viernes, 16 de enero de 2009

Limítrofe.

Mi espacio personal comienza dónde el tuyo dice "no".
. Todos tenemos límites. Los establecemos sin siquiera pronunciar una palabra. Así, por ejemplo, todos tenemos una amiga a la cual, sabemos de antemano, podemos llegarle tarde, un amigo al cual nunca podemos dejar de hablarle en su cumpleaños, y un conocido que no soporta que le hablen de su madre mientra come -yo no tengo de éste último caso, pero imagino que lo habrá-. Los límites personales son como los poros en la piel de la espalda: damos por hecho que los tenemos, y los demás los conocen bien en nosotros aunque rara vez nos los hayan visto. Son más una cuestión de sensibilidad -que no es lo mismo que sentido común- que de declaración evidenciadora.
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Todo esto me lo explicó La Nancy cuando acudí a terapia con ella hace unos días. Y en todo, he de decirlo, tiene razón. En eso, y en que a mí me hace falta poner límites claros. Todos saben que mi cumpleaños me da lo mismo, no me gusta que me anden colocando pareja -como si fuera perrito, o un necesitado de amor- y suelo tomarme mi tiempo en los días de vacaciones para estar nada más que conmigo. Los que me conocen, al menos, no ignoran éstas y otras tantas cuestiones sobre mi persona. Pero el resto, que consiste en un gran cúmulo de decisiones y agrupa muchos aspectos de la vida diaria, tiene en mí la frontera misma que hay entre una línea de aire y otra. Nada.
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No digo "no" como debería, no digo "sí" como debería, lo que redunda en una alarmante incapacidad de los demás para saber qué tan mal me parece una idea, y una incapacidad personal de sentirme satisfecho con las decisiones que otros toman basados en mi concenso. Ni picho, ni cacho, ni me siento agusto al batear, en resumidas -y populacheras- cuentas. Ya se imaginarán entonces que el resultado es debastador, apocalíptico y de total incomunicación reinante -tipo la fábula de la torre de Babel, pero con más idiomas involucrados-.
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Nancy me ha pedido que comience a decir "sí" y "no" cuando lo sienta, sin meter explicaciones de por medio. Sé que esto será un balde de agua helada en la espalda de muchos de mis amigos, quienes no aceptan semejante clase de respuestas "secas" sin sentirse agredidos, o ignorados, o desconcertados. Yo, como persona medianamente madura que soy, asumo con consideración, alevosía y ventaja, desde este momento y hasta que el alma me aguante los retortijones, toda la responsabilidad que mis actos de "no" y "sí" radicales atraigan a mis relaciones amistosas. ¿Quieren que lo firme? Con gusto lo haré, nomás pásenme una hoja y me las arreglo.
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Así que ya lo saben. Cuando me oigan decir "no", apártense y cuéntenselo a quien más confianza le tengan. Estoy haciendo lo correcto. Mis límites traerán, en la visión de mi terapeuta, y con el tiempo, más capacidad para desarrollarme socialmente hablando de forma efectiva, más y mejores relaciones, más desenvolvimiento, más paz. Perderé, como siempre sucede cuando uno cambia de rumbo, los estribos, la dirección y en más de una ocasión también las amistades. Quizá aquí entre en juego mi idea de la soledad como buena herramienta para la felicidad y me saque adelante. Quizá me pierda un par de veces, y ya no sepa qué decirles, o cómo decírselos. Pero confío en que mis amigos son seres inteligentes, y que un "no" no los detendrá jamás para permanecer a mi lado. Pinky Promise.
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¡Salud!

3 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

A mi Susanita -porque está chiquita-, me dijo que los límites son como la piel, que es una barrera que te protege de lo externo, pero que también te permite sentir, es decir, un límite es lo que te permite convivir sin hacerte daño, pero también sin evitarte los setimientos, o sensaciones, o emociones.

Victor H. Vizcaino dijo...

Como dirían los españoles: Y punto en boca, Hombre ya!!!!!!!

Victor H. Vizcaino dijo...

Como dirían los españoles: Y punto en boca, Hombre ya!!!!!!!