sábado, 28 de febrero de 2009

Penélope Cruz, y Barcelona... y las demás.

Yo de Woody Allen, como de muchas otras cosas, sé muy poco. Sé, por ejemplo, que dejó a su esposa para contraer nupcias con la hija que ambos habían adoptado, de origen asiático. Sé también que le dió a Diane Keaton la idea del look andrógino que hasta la fecha lleva a todas partes. Sé que ama Nueva York, y más específicamente Manhattan, lo que es lo mismo, pero no es igual. Sé que tiene manías extrañas, y que es muy cómico al actuar. He degustado su brillante trabajo en sólo tres filmes, contando el que hoy traigo a colación, y que además es su más reciente creación, la valedora del Óscar para Penélope Cruz, Vicky Cristina Barcelona. Fuera de eso, y de que puedo asegurar -lo cual no es información, sino opinión- que es una mente lúcida y productiva, de Woody Allen no sé nada.
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Por eso es que no puedo hablar de Woody Allen cuando lo que quiero es hablar de Vicky Cristina Barcelona. Las otras dos cintas que del también escritor he mirado, Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite, 1995) y Deconstructing Harry (1997, les debo el título en español), son tan distintas entre sí y respecto a Vicky Cristina Barcelona, que no me queda más que concluir que intentar hablar de la diversidad de Woody Allen para hablar de sus películas, es buscar clavos oxidados en casa nueva -osea, más que inútil, imposible-.
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Vicky Cristina Barcelona es, aunque muchos podrían no creerlo, poco más que el filme que le dio, por una reducida pero contundente aparición, el primero y reciente Óscar a la "maja" de Penélope Cruz -que además, me informan mis informantes, sería como mi prima lejana, nomás por el "apeído" que nos une (sí, Chucha, ¿y tu nieve?)-. Es también un filme sobre las relaciones humanas, sobre los modos románticos de amar, y sobre lo bonito que es el amor "a la española" -sangre, flores y pasión estilo Almodóvar incluidos-.
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Es también la contundente oportunidad de ver a la "parejita del momento" actuando en el mismo filme, con un Javier Bardem que sale de la fealdad y se adentra en lo sexy -sigo sin entender cómo ha hecho con esa cara para ser considerado símbolo sexual, lo que me abona esperanzas (ajá, Chucha, ¿y sigues con tu nieve?)-, y una Penélope Cruz que es no sólo profesional sino hasta miedo da en el papel de una sicópata de desconsideradas acciones y enfermizas relaciones.
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Vicky Cristina Barcelona podría ser también, ya yéndonos muy lejos, una mirada llena de sorpresa del Imperio Americano a la Madre Patria y sus costumbres, su guitarra, sus atalayas y sus palacios, sus galanterías y sus ojos moros. Y, yéndonos todavía más lejos, rayando en lo bizarro, Vicky Cristina Barcelona es el retrato no de cómo amamos hoy en día, sino de cómo no queremos amar -chale, diría El Buen Venecio-.
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Yo se las paso al costo así, sin decirles de qué trata. Si me lo preguntan, y si no también, que para eso de la libre opinión es para lo cual levanta uno los blogs, yo le daría a Penélope no sólo uno, sino muchos otros Óscar. Que le den el de Mejor Loca, Mejor Atentado de Suicidio, Mejor Pelea Parental, Mejor Discusión Bilingüe, Mejor Renuencia a Hablar en Inglés, Mejor Beso Lésbico -no, bueno, ése se lo damos por default, porque estuvo medio frío- y hasta Mejor Actitud Contemplativa.
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Para que no se desesperen cuando la vean, les aviso de una buena vez que Penélope no aparece en la película hasta que esta ya supera la mitad de su proyección. Mientras, uno tiene que conformarse con el buen desarrollo de Bardem, porque el resto de los actores, será por su gringa liviandad, nomás no acaban nunca de prender. Sin embargo, y aún si la prima Cruz se nos apareciera para ejecutar su papel faltando tres minutos para la aparición de los créditos finales, sus tres minutos de María Elena descocada, valdrían la cinta, el Óscar y la pena.
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Como dato adicional, no se pierdan Vicky Cristina Barcelona si sin fans de éste último personaje: la ciudad con vista al mar más famosa de España, donde vivió Dalí, y Gaudí, y donde están sus más grandes obras, como la siempre interminable iglesia de La Sagrada Familia, y su famoso edificio curvo de departamentos. Ah, y claro, dónde vive Cody, la mascota nacional, referente obligado para los niños de los noventa... pero ésa es otra historia.
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¡Salud!

jueves, 26 de febrero de 2009

Truequecórcholis.

Cambio viejos amores por nuevas realidades. .
Yo siempre soy de los que insisten que es mejor un buen intercambio que una mala compra. El intercambio permite, como pocas actividades humanas, la adquisición de un elemento cualquiera que ya ha sido probado y comprobado reiteradamente con anterioridad. En ninguna otra cosa como el trueque interviene aquello de "Más vale malo conocido que bueno por conocer".
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Por eso aplaudo, alabo, celebro y festejo -que son cosas similares, pero que se escriben distinto, prolongando así la longitud de la entrada- la próxima segunda edición de El Tianguis del Trueque, que una admirable comitiva está planeando en estas fechas para su realización en los primeros días de marzo. Encabeza el flamante grupo la ya célebre y comentadísima Zucaritas, quien en esta ocasión ha tenido que hacer acopio de más cosas que su creatividad y buena disposición para levantar un proyecto que, si yo fuera ella, ya hubiera mandado al cerro a sembrar.
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Pero no. La Zucaritas armó el trueque con toda la capacidad organizacional que la caracteriza, y hasta ha hecho de más, atrayendo desmesuradamente a ordas de participantes provenientes de carreras en extremo distintas a Letras, como Derecho y Sociología, cuyos estudiantes ya están también más que puestos para sentarse en sus tapetitos y exponer sus pertenencias con el único fin de cambiarlas por otras tantas, sin la lamentable participación del "cochino dinero".
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Dándome a la tarea de promocionar la eficaz labor de La Zucaritas y asociados, me he puesto a reflexionar largamente sobre trueques famosos en la Historia. Debo admitir que me di de topes, pues muchas han sido las ocasiones en que el dinero, por sobre cualquier otra clase de sustancia monetaria, se ha puesto sobre la mesa de negociaciones. Pero como yo no soy ideólogo fácil de quebrantar, pensé aún más y encontré tres buenos ejemplos de cómo el trueque ha determinado no sólo la formación de naciones, sino hasta la sublevación de las culturas. Va, pues, mi deducción epistemológica.
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Perdido, como siempre lo estuvo, preso en territorio lejano por causa de una guerra que nada sino su terquedad ocasionó, Santa Anna intercambió su libertad por la aceptación de independencia del territorio de Texas, entonces anexado a México. Así, nosotros perdimos no sólo más de la mitad de nuestro territorio, sino que nuestro vecino del norte ganó el mismo tanto, reconociendo poco tiempo después a Texas como estado de la Unión Americana. Santa Anna, el dictador, el convulso, el crédulo, el vituperado, el once veces presidente, el ídolo de la ignominia, entró en la Capital del País entre vítores y glorias, acompañado por su pierna recién recuperada, y su libertad recién ganada a costa de la pérdida de la Historia. Buen trueque para él, extraño e impredecible intercambio para México.
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En uno de los pasajes del Antiguo Testamento que yo más leo, disfruto y recomiendo, se rememora una antigua costumbre hebrea relacionada con el matrimonio y la consecuente unión de los clanes o familias. Booz, un rico propietario de tierras de Moab, perdidamente enamorado de la caritativa y entregada Rut, belemita, habla con el pariente de la mujer y, habiendo ya pasado la noche con ella y dispuesto a pasar así mismo el resto de su vida, lo sienta frente a los diez hombres más ancianos de la región y le presenta su chancla. La chancla es más que un anillo de compromiso: colocada frente al pariente de Rut y los testigos, representa la decisión conciente y esperanzada por parte de Booz para hacer de Rut no sólo la mujer más feliz del mundo, sino de la unión de ambos la relación más fructífera, más dadivosa, que la historia de la antigüedad haya podido ver jamás. El pariente acepta el trato y a cambio entrega también su chancla. Booz y Ruth, y sus respectivas familias, han acabado así con discordancias pasadas, han roto con las malas tretas del funesto destino, y han fundamentado un nuevo amor en la unión de sus corazones -vía trueque de calzado-. Tan bueno fue el trueque, que de la unión de ambos personajes, nos dice la tradición, nacerían los antepasados del rey David, y, por ende, el mismo Jesucristo. Todo un negociazo.
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Nada en la historia de la humanidad ha determinado tanto el curso de los acontecimientos como el trueque de cartitas. ¿Quién no ha sentido en su corazón el triunfo determinante del trato concluido que permite acceder a esa última cartita que completa el álbum, la colección, y que convierte a su poseedor en el absoluto Rey del Mundo? ¿Quién no ha gastado sus días, sus domingos, incluso sus quincenas, en buscar desaforadamente de sobre en sobre ese último número de la colección, ese pequeño papel que sólo adherido en el libro de páginas entintadas cobra verdadero valor? Y entonces, en medio de un cúmulo de cartas ajenas, aparece la salvación, el punto culminante, el éxito calcomaníaco, y si uno ofrece bien, recibe a cambio de otra carta, carta por carta, el triunfo y la gloria. Seguro estoy de que si Hitler, Calles, Pinochet, Franco y los otros grandes desastres humanos de la historia, hubieran completado sus álbumnes de cartitas vía trueque, la Historia sería hoy muy distinta.
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Por eso felicito y alabo el gesto de La Zucaritas y sus allegados, quienes han puesto todo sobre la mesa para que los que tenemos cosas qué intercambiar, o qué conseguir, pongamos el trompo en desuso, el libro en abandono, el disco sin escucha para hacer de ello cuentas claras y, a cambio, obtengamos satisfacciones, historias ajenas, buenas memorias. Yo, por su capacidad de reinventar la vida, si le voy, le voy al trueque. Aikir.
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¡Salud!

