miércoles, 14 de enero de 2009

Transportación.

Hasta ayer, cuando Ivabelle Arroyo iluminó mi conciencia con su oportuno comentario editorial en Mural, yo creía que todo el asunto de los camioneros, el alza al precio del transporte público y el interminable ligue de caracter sadomasoquista entre el Estado y los prestadores de servicios, todo eso, era nada más que un escenario más de la obra dramática tragicómica que constituye a la política mexicana -y, según veo, del resto del mundo-.
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Pero no. Ivabelle lo deja más claro, y ha despertado en mí su posición un sentimiento como de reservas y duda -puro, mero y garrafal "sospechosismo"-. Esto es de lo que todos nos hemos enterado: camioneros -término muy general que agrupa a un conjunto de organismos (empresas) que tienen la concesión del transporte público (Alianza, Sistecozome y SyT, principalmente), y que, por lo tanto, son los encargados de operar las distintas rutas que llevan a todos los usuarios diariamente a su destino (o algo así, porque al destino destino no todos llegan)- se ponen sus moños y deciden que ya todo está muy caro y el negocio ya no es negocio, así que deciden que subir el precio del pasaje de 5 pesos que ahora cuesta, a 7, será la mejor decisión que hayan tomado en sus garroteras vidas.
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Estado -término general que agrupa a un conjunto de políticos, principalmente panistas, que toman decisiones (quesque) y operan en nombre del pueblo la administración de los recursos (buena broma)- se pone a pensar -?- que el nuevo precio no conviene "a los bolsillos de los consumidores" -el mío, en lo personal, siempre está vacío, porque todo mi dinero lo cargo en la mochila, no en los bolsillos- y se niega a aceptar el aumento al servicio, aceptación sin la cual dicha nueva tarifa no sería legal, y, por lo tanto, sería penalizada su aplicación.
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Acto seguido, al más puro estilo de berrinche de Quico en El Chavo del 8, los camioneros amenazan con dejar de operar rutas hasta que el Estado acepte como oficial la nueva tarifa para que ellos puedan cobrarla. Esto el domingo, y ya para el lunes la cosa comienza a no jalar. El gobernador -quesque- se asusta nomás de imaginar el caos financiero, empresarial y estudiantil que ese paro significará, y, según la versión oficial, ofrece a los camioneros algo que da en llamar "subsidio", y que no es otra cosa que una millonada -258 millones de pesos- extraída del erario -osea, el dinero que todos apoquinamos para que el gobierno lo administre y nos dé servicios y calidad de vida elevados- para pagar a nombre de todos -¿alguien ya notó que, finalmente, todos lo estamos pagando?- lo que los 5 pesos que cuesta el transporte no alcanzan a satisfacer -diesel, revisiones, llantas, etc.-
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Hasta aquí la información generalizada. Dinero -salido, finalmente, del bolsillo de todos, usemos camiones urbanos o no diariamente- aparece en escena y salva a todos los usuarios de un cataclismo transportista. El dinero se acabará -los millones se otorgarán poco a poco durante seis meses-, pero ya en junio, dice el Estado, veremos cómo come la marrana para ver de qué lado le ponemos las bellotas -osea, ya que se acabe el tiempo, o que se nos venga encima, lo que pase primero, nos preocuparemos-. Y todos felices.
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No. Ivabelle entra aquí a salvar mi capacidad de analizar -digerir- la información, y es clara al decirme, junto a todos los lectores de Mural, que la solución del subsidio no es solución. Para empezar, fomenta en los camioneros -los choferes podrán ser otra cosa, muy general, pero sus líderes y jefes son verdaderas abominaciones- la sensación de que el Estado, la ciudadanía y hasta el servicio que prestan -¡ojo, prestan!, no venden ni monopolizan- les deben pleitesía y fidelidad ciega, a costa de todo; en el Estado, los intereses son partidistas, electoral y populistas -no debe ser casualidad que el subsidio al transporte se agote justo en mes de elecciones en el estado-; en la población en general, el subsidio genera la temible y rechazable idea de que el Estado está sacando dinero de sus arcas, en un acto casi de caridad humana, y salva el pellejo al monedero de los tapatíos, cuando nada podría ser más falso, pues el subsidio, como ya expliqué, lo estamos pagando todos.
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Con transportistas que se presumen todopoderosos, un Estado débil -si no hay decisiones contundentes, como retirar las concesiones del transporte (concesión = derecho cedido, pero no regalado a perpetuidad), no hay un Estado fuerte y soberano, que actúe con todo el derecho que la ley le otorga- y siempre tendencioso hacia los votos, y una población desinformada y agachada -nadie iba a dejar de usar los camiones, al fin y al cabo, ni a rechazar ninguna clase de tarifas de manera expuesta y contundente-, Jalisco apesta, y su transporte más.
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Yo agradezco infinitamente a Ivabelle por abrirme el camino al pensamiento efectivo. Yo no sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero de aquí a seis meses se nos va a volver a echar el muerto encima, y, conociendo a lo que huelen los camioneros, temo que no será un muerto de presencia agradable. ¿Y qué vamos a hacer entonces? El gobierno federal acaba de pedir a los estados de la unión que regresen un porcentaje de los presupuestos otorgados en diciembre del año pasado, como una medida contundente, pero presumiblemente efectiva, de ahorro ante la crisis generalizada.
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¿Y? ¿Así las cosas va a volver don Emilio "La Monja" Márquez a sacar dinero de su sombrero mágico para entregarlo a los transportistas y pagar de nuestros bolsillos otros seis estúpidos meses de inútil subsidio? ¿Vamos a hacer cooperacha para pagarnos entre todos los lugares en el transporte? ¿O mejor vamos a indignarnos con efectividad y a reaccionar con inteligencia, haciendo latente nuestra inconformidad ante un servicio caro y de cuarta, que además de todo, nos suele costar la vida? Está como de novela de Thalía, eso de aguantar a lo baboso las cachetadas que nos ponen los transportistas, que todavía no han entendido que su servicio no responde a su negocio, sino a las necesidades de la población. ¿Un paro? Sí, propongo un paro, un paro de idas al trabajo que a nadie nos va a costar la chamba, pero que va a dejar a los transportistas con la sensación, temible y apocalíptica, de que sí somos un pueblo organizado, y no una manada de vacas a las cuales les toca, casi por cesión divina, llevar al matadero.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

No me parece en absoluto que Ivabelle sea muy inteleigente porque su pensamiento es más bien lógico y casi de sentido común, pero quizá ella sea la primera en escribirlo, o quizá, sea la primer columna donde tú has leído eso. Yo lo pensé, lo comenté, pero no lo leí porque eso de andar husmeando el periódico para enterarse de las malas noticias, no más me saca bilis. Suficientes preocupaciones familiares tengo ahora como para andar viendo si a los puercos del transporte se les ocurre robarnos más.