jueves, 1 de enero de 2009

Carne tártara.

Yo no sé a ustedes, pero a mí la noche pasada me sucedió entre rincones de luz y tragos de amistad. No pude evitarlo: un año más, pese a mis prerrogativas, mi noche de año nuevo fue un ardid de amistad, amor y felicidad. No paré de reír, no paré de recibir regalos -de los del alma y también de los del cuerpo-, y no paré tampoco de comer ni de beber. ¿Cuál crisis? Le preguntaría yo a todos los comensales que, en alegre fiesta, estuvieron presentes anoche en torno a una mesa preparada especialmente por La Traviata. No hay crisis: cuando la amistad sobrevuela las horas de la noche, todo es equilibrio, todo es estabilidad, todo es abundancia.
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Pero no es de mi noche de año nuevo de lo que yo quiero hoy hablarles. No, tampoco del cubo de Rugby que intercambié a La Sandibel por un jabón Zest y un paquete de Habaneras integrales -el mejor trueque que he hecho en mi vida (aprovechando, claro está, el avanzado estado etílico de mi amiga)-. Hoy -ya viene el tema, estén atentos-, me he dado cuenta de que, mientras el Maratón Lupe-Reyes se precipita estripitosamente hacia su final, yo me despierto cada día más crudo.
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Van a decir que descubrí el agua tibia, el helado napolitano y el corte con láser. El problema es que mi cruda matutina diaria se presenta eficientemente haya o no tomado yo cualquier clase de "ardilla rosada" la noche anterior. Es en serio. Ayer, por ejemplo, que tomé, tenía yo ya unos seis días sin entrarle al destilado de ninguna clase. Pues antier, y otros días por el estilo, me desperté con un dolor de cabeza y una náusea que cualquier pasajero de un galeote del siglo XVI se hubiese espantado de mi estado mareabundo -neotérmino genial que me acabo de inventar, combinación de "mareado" y "nauseabundo"-.
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Creo incluso que hoy, tras una corta noche -apenas dormí tres horas y media, entre las pláticas de La Casicasi y los ruidos extraños que La Traviata hace entre sueños (a eso súmenle que habla sola, pide cosas y hasta camina por su casa)-, tras una corta noche, decía, me desperté hoy más fresco y rozagante que los otros días en que no he tomado pisca, he dormido mis ocho horas reglamentarias y he comido con todas las formalidades que el cúmulo de nutriólogos de todo el Universo especificaría restringentemente para mí y mis condiciones.
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Yo no acabo de entender. Me da por pensar muchas cosas: que la cruda, como todo estado del alma que sucede al placer excesivo, se prolonga indeterminadamente hasta que uno vuelve a entregarse al placer que le ha generado la cruda; que la cruda, como la crisis financiera o el proceso cognitivo de ciertos líderes políticos, actúa con efecto a largo plazo; que la cruda no es cruda, todo es sueño, y a mí lo que me toca, de tanta cruda, es tirarme a dormir lo más pronto posible.
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En lo que mis informantes se levantan de entre las copas y las serpentinas y me dan los datos necesarios, me da por pensar que lo mejor será hacer caso de mi última suposición y tirarme a dormir. Después de todo, creo yo, siempre habrá algún buen samaritano que se digne despertarme el 6 de enero, me dé mi rosquita y mi chocolatito, y pueda entonces yo seguir durmiendo hasta que, una de dos, o pase la cruda, o despierte yo crudo y crudo me vaya a empezar mi semestre escolar. Total, ya me la sé: si llego crudo al salón de clases en este semestre, los altos calores y las profundas radiaciones humanas terminarán por cocerme. Y ya cocidito, ni quien pío diga.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Me engañaron, a mi me dijeron que pasarías año nuevo en otro lugar y con otro club.
Ni hablar, entre más tomes, más te pegará la cruda y no me refiero a cantidad de alcohol en una noche, sino a la frecuencia con que lo hagas, aunque eso sí, cantarás la gata bajo la lluvia no con una Heinekein, sino luego de haberte tomado una Heineken y un cartón de Estrella.