
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Para los que no me conocen, sería adecuado aseverar que yo rara vez me enfermo. La gripa, que en otras personas es sinónimo de la llegada irrevocablemente anual del clima frío, en mí es un fenómeno de esporádica y reducida aparición, por lo que verme con naríz roja en las fotografías y playera llena de morusitas de Kleenex, no es común en el entendido de mi imagen personal -si es que tengo algo parecido a una imagen personal-.
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Por esta razón, si la gripa hubiera arribado a mi avanzado febrero sin el pronto y expedito aviso de La Nancy, a mí me hubiera destanteado y, muy probablemente, hasta puesto de malas. Una vez más, alabo y bendigo el día en que elegí a esa mujer de altura -literalmente hablando- como mi terapeuta de cabecera -nota cuestionadora inútil: ¿qué escogemos alguna vez doctor, libro o psicólogo de piecera? Fin de la nota inútil-.
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La cosa se recrudece porque algunas de las pérdidas que mi gripe llora-sólo en México y Colombia la llamamos "gripa", según la RAE-, son producto de decisiones -o indecisiones- que yo he tomado directamente o por conducto de terceros. Comprenderán que no es lo mismo llorar por la desaparición del pato -por poner un animal cualquiera sobre la mesa-entrada- que por haberse visto obligado a desaparecerlo.
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Bendito mi gripa entonces, pues gracias a ella no me enfermo -raro, pero así es según mi terapeutóloga-. Por ella lloro las decisiones que me causan miedo, alegría, confusión, o las decisiones que ocasionan eso mismo en otros -empático (malamente) que soy-.
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Con mi gripa lloro una amistad paralizada -"puesta en shock", la definiría yo- ante su cada vez mayor complejidad, y hacia la cual yo, yo, yo y nadie más que yo, poseo absoluta responsabilidad -de la decisión de la parálisis hablo, que de la amistad es siempre compartida la responsabilidad. Con mi gripa lloro el silencio que en mí provoca la incapacidad para decirle a ella, mi amiga, las tantas cosas que podría, o lloro también la falta de palabras en mi boca para decirle eso mismo, porque uno a las palabras no las busca, sino son ellas las que lo encuentran. Lloro con mi gripa, pues, el crudo y hosco silencio que sigue a la muerte de una estrella, de nuestra estrella, un silencio que, frío sin embargo, me sabe a estabilidad futura, a nuevos comienzos.
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Con mi gripa lloro la abigarrada enfermedad siquiátrica que azota a mi padre, cuya agudez y complejidad lo apartano hoy y siempre de su familia, esa misma familia a la que hirió de mil maneras estando bueno y sano, y que hoy busca a toda costa, a pesar de todo, luchando incluso contra la fuerza del pasado, opciones para no remitirlo de inmediato a las frígidas fauces del abandono.
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Con mi gripa lloro la aferrada soledad de mi madre, uno de los ejes más queridos de mi existencia, quien me ha confesado sentirse abatida por el peso de las decisiones -¡otra!- y los paradigmas que hoy, a sesenta años de adquisición, debe replantearse y desbloquear. La pesada maquinaria ideológica de Doña Mago está cambiando ante las exigencias del entorno, y lo que queda ante la reducción de la estructura al remozamiento de sus bases, es la reconstrucción de la estructura misma, lo que lleva tiempo, y sí, soledad también.
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Con mi gripa, sin embargo, lloro también las grandes dichas, ésas que de tan grandes una sola sonrisa no alcanza a expresarlas del todo. Lloro así la intrincada red de amigos que hoy día regresan del pasado, de mi pasado, algo empolvados pero siempre dispuestos y amorosos, y que acompañan con el "bum-bum" de sus corazones el dolor de mis otros llantos.
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Con mi gripa lloro la llegada a mi vida de La Kenya, que ha modificado mi existencia y ha reestablecido mi confianza en el futuro, en el amor verdadero. Lloro la sorpresa de su arribo, la dicha de sus besos y la confianza de sus brazos amorosos. Lloro su fidelidad y su perseverancia -no soy ente fácil de ganar-, su comprensión, su apertura -la de sus labios, la de sus brazos-, su felicidad a mi lado y su complejidad. Con mi gripa lloro el nuevo comienzo a su lado, la nueva esperanza que ella me significa, el gran amor que me otorga sin condiciones, y hacia el cual debo esforzarme cada día por creerlo merecer -¡dejaré de ser yo!-
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Por eso y muchas otras cosas, veo a mi gripa con dicha y gratitud. Es por ella que me hago a la idea de los cambios, paulatina y profundamente, y me remito a la idea genuina y franca de que seguir viviendo es la mejor de las alternativas. Vivir, con gripa o sin ella, o a pesar de ella, es crecer, y cuando sobra el amor, crecer es trascender. Yo, hoy, me agripo para trascender.
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¡Salud!

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