viernes, 13 de febrero de 2009

El tren de los momentos.

Y así pasan los días, de lunes a viernes,
como las golondrinas del poema de Bécker,
de estación a estación, enfrente tú y yo,
va y viene el silencio.
Jueves, La Oreja de Van Gogh.
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Con un blog que se precipita terminantemente hacia las 300 entradas -pienso hacer una novela gráfica de carácter épico tradicional para celebrar-, un perro salchicha que ha estrenado recientemente lecho, una hermana menos viviendo en casa -y, por ende, un matrimonio más lanzado al mundo-, y con un sinfín de tareas y trabajos escolares irremediables, todo esto bajo el brazo, he comenzado un semestre escolar fascinante -es un decir, meramente diplomático-, contrastante y morrocotudo, que se precipita hacia la dicha, el conocimiento y el acabose -nótese el dramatismo implícito por favor-.
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Pero no era de toda esa novedad que traigo hoy bajo el brazo de lo que quería escribir hoy. Ayer, sin embargo, topándome en mi viaje por tren eléctrico con una fascinante insidencia del destino, recordé que la vida da, a veces, ejemplos específicos de cómo le gusta actuar, aunque no todos sepamos verlos para aprender de ellos.
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Sucede que La Zucaritas, La Kenya y yo viajábamos, sin saberlo, no sólo en el mismo tren, sino hasta en el mismo vagón. Guadalajara no es una ciudad que se precie de tener un sistema de transporte eléctrico apelmazado y concurrido como el de otras ciudades del mundo -iba a caer en la tentación de escribir "grandes ciudades", pero Guadalajara cada día tiene menos de grande y todavía menos de ciudad-. Por esta razón es difícil que dos personas conocidas que se suben al mismo vagón de tren no se reconozcan a la distancia, con tanto campo libre de visión. Si dos está difícil, ahora imagínense tres, al menos dos de ellas -las mujeres de esta historia, claro- sumamente previsoras, inteligentes y chispeantes.
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Pero así nos pasó. Yo subí cuando ellas ya llevaban camino recorrido, y no nos acercamos sino hasta que, al bajar, divisé unos pantalones anaranjados que reconocí como propios del particular -por no decir exagerado y extraño- estilo del vestir de La Zucaritas. La Kenya es, por mucho, más reservada y discreta en su arreglo -y en otras tantas cosas- que mi amiga con seudónimo de hojela de maíz adicionada con jarabe de alta fructuosa, así que en cuanto vi los pantalones no tuve más que voltear junto a ellos para reconocer el equilibrado estilo -a mi juicio, de buen gusto- de La Kenya y decirme, con ese aire que uno toma cuando su soberana estupidez se manifiesta, "¡Ah, tan indejo!"
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Me acerqué a saludarlas y les hice ver que íbamos en el mismo vagón de tren. Ninguna de las dos lo dijo, pero sus abrazos me hicieron saber que compartían conmigo un sentimiento de iluminada -e iluminadora- sorpresa. La Kenya, que avanza a pasos agigantados en mi corazón y mi querer -y en algunas otras cosas más-, me miró con esa particular luz que brota de sus pupilas cuando intenta decirme, según lo leo en sus ojos, que la vida es lo suficientemente larga como para disfrutar de sus sorpresas con tiempo, y lo suficientemente corta como para darle demasiada prioridad a los problemas.
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El punto es que el suceso del tren es, o quiero tomarlo como, afanadoramente demostrativo. Tanto La Kenya como La Zucaritas, mujeres importantes en mi vida, han llegado al grado de amistad que hoy comparten conmigo tras mucho andarnos por entre los asientos del mismo tren sin sentir la necesidad de voltearnos a las caras y mirarnos de frente, reconociéndonos de vidas pasadas, de evoluciones anteriores, como cuando uno mira lo que ha dejado ir y lo reconoce como suyo, como enteramente suyo.
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La Zucaritas insistió conmigo para ganarse mi corazón, y yo, que siempre estoy medio dormido, tardé un tiempo en darme cuenta que lo que ella quería era eso, mi amistad franca y sincera, y no sólo mi tiempo, mi escucha o mi dinero -La Zucaritas podrá querer muchas cosas de la gente, pero nunca su dinero; no es que tenga mucho, sino que encuentra mucho más interesante ( y con razón) la recepción de otros regalos personales-. Y entonces la reconocí en el mismo vagón, me abrió asiento junto a ella -o quitó el bulto que había puesto para apartarme- y desde entonces, y hasta que el tiempo aguante, compartimos la misma ruta, la misma vía, el mismo corazón.
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La Kenya fue un caso distinto, pero igual de sorprendente. Amiga de La Zucaritas -y, en cierta forma, también de El Apapachoquealivia- de tiempo atrás, mi hojuelística amiga le contó tanto de mí que La Kenya comenzó a abrirme espacio en su vagón antes de que yo incluso abordara la estación. Pero cuando tomé el vagón, la cosa hizo "click" y ambos descubrimos que el destino es el destino, y por más que uno tome trenes equivocados y aprenda de rutas erróneas, o deje pasar a propósito trenes a lo idiota, siempre las cosas caen por su propio peso -que es como decir que uno encuentra lo que tiene que encontrar en tiempo y lugar precisos, específicos y destinados a algo más que el encuentro fugaz-.
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Desde ayer estoy pensando que decir simplemente que a uno se le fue "el tren de la vida" es abominable y torpe. Es negarse a entender que la vida no tiene "uno", sino muchos trenes, cientos de ellos, y que abordar el incorrecto implica siempre, por cuestión de mera ingeniería mecánica, una vuelta en u al llegar al final de la ruta y el regreso a una estación en la cual poder tomar un tren más acertado, un tren de vida más fructífero.
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¡Salud!

2 comentarios:

Alejandro Bercini dijo...

No cabe duda que hay personas que llegan a nuestras vivan para quedarse definitivamente. Algunas sólo van de paso y dejan huellas indelebles en nuestros corazones, pero aquellas, esas personitas que se quedan para siempre no dejan huellas en el corazón, sino que forman parte de él.
El destino es cruel e inexplicable y suele jugar de maneras muy crueles e insospechadas, a mi me gusta tomar lo que venga, uno nunca sabe de quién puede aprender y quién de tantas personas que correr las calles a tu lado podrán pasar a formar parte de tu íntimo círculo de amistades (más bien herman@s).

Mi estimadísimo compañero de letras y ámbitos blogueriles. Tenía un buen rato sin dejar por acá comentario alguno, sin embargo, le sigo los pasos en silencio. Hoy Resurjo de las cenizas para hacerle saber que seguimos vivos y leyéndolo.
Ha sido un placer conocerlo, finalmente, en persona y ponerle un rostro a ese escritor detrás del monitor.

Saludos desde Wonderland.

kendras3 dijo...

HOLAAA AUN NO ENTIENDO COMO ES POSIBLE Q ESTANDO A UNA DISTANCIA MINIMA NO VI AL CHICO MARAVILLOSO Q SE ENCONTRABA EN EL MISMO TREN Q YO NO LO PUEDO CREER.
SABES QUE DISFRUTOO CADA MOMENTO CONTIGOO ESTO Q ESTA PASANDO ESTA TOTALMENT LLENO DE MAGIA ME ENCANTA TQM BESOS