miércoles, 25 de febrero de 2009

300.

En la historia de las cosas -que no es lo mismo que la Historia-, existe una multitud de temas en que el número 300 aparece. 300 es el número de las primeras 300 noches que Scherezada le cuenta historias a Scheriyar, en bien de su cuello y el de sus compatriotas. 300 es el número total de pies que tres cien pies contarían en conjunto si bailaran conga en fila. 300 es el número de velitas que según la Biblia sopló Matusalém en su último cumpleaños, y 300 también el número ya trilladísimo de soldados espartanos que lucharon en una famosa -y cinematizada- guerra contra el dominio persa.
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Ésta es, señoras y señores, la entrada número 300 de El Baile de la Coma. Sin más preámbulos, sin pérdidas de tiempo, les doy la más cordial bienvenida a la más numerosa de las cosas aquí escritas, de los diálogos aquí iniciados, de los temas aquí tocados. A lo largo de 300 de éstas -sin llegar al albur-, ustedes y yo, formando un abigarrado y plural "nosotros", hemos recorrido tal cantidad de tópicos y momentos que hoy, a 299 entradas de aquélla primera, llego gallardamente a la conclusión de que al ser humano jamás le faltarán los tópicos para tocar.
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Con ustedes he comentado los sucesos políticos más asfixiantes, desde la muerte del Secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño, hasta la guerrilla de cuello blanco -medio manchado de mole y frijol- que se vivió a mediados del año pasado en el seno de la Universidad de Guadalajara. Con ustedes comenté también dos entregas del Óscar, un Festival Internacional de Cine en Guadalajara, una Feria Internacional del Libro en la misma ciudad, una entrega de Premios MTV Latinoamérica, varias obras de teatro degustadas, un sinnúmero de películas vistas, una infinidad de libros leídos y hasta diez o doce canciones escuchadas.
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En 300 entradas caben una narco Miss Sinaloa, muchas tardes de café, varios cumpleaños -con felicitación incluida-, por lo menos dos "quiebres" de distinto tipo, y hasta cinco reencuentros inesperados. En 300 entradas caben dos 14 de febrero celebrados en muy distintas circunstancias, una oda a la posibilidad del desnudo artístico, unas cuatro peleas y unas tres conversaciones transcritas en su totalidad.
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En 300 entradas cabe un viaje a la Capital de las Ideas -que es la misma que la Ciudad de los Palacios-, otro más a los Altos de Jalisco, y otro más al interior del corazón humano. Caben también en 300 comentarios los nombres de los ocupantes de mi corazón, aunque no sus esencias -ésas, ni rentando el Universo entero en toda su vacuidad-. Cabe México, mi ciudad y mi Ciudad. Caben las matemáticas, el español, el Español, el rock, el pop, la oscuridad y la luz. Cabe un Sol con sus planetas, y mil estrellas. Cabe Dios.
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A 300 entradas de iniciado el viaje, debo concluir que, de todo lo que he comentado, de todo lo que he dicho, de todo lo que he construido, de nada me siento orgulloso. En todo, porque este Baile está bendito, no han faltado a la cita ni el diálogo ni el comentario, ni la propuesta ni la apropiación. Este blog es un orgullo porque lo han hecho ustedes, los que lo leen y los que se lo saltan, los que lo revisan y los que lo enlistan. Los que lo buscan y los que lo pierden. Este Baile, a 300 entradas, es patrimonio de todos. Sí, justo como el diálogo que siempre ha propuesto, como el puente que siempre ha tendido, como la mano que siempre ha ofrecido. Un blog amigo, un Baile al que sólo le falta el danzón de la amistad para completar su ronda, un danzón que siempre sobra.
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¡Salud!

martes, 24 de febrero de 2009

Fluir.

