martes, 20 de enero de 2009

La política de la esperanza.

Por increíble que parezca, en medio de una crisis económica que tiene al mundo entero pariendo chayotes con espinas -¡ay, qué fino me vi!-, Estados Unidos se da el gusto de celebrar con bombo y platillo, con el aire propio de los buenos tiempos y las estabilidades, el arribo a la Casa Blanca -o, lo que es lo mismo, a la silla presidencial- del recién electo presidente Barack Obama, el 44° en la historia del país norteamericano y el primero, no está de más precisar, de tipo afroamericano -Sergio Sarmiento ha hecho recientemente la puntual aclaración de que Barack es más bien mulato, pues su madre es más blanca que Mc Kain-.
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No está de más decirlo, aunque ya todos lo sepamos: la ascendencia racial del personaje, su particular estilo fresco y desinhibido al momento de hacer disertaciones públicas, al momento de plantarse frente a algún grupo de interesados en los temas de su agenda, incluso su juventud y jovialidad -que son cosas parecidas, pero nunca relativas la una a la otra-, hacen del recién nombrado presidente estadounidense un guía eficaz -al menos inicialmente, al menos en lo superficial- para un pueblo en crisis -la económica sigue a la crisis moral y a la axionómica-, una figura de la esperanza, que pretende gobernar, al menos así lo anuncian su precampaña y su campaña, con el estandarte de dicha virtud teologal y el motor del trabajo y la austeridad en el gasto público.
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A mi juicio, la llegada de Obama a la silla presidencial estadounidense no hace más que hablar de la rapidez con la que está acostumbrada a actuar la sociedad norteamericana: no hace más de cincuenta años, cuando el propio Barack Obama estaba tan sólo uno o dos de nacer, la legendaria activista Rosa Parks sorprendió a toda la nación americana al negarse a sentarse en los asientos traseros de un camión urbano, obligación que le tocaba por su condición racial -afroamericana-. Por si esto fuera poco, todavía en los años sesenta del siglo pasado -mientras nosotros cocinábamos Olimpiadas y Tlatelolcos, eventos ligados que pretendemos no olvidar-, el entonces presidente Kennedy debía mandar fuerzas especiales a la Universidad de Harvard para custodiar la entrada de los primeros nueve estudiantes negros al sistema educativo superior.
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El hecho de que Obama represente a una mayoría aplastante -la población afroamericana estadounidense- en el gobierno del país, sin dejar, claro, de ser por ello el presidente de las otras mayorías raciales -los blancos, los latinos, los chinos e indios-, ha levantado en torno a él la idea un tanto mítica de que su brazo guiará, al menos durante los próximos cuatro años, quizá ocho si es reelegido, el destino de una nación tan diversa como cuestionada a nivel internacional con el escudo de la igualidad y el ideal de la pluralidad, el respeto, la convivencia y el derecho, término éste último que el gobierno estadounidense parece haber olvidado desde la firma del Tratado de las Naciones Unidas, no sólo con la invasión repetitiva a territorios asiáticos, sino con la limitación de los derechos a inmigrantes -o la subsecuente pérdida de memoria respecto al tema-.
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Obama gobernará, eso es un hecho, y hasta ahí es dónde pueden llevarnos nuestras esperanzas. Que el destino de Estados Unidos -y, por ende, sus decisiones como nación- contribuya en mucho al éxito o fracaso de los destinos particulares de las naciones no potencias de todo el orbe -México incluido-, no quita del escenario histórico el hecho de que, finalmente, sus decisiones acertadas o erróneas como nación son sólo suyas, y de nadie más. Si a algún pueblo sobre la faz de la Tierra le toca esperar con fuerza y trabajo que Obama haga las cosas "bien" -un término tan ambiguo como anticuado para calificar cualquier acción-, es única y exclusivamente a los Estados Unidos de América.
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La política de la esperanza que el presidente mulato ha pintado en su carrera hacia la presidencia, y que hoy ha reiterado en el discurso de aceptación del cargo presidencial, un discurso cargado de ideas románticas, hermandad y buenas intenciones -lo que tristemente no escuchábamos tan bien estructurado desde el final de la Segunda Guerra, y eso los que lo escucharon, porque yo no había nacido todavía-, debe llevar al fortalecimiento de los lazos políticos entre la temida-odiada-amada potencia y las demás naciones de la Tierra, debe también, por el hecho de ser la esperanza su sustancia particular, de promover una redefinición de los ideales, un aumento en las fuerzas sociales, un sentimiento nuevo y preclaro de que, como diría de nuevo mi comadre Chenoa, "todo irá bien". Debe, con la jovialidad propia del nuevo presidente, de irle bien a todos, de ser universal.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Yo no le pido mucho a Obama, no tengo grandes expectativas, aria mal en tenerlas, ya que si las tengo y no se cumplen, la caída es muy alta y fuerte, yo me conformo con que ponga a funcionar el circuito económico mas grande del mundo, es decir su país, lamentablemente la globalización nos ha hecho tan interdependientes que nos vemos afectados, es mas, el mundo se ve afectado, como lo estamos hoy, pero si no fuera así, si no existiera la globalización –tema de discusión- yo no estaría estudiando lo que estoy estudiando, no se donde estaría, y lo peor es que no tendría que comer, así que, como lo dijo el, hay que sacudirnos el polvo y, como digo yo proseguir jubilosos, por que para que exista un beso, es necesario dos labios y lo principal, que ambos cooperen, y si no, mi amigo intimo Obama y yo, aplicaremos la teoría Keynesiana, pondremos a la mitad de la población a cavar hoyos, y a la otra mitad a taparlos, y así movemos la producción-distribución-consumo,. Espera un momento, ya estamos en eso, jajajaja.

Saludos Cordiales.
Víctor Calderón Obama.