sábado, 17 de enero de 2009

Prohibido (no) besar.

Dame un beso que me haga viajar.
Perdóname, La Oreja de Van Gogh.
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Tan ricos que son, y a una ciudad tan colonialmente romántica como Guanajuato, se le ocurre prohibirlos. El reciente anuncio por parte del gobierno del estado del Bajío, otrora importante centro minero, dejó a todo México, y quizá a más de un turista extranjero, lamentándose y pensando si no será ésa una medida extrema, si no estaremos ya siendo superados por las ideas del panismo -o de la fracción más extrema del partido-, y si no será ya necesario crear nuevas opciones, darle lugar a más voces, a representantes del pueblo más concientes de lo que el pueblo es y necesita. Si nuestros gobiernos no han entendido que superamos la era victoriana mucho tiempo atrás, o que al menos estamos haciendo el esfuerzo por ser contemporáneos de las ideas y quehaceres del resto del orbe, quizá sea una buena opción pensar en los besos prohibidos como estandarte de alguna reforma de los partidos en el poder. Besar es, para los mexicanos, parte de lo que consideramos actos diarios, comunes, corrientes e imprescindibles. Junto al taco, el beso nos define.
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En la escala mundial, yo no he conocido todavía un ser humano que no disfrute el beso. Claro que los hay de todas clases, y las clases se adaptan también a los distintos gustos: los hay fríos, de esos que despiertan dudas, que hacen que le duela a uno la cabeza y las ideas lleguen por millones, en plena lid de la puñetería mental; cálidos, simples, de fraternal abrazo y delicada relación; los hay también extensos, bien dados -y recibidos-, dónde labios, ojos, lengua, naríz, boca, manos y hasta pies, juegan un papel exacto y dadivoso, contribuyendo todo al beso, haciendo del beso acto de todo el cuerpo -un beso comprometido con el beso mismo-.
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A mí me llega de pronto la ligera impresión de que el beso es cultura. No, miento, no es una impresión: es un hecho. Alguna encuesta seguramente ya se habrá encargado de investigar qué individuos de qué nacionalidad besan mejor, y ya seguramente más de alguno(a) habrá corrido a buscar labios italianos, franceses, ingleses, alemanes o chinos -ignoro, como lo notarán, el resultado de la encuesta, y mis informantes han quedado, a dos semanas de finalizado el Maratón Lupe-Reyes, en franco estado vegetativo-. Lo cierto es que hemos colocado besos en prácticamente todos los distintos estrados que definen nuestra cultura -la cultura humana, como producto universal-.
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Pienso, por ejemplo, en una de mis más queridas esculturas, ya antes puesta sobre la mesa aquí para beneplácito de todos ustedes: El beso, de Rodin. Pienso en esas manos suspendidas en el aire, a milímetros de totalizar el abrazo, pienso en esos labios encontrados, en esos rostros fundidos, en esa inmensidad de amor latente, contante y sonante. Pienso en el beso de Judas, punto de partida de la pasión de Jesucristo y, por ende, del fundamento idílico de la cristiandad misma. Pienso en el beso de telenovela, que declara el amor verdadero, difícil y, sin embargo, alcanzable, de los protagonistas sufrientes en cada capítulo.
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Pienso en el beso acorralado, casi frustrado, de Rick Blaine (Humphrey Bogart) y su casi inseparable amor vital Ilsa Lund (Ingrid Bergman), en Casablanca, con un "We allways have Paris" que lo destruye todo, incluso el beso mismo. Pienso en el beso tierno y plagado de dolor que, dicen, Juan Domingo Perón plantó en la frente del cadáver de Eva antes de apagar la luz del cuarto cuya ventana daba a una calle en Buenos Aires que, repleta de gobernados fanáticos de la primera dama sudamericana, tembló ante la falta de luz, y, luego, al conocer la escena, volvió a temblar ante el beso mismo.
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Pienso en el beso con el que diariamente se despiden los enamorados en los aeropuertos, las paradas de los autobuses, las estaciones de trenes, aquí y en China -literalmente-. Pienso en el beso con el que sellan su amor -es un decir: aquí, el beso, de nuevo, cumple un papel ritualístico antes que definitorio- los novios ante el altar, o ante el juez en los juzgados de lo civil, y pienso también en el beso frío, distante, cortés pero no radiante, con el que dos individuos, recién divorciados, se separan tras abandonar la corte, también aquí y en China, día con día, hora con hora.
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Todos besamos. No aprendemos a hacerlo, es lo raro, pero sí lo perfeccionamos: aparecemos en el mundo y recibimos besos -o al menos, así es de esperarse- y no dejamos de recibirlos y darlos hasta que morimos. En la niñez los damos tiernos, específicos, plagados de nosotros mismos. En la adolescencia son tímidos, y luego exagerados, radiantes, cargados de juventud, tanto que hablan de nosotros mismos, de las hormonas que rigen nuestros actos, de la fluidez que reina en nuestra sangre, del calor que nos invade cada día hasta que la adultés, con besos relajados, experimentados, dadivosos, nos devuelve la serenidad y también se la devuelve a nuestros besos.
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Hay cierto salmo -aquí mis informantes siguen vegetando, así que les debo el número- que dice que cada miembro del cuerpo humano está diseñado para honrar a Dios, para hacerlo manifestarse en cada uno de nuestros actos, en cada una de nuestras presencias. El salmo no menciona los labios, ni la lengua, ni las manos, ni todo lo que es necesario -o, al menos, deseable- en un buen beso, en un beso que se plazca de ser tal. Eso es un error, un grave error que ha cometido el redactor de los textos sagrados: los labios, al menos los labios, son persistentes e indomables instrumentos de Dios. A través de ellos, Dios cobra vida en nuestro amor a los demás.
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¡Qué besos! ¡Qué cosa es un beso! Lamento terriblemente que el gobierno de Guanajuato haya prohibido los besos en las calles de su capital por considerarlo "un atentado a la moral". ¿Qué clase de época más deleznable es ésta en la que vivimos, que considera a la manifestación más obvia del amor -hasta los leones y los perros se dan besos...- un atentado a la moral, y que, además, en un acto que podría considerarse puro y neto terrorismo al humanismo, lo coloca en el marco de las leyes, haciendo entrar la iniciativa con calzador en medio de un marco de normas que, si algo permiten por sobre todas las cosas, al menos en su estructura básica, es el reinado del amor? ¡Caramba! ¡Qué malos días! ¡Cómo hacen falta besos que abrasen las conciencias, y nos permitan de nuevo pensar sin limitantes! ¡Cómo nos hacen falta besos inmorales! -e inmortales-.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Veámoslo por el lado bueno, dar un beso en las calles de Guanajuato será mas excitante, ya que como es prohibido, y lo prohibido hace que se acentué mas lo prohibido, pues mas besos abra -?-. En fin, que atenten a la moral y les pongan las multas que sean, haber quien se las paga, que ignorantes de la vida.