jueves, 19 de febrero de 2009

And the Oscar goes to... 2

Ya huele a Holliwood. Será hasta el próximo domingo cuando los ojos del mundo vuelvan a posarse sobre la llamada "Meca del Cine", un año más como cada año, con la esperanza de encontrar alfombras rojas llenas de glamour, remembranzas oportunas de lo acaecido en el año en torno al séptimo arte, proyecciones sobre la historia del cine y alguna temática en especial, todo ello empacado en una ceremonia llena del lujo, la magia y el sabor imperialista que sólo Holliwood podría darle. Bienvenidos, una noche más, a la noche de los Premios Óscar.
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Ya el año pasado tocaba yo el tema -iba a escribir, disléxico como soy, que "yocaba to el tema"-, y les hacía la aclaración que es una ceremonia de premiación que requiere de una gran cantidad de esfuerzos sumados a la causa, desde auspiciantes y patrocinadores hasta actores, guionistas, directores y productores, quienes ya para estas alturas seguro consiguieron vestido o smoking -o ambas cosas, porque uno ve cada atuendo de mezcolansa entre los invitados...-, y hasta "limusina" o camioneta de lujo y blindada.
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En el Óscar, contrario a lo que muchos podrían pensar, junto al cine, de esperarse el principal invitado, se sientan la alta costura, el diseño de joyería y la más complejamente organizada estructura de planeación de eventos. Ellos, más que Sean Penn, Penélope Cruz -única hispana nominada este año-, o David Fincher, son los verdaderos protagonistas de la noche más famosa del año -¿sería más famosa que Noche Buena? Casi estoy seguro que casi-.
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Yo, no sé ustedes, ya hice mis apuestas y le puse a todo a El extraño caso de Benjamin Button, única de las cintas nominadas que, según me informa El Édgar, ha llegado hasta ahora a las salas de nuestro país -y yo, la mera verda', ir a los United nada más para echarme una tarde de cine... pues como que no se me antoja, ni a mi cartera se le da-, y película que yo espero echarme este fin de semana, si Dios, y la cartera, dan licencia.
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También está nominada Milk, sobre la vida y obra de Harvey Milk, valiente -y algo problemático en lo personal, como toda gran personalidad suele serlo- activista de los derechos de los homosexuales en los Estados Unidos. No, tampoco he visto Milk, pero espero que la cada vez más retrógrada de nuestra Secretaría de Gobernación la deje pasar a las salas y no nos niegue la delicia -casi obligación- de adentrarnos, vía cine -¿qué mejor vía que el arte?- en la vida de uno de los más importantes "hombres del pueblo" de la última centuria.
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Me dicen mis informantes, como dato extra, que esta próxima entrega será conducida por Hugh Jackman, quien ya ha hecho de las suyas en otros importantes premios artísticos, como los Tony, siempre haciendo gala del buen, fino y estudiado humor que lo caracteriza -y que lo convierte, a juicio de cierta amiga cuyo nombre no pronunciaré, por guardarle la apariencia de asexuada que tanto le ha costado conseguir y mantener, en un "paquetazo sexual"-.
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Por supuesto que no hay que dejar de lado el hecho de que el Óscar a Mejor Actor de Reparto será entregado al finado Heath Ledger por su brillante papel de El Guasón -El Joquer, dicen los españoles- en la última entrega de Batman -aquí destrozada, digo, comentada-, The Dark Knight. Me dará gusto ver que la Academia reconoce de este modo no sólo un brillante desempeño actoral y una carrera en ascenso, sino que le gusta, "americana" como es, responder al sentimentalismo y el negocio -si las dos cosas se conjuntan, como en este caso, mejor para ella-.
Fin de la función. Junten su dinero y hagan sus apuestas. No habrá mucho qué decir ante una entrega de premios cuya mayoría de proyectos puestos a consideración no nos han llegado a Aztlán aún. Pero imaginen cuál es mejor, aunque sea por el nombre -que es tan asqueroso como juzgar un libro por la portada-, y apuesten. Como verán, el punto es apostar, que, vamos, algo hay que hacer ante la crisis.
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¡Salud!

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