sábado, 14 de febrero de 2009

Amor al revés es Roma 2

Hace un año, escribía yo en una entrada como ésta -es que todas las entradas, si las checan bien, son iguales entre sí-, precisamente en aquella titulada "Amor al revés es Roma", una de las que más guardo en el corazón y de las que más me siento satisfecho, escribía, decía yo, que hasta la fecha -aquella fecha entonces, el 14 de febrero de 2008- no había salido yo invicto de ningún San Valentín, lleno siempre de regalos, cartas, besos y abrazos mayoritarios. Bendición de bendiciones, esto de estar vivo y, encima, rodeado de amistades.
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Pues hoy, actualizando aquel contenido -edición 2009-, les paso a decir que este Día de la Amistad -o Día de la Mercadotecnia, como hábil y a conciencia lo ha bautizado mi querida amiga La Aniushka- no sólo he reafirmado lo que hace un año escribía, sino que, con creces, hoy he obtenido más regalos que nunca, y de mayor calidad.
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No me refiero sólo a la cercana y cálida carta que La Zucaritas me regaló acompañada de una persona, gigantesca y a todas luces apetitosa caja de mazapanes De La Rosa -seriously, si alguna vez quieren tenerme a sus pies, llénenme de mazapanes, Picafresas o Pelonetes de mango y sin oponer resistencia estaré yo practicando toda clase de posiciones sexuales y atendiendo a toda necesidad física, espiritual o anímica con prontitud-. Tampoco me refiero sólo a la apetitosa y amistosa comida que ofreció -o más bien financió, porque él no cocinó ni las quesadillas- El Apapachoquealivia, o a los exquisitos Bonobons que El Xavi repartió solícito y dadivoso entre los que acudimos a su residencia de cal y canto para darle el encamado abrazo.
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Me refiero a todo eso, pero también al entrañable y amoroso detalle que La Kenya, mujer de visión y perspectiva admirables, depositó en mis manos, a conciencia y sin vacilar. La Kenya no vacila. Yo, lo hago a veces, pero me basta que ella no lo haga para que yo me decida a tampoco hacerlo. Un regalo plagado de besos, abrazos y arrumacos, un regalo físico que ya me mira bien apoltronado junto a Roja, y que habla no sólo de lo mucho que me quiere -"y no estoy dispuesta discutirla", agrega ella siempre que lo dice-, sino de lo mucho que ella misma sabe que yo le correspondo, aunque no lo discuta.
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Me refiero también a la maravillosa y cara posibilidad de que La Kenya entrara ya de lleno en mi corazón -a ocupar lugar de honor- tras ponerla a degustar las poco más de dos horas que componen Amelie (abreviando El fabuloso destino de Amelie Poulain (2002)), una de mis cintas favoritas, de las que más hablan de lo que estoy hecho, de lo que creo, y que ella miró atenta y alegre, y tras la cual atinó a juzgarla como encantadora, maravillosa y clásica de clásicas, asegurando así la posición de honor en mi alma que ya, porque se lo ganó, le pertenecía.
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Tras un 14 de febrero bendito y dadivoso a manos llenas, he venido recordando que el año pasado, en la primera versión de Amor al revés es Roma, les hablé yo de tres amores frustrados en la historia de las artes. Hoy, como los ánimos están realmente cálidos y rosas, no quisiera yo tocar otros tres amores desastrosos, ni mucho menos hablar de los míos -hoy por hoy, todo menos que eso-. Por esa misma razón, les he preparado, nada más para no perder la costumbre, un resumen ejecutivo -El Apapachoquealivia sabrá de lo que hablo- de tres de los más famosos besos de la historia... digo, aprovechando el romanticismo que me invade, y que estoy dispuesto a compartir. Vale.
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Ella, representación autoreferida de la chica con el vaso de agua que funge como "ombligo" del cuadro de Renoir, El almuerzo de los remeros, temerosa a entregarse por completo a un amor, a un sentimiento. Él, tímido y de pasatiempos "particulares" -por no decir raros o locuaces, casi maniáticos-. Ella, mujer de ojos grandes y sentimientos acompasados, reprimidos. Él, hombre de delgadas proporciones y sonrisa coquetona. Ambos, hechos el uno para el uno, se encuentran en la puerta del departamento de ella cuando ésta decide abrirle, literalmente, la puerta al amor, y a lo que venga con él, sin miedos, sin pretensiones, sin más decisión que la de amar por amar. Y lo que sigue, hoy ocupa el lugar del segundo más hermoso beso de la historia del cine, sólo por detrás del imposible patrocinado