"¿Ya lloraste lo suficiente las pérdidas y los encuentros?". La Nancy me miró desde el sillón de enfrente con esa cara pícara que pone cuando conoce de antemano mi respuesta. Mi mirada idiota -que en realidad representaba no sólo al resto de mi cara, sino también a mi entendimiento (nulo) en general-, seguro la comprendió perfectamente, pues se limitó a aclararme: "Cuando uno vive tantas pérdidas y encuentros repentinos como tú los has tenido, la respuesta evidente es el llanto. Si no has llorado, entonces te vas a agripar, lo que significa que la tarea del llano se la han robado a los ojos los órgamos de la respiración".
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Mi gripa tiene ya dos días de vida. Anda locamente de mi naríz a mis ojos, luego de vuelta a mi nariz, provocando la aparición de toda clase de fluidos que bañan mis días. Yo, desde lo que La Nancy me dijo, no puedo más que abrazar la enfermedad, sonreírle, decirle "bienvenida, gripa, te esperaba".
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Para los que no me conocen, sería adecuado aseverar que yo rara vez me enfermo. La gripa, que en otras personas es sinónimo de la llegada irrevocablemente anual del clima frío, en mí es un fenómeno de esporádica y reducida aparición, por lo que verme con naríz roja en las fotografías y playera llena de morusitas de Kleenex, no es común en el entendido de mi imagen personal -si es que tengo algo parecido a una imagen personal-.
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Por esta razón, si la gripa hubiera arribado a mi avanzado febrero sin el pronto y expedito aviso de La Nancy, a mí me hubiera destanteado y, muy probablemente, hasta puesto de malas. Una vez más, alabo y bendigo el día en que elegí a esa mujer de altura -literalmente hablando- como mi terapeuta de cabecera -nota cuestionadora inútil: ¿qué escogemos alguna vez doctor, libro o psicólogo de piecera? Fin de la nota inútil-.
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La cosa se recrudece porque algunas de las pérdidas que mi gripe llora-sólo en México y Colombia la llamamos "gripa", según la RAE-, son producto de decisiones -o indecisiones- que yo he tomado directamente o por conducto de terceros. Comprenderán que no es lo mismo llorar por la desaparición del pato -por poner un animal cualquiera sobre la mesa-entrada- que por haberse visto obligado a desaparecerlo.
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Bendito mi gripa entonces, pues gracias a ella no me enfermo -raro, pero así es según mi terapeutóloga-. Por ella lloro las decisiones que me causan miedo, alegría, confusión, o las decisiones que ocasionan eso mismo en otros -empático (malamente) que soy-.
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Con mi gripa lloro una amistad paralizada -"puesta en shock", la definiría yo- ante su cada vez mayor complejidad, y hacia la cual yo, yo, yo y nadie más que yo, poseo absoluta responsabilidad -de la decisión de la parálisis hablo, que de la amistad es siempre compartida la responsabilidad. Con mi gripa lloro el silencio que en mí provoca la incapacidad para decirle a ella, mi amiga, las tantas cosas que podría, o lloro también la falta de palabras en mi boca para decirle eso mismo, porque uno a las palabras no las busca, sino son ellas las que lo encuentran. Lloro con mi gripa, pues, el crudo y hosco silencio que sigue a la muerte de una estrella, de nuestra estrella, un silencio que, frío sin embargo, me sabe a estabilidad futura, a nuevos comienzos.
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Con mi gripa lloro la abigarrada enfermedad siquiátrica que azota a mi padre, cuya agudez y complejidad lo apartano hoy y siempre de su familia, esa misma familia a la que hirió de mil maneras estando bueno y sano, y que hoy busca a toda costa, a pesar de todo, luchando incluso contra la fuerza del pasado, opciones para no remitirlo de inmediato a las frígidas fauces del abandono.
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Con mi gripa lloro la aferrada soledad de mi madre, uno de los ejes más queridos de mi existencia, quien me ha confesado sentirse abatida por el peso de las decisiones -¡otra!- y los paradigmas que hoy, a sesenta años de adquisición, debe replantearse y desbloquear. La pesada maquinaria ideológica de Doña Mago está cambiando ante las exigencias del entorno, y lo que queda ante la reducción de la estructura al remozamiento de sus bases, es la reconstrucción de la estructura misma, lo que lleva tiempo, y sí, soledad también.
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Con mi gripa, sin embargo, lloro también las grandes dichas, ésas que de tan grandes una sola sonrisa no alcanza a expresarlas del todo. Lloro así la intrincada red de amigos que hoy día regresan del pasado, de mi pasado, algo empolvados pero siempre dispuestos y amorosos, y que acompañan con el "bum-bum" de sus corazones el dolor de mis otros llantos.
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Con mi gripa lloro la llegada a mi vida de La Kenya, que ha modificado mi existencia y ha reestablecido mi confianza en el futuro, en el amor verdadero. Lloro la sorpresa de su arribo, la dicha de sus besos y la confianza de sus brazos amorosos. Lloro su fidelidad y su perseverancia -no soy ente fácil de ganar-, su comprensión, su apertura -la de sus labios, la de sus brazos-, su felicidad a mi lado y su complejidad. Con mi gripa lloro el nuevo comienzo a su lado, la nueva esperanza que ella me significa, el gran amor que me otorga sin condiciones, y hacia el cual debo esforzarme cada día por creerlo merecer -¡dejaré de ser yo!-
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Por eso y muchas otras cosas, veo a mi gripa con dicha y gratitud. Es por ella que me hago a la idea de los cambios, paulatina y profundamente, y me remito a la idea genuina y franca de que seguir viviendo es la mejor de las alternativas. Vivir, con gripa o sin ella, o a pesar de ella, es crecer, y cuando sobra el amor, crecer es trascender. Yo, hoy, me agripo para trascender.
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¡Salud!

lunes, 23 de febrero de 2009

El si-no de don Óscar.

Me van a disculpar que, contrario a mi constumbre -últimamente he estado contrariando mucho mis costumbres- no vi la entrega completa sino hasta muy pasadas las horas, vía transmisión diferida por obra y magia del internet. Me eché, eso sí, en cuanto llegué de mi cita importante importante -quizá la más importante que he tenido en años-, la entrega a las categorías de Mejor Actor y Mejor Película, ambas preseas, la una para Sean Penn, la otra para Slumdog Millionaire (aka Quisiera ser millonario), bien destinadas y bien merecidas.
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Y justo en mi cita importante importante -a seguirse celebrando y conmemorando cada día, y de preferencia el 22 de cada mes, ahí por si me lo olvido (I don´t think so!) me lo recuerden- acababa yo de echarme -es un decir- las poco más de dos horas que la película premiada, hindú de procedencia pero hablada casi por completo en inglés -parecido, con las debidas distancias, a lo que hizo Iñárritu en la sólo nominada Babel-, así que traía yo ya conciencia de que por lo menos una de las cinco finalistas sería mi favorita.
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Yo le iba a Slumdog... no únicamente por lo significativa que me resultó la tarde acompañado de semejante filme, sino porque el guión, las actuaciones -a pesar de ser primerizas, tópico del que muchos otros primerizos sí pésimos deberían aprender-, y hasta la dirección y el tratamiento de temas "duros" -por decir lo menos- son excelsos, magníficos, dignos no sólo de un Óscar, sino de, lo que es más importante, los ojos de todos los espectadores del mundo -me dicen mis informantes que, a falta de apoyo institucional, Slumdog... estuvo a punto de editarse directamente en DVD, ¡grave error hubiera sido ese de negarnos semejante obra artística a los ojos del mundo entero!-
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El punto es que ganó mi preferida -y de Mi Kenya, faltaba aclarar, porque a ella también la pareció buenísima-, y nada más por eso hubiera valido la pena la noche entera de la entrega de los Premios de la Academia. Pero no: el Óscar, siempre dispuesto a sorprendernos, dio todavía muchas otras cosas más para hablar, comentar, dialogar, criticar incluso. Van, pues, en breves párrafos, los sí y los no de la entrega de ayer, esperando concuerden conmigo o, ya de perdis, me pasen sus puntos de vista para congeniar acuerdos -ajá, si lo único que haré de seguro será leerlos e ignorarlos... es broma-.
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Sí al aclamado triunfo de Penélope Cruz, quien sintió desmayarse -yo también estuve a punto de hacerlo al escuchar su perfecta (para provenir de una española) pronunciación inglesa- al sentir en sus manos el peso de la estatuilla, triunfo que la convierte además, otro gran "sí", en la primera mujer de la Madre Patria en tener el codiciado premio entre sus manos. Sí al discurso de Sean Penn en favor de la igualdad de derechos y el respeto para los homosexuales. Sí a la conducción magnífica y con toques broadwaynianos, que se aventó -es otro decir- un siempre bien plantado en el escenario Hugh Jackman. Sí al emotivo -y movido- montaje de "The musical is back!", en honor al regreso a la pantalla de un género hace hace pocos años olvidado, los musicales. Sí al ya anunciadísimo Óscar post mortem para Heath Ledger. Sí al emotivo cambio en la presentación de actores nominados, hecho ahora por parte de anteriores ganadores de la presea (incluidos los inolvidables Joel Grey, Whoopie Goldberg y Sophia Loren). Sí a una ceremonia mucho más sentimental que aparatosa, dónde sí faltaron los comerciales y sí, a pesar de la falta de dinero, sobró el glamour.
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No a la pérdida de la estatuilla por parte de Anne Hathaway, a quien el Óscar ya le está debiendo varias. No a Zac Efron y Vanessa Hudgens, quienes le roban demasiado espacio en pantalla a los verdaderos actores, a los que sí hacen del arte de la representación su modo de vida, su pasión. No a la ausencia de músicos en la fosa del teatro, lo que dio lugar a un reducido espacio visual y un sentimiento de claustrofobia hasta para los que no estuvimos ahí. No a la desfachatez de la Academia de sentar a unos metros de distancia a Jennifer Aniston y la pareja de pacotilla de su ex Brad Pitt y Angelina Jolie. No a Jack Black presentando un premio. No al nuevo look de Adrien Brody, que lo deja en calidad -y cualidad- de náufrago.
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Como verán, hubo de todo. Yo creo que, en resumidas cuentas, fue una ceremonia ligera mas no deslucida, dónde si bien la crisis hizo su aparición y mutiló muchas de las cosas que le daban glamour a la noche, el Óscar brilló con luz propia, sin necesidade marcas auspiciantes ni créditos redundantes. Bien por la Academia, que una noche más le ha dado al mundo del cine -y a sus fans- motivos para seguir creyendo en el arte, en la liberación de las conciencias a través del celuloide.
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¡Salud!

sábado, 21 de febrero de 2009

La enfermedad del recuerdo.

