sábado, 31 de enero de 2009

A lo bestia.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Tabaquería, Fernando Pessoa.
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Yo cada vez estoy más convencido de que el arte, como las otras muchas cosas que son producto de los procesos de la actividad humana, está condenado a repetirse. Hoy observamos una pintura que nos remite a un poema escrito hace más de cien años, o viceversa, como en este caso, es un poema lo que nos trae a colación una de las últimas producciones independientes que Holliwood ha dado al mundo con su brillantísima rama in-d de distribuidoras de renombre, Paramount en este caso, Camino salvaje la cinta.
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El título de la obra en su idioma original me agrada más, no tanto por su significación evidente cuanto por su magestuosa, radiante y bélica sonoridad: Into the wild. Into the wild (o Camino salvaje) triunfa precisamente porque su trama bien construida, su argumento bien elaborado y su marco actancial -osea, el conjunto de personajes que participan- bien pensado y regulado, a modo de fórmula química precisa, exacta, eficaz, todo eso que la convierte en una gran película, están basados, a su vez, en los elementos estructurales de un libro, rescatable de entre la larga lista de recientes best seller, basado a su vez en una historia real.
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Into the wild (en España recibió el gracioso e ilustrador título de Hacia rutas salvajes) narra la iluminadora historia de Christopher McCandless, un brillante joven estadounidense que, apenas terminado el bachillerato en una prestigiosa high school de vínculos oxfordianos, y teniendo todo preparado para seguir el "curso natural" de las cosas de los chicos de su edad y clase social -Harvard, leyes, esas pequeñas cosas que engrandecen a los hombres... dicen-, decide -casi literalmente- quemar las naves y abandonarlo todo -dinero, estabilidad, padres insoportables, ególatras, iracundos, medio sicópatas-, comenzar a recorrer su país de cabo a rabo y encontrar la verdad.
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Bonita tarea se encomienda Chris. Bonita y menuda tarea. Alejandro Filio dijo alguna vez, con sabia sagacidad: "la verdad es que un día se cansó la verdad de buscar su verdas sin hallarla", y yo estoy de acuerdo con él: para encontrar la verdad, hace falta preguntarse no sólo para qué se quiere echar uno al plato semejante responsabilidad, sino también cuál de todas las verdades que constituyen nuestra existencia -decir que hay una, la Verdad, es como querer encontrar y aislar de un bolillo su molécula de carbohidrato madre (está en chino)-.
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Obviamente el viaje de Chris requiere quemar más que las naves -o los dólares que lleva en el bolsillo-: requiere también enfrentar a sus altaneros y dominantes padres con sus propios demonios, abandonar a su querida hermana, incluso rehusarse al amor de una chica endemoniadamente guapa -interpretada en la cinta por la muy joven Kristen Stewart, en un juego actoral mucho más afortunado que el ejecutado por ella misma en Crepúsculo (2008)-. Buscar la verdad, su verdad, implicará para Chris cambiarse el nombre, aprender nuevos oficios, incluso convivir con personas legalmente non gratas. Abandonarse, en pocas palabras, al arrebato fúrico y desenfrenado en que consiste la vida, "a lo salvaje".
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La novela, basada a su vez, como ya les decía, en un caso real documentado y fidedigno -¡gulp!-, escrita por Jon Krakauer en 1996, significó para muchos de sus lectores la posibilidad de la experimentación en torno a una pregunta tan incómoda como provocadora: ¿qué si de pronto todos buscásemos en el regreso a lo básico la plenitud y la felicidad? La pregunta hipotética, muy panteísta-naturista, tiene tantas respuestas como seres humanos puedan enfrentarse a la obra. Ahí, en su capacidad de adaptarse al receptor, más que en su endemoniada tenacidad, radica el éxito de la marca.
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Todos hemos querido, ¿apoco no?, levantarnos un buen día y mandarlo todo a la goma. Chris lo hace: a sus padres -ya lo dije, y lo repito porque de todas las cosas que Chris poseía, sus padres eran lo más difícil de arrancar, y al mismo tiempo lo más necesario-, su estatus, su dinero, su auto, incluso sus cuchillos o su navaja de afeitar. Chris manda ésas, y otras tantas cosas, literalmente "al cerro a sembrar". Alaska es el fin de su viaje, en que recorre algunos de los más representativos estados de la Unión Americana en el transcurso de poco más de dos años. No les quiero contar lo que pasa en Alaska, pero decir que el hombre moderno volviendo a las cavernas es un mero cuento infantil comparado con lo que Chris experimenta, les dará una idea.
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La dirección es de Sean Penn, faltaba decir, como cereza en el pastel, y la cinta cuenta, además de todo, como topping de chocolate -imagino que Chris también habría renunciado a las cerezas, los pasteles y los toppings de chocolate-, cuenta con actuaciones de verdaderos consagrados como Marcia Gay Harden, Hal Holbrook y William Hurt. Además, Emile Hirsch, jovenzuelo poco conocido pero de gran capacidad actoral, verdaderamente se luce en el papel del obstinado Christopher McCandless/Jim Supertramp, completando mágica y soberanamente el total de la obra maestra del ex de Madonna -¿esa no se la sabían?-
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Quedan pocos días para que todo el sistema U. de G. vuelva a labores normales. No sean gachos y réntenla antes del martes. No les llevará más que una tarde y cambiará sus vidas -si no, al menos, comprenderán muchas cosas, y encontrarán, espero, mucho de sí mismos en alguno de los personajes de la historia-. Mandas las cosas a freír espárragos es sano de vez en cuando. Chris da buenos ejemplos de cómo hacerlo, aunque llegue al extremo de perderse en la búsqueda de la verdad y raye en olvidarse de sí mismo.
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Vuelvo al extracto del poema "Tabaquería", del portugués Fernando Pessona -mágico ser de ilustres palabras- que ilumina, cual foco flourescente, el inicio de esta entrada, y que ya les comentaba yo que me ha llevado a dilucidar el arte como un proceso cíclico y repetido -nunca ciclado ni repetitivo, que son cosas distintas-. La creación de Pessoa, como la de Penn, y seguramente también la de Krakauer, son claras en el momento de decir que somos, como seres humanos, como resultados esforzados y clarividentes de la evolución homínida, nada, vacío y depósito de todas las realidades posibles. El personaje de "Tabaquería", como el de la marca Into the wild, se busca a sí mismo en los rostros borrados de la realidad, en las formas inconclusas de los otros. No hay nada de lo que somos en los demás. Todos, como productos de un proceso de selección natural, somos lo que Neruda, para otros fines, definió como "lanza, sudor y estrella". Somos la gran verdad sobre la suave nada. Naturaleza muerta.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Ándale, que profundidad, pues entra en la lista de tareas por hacer, asi como las otras que has sugerido, que créeme que las ago.

Te han dicho que despiertas interés, pero a lo que escribes, no mal interpretes, jajaja, aparte de interés despiertas un sentido hacia analizar mas lo que vivimos, por que como dicen los chilangos, en México, la capital, no se vive, se existe, en fin, no le sigo por que después dudo si existo o soy simplemente un producto de mi imaginación, jajaja, ya ves, ya estoy delirando.