en el final de su respectiva cinta por la pareja de enamorados en el clásico Casablanca (1942). Ella, Amelie Poulain; él, Nino Quinconpoix. Ella, antes de lanzarse a sus brazos para colgarse de él y amarlo desatada, apasionadamente, le planta ósculos pequeños, ligeros como el aire del otoño, en mejilla, cuello, frente y labios. Él, se deja hacer. Ella pide silencio y luego toca, coqueta, con el dedo índice su propia mejilla. Él, destinado a ella, comprende y le planta un pequeño y tierno ósculo en el lugar señalado. Ella, continúa el juego marcando ésta vez con su índice su propio cuello. Él, obediente, amante dispuesto, se limita a besar. Luego viene la frente, y tras la frente los labios, labios destinados dos a dos, eternidad palpitante en dos seres siempre dispuestos, siempre universales.
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Ella, petrificada y pausada, latente también, permite que su rostro se pierda en el de él, mientras su brazo izquierdo le rodea el cuello, lo sujeta a sí misma, como temiendo que lo imposible del amor que ambos amantes representan lo arranque de sus brazos. Él, tierno y caballeroso, unde su rostro en el de ella mientras sus manos se dirigen suavemente, apretando su cintura, a completar un amoroso abrazo. Congelados para toda la eternidad un instante antes de que sus labios se encuentren y completen la actividad que le da nombre a la escultura que protagonizan, los amantes de El Beso, de Auguste Rodin, presentada por vez primera en 1887, son dos eternos resplandores en el universo de la historia de los enamorados. Su amor no necesita completarse en el encuentro de sus labios para ser palpable, incluso transmitible, a todo aquel que mira la escultura. Son, aunque nunca tendrán la capacidad de besarse "con todas las de la ley", dos amantes completos, totalizados, porque no se necesitan labios encontrados para decirle al mundo que se aman, que se besan, que se pertenecen.
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Él, uno de los dos "él", ha vendido al otro, al otro él, por unas cuantas monedas de plata, cambiando con ello, para toda la eternidad, el rostro de la religiosidad y precipitando el cristianismo a su terminante nacimiento. Él, dispuesto a padecer las más crueles torturas, acepta el beso con una pregunta tan punzante como una mirada furtiva, que además reitera la relación de poder que entre ambos se estila: "Judas, ¿con un beso entregas a tu maestro?" Él, Judas Iscariote, señala con el incriminante beso al culpable que los hombres que lo acompañan habrán de capturar. Él, el otro él, Jesús de Nazareth, se entrega así a las veinte horas de pasión que finalizarán con su muerte y, a decir del cristianismo que fundó, su posterior resurrección, todo tras un proceso legal que por su turbulencia e injusticia hoy espanta a los más expertos decanos del derecho internacional. El beso, protagonista en escencia de la escena, convierte a Judas en el abanderado universal de la traición y la representación misma del demonio, a pesar de que, a decir del propio nazareno, la historia entera ya estaba escrita, y Judas, y no otro él, debía venderlo con un beso. El beso entre los amigos no sólo acribilla la amistad, sino que entrega a la muerte a ambos participantes, a uno a través de la crucifixión y a otro a través del suicidio. El beso entre los hombres de la misma raza es, hoy por hoy, signo de la humana y natural atracción por las monedas que todos los nacidos "bajo el signo de Caín" experimentamos, y que tan funestos resultados acarrea. El beso de Judas, más que el inicio del final de la llamada "Historia de la Salvación", marca el principio de la historia moderna como la conocemos.
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Ya estuvo. Ya están. ¿Recibieron besos como éstos este sábado de gloria amistosa? Espero que sí. Si no, reclámenlos. Recuerden que la Academia Nacional de las Ciencias del Placer y la Felicidad, con sede en Naucalpan, Edo. Mex., ya descubrió que los mexicanos necesitamos cuando menos de "un titipuchal" de abrazos diarios para sentirnos alegres y estimular nuestra autoestima. No permitan que se los pichicateen. De mientras, feliz 14 de febrero, feliz amor.
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¡Salud!

2 comentarios:

Victor H. Vizcaino dijo...

Gracias por tus buenos deseos, y muy buena entrada, entiendo a la perfección por que este tipo de entradas suelen ser tus favoritas, deje muy buen sabor de boca.

Saludos Cordiales. VHV

kendras3 dijo...

Q LINDO 14 DE FEBRERO BUENO EN REALIDAD QUE LINDO TODOS LOS DIAS QUE PASO CONTIGO T QUIERO MUCHO