domingo, 1 de febrero de 2009

El coleccionista de ropas.

Apremiado por la urgencia fisiológica que producen cuarenta minutos de movimientos vibratorios de viaje en camión urbano aunados a una tarde de bebidas y botanas varias en ocasión del festejo del natalicio -para no decir "cumpleaños"- de La Fer, que ya supera la mayoría de edad universal, apremiado por una vejiga rejega y un tiempo acortado -tenía yo que entregar dos artículos para Mujer Hoy, y todavía estoy pensando que, por la sola tardanza, La Pau está ya preparando su guadaña de editora -filosa y descarriada- para descargarla contra mi cuello (o alguna otra parte de mi anatomía de separación más dolorosa)-, apremiado, en fin de cuentas, por mil y un universos, entré yo corriendo al baño -no público- de un local de comida rápida -pública ésa sí- justo al bajar del camión, sin aguantar un segundo más hasta llegar a mi domicilio, como diría Germán Dehesa, "casa de piedra y flores".
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Frente al mingitorio, descargando yo todos mis ímpetus fisiológicos apremiantes y hasta entonces pungientes, una voz extraña e invasora aconteció a mis oídos y amenazó con quitarme la inspiración, hecho deleznable y a todas luces ilegal en semejantes circunstancias -dejo que otras cosas me corten la inspiración en otros contextos, pero en el antes descrito, dicha distracción era semejante a una castración no anesteciada-.
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"¿Es original tu sudadera?" De reojo alcancé a distinguir el oscuro y amenazante figurón de un adolescente uniformado a la Burger King. Pensé que hablaba con alguien más, así que seguí concentrado en mi tarea. Un nanosegundo fue más que suficiente para recordar que, sin conocer a nadie, camino al baño, había yo topado en la entrada del restaurante con un trabajador del lugar que no quitó la vista de mi bronco -?- torso hasta que no salí de su campo visual. Supe, entonces sí, y con todo el conocimiento del mundo -casi lloro por la epifanía- que el individuo se dirigía, explícito y alevoso, a mí, a mí y nada más que a mí.
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Comprenderán que no podía yo sino darle la espalda. Voltearme en esas circunstancias habría acarreado para mí la mote de depravado, exhibicionista y pécoro degenerado. Como nada temo yo más en el mundo que ser tachado de inmoral -?-, me limité a bajar la vista y auscultar mi hermoso y esbelto cuerpecillo para recordar qué endemoniada sudadera había yo agarrado en la mañana, antes de salir de casa -las ganas de orinar disminuyen en uno toda capacidad cerebral, incluida la memoria-.
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Una Adidas, roja con franjas blancas, que mi hermana, en su proceso de empacamiento rumbo a su salida oficial de la casa -vía matrimonial- el próximo sábado -ya estamos armando la fiesta... falta que de veras se vaya nada más-, me regaló con ánimos de deshacerse de lo más posible y verse, de paso, caritativa y generosa, y que La Traviata, siempre selectiva y crítica mordaz, señaló como propia de uniforme de secundaria estatal, y que yo defendí para mis adentros como muy cercana a las que usa Haritz Garde, para más señas genio baterista de La Oreja de Van Gogh.
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Como ya me había yo tardado mucho, el chico, que comenzaba a limpiar el espejo, agregó a su pregunta la aclaración que derramó el vaso: "Es que te pregunto porque me latió un buen, y me gusta coleccionar ropa". Mi primer pensamiento, propio de la moral victoriana y reservada que inunda e inspira la totalidad de mis procesos mentales, fue un "¿Acaso vas a arrancármela y llevártela, papito?", pero me contuve para no verme tan lanzado y me limité a cuestionar el uso de la palabra "coleccionar" aunado a "ropa".
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"Sí, así como... como tener ropa nomás para tenerla". Caímos. Si el chico fuera empresario, seguro sería monopolista, pensé. Para no amarrar navajas, y también para salir de dudas, me quité la sudadera y miré la etiqueta. "Sí, creo que es original, pero no sé bien. Mi hermano la compró hace años, y me la regaló hoy mismo". "¿Hace mucho?", con actitud inquisidora, el coleccionista de ropas no cesaba en su búsqueda de la verdad. "Sí, hará unos diez años".
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Diez le parecieron muchos, sobre todo por ser años, creo, porque el chico hizo una mueca de enfado, miró de arriba a bajo mi anatomía -chamarra incluida- y suspiró con desencanto. "Pero igual si la buscas la encuentras. Es de las clásicas", agregué yo, intentando limar un poco la aspereza del desencuentro. El chico siguió limpiando el espejo y mi ego sufrió al notar, de reojo también, que ya no seguía con su mirada ni mi chamarra ni a mí. Ni hablar, pensé, lo que le toca a uno encontrarse por la vida.
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Yo espero que llegando a casa, o en un pedazo de ticket, haya ya a estas alturas el hábil investigador de las ropas ajenas pedido al Universo, como señalé hace dos entradas, su sudadera Adidas roja con rayas blancas. Chance y pega. La próxima vez que mi vejiga apremie, entraré al Burger King y le preguntaré, si está ocupadísimo mejor, qué fue de su búsqueda, o si se dio por vencido. No pasa de que me diga entonces que los tenis que calzo, la camisa que porto o los pantalones que llevo, también le "laten". Entonces sí, con el perdón que su respetable presencia me merece, me veré en la obligación de recomendarle que se compre una vida.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Que se compre una vida?????, malvado, a la mera y te admira, pero estoy de acuerdo, al fin y al cabo era de esperarse, si entraste a Burger King jajajaja, que pensaste “sabía que Vic sacaría su tatuaje de la Poderosa “M” dorada” pues no, te equivocas, no lo saque, porque ya no lo tengo, pero aun así lo recuerdo jajaja.

Me encantan tus entradas que describen tus andanzas vitales tan exactas, imagino tus caras,sabes que pensé cuando describiste los movimientos vibratorios de viaje en camión urbano, dije “hay ya seeeeeeee” como niño fresa, y es que en esos momentos críticos los odias tanto, te cuento:

En mi mini graduación de primer semestre de la universidad, nos fuimos al famoso CUCEBRIOS, que ya tendrás oportunidad de conocer, y ahi bebimos chelas al por mayor, salimos, al menos yo como torpedo, es decir torpe y pedo, jajaja, y tome el primer camión que me llevara a mi casa, yo de machín no quise ir al baño, y ándale que no paso ni dos minutos cuando sentí esas vibraciones y me quería bajar, pero no me baje, al llegar a Guadalupe y periférico, me baje, porque había llegado a mi destino, me metí entre la yerba, y agradecí al ayuntamiento su malos manejos del presupuesto, a y también recordé la canción que dice “ y la yerba se movía se movía se movía” pero no se movía precisamente por lo que me hubiera gustado, el punto es que al estar ahí, no te miento me baje todo y solté todo, si alguien hubiera pasado, te juro que a mi si me tachan de exhibicionista, bueno quien sabe, porque a la mera y se detienen al ver los grandes dotes que dios me dio, y me lo piden a cambio de el silencio, jajaja, en fin, te asimilo y te comprendo.