Tres entradas más, y esto que hasta hoy se llama El Baile de la Coma, tendrá tanto contenido como número de soldados espartanos pelearon contra los persas en cierto mítico enfrentamiento recién llevado a la pantalla grande de la providencial mano de Zack Snyder, vía novela gráfica del ya ineludible Frank Miller. Para las 300, así lo espero, haremos un importante recopilado de las mejores entradas, y festejaremos el número más que la intención -cual deben, en tiempos de crisis, hacerse las cosas-.
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Un recopilado de 300 entradas requerirá, ya me vi, de un esfuerzo nemotécnico prodigioso y plausible. Difícil tarea para alguien quien, como yo, si algo no tiene -además de vergüenza- es memoria. La última vez que intenté recordar algo... creo que de hecho no recuerdo cuándo fue la última vez que intenté recordar algo. Así, en un vaivén de misterios atemporales inconexos, se me van los días y la vida. Sufro.
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Ahora lo pienso bien. No es que no recuerde lo que me ha pasado, sino que, por lo menos en mí, los recuerdos son como un mar de corrientes y mareas impredecibles, de modo que mis recuerdos obedecen siempre a sus propios caprichos, dejándome a merced de la tiranía de la memoria y los sentimientos que con ella vienen, y no así de mis ganas de acordarme de los asuntos que competen mi existencia -todavía debo llamadas de cumpleaños de la última jornada 2008... y quien sabe si este año me acuerde de hacerlas-.
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La memoria, como los otros grandes procesos de nuestra mente, está tan ligada al corazón -en el sentido metafórico sentimentaloide del término- que si uno quiere cuidárselo debería empezar por hacer un esfuerzo gigantesco -y a todas luces improductivo- por controlar el florecimiento de sus recuerdos -al menos de los negativos, o los que nos generan dolencia "cardíaca"-. Nuestra memoria es, pues, además de testigo evidencial de los hechos, río de sentimientos y sensaciones de toda índole.
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Ahora bien, como seguramente a nadie le gusta traer el corazón llagado y vuelto a llagar con tanta vivencia y revivencia de asuntos dolorosos, la Universidad de Ámsterdam se acaba de poner a trabajar -no sé si ya trabajan antes, pero para hacer esto que voy a decirles, seguro tuvieron que poner manos a la obra- en el diseño de una pastilla que ocasiona la progresiva disminución de los dolores que llegan de la mano con los recuerdos pesarosos.
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Parece mentira, ¿cierto? Una sola pastilla, como la que uno se toma cuando siente en su garganta el lejano escozor de la temprana gripa, o como la que uno se engulle cuando va a salir a carretera y no quiere marearse y vomitar al conductor -bueno, de ésa me daban a mí, y hasta la fecha nunca supe si era placebo o qué, porque vomitados siempre acabábamos-. Una sola pastilla, decía, y el último quiebre con la novia, o aquella primera Navidad en que uno recibió una bolsa con calcetines en lugar de un fragante Nintendo 64, serán cosa del pasado, verdaderas nimiedades que jamás, ni aunque baile Bertha -expresión que indica a todas luces imposibilidad, ahí luego les platico por qué-, podrán ocasionar dolor en el dueño del recuerdo.
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El medicamento -es una sustancia que al consumirse quita el dolor, ¿no?, entonces es un médicamento- no es una fantasía, ni un invento ideado por los investigadores para consumirse el sueldo y los recursos universitarios -fue en Ámsterdam, recuerden, no en México-, y la explicación científica de su modo de operación me parece bastante lógica: bloqueando la respuesta de miedo o dolor que sigue a la activación de la memoria emocional, el inventito disminuye toda generación negativa de energía cerebral originada por el recuerdo, y, de este modo, anula la memoria del sentimiento que dicho recuerdo genera. Así de simple, así de posible.
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El medicamento todavía está en pruebas. Los científicos tienen la idea, también bastante lógica, de que si el fármaco puede borrar descargas eléctricas de sentimientos asociados con los recuerdos, existe la posibilidad de que llegue también al extremo de borrar los recuerdos mismos, situación imposible si se considera el hecho de que somos memoria, y sin la memoria, por extensión, estamos limitados a la desaparición, la pérdida y el abandono, tres actividades realmente poco estimulantes para el género humano, que si algo busca es trascender.
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Por lo pronto, a mí la idea me parece fenomental. Yo aquí tengo dos o tres heridas que la memoria, repentina y acompasadamente, se encarga de abrirme de cuando en vez. La posibilidad de borrar el dolor conservando el recuerdo me sabe bien, tanto que estoy a un paso de prestarme a la experimentación, y así de paso ayudar a la ciencia -no lo hago nada más porque no hablo... lo que sea que se habla en los Países Bajos, y porque, claro está, luego me da por pensar, por lo menos a ratos, que también el sentimiento es importante ("¡Pamplinas!", diría el célebre personaje de Evenecer Scrooge, en el también célebre Cuento de Navidad de Dickens. -.
Por lo pronto aquí nos quedaremos, restándole dolor al sufrimiento del recuerdo con buenas canciones, buenos amigos, buenos nuevos ratos. Algo innegable es que la capacidad que tiene el mexicano para olvidar su dolor -aún a tragos en una cantina, que el medio es lo de menos- y aún borrar los recuerdos -éstos sí de plano en una cantina, o en la sala de urgencias que le sigue a la congestión alcohólica-, no la iguala ningún otro país. Somos, parafraseando a Octavio Paz, todos los siglos en nuestro presente, y a pesar de eso ¿quién dijo dolor?, ¿quién dijo miedo?
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¡Salud!

jueves, 19 de febrero de 2009

And the Oscar goes to... 2

Ya huele a Holliwood. Será hasta el próximo domingo cuando los ojos del mundo vuelvan a posarse sobre la llamada "Meca del Cine", un año más como cada año, con la esperanza de encontrar alfombras rojas llenas de glamour, remembranzas oportunas de lo acaecido en el año en torno al séptimo arte, proyecciones sobre la historia del cine y alguna temática en especial, todo ello empacado en una ceremonia llena del lujo, la magia y el sabor imperialista que sólo Holliwood podría darle. Bienvenidos, una noche más, a la noche de los Premios Óscar.
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Ya el año pasado tocaba yo el tema -iba a escribir, disléxico como soy, que "yocaba to el tema"-, y les hacía la aclaración que es una ceremonia de premiación que requiere de una gran cantidad de esfuerzos sumados a la causa, desde auspiciantes y patrocinadores hasta actores, guionistas, directores y productores, quienes ya para estas alturas seguro consiguieron vestido o smoking -o ambas cosas, porque uno ve cada atuendo de mezcolansa entre los invitados...-, y hasta "limusina" o camioneta de lujo y blindada.
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En el Óscar, contrario a lo que muchos podrían pensar, junto al cine, de esperarse el principal invitado, se sientan la alta costura, el diseño de joyería y la más complejamente organizada estructura de planeación de eventos. Ellos, más que Sean Penn, Penélope Cruz -única hispana nominada este año-, o David Fincher, son los verdaderos protagonistas de la noche más famosa del año -¿sería más famosa que Noche Buena? Casi estoy seguro que casi-.
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Yo, no sé ustedes, ya hice mis apuestas y le puse a todo a El extraño caso de Benjamin Button, única de las cintas nominadas que, según me informa El Édgar, ha llegado hasta ahora a las salas de nuestro país -y yo, la mera verda', ir a los United nada más para echarme una tarde de cine... pues como que no se me antoja, ni a mi cartera se le da-, y película que yo espero echarme este fin de semana, si Dios, y la cartera, dan licencia.
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También está nominada Milk, sobre la vida y obra de Harvey Milk, valiente -y algo problemático en lo personal, como toda gran personalidad suele serlo- activista de los derechos de los homosexuales en los Estados Unidos. No, tampoco he visto Milk, pero espero que la cada vez más retrógrada de nuestra Secretaría de Gobernación la deje pasar a las salas y no nos niegue la delicia -casi obligación- de adentrarnos, vía cine -¿qué mejor vía que el arte?- en la vida de uno de los más importantes "hombres del pueblo" de la última centuria.
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Me dicen mis informantes, como dato extra, que esta próxima entrega será conducida por Hugh Jackman, quien ya ha hecho de las suyas en otros importantes premios artísticos, como los Tony, siempre haciendo gala del buen, fino y estudiado humor que lo caracteriza -y que lo convierte, a juicio de cierta amiga cuyo nombre no pronunciaré, por guardarle la apariencia de asexuada que tanto le ha costado conseguir y mantener, en un "paquetazo sexual"-.
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Por supuesto que no hay que dejar de lado el hecho de que el Óscar a Mejor Actor de Reparto será entregado al finado Heath Ledger por su brillante papel de El Guasón -El Joquer, dicen los españoles- en la última entrega de Batman -aquí destrozada, digo, comentada-, The Dark Knight. Me dará gusto ver que la Academia reconoce de este modo no sólo un brillante desempeño actoral y una carrera en ascenso, sino que le gusta, "americana" como es, responder al sentimentalismo y el negocio -si las dos cosas se conjuntan, como en este caso, mejor para ella-.
Fin de la función. Junten su dinero y hagan sus apuestas. No habrá mucho qué decir ante una entrega de premios cuya mayoría de proyectos puestos a consideración no nos han llegado a Aztlán aún. Pero imaginen cuál es mejor, aunque sea por el nombre -que es tan asqueroso como juzgar un libro por la portada-, y apuesten. Como verán, el punto es apostar, que, vamos, algo hay que hacer ante la crisis.
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¡Salud!

miércoles, 18 de febrero de 2009

Visto así.

Se me va a ir el mes y yo sigo en las mismas. El amor, espero puedan entenderlo, es la mejor de las excusas: nos permite llegar tarde y, además, nos delata cursis y sentimentales. Yo, que estoy enamorado -tremenda declaración: paren los rotativos de Mural y súmenle nota a la primera plana-, no tengo espacio en la cabeza ni para las tareas, y viendo las cosas tan mágicas y funcionales como el amor me las ha pintado, no hay nada lo suficientemente oscuro como para ponerlo sobre la mesa de discusión de este baile.
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Sé, sin embargo, que tengo mucho qué hacer. Que Don Álvaro o La fuerza del sino, nonacentésima obra de don Ángel de Saavedra, better known as Duque de Rivas, me espera para exponerla frente a mi plural y diverso grupo escolar universitario. Sé también que Guillermo Tell, tanto la obra de Schiller con caracter historicista como el mítico héroe suizo cuyo hijo, ya lo recordarán, fue ridiculizado al colocarse sobre su cabeza una manzana para "jugar" con él al tiro con arco y flecha, me esperan para que los haga comentario.
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Sé que el narcotráfico está cada día más denso, y con "denso" no me refiero sólo a que ya se habla de que, en definitiva, el IFE no podrá hacer nada en su labor de árbitro de los procesos electorales para impedir que el dinero de la actividad ilícita del tráfico de drogas empape los próximos comicios y se cuele en los partidos, hábidos siempre de más y peores medios para conseguir recursos. Me refiero también, con "denso", a que cada vez hay más cantidad de población civil involucrada en las matanzas, secuestros y vejaciones, lo que trae a este país, que es mío y de los que ayudan con los gastos -de los narcos también, tristemente- por la calle del miedo y la amargura -¿y cómo se llamó la obra? Narcopesadilla en la calle del terror-.
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Sé que los aspirantes a diputaciones federales y locales están afilándose las uñas y posando con la mejor de sus caras -como si tuvieran otras que las de inocentones mensones que se cargan- para la publicidad que ya, eso también lo sé, comienza a inundarnos y amenaza con retirarnos lugar en las calles -antes, uno veía entre dos postes el cielo; hoy, uno ve entre dos postes la carota desagradable de un hijo de político ya retirado-.
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Sé que los precios de los insumos básicos ya no han subido, pero que ni los analistas ni la población en general dejan de hablar de "crisis" como de una gran bola de nieve que, siempre asechante, está por golpearnos -ya merito, ya merito-. Sé, por agregado, que tampoco nadie deja de gastar, comprar, invertir y revertir su dinero hasta casi tenerlo en calidad de bicoca. Sé que las gasolineras siguen dando litros de menos, las tortillerías kilos de menos, los supermercados promociones de más.
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Sé que Slim ya avisó que nos va a doler el trancazo económico cuando llegue, y que el niño Calderón tembló en su sillita ante tal declaración, contradictoria por completo a todo lo que él, presidentito de la republicota, había afirmado recientemente, afirmando a pie juntillas que si algo tiene México además de problemas, es certidumbre financiera -ajá, sí, Chucha, ¿y tu nieve?-
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Sé que Guadalajara está atravesando por serios problemas viales, cada vez más graves, y ahora peores ante la insistencia del ayuntamiento -proselitista insistencia ante la inminente pérdida del poder panista- de ponerse a resanar todo el centro histórico -falta que le hacía, eso que ni qué-. Y sé también que, mientras nosotros nos estamos haciendo bolas entre taladros y concreto, en el D. F. están haciendo trabajos nocturnos para que a nadie, ni al primer trabajador del Metro que checa tarjeta de madrugada, le afecten las labores -planeación es la clave, administración la llave-.
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Sé que México está cambiando, y que está cansado del sindicalismo -esto es mentira, eso también lo sé-. Sé que ha habido despidos -esto no es mentira-, y que muchas empresas, famosas por su contratación masiva como General Motors, ya cerraron filas ante las embestidas de hambre de los mercados internacionales. Sé que mañana mismo la mayor de mis hermanas regresa de su luna de miel, y que no encontrará a su retorno un panorama económico -a ella que tanto le preocupan esos temas- halagador.
Sé que no voy a terminar de leer todos los libros que tengo acumulados, que no voy a aguantar tanto calor hasta las próximas lluvias, y que hoy la menor de mis hermanas está a exactamente dos meses de abandonar la soltería y unir su manos al hombre de su vida.
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Sé todo esto, y un poco más, pero con la chica que tengo a mi lado, y que no deja de quererme y de apañar mi incertidumbre, con todo este amor que, muy al estilo Madrigal Cruz, creo no merecer -pero ya logro decirme a diario que sí, que sí me lo merezco-, esos y otros tantos conflictos de mi país, mi ciudad, mi entorno inmediato, me vienen valiendo sobrado, soberano y tostadito cacahuate. Avisen cuando las cosas sigan mejor, o cuando haya un tema en verdad interesante qué tocar. Mientras todo siga andando igual, y en la tele el mismo canal, y en el radio el mismo show, y en internet el mismo correo electrónico, y en la calle el mismo sonsonete de abandono y perdición, yo mejor me quedo aquí, me quedo entre su piel.
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¡Salud!

sábado, 14 de febrero de 2009

Flying.

Fly me to the moon . Let me play among the stars . Let me see what spring is like . On a-Jupiter and Mars . In other words, hold my hand . In other words, baby, kiss me. . . . . . . Fly me to the moon, Frank Sinatra.
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Somos magia. Fuera de eso, no se necesita nada más, porque el resto, el resto de las cosas que parten del amor, se fundamentan en la capacidad que tengan ambos partícipes de la pareja, del sentimiento, de dar y generar magia, de ser candiles en la nubosidad del otro, chispas de irradiante calor en la soledad del corazón ajeno.
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"Sinergia", le acaba de llamar El Apapachoquealivia, que ha sido testigo y partícipe de la formación de esto que me asusta, me revuelve, me contrapuntea, me sorprende, me abrasa, me abraza, me gusta. Yo estoy de acuerdo, y más cuando me ha explicado con manzanas que ella y yo hacemos lo que cierta campaña mercadológica reciente llamaría "alquimia": 1 + 1 = 3, y en nuestro caso, a mucho más que 3.
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Magia, le llamo yo, y con ello aludo también a un Universo que no deja de sorprenderme desde que yo le remití aquella famosa carta, tema ya hasta agotado en este Baile, solicitándole requisitos para quien debe cubrir el lugar de "pareja" a mi lado, esto ante mi evidente necesidad de más y mejores nuevos tiempos amorosos, y ante mis ganas de empezar de nuevo sobre fracasos recientes.
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El Universo ha respondido, y yo no tengo la menor duda de que lo ha hecho hasta con mejores características de las que yo pedí, hasta adivinándome deseos ocultos. ¿Por qué me atrevo a aseverarlo así de zopetón, y en pleno 14 de febrero, día en que lo que menos debería uno de hacer sería hablar de amores ideales de reciente arribo? Porque ella lo tiene todo, todo lo que pedí, y fuera de eso no necesito otra razón.
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Porque la conocí a través de una de las más grandes amigas que Dios ha puesto en mi camino para guiar mis pasos, lo que la dota de certidumbre a mis ojos. Porque cree en Dios, pero antes que en Él, cree en sí misma. Porque ama la cultura, el arte y sus otros tópicos allegados. Porque sabe darme esa mirada que me dice, en un solo golpe de luz radiante, que mis problemas son lo suficientemente simples como para que les halle solución en esta vida, y lo suficientemente preocupantes como para que yo no deje de hacer algo al respecto de ellos.
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Porque me gana la partida y se apresura a decirme "te quiero", y todavía agrega "y no estoy dispuesta a discutirlo", cuando justo voy a reclamarle puntualmente con un "yo más". Porque ama la música. Porque me hace bailar con su sola cadencia -porque vive con cadencia-, toda clase de ritmos... ¡y hasta banda! Porque me dice, seria ella como es cuando está diciendo una verdad considerable en magnitud, que le gusta como bailo. Porque al bailar, y al hacer otras muchas cosas, tenemos -y sentimos- química.
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Porque le gusto, y ya ha dicho que no está dispuesta a dejarme ir, así tenga que esperarme, o curar de una en una todas mis heridas. Porque me gusta, y no estoy dispuesto a nada más con ella que quererla y estar por ella. Porque cuando me abraza, mi mundo es otro, y mis dolores y pesares disminuyen hasta casi desaparecer, se nulifican ante su sonrisa. Porque su compañía es como un caldito de pollo en una tarde fría de otoño, y sus abrazos y besos como dos alas de libertad que me ha dado el destino para volar alto por un rato. Porque la quiero, y sobre esta razón no se pone ni el más caluroso sol.
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Porque le gusta Mafalda, tiene una tortuga llamada "Democracia" y además cree en la posibilidad del voto libre y secreto como fianza para un México más próspero, más nuestro. Porque quiere a los perros más que a los gatos, y es humanista a morir. Porque su mirada me dice mucho, y no necesito verla a fondo para saber que a través de ella me habla, me grita, me implora y suplica. Porque le gusta la lluvia, y el cine de arte, y la sierra y el mar. Porque me habla cada noche jurándome que me extraña, aún cuando ya pasamos todo el día juntos. Porque me da todo el amor que espero, y mucho más. Porque cree en ella, y en mí, y en lo que ambos podemos construir juntos, si nos lo permitimos.
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El destino sí responde. Los reto a que aprendan de mi experiencia y manden ya sus cartas. No puedo decirles cuánto tardará en responderles, pero sí puedo asegurarles, tras evidente experiencia, que, cuando lo haga, no se arrepentirán de haber pedido, ni de haber esperado, ni de estar dispuestos a amar.
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¡Salud!

Amor al revés es Roma 2

Hace un año, escribía yo en una entrada como ésta -es que todas las entradas, si las checan bien, son iguales entre sí-, precisamente en aquella titulada "Amor al revés es Roma", una de las que más guardo en el corazón y de las que más me siento satisfecho, escribía, decía yo, que hasta la fecha -aquella fecha entonces, el 14 de febrero de 2008- no había salido yo invicto de ningún San Valentín, lleno siempre de regalos, cartas, besos y abrazos mayoritarios. Bendición de bendiciones, esto de estar vivo y, encima, rodeado de amistades.
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Pues hoy, actualizando aquel contenido -edición 2009-, les paso a decir que este Día de la Amistad -o Día de la Mercadotecnia, como hábil y a conciencia lo ha bautizado mi querida amiga La Aniushka- no sólo he reafirmado lo que hace un año escribía, sino que, con creces, hoy he obtenido más regalos que nunca, y de mayor calidad.
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No me refiero sólo a la cercana y cálida carta que La Zucaritas me regaló acompañada de una persona, gigantesca y a todas luces apetitosa caja de mazapanes De La Rosa -seriously, si alguna vez quieren tenerme a sus pies, llénenme de mazapanes, Picafresas o Pelonetes de mango y sin oponer resistencia estaré yo practicando toda clase de posiciones sexuales y atendiendo a toda necesidad física, espiritual o anímica con prontitud-. Tampoco me refiero sólo a la apetitosa y amistosa comida que ofreció -o más bien financió, porque él no cocinó ni las quesadillas- El Apapachoquealivia, o a los exquisitos Bonobons que El Xavi repartió solícito y dadivoso entre los que acudimos a su residencia de cal y canto para darle el encamado abrazo.
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Me refiero a todo eso, pero también al entrañable y amoroso detalle que La Kenya, mujer de visión y perspectiva admirables, depositó en mis manos, a conciencia y sin vacilar. La Kenya no vacila. Yo, lo hago a veces, pero me basta que ella no lo haga para que yo me decida a tampoco hacerlo. Un regalo plagado de besos, abrazos y arrumacos, un regalo físico que ya me mira bien apoltronado junto a Roja, y que habla no sólo de lo mucho que me quiere -"y no estoy dispuesta discutirla", agrega ella siempre que lo dice-, sino de lo mucho que ella misma sabe que yo le correspondo, aunque no lo discuta.
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Me refiero también a la maravillosa y cara posibilidad de que La Kenya entrara ya de lleno en mi corazón -a ocupar lugar de honor- tras ponerla a degustar las poco más de dos horas que componen Amelie (abreviando El fabuloso destino de Amelie Poulain (2002)), una de mis cintas favoritas, de las que más hablan de lo que estoy hecho, de lo que creo, y que ella miró atenta y alegre, y tras la cual atinó a juzgarla como encantadora, maravillosa y clásica de clásicas, asegurando así la posición de honor en mi alma que ya, porque se lo ganó, le pertenecía.
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Tras un 14 de febrero bendito y dadivoso a manos llenas, he venido recordando que el año pasado, en la primera versión de Amor al revés es Roma, les hablé yo de tres amores frustrados en la historia de las artes. Hoy, como los ánimos están realmente cálidos y rosas, no quisiera yo tocar otros tres amores desastrosos, ni mucho menos hablar de los míos -hoy por hoy, todo menos que eso-. Por esa misma razón, les he preparado, nada más para no perder la costumbre, un resumen ejecutivo -El Apapachoquealivia sabrá de lo que hablo- de tres de los más famosos besos de la historia... digo, aprovechando el romanticismo que me invade, y que estoy dispuesto a compartir. Vale.
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Ella, representación autoreferida de la chica con el vaso de agua que funge como "ombligo" del cuadro de Renoir, El almuerzo de los remeros, temerosa a entregarse por completo a un amor, a un sentimiento. Él, tímido y de pasatiempos "particulares" -por no decir raros o locuaces, casi maniáticos-. Ella, mujer de ojos grandes y sentimientos acompasados, reprimidos. Él, hombre de delgadas proporciones y sonrisa coquetona. Ambos, hechos el uno para el uno, se encuentran en la puerta del departamento de ella cuando ésta decide abrirle, literalmente, la puerta al amor, y a lo que venga con él, sin miedos, sin pretensiones, sin más decisión que la de amar por amar. Y lo que sigue, hoy ocupa el lugar del segundo más hermoso beso de la historia del cine, sólo por detrás del imposible patrocinado en el final de su respectiva cinta por la pareja de enamorados en el clásico Casablanca (1942). Ella, Amelie Poulain; él, Nino Quinconpoix. Ella, antes de lanzarse a sus brazos para colgarse de él y amarlo desatada, apasionadamente, le planta ósculos pequeños, ligeros como el aire del otoño, en mejilla, cuello, frente y labios. Él, se deja hacer. Ella pide silencio y luego toca, coqueta, con el dedo índice su propia mejilla. Él, destinado a ella, comprende y le planta un pequeño y tierno ósculo en el lugar señalado. Ella, continúa el juego marcando ésta vez con su índice su propio cuello. Él, obediente, amante dispuesto, se limita a besar. Luego viene la frente, y tras la frente los labios, labios destinados dos a dos, eternidad palpitante en dos seres siempre dispuestos, siempre universales.
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Ella, petrificada y pausada, latente también, permite que su rostro se pierda en el de él, mientras su brazo izquierdo le rodea el cuello, lo sujeta a sí misma, como temiendo que lo imposible del amor que ambos amantes representan lo arranque de sus brazos. Él, tierno y caballeroso, unde su rostro en el de ella mientras sus manos se dirigen suavemente, apretando su cintura, a completar un amoroso abrazo. Congelados para toda la eternidad un instante antes de que sus labios se encuentren y completen la actividad que le da nombre a la escultura que protagonizan, los amantes de El Beso, de Auguste Rodin, presentada por vez primera en 1887, son dos eternos resplandores en el universo de la historia de los enamorados. Su amor no necesita completarse en el encuentro de sus labios para ser palpable, incluso transmitible, a todo aquel que mira la escultura. Son, aunque nunca tendrán la capacidad de besarse "con todas las de la ley", dos amantes completos, totalizados, porque no se necesitan labios encontrados para decirle al mundo que se aman, que se besan, que se pertenecen.
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Él, uno de los dos "él", ha vendido al otro, al otro él, por unas cuantas monedas de plata, cambiando con ello, para toda la eternidad, el rostro de la religiosidad y precipitando el cristianismo a su terminante nacimiento. Él, dispuesto a padecer las más crueles torturas, acepta el beso con una pregunta tan punzante como una mirada furtiva, que además reitera la relación de poder que entre ambos se estila: "Judas, ¿con un beso entregas a tu maestro?" Él, Judas Iscariote, señala con el incriminante beso al culpable que los hombres que lo acompañan habrán de capturar. Él, el otro él, Jesús de Nazareth, se entrega así a las veinte horas de pasión que finalizarán con su muerte y, a decir del cristianismo que fundó, su posterior resurrección, todo tras un proceso legal que por su turbulencia e injusticia hoy espanta a los más expertos decanos del derecho internacional. El beso, protagonista en escencia de la escena, convierte a Judas en el abanderado universal de la traición y la representación misma del demonio, a pesar de que, a decir del propio nazareno, la historia entera ya estaba escrita, y Judas, y no otro él, debía venderlo con un beso. El beso entre los amigos no sólo acribilla la amistad, sino que entrega a la muerte a ambos participantes, a uno a través de la crucifixión y a otro a través del suicidio. El beso entre los hombres de la misma raza es, hoy por hoy, signo de la humana y natural atracción por las monedas que todos los nacidos "bajo el signo de Caín" experimentamos, y que tan funestos resultados acarrea. El beso de Judas, más que el inicio del final de la llamada "Historia de la Salvación", marca el principio de la historia moderna como la conocemos.
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Ya estuvo. Ya están. ¿Recibieron besos como éstos este sábado de gloria amistosa? Espero que sí. Si no, reclámenlos. Recuerden que la Academia Nacional de las Ciencias del Placer y la Felicidad, con sede en Naucalpan, Edo. Mex., ya descubrió que los mexicanos necesitamos cuando menos de "un titipuchal" de abrazos diarios para sentirnos alegres y estimular nuestra autoestima. No permitan que se los pichicateen. De mientras, feliz 14 de febrero, feliz amor.
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¡Salud!

viernes, 13 de febrero de 2009

El tren de los momentos.

Y así pasan los días, de lunes a viernes,
como las golondrinas del poema de Bécker,
de estación a estación, enfrente tú y yo,
va y viene el silencio.
Jueves, La Oreja de Van Gogh.
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Con un blog que se precipita terminantemente hacia las 300 entradas -pienso hacer una novela gráfica de carácter épico tradicional para celebrar-, un perro salchicha que ha estrenado recientemente lecho, una hermana menos viviendo en casa -y, por ende, un matrimonio más lanzado al mundo-, y con un sinfín de tareas y trabajos escolares irremediables, todo esto bajo el brazo, he comenzado un semestre escolar fascinante -es un decir, meramente diplomático-, contrastante y morrocotudo, que se precipita hacia la dicha, el conocimiento y el acabose -nótese el dramatismo implícito por favor-.
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Pero no era de toda esa novedad que traigo hoy bajo el brazo de lo que quería escribir hoy. Ayer, sin embargo, topándome en mi viaje por tren eléctrico con una fascinante insidencia del destino, recordé que la vida da, a veces, ejemplos específicos de cómo le gusta actuar, aunque no todos sepamos verlos para aprender de ellos.
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Sucede que La Zucaritas, La Kenya y yo viajábamos, sin saberlo, no sólo en el mismo tren, sino hasta en el mismo vagón. Guadalajara no es una ciudad que se precie de tener un sistema de transporte eléctrico apelmazado y concurrido como el de otras ciudades del mundo -iba a caer en la tentación de escribir "grandes ciudades", pero Guadalajara cada día tiene menos de grande y todavía menos de ciudad-. Por esta razón es difícil que dos personas conocidas que se suben al mismo vagón de tren no se reconozcan a la distancia, con tanto campo libre de visión. Si dos está difícil, ahora imagínense tres, al menos dos de ellas -las mujeres de esta historia, claro- sumamente previsoras, inteligentes y chispeantes.
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Pero así nos pasó. Yo subí cuando ellas ya llevaban camino recorrido, y no nos acercamos sino hasta que, al bajar, divisé unos pantalones anaranjados que reconocí como propios del particular -por no decir exagerado y extraño- estilo del vestir de La Zucaritas. La Kenya es, por mucho, más reservada y discreta en su arreglo -y en otras tantas cosas- que mi amiga con seudónimo de hojela de maíz adicionada con jarabe de alta fructuosa, así que en cuanto vi los pantalones no tuve más que voltear junto a ellos para reconocer el equilibrado estilo -a mi juicio, de buen gusto- de La Kenya y decirme, con ese aire que uno toma cuando su soberana estupidez se manifiesta, "¡Ah, tan indejo!"
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Me acerqué a saludarlas y les hice ver que íbamos en el mismo vagón de tren. Ninguna de las dos lo dijo, pero sus abrazos me hicieron saber que compartían conmigo un sentimiento de iluminada -e iluminadora- sorpresa. La Kenya, que avanza a pasos agigantados en mi corazón y mi querer -y en algunas otras cosas más-, me miró con esa particular luz que brota de sus pupilas cuando intenta decirme, según lo leo en sus ojos, que la vida es lo suficientemente larga como para disfrutar de sus sorpresas con tiempo, y lo suficientemente corta como para darle demasiada prioridad a los problemas.
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El punto es que el suceso del tren es, o quiero tomarlo como, afanadoramente demostrativo. Tanto La Kenya como La Zucaritas, mujeres importantes en mi vida, han llegado al grado de amistad que hoy comparten conmigo tras mucho andarnos por entre los asientos del mismo tren sin sentir la necesidad de voltearnos a las caras y mirarnos de frente, reconociéndonos de vidas pasadas, de evoluciones anteriores, como cuando uno mira lo que ha dejado ir y lo reconoce como suyo, como enteramente suyo.
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La Zucaritas insistió conmigo para ganarse mi corazón, y yo, que siempre estoy medio dormido, tardé un tiempo en darme cuenta que lo que ella quería era eso, mi amistad franca y sincera, y no sólo mi tiempo, mi escucha o mi dinero -La Zucaritas podrá querer muchas cosas de la gente, pero nunca su dinero; no es que tenga mucho, sino que encuentra mucho más interesante ( y con razón) la recepción de otros regalos personales-. Y entonces la reconocí en el mismo vagón, me abrió asiento junto a ella -o quitó el bulto que había puesto para apartarme- y desde entonces, y hasta que el tiempo aguante, compartimos la misma ruta, la misma vía, el mismo corazón.
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La Kenya fue un caso distinto, pero igual de sorprendente. Amiga de La Zucaritas -y, en cierta forma, también de El Apapachoquealivia- de tiempo atrás, mi hojuelística amiga le contó tanto de mí que La Kenya comenzó a abrirme espacio en su vagón antes de que yo incluso abordara la estación. Pero cuando tomé el vagón, la cosa hizo "click" y ambos descubrimos que el destino es el destino, y por más que uno tome trenes equivocados y aprenda de rutas erróneas, o deje pasar a propósito trenes a lo idiota, siempre las cosas caen por su propio peso -que es como decir que uno encuentra lo que tiene que encontrar en tiempo y lugar precisos, específicos y destinados a algo más que el encuentro fugaz-.
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Desde ayer estoy pensando que decir simplemente que a uno se le fue "el tren de la vida" es abominable y torpe. Es negarse a entender que la vida no tiene "uno", sino muchos trenes, cientos de ellos, y que abordar el incorrecto implica siempre, por cuestión de mera ingeniería mecánica, una vuelta en u al llegar al final de la ruta y el regreso a una estación en la cual poder tomar un tren más acertado, un tren de vida más fructífero.
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¡Salud!

domingo, 8 de febrero de 2009

Caná.

Iré dónde tú vayas,
y viviré dónde tú vivas.
Tu pueblo será mi pueblo,
tu Dios será mi Dios.
Libro de Rut.
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El evento se anunció con bombo y platillo desde abril del año pasado. Entonces, en mi vida, muchas cosas eran distintas. Ayer, mientras algunos de mis más grandes amigos me rodeaban, mientras veía a la mayor de mis hermanas radiante, más hermosa que nunca, recién unida su vida frente a Dios -o la institución mayoritaria que dice representarlo- al hombre que ama, mientras bailaba sin cesar toda la noche y apreciaba la evidencia de que tengo una familia -en toda la expresión del término-, muchas familias, todas las familias felices, descubrí que la vida no cambia sólo en un año, sino en un minuto, un segundo de suficiente -o demasiada- radicalidad. Recordé -porque ya antes la vida me lo había demostrado- que nunca, jamás, ni nosotros nos bañamos en el mismo río, ni el río baña a la misma persona.
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Fue una noche fenomenal. La ceremonia religiosa resultó mágica, plagada del amor de dos personas que deciden, en pleno uso de sus facultades -lo que es mucho decir en un mundo como el nuestro-, decirle a Dios y al mundo entero que son valientes, que están dispuestos a asumir su amor cual toro por los cuernos, a comerse el mundo juntos, mano a mano, hombro con hombro, poniendo al servicio de su propia felicidad la capacidad con que Dios los ha dotado en manos, alma, piel y corazón, para salir adelante y amarse, amarse como si no hubiera en el mundo -en efecto- cosa más fructuosa por hacer.
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Hay quien me dijo que vio anoche en el altar a un par de jóvenes enamorados y cargados de ilusiones. Yo les diría que mienten, o están hablando con verdad a medias. Yo no vi eso. Yo vi más que eso. Vi anoche, frente al altar de una modernista iglesia, iluminados por mil luces de esperanza y neón, a dos grandes seres humanos, creaciones perfectas -y, aún así, perfectibles-, productos del amor, milagros de vida, a dos magestuosos paladines de la felicidad, guerrilleros de la fidelidad, dos corazones dispuestos a todo.
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Margarita -que ése es el nombre de la mayor de mis hermanas- dijo sus votos de memoria, manifestando una vez más la aguda inteligencia y poder de concentración que posee como elemento definitorio de su forma de ser, incluso en los momentos de nerviosismo y presión. César, por el contrario, habló con claridad lo que el sacerdote le fue dictando. Ambos, ahí radica la verdadera intención, se dijeron las cosas de frente, a sabiendas de que no le debían ninguna explicación a nadie más que a ellos mismos. Uno para el otro, dos en un mismo corazón.
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Mi beatífica madre me acusó de llorón varias veces durante la ceremonia, y hoy por la mañana, en medio del desvelo, me ha vuelto a decir que parezco hurraca chillona. Yo no lloré, no al grado máximo de regalarle lágrimas al mundo. Sí tuve, sin embargo, que aclarar mi garganta varias veces en la noche, intentando desprender el arraigado nudo que en mi garganta se formaba cuando ambos decían "sí" como nunca he visto concientemente en mi vida, cuando bailaban al ritmo de "Tú de qué vas", la canción de Franco de Vita que ambos escogieron como vals, o cuando se cantaban al oído mientras bailaban pegado all night long.
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Con ella estuvieron tantas personas que La Zucaritas me hizo llegar a la conclusión de que, si no hubiera invitado yo a mis amigos muy cercanos, habría pasado la noche en una fiesta de totales desconocidos. Conmigo, a Dios gracias, estuvo mi familia, ésa que yo he escogido y que se ha ganado, no siempre por la vía fácil, un lugar en los rincones más airosos de mi corazón. Todos bailamos, cenamos, comimos, cantamos y hasta nos tomamos fotos -impúdicos que somos-. Fuimos, a una voz, testigos y partícipes del amor de Margarita y César, gallardos representantes de la facilidad con que el destino, la vida misma, están dispuestos siempre, a pesar de todo, a pesar de todos, a abrirnos una puerta en la búsqueda de la felicidad.
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¡Salud!

viernes, 6 de febrero de 2009

Sí, acepto.

Ya huele a ramo. Tentativamente, a estas mismas horas, pero del día de mañana, estaremos muchos, los que a lo largo de un día de llamadas apresuradas y acuerdos aventados aceptaron la invitación casi póstuma, amigos todos, o por lo menos personas muy cercanas a mi corazón, cuates del alma, celebrando a la mayor de mis hermanas y a su César, par de dos -?- novios que han decidido unirse en sagrado matrimonio frente a la institución religiosa de la que ambos forman activamente parte.
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César, un individuo de ánimo cordial y respetuoso, centrado y conciente, apto no sólo para el matrimonio sino para aventarse -es un decir- el paquetote -es otro decir, porque es chiquita chiquita- que mi hermana significa como persona y personalidad, un hombre de grandes pensamientos y alegres decisiones, puntual, claro, preciso, fiel y sincero, transparente, claro como el agua de un lago sin sieno -que es mucho decir-, tomará a la mayor de mis hermanas, que lleva, por motivos meramente nemotécnicos -que la pobre ha pagado toda su vida- el mismo nombre de mi madre, y ella será su compañera y él su compañero, para caminar juntos, hombro con hombro, paso a paso y preferentemente sin cansarse.
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A mí me da gusto por ambos. Me da gusto que el destino haya unido a dos almas tan complementarias, y que el tiempo, las fortalezas y también las capacidades de ambos, hayan forjado y fortalecido el amor que hoy los lleva -bueno, hoy en unas horas, o mañana, depende de cuándo quiera blogger ubicar cronológicamente mi entrada- hasta el altar, que los hace jurarse dicho sentimiento para la eternidad, juramento que aguantará vara sólo si siguen conservando, como hasta ahora -y no hay ni cómo pensar que no lo harán- el respeto, el diálogo franco y abierto y la mutua fidelidad.
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En la misa estaremos unos varios, y a la fiesta ya fueron puntualmente invitados La Zucaritas, El Apapachoquealivia, La Kenia -amiga de reciente aparición pero de pronta adhesión al banco de mi corazón-, La Wera, La Jirafa, La Prisciliana y su galán, y tentativamente la madre de La Prisciliana, La Raqueluchis, ambas dos, y todos en sí, miembros platinum -que es cómo los clubs y bancos te llaman para hacerte creer que eres "importante"- de mi familia, la que yo, yo y nada más que yo, he escogido, esto último en fraternal y distante recuerdo de otra buena amiga, hoy separada de mí por decisión personal, decisión que es de necesidad apremiante, aunque cale hondo, y con quien también me gustaría poder compartir, en otras circunstancias, en otra vida, quizá, un momento como el que mañana viviré. En fin. Ya, espero, ya nos tocará.
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La mayor de mis hermanas se verá hermosa mañana. Se ve hermosa a diario, pero maña será SU día, y no hay un acontecimiento que de tan egocentrista cómo ése ponga más feliz a una mujer. César, me imagino, duerme ahora mismo tranquilo y desenfadado, como todo buen hombre antes, durante y después de su boda. La mayor de mis hermanas se despertará temprano, correrá al maquillaje, el peinado, el vestido, las fotos, la concretización del lugar del banquete, las flores, la iglesia, el transporte y hasta los invitados -yo soy delegado oficial del control de entradas (léase "boletero")-. César, se despertará, desayunará mucho, volverá a dormir, volverá a despertar, comerá mucho, se bañará -si tenemos suerte-, se pondrá su traje -elegido por la organizada novia- y partirá a decir "acepto". Así, hasta en las bodas, la injusticia de las relaciones entre los sexos se perpetúa y clarifica.
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Yo les deseo suerte a ambos y mucha felicidad a los invitados. Ey, oigan, prohibido quitarse los tacones antes de que llegue el mariachi, para que luego no vayan a estar coreando "Nos dieron las diez" con roncas voces que demeriten ritmo y tono. Quedan advertidos, y los invitados... pues invitados. Los que no alcancen a llegar, armen la fiesta en sus respectivos sitios, y únanse al clamor de dicha y prosperidad para la recién unida pareja. Yastán. Arrumacos y cosas peores.
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¡Salud!