domingo, 18 de enero de 2009

Fe de erratas.

No somos lo que quisiéramos ser,
sólo un breve latir, en un silencio antiguo con la edad del cielo.
Calma, todo está en calma,
deja que el tiempo cure,
deja que tu alma, tenga la misma edad que la edad del cielo.
La edad del cielo. Jorge Drexler.
.
Voy a retirar lo dicho. No, corrijo -retiro lo dicho sobre retirar lo dicho-: voy a agregar a una afirmación que hice en una entrada anterior un comentario de precisión indispensable. Yo dije: "La vida se compone del conjunto de decisiones que tomamos (...) Siempre es posible decidir". Debí decir: "La vida se compone en su mayoría del conjunto de decisiones que tomamos. No siempre es posible decidir. Hay situaciones ante las cuales lo único que uno puede hacer es sentarse con los brazos cruzados y esperar. Esperar a que sean mejores tiempos, o a tener la cabeza más fresca, las ideas más "al tiro". Hay situaciones en las que elegir será para mañana".
.
Uno no elige enamorarse. He pasado todo el día de hoy elucubrando qué otras cosas no elegimos. No llegué muy lejos. Terminé en los padres, y a reservas de que sí los escojamos, pero olvidemos dicha capacidad democrática al nacer, y no conté más que algunas otras cosas, como el libro que nos regalan -a excepción de los que hacen estrictas listas de lo que quieren para recibir, como en las mesas de regalo de bodas de las tiendas departamentales-, el hijo que tenemos -o parimos-, aunque sí podamos decidir tenerlo o no tenerlo, o a qué alturas de nuestra vida, y los amigos que nos llegan.
.
No, yo no creo que uno tenga voz y voto en lo que se refiere a elegir a sus amigos. Escogemos nuestra compañía -o es de esperarse que lo hagamos, para evitarnos malos ratos-, pero no a los amigos, no a esas personas que llegan hasta nuestras vidas, se pasan sin tocar la puerta y luego uno ya no quiere sacarlos, ya no quiere dejarlos ir. Sí, esa cuestión también está incluida en mi conclusión de hoy: los amigos y los amores son cosas similares, al menos porque uno no las elige, y luego cuesta trabajo dejarlas ir.
.
Yo no escogí enamorarme de ella, como tampoco escogí que fuera mi amiga. En ambas cuestiones las cosas se fueron dando, en un abrazo sincrónico, inevitable, invisible e insensible, hasta que, cuando menos lo pensé, el mar de su amistad había rebasado mi coronilla y yo flotaba sin remedio, a la deriva, minúsculo en la inmensidad del profundo enamoramiento que todavía siento por ella, que, debo decirlo con rigo, me ha superado. Intenté de todo: no entrar en pánico, pensar muy bien mis actos, medir mis consecuencias, mis palabras, mis capacidades y mis contrariedades. Intenté también alejarme, repelerla, enamorarme de otra persona. Pero si uno no elige enamorarse, es lógico que haya poco qué hacer al respecto si la situación no le parece.
.
No, a mí no me parece. Si alguien me diera la capacidad de cambiar la realidad, eligiría una y mil veces no estar enamorado de ella. No porque su amor no sea apetecible, o porque alguno de los dos no nos merezcamos. Eligiría no estar enamorado de ella porque estarlo es un problema cuando ella es mi amiga, y yo no quisiera que eso cambiara. Sí, sacrificaría incluso, sin lugar a dudas, mi felicidad amorosa de toda una existencia por seguir conservando su amistad.
.
Hoy ya no, hoy ya es tarde. Con la clarividencia del que está cansado de la misma situación, y que no ve un futuro próspero en la conservación del mismo estado de las cosas, fui claro -o lo intenté- y ante su capacidad de ceder la palabra -una de sus tantas capacidades- le pedí que se alejara y me dejara solo. No en un estado de soledad física únicamente: le pedí, en pocas palabras, que se olvidara de ser mi amiga.
.
Uno no escoge eso. No escoge tampoco dejar de amar a los amigos. A las parejas es otra cuestión: uno toma distancia, en primera instancia, y le da al tiempo la capacidad de sanar el resto, de olvidar; incluso, cuando es el caso, le cede al tiempo también la capacidad de perdonar. Pero con los amigos es distinto. Yo le pido hoy a ella que se aleje por completo porque no puedo pedirle que se