viernes, 9 de enero de 2009

Uniformado.

Apenas las vi, me sentí pitufo asalariado. Mi madre las colocó a mi lado, entre ambos, en el asiento de la camioneta de trabajo. "¿Y esto?", levanté la playera azul y la puse frente a mis ojos. Tipo polo, talla mediana, Yazbek, cosido el logotipo de la empresa: "Ferrero de México, concesionario". "Son los nuevos uniformes". Ni siquiera sabía que hubiera viejos. Cuando la vi lo supe, pero cuando me la puse lo confirmé: una media talla más grande, no me "nada", pero me queda en el punto exacto en que uno duda entre quitársela y tirarla, o mandarla remendar.
.
No es fea, mi playera, pienso, pero esto de los uniformes se ha vuelto tan diverso y tan inacabado, que hoy ponerse cualquier color es estar en riesgo de ser confundido con trabajador de una famosa tienda de ropa, o una cadena de autoservicios, o un largo etcétera. Esto lo adiviné cuando me miré hoy al espejo, y el azul celeste de la Yazbek, con el negro de mi mezclilla, me hacían parecer una suerte de acomodador de MMCinemas o ajustador de Seguros AIG.
.
Claro que un uniforme de trabajo tiene sus ventajas. Durante unos cuantos meses, en lo que se gaste, no voy a tener que levantarme cada mañana para sufrir el interminable e imposible terror del "¿qué me pongo?", muy parecido al grito de ayuda al cual respondía el Chapulín Colorado: "¡oh, y ahora, ¿quién podrá defenderme?!" Ahora el uniforme, por lo menos de ombligo para arriba, va a tenerme tranquilo frente al clóset al menos de lunes a viernes.
.
La cuestión está en que la expansión del uniforme, que según mis informantes se ha dado a raíz de la incursión de medidas legales de defensa del trabajador en todos los estados de la República, lo que genera que las empresas se expriman los sesos en hacer sentir a sus empleados no como borregos zombies operadores conjuntos de la misma maquinaria, sino como partícipes de "una gran familia", toda esta cuestión del uniforme diversificado y rediseñado -hace años que yo no veo un obrero de overol marino y casco amarillo-, pone en serios aprietos a los que no los usan y tienen un guardarropa dispuesto a la confusión laboral.
.
Me explico: si tú tienes una polo naranja y un pantalón negro, es fácil que en la calle te confundan con cobrador de ING Seguros; ¿una playera verde con un pantalón de mezclilla azul marino? Cajero de El Banco de Uno; ¿traje sastre y camisa o blusa azul celeste? Cajera del SIAPA o de Banamex, o de Bancomer, o de Inbursa, o de (coloque aquí un largo etcétera); ¿playera naranja chillante con pantalón de mezclilla deslavado? Vendedor del Mixup, o de Nutrisa. En fin, que para todos los colores hay marca distintiva.
.
Y es que la identificación de uniforme podría ser considerada, en este país de asalariados, un deporte nacional. Uno ve en al calle a un chico vestido de determinados colores (playera polo blanca con cuello verde, pantalón de mezclilla, quizá una gorra), y prontamente piensa: "Danny-yo". Incluso los más sencillos y rudimentarios uniformes de los vendedores de Muebles América (camisa blanca, manga larga, pantalón negro de vestir, corbata roja) se dan a identificar y, sé de casos, hasta a perseguir.
.
Incluso en México hay uniformes laborales clásicos. Al menos dos los tengo bien grabados en mi corazón -por dolorosos y también por la preferencia que guardo hacia las marcas-: el vestidito durazno o azul con mantelito blanco y tocado en el cabello, de las encargadas de todas las pastelerías El Globo, que hacen pensar a las señoras copetonas que van a comprar ahí que no han salido de sus grandes casas, y que las que sirven, despachan y cobran, son las mismas "muchachas" que hace unos minutos han levantado los cuartos, hecho la comida y sacado a los tres san bernardos a pasear -¿se acuerdan de María Sorté en El Barrendero? Pues así, pero más sumiso-.
.
El otro es el clásico, rimbonbante y feísimo atuendo de las meseras de Sanborns. Algún dueño anterior a Slim tuvo la fascinante -y demagógica- idea de que, si Sanborns era un restaurant clásico mexicano, las que sirvieran la comida debían verse clásicas mexicanas. Así, pues, según me dicen mis informantes, el diseñador del atuendito -no pasó a la historia ni por esa aberración- puso en un solo vestido detalles caracteríticos de los distintos trajes típicos de toda la república, dando lugar a un conglomerado de tanta diversidad, que lo único que le hace falta es un molcajete que le cuelgue, o corone a la portadora. Y ni hablar de las guayaberas de los garroteros y los sacos rojos de los vendedores...
.
Así las cosas, mi playera azul celeste me parece una buena opción. Sería más drástico y controversial que Ferrero nos hubiera dado como "nuevos" -insisto en que nunca conocí los viejos- uniformes playeras tipo polo azul rey, que combinadas con pantalones caqui nos remitirían a cualquier sala Cinépolis, o con pantalón de mezclilla a cualquier arcadia Gamex, o con shorts blancos a cualquier módulo Telcel. Porque, eso sí, todo México es territorio del uniforme laboral.
.
¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

En el último párrafo te imaginé como las chavas de telcel que andan por la gran plaza con su pantalón blanco y con su tanguita, supongo que eso usan porque parece que no traen nada.
Y, ¿cómo se ve tu mamá?

Victor H. Vizcaino dijo...

Yo use 4 años uniforme, de los cuales 2 años me agrado, pero imagínate si no se usaran, de por sí con cada moda que sacan, los empleados se irían vestidos a su antojo, con los pantalones aguados que parece que se caga… o enseñando el bóxer como si fuera pañal, yo ni loco llegaría a un restaurante para que me atendieran en esas fachas, ya dije.