jueves, 1 de enero de 2009

Solo.

La dinámica propuesta en la cinta de M. Night Shyamalan , La aldea (The village, 2004), no podría ser más esclarecedora: los seres humanos, como entes con características específicas e individuales -individualistas también-, estamos tácitamente destinados a vivir en compañía. Nadie puede salir del estrecho y a la vez gigantesco entorno que ha formado alrededor nuestro la sociedad en la cual hemos crecido. Incluso la sociedad, como ente formado por la sumatoria de individuos con características específicas, depende a su vez de otras muchas sociedades de muchos otros individuos. Tantos países como habitantes hay en cada país, dice cierto fragmento de la canción "Geografía", del grupo donostiarra La Oreja de Van Gogh.
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Cruel estampa de nuestra vaguedad: destinados a vivir en compañía, nos suele atacar de vez en cuando, o de cuando en vez, la terrible soledad. "Terrible" y no. La soledad es un término tan cotizado, y a la vez tan abusado, que hoy día declarar estar solo puede precisar tantas connotaciones como usuarios hay del término: hay quienes piensan que "estar solo" es la cosa más horrorosa que puede a uno pasarle, y que nada soluciona tanto la soledad como la compañía; hay quienes creen que la soledad es un proceso que debe vivirse, como los buenos amores, en lo personal y con vistas a crecer; hay también quienes creen que la soledad y los seres humanos no deberían llevarse, pues nuestra naturaleza social impide "naturalmente" -sigo sin entender qué es y dónde está la Naturaleza- que andemos como peces beta, esos animalejos acuáticos que no pueden estar en una misma pecera, salvo en épocas de apareamiento, porque están "naturalmente" destinados a romperse la cara unos a otros apenas se ven.
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La soledad es uno de los sentimientos, o estado de vida manifiesto, más explotados que existen, quizá comparable con el amor y, claro está, su contraparte, el desamor. De la soledad se escriben canciones, se dan consejos, se inventan remedios específicos e inequívocos para contrarrestarla -como si, necesariamente, fuera un mal-. Para la soledad se venden kleenex, citas y juguetes sexuales. Con la soledad se pinta, se esculpe y se hace cine. La soledad se sataniza: provoca embarazos no deseados y hasta abortos, llantos y amargura. Con la soledad, se hacen laberintos en los cuales es posible colocar a pueblos enteros -o un pueblo, el mexicano, según la idea de Paz de que el mexicano está siempre solo, completamente solo-, se bautizan las niñas -Soledad, o Sole-, y se hacen ritos -Jesús, solitario en el sepulcro, es venerado el Sábado Santo-.
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La soledad está en todas partes, y nos acompaña a todos. Hace poco, registrando minuciosamente mientras "hacía lo que tenía que hacer" las paredes de un baño público, leí un mensaje que de momento me pareció una blasfemia: "Tengo una soledad muy concurrida". El mensaje, escrito con plumón de aceite en el azulejo, me dejó pensando mucho. De blasfemia pasó a enternecerme, y luego me obligó a concluir. La soledad concurrida es, sin mucho temor a equivocarme, la más común de las soledades.
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Yo, por ejemplo, la padezco muy de vez en cuando: uno se ve rodeado de amigos, conocidos, contactos, gente que lo ama, lo quiere, en el menor de los casos lo estima o piensa en uno. Todo el año, sin final, recibimos llamadas, mensajes, felicitaciones, invitaciones, concertamos la realidad con base en la presencia de otros. Hasta llega un momento, o al menos eso me pasa a mí y a otros pocos conocidos con los cuales he comentado el tópíco, en que uno busca desesperadamente, harto de verse rodeado día con día de propios y extraños, estar solo. Pero la soledad concurrida es algo particular: llenos de gente a nuestro alrededor, gente que ve por nosotros, o que no deja de manifestarnos su compañía y cercanía, nos seguimos sintiendo profundamente solos.
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Ya dije que a mí me pasa, y a otros muchos que yo conozco. Tengo amigos que tienen parejas perfectas, hombres o mujeres hechos y derechos, verdaderos soportes emocionales, novios o novias "que ni mandados a hacer", y aún así, con semejantes figurones a sus lados, se sienten profundamente solos. Mirándolos es fácil entender que la soledad concurrida es no un estado de vida, sino la manifestación de otro estado: la insatisfacción personal. Si no estamos bien, si con nosotros mismos no hay armonía ni fluye una relación fenomenal, ni el mejor acompañante del mundo podría hacernos el favor de hacernos sentir acompañados.
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La soledad concurrida es crítica: causa un dolor y un desasosiego inenarrables, al tiempo que propone un cambio radical en la persona que la padece. Como todo estado crítico, pues, lleva a la redención a través del dolor, a la paz a través de la intranquilidad, al aprendizaje a través del sacrificio. Propone a la persona trabajar en sí misma, pero no provoca egoísmo porque alguien que se siente solo y se busca en sí mismo, se ama tanto que comienza a ser capaz de darse a los demás.
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Hay también soledades aprendizaje, soledades furia, soledades don. La soledad, a determinada edad, dice mi madre, cuando llegan generalmente de la mano la vejez y la viudez, es un verdadero regalo. Todo parecería indicar que nuestra relación con la soledad es profundamente bipolar: la amamos y la odiamos a destiempo y sin tregua, juzgándola de "natural" o "antinatural" como nos place, como se nos ocurre que debe ser. Nosotros, como pueden verlo, somos más egoístas que la misma soledad.
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Yo hoy me siento profundamente solo. Para mí, es la prueba irrefutable de que he de mirar dentro de mí para reparar alguna cañería, o algún tornillo que traigo flojo. Yo estoy acostumbrado a sentir la soledad, a vivirla, así que cada vez que vuelve la abrazo y la considero una gigantesca y valiosa oportunidad para reconsiderarme y restablecerme. Todos somos proclives a olvidarnos de nosotros mismos, siempre pendientes de otros, o de otras tantas partes de nosotros. Lo importante de abrazar la llegada de la soledad es verla como el consejo pertinente de lo que nos hace falta arreglar, afianzar, reconsiderar.
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Yo ya empecé. Quisiera que este año muchos otros se sintieran solos, o fueran concientes de que se sienten así desde mucho tiempo atrás. Para mis amigos, antes que dicha o prosperidad, deseo soledad. Yo no puedo arreglarles las vidas, no puedo decidir por ellos -si así fuera, ya hubiera empezado por mandarles a volar a los tecolotes que se cargan como novios-, pero sí puedo pedir para ellos el abrazo preciso de la manifestación del abandono interno que es la soledad. Ya si la testaruda o el testarudo no miran la soledad como la oportunidad más evidente y asequible de abrazarse a ellos mismos y saber qué es realmente lo que necesitan -en los novios o las parejas no está siempre (de hecho, rara vez lo está) la respuesta-, si no entienden el sentirse solos como una gran mano tendida entre la oscuridad, o son muy tontos -lo que, juro por Roja, ninguno de mis amigos es-, o tienen unas ganas suicidas de perder el tren. En cualquiera de los dos casos, nada como un buen vaso de soledad para agarrar otra vez el camino. (Recomendado por las mamás de los doctores solitarios)
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¡Salud!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

y a esto agregamos :"soledad bendito tesoro"

carol

Wendy Piede Bello dijo...

No sé por qué no puedo dejar de sentirme aludida, por qué me justifico por todo y por qué paso la mayor parte del tiempo pidiendo disculpas.