miércoles, 21 de enero de 2009

Misma hora, mismo canal.

Cuando llegue el día en que creas conocer a tus amigos, preocúpate.
Luego, reinvéntalos.
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Ha llegado la hora de las confesiones. Estos primeros días del año me han abierto tanto a la observación de otras personas, me han obligado tanto a ya no callar lo inenarrable, que he llegado al punto de no poder silenciar gran parte de mis proyectos, antes por derecho silenciosos. Por supuesto que toda confesión no obliga al escucha -o, en este caso, al lector- a proclamar otro secreto de vuelta. Secreto no necesariamente se paga con secreto, pues, pero si en su lugar se da una atenta mirada al secreto ofrecido, el escribidor -en este caso, yo- queda más que agradecido.
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Desde hace poco menos de dos años, estoy escribiendo una serie de televisión. ¡Pum! Caigan los astros del cielo y modifíquense el curso de los mares. ¡Qué declaración más notoriamente abierta, desinhibida y truculentamente incriminadora me acabo de aventar! Lo peor de todo es que es verdad, letra por letra, palabra por palabra, y sólo viene a demostrar, la declaración misma y lo que ella contiene, lo melodramáticos, fuertes y personajazos que son mis amigos más cercanos.
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Esto lo digo porque los personajes que estelarizan la serie para televisión que desde hace casi dos años creo están basados -basados solamente- en las historias, las personalidades, o las infinitas posibilidades, de algunos de los amigos de mi círculo más cercano. Falso amor, que es el nombre con el que el proyecto se identifica, sigue la vida de siete amigos de personalidades tan distintas como contrarias, cuyo único gran error es que no han aprendido a vivir, y, por ende, hacen el amor -no sólo en cuanto al acto sexual- de forma equivocada, siempre creyendo que lo que hacen es bueno, es magnífico, fine fine fine.
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¿Pero quién lo ha hecho? ¿Quién, aún contando con la mayoría de edad, o con un conteo de años avanzado, quién en esta Tierra ha aprendido a vivir, a amar? Si Falso amor podría funcionar en un futuro próximo, o si podría convertirse en un producto vendible e invadir así las pantallas de televisión -estén preparados, porque si le hacemos caso a la teoría de la poligénesis, en estos momentos alguien habrá tenido ya, en algún lugar del mundo, una idea muy parecida a la mía, y sabrá comerciarla mejor-, si podría, decía Falso amor levantarse y caminar con propio pie, ser una realidad lejana al papel que hasta hoy lo caracteriza, sería únicamente por el gigantesco morbo que personalidades tan fuertes, distintas y problemáticas como las de sus personajes generan, un morbo basado en la constante necesidad que padecen dichos personajes de aprender al más puro, simple, constante, cíclico y tremebundo catorrazo.
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Sí, están aprendiendo a vivir. Falso amor nació una noche de ocio -o más bien, una noche en que me negaba mentalmente a comenzar mis amontonadas labores-, y para su levantamiento inicial no fue necesario más que colocar, sobre cada uno de mis amigos más cercanos, una pregunta tan incriminadora como creacionista: ¿qué pasaría si (coloque aquí el nombre de su amigo) fuera un personaje de televisión? ¡Y zaz!, se hace la luz, y yo descubro, como seguro ustedes lo harán, que nuestros amigos, quizá porque los vemos con ojos de amor -frase atribuida a mi madre-, son siempre posibles protagonistas de una gran historia.
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El hecho de que los míos -mis personajes, mis amigos- sean partícipes de un hilo narrativo cuya gran hazaña es prolongar las caídas y levantamientos, los aprendizajes al estilo de prueba y error y los golpes, choques, dolores y malas decisiones, las inmadureces, las capacidades y los miedos, y todo lo que estos "valores frenesí" provocan, el hecho de que mis personajes-amigos den lugar a una trama tan caótica -Falso amor bien podría ser fuente de numerosos estudios sobre la teoría del caos, el apocalipsis y qué pasa cuando, en una historia, todo está siempre destinado a salir mal, siendo la culpa no de otros sino de sus propios protagonistas-, me deja pensando qué clase de amigos me ha conseguido la vida, qué particular cúmulo de seres extraños ha colocado el destino a mi lado para acompañar mis pasos.
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La respuesta a esta pregunta es hora que no me llega. Falso amor va, con numerosas posibles correciones, acercándose al final de su tercera temporada. A este punto, es hora que no concibo qué puede salir mejor, qué puede fomentar un momento de paz en la vida de los personajes que integran la historia. Mis amigos, que también tienen lo suyo, han dejado de inspirar a los personajes de la serie, más allá de la imagen física. Las posibles vidas que la serie representa han variado en ellos a tal grado que hoy día me resulta casi imposible distinguir rescoldos de los entes del papel en los entes que abrazo día con día. Mis amigos me han sorprendido, entonces, por su capacidad de variar el rumbo de sus vidas para evitar el caos.
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Claro que no todos lo han logrado, o han dado lugar a situaciones aún más caóticas que las que Falso amor pretende desarrollar dramáticamente. De cualquier modo, mi propuesta para ustedes es que empiecen de ya a escribir alguna serie de televisión -una telenovela, lo veo al paso del tiempo, sería menos vendible, pero más acertada, más tristemente acorde a la realidad-, o una película, o siquiera un cómic, utilizando a sus amigos como personajes. Descubrirán qué tanto los conocen -en su defecto, los desconocerán, siendo el desconocimiento el principio de la sabiduría-, y qué tanto pueden ellos generar en ustedes ínfulas de dioses -nadie me va a obligar a reconocerlo nunca, pero hacer que tus amigos tropiecen, caigan, se duelan y luego vuelvan a levantarse, al menos en papel, resulta, a ratos, placentero-.
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La confesión llega a su fin. Todo este desmantelamiento del secreto ha sido para enterrarles la espinita creativa y ponerlos a trabajar. Sé que muchos de ustedes vendrán a mí preguntando cómo demonios es su personaje en Falso amor, y sé también que muchos de ustedes regresarán a sus asientos con las manos vacías. Eso también resultará productivo: instigados por la negativa mía a convertirlos en personaje, crearán conmigo uno al que harán sucumbir de cólera, o rabia, o alguna otra enfermedad dolorosa y desconsiderada -sé de un amigo que me ha puesto en el triste papel de un hombre fanático de Paquita la del Barrio y Condorito-. Me dará gusto morir de esa manera, entre sus letras, porque, cuando hayan terminado de matarme, serán como dioses, un precio que pagaron caro Eva y Adán, y Hitler, y Stalin, y otros tantos aspirantes a deidad universal. ¿Ven? Hacer televisión basada en la amistad es peligroso. Manéjese con cuidado, pero manéjese.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Pues seguiré tu sugerencia, será interesante, solo espero que en “falso amor” yo sea el amante nocturno de toda chicuela que haga acto de presencia en la historia.

Saludos cordiales, Victor Calderón Obama.