lunes, 19 de enero de 2009

Rubik.

Uno lo desea, y aparece. La filosofía easy for sale de la saga de autoayuda El Secreto (iniciada por Rhonda Byrne, y continuada al cine y a la literatura -?- con otros tantos títulos semejantes) propone precisamente eso: uno desea algo, cierra los ojos, y luego lo tiene. ¿Cuándo, dónde, cómo y para qué? A nadie le importa, pero el punto es que si hoy deseas, mañana, o el próximo año, o cuando lo hayas deseado con suficiente fuerza, eso que deseaste llegará a ti y te complacerá con su presencia.
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En cuanto instalé mi cuarto en la nueva casa, hace ya casi dos años, yo deseé tener un cubo Rubik. Verán: construí la localización de los muebles y enseres semejantes de esta habitación, blanca como la espuma que lleva el mar, de modo que todo redundara en tres ejes rectores, muy semejantes a los que motivan los actos de mi existencia -al menos, en su mayoría-: la cultura (arte: literatura, pintura, música, cine, fotografía; ciencia y estudio), representada en su mayoría por los libros de mi humilde biblioteca, mis discos, mis imágenes y litografías y mis películas; mi familia (presente en las fotografías que, prendidas mágicamente por todos lados, me recuerda qué soy, de dónde vengo, a quién me debo) y, finalmente, el sueño, reparador y funcional sueño, puesto a todas anchas en mi amable -y convidable- litera.
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El cubo Rubik que deseé tener hace ya dos años completaría el amueblado de mi cuarto: me recordaría, por un lado, al niño que llevo dentro -aunque el mundo entero sienta hacia él una mezcla particular de amor y odio, nadie deja de reconocer que tenerlo enfrente es inevitablemente equivalente a intentar solucionarlo-, los afanes del pensamiento que tanto me interesan, y mi particular tendencia de asirme a lo imposible. Sería, pues, mi cubo Rubik, un artículo deseado y bienvenido al llegar, completísimo espejo-vitral de mi existencia.
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Hoy ya está aquí. Tras dos años de haberlo deseado, el pasado año nuevo La Sandibell se lo ganó en un juego demoledor y divertido que La Traviata armó para todos sus invitados, y hoy ya ocupa -el cubo Rubik, no vayan a pensar que La Sandibell o La Traviata- un lugar privilegiado en el conjunto de las cosas que hacen convidable mi habitación -la hacen habitable, pero escribir eso sería repetir cacofónicamente los morfemas-.
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No, no he podido solucionarlo todavía, y me he conformado con mover sus coloridas caras a lo menso, guiado únicamente por la sana y nada comprometedora intención de que "quede bonito". Ahora mismo se ve muy bonito, sobre mi impresora, junto a Roja y mis libros, mis discos y hasta Lupita, la amable y carismática tortuga de peluche que La Zucaritas me regaló hace ya varios ayeres. No, mi cuarto no se ha llenado de juguetes. Superé esa etapa con mi último Matchbox, y no pienso dar vuelta atrás -aunque, si he de ser muy franco, siempre me quedé con las ganas de un Max Steel-.
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Y se ve bonito, se ve bonito mi cubo Rubik, con sus azules, sus amarillos, sus naranjas, blancos y verdes, sus rojos también. Espero así se quede. El cubo Rubik es peligroso, no sólo porque uno no puede evitar tomarlo e intentar solucionarlo mágicamente en cuanto lo ve -a duras penas uno lo mueve, ¿cómo espera poder solucionarlo, y además mágicamente?-. El cubo Rubik es peligroso porque representa estéticamente a toda una generación -los 80's, a decir de mi hermano-, de modo que su presencia en mi cuarto, y en muchos otros cuartos alrededor del orbe, ochenteriza la estética general de las habitaciones.
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También es peligroso porque representa ideológicamente a la misma generación -¿es la Next o la Y? Mis informantes me fallan, como siempre-: tendidos a lo imposible, buscamos retos más allá de lo imaginable, más allá de nuestras fuerzas, y luego esperamos abandonarlos. Un cubo Rubik es un juguete inevitablemente destinado al abandono. Incluso los solucionados, los que han conseguido la gloria y el éxito de que su poseedor complete diestramente su acertijo, están destinados a no pasar del aparador: si uno ha logrado armar lo imposible, ¿cómo atreverse a tocar a ese dios de lo imposible que ha recreado? Habría que estar loco, o tener otro cubo Rubik, para intentarlo de nuevo.
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Por eso digo que están todos ustedes cordialmente invitados a ver mi cubo Rubik en mi cuarto. Yo lo deseé, y, si la ley de la atracción es justa y existente, el que ahora tengo es producto del deseo. Quisiera hoy que muchas otras cosas, y hasta menos dificultuosas que el acertijo Rubik, fueran producto del deseo. ¿Será que desear los imposibles es también generacional, y yo ni puedo, ni debo, ni tengo para qué evitar hacerlo? Será, será, será.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Hay no, que estressss, yo jamás pude, quede traumado, se agrádese la invitación.

Yo soy de los que opina que querer es poder, pero el querer debe ser alcanzable, y ese cubito es imposible, tú lo has dicho, para mi que hay que desarmarlo y armarlo bien, y después de eso posiblemente supere mi trauma a ese cubo.

Saludos Cordiales.

Víctor Calderón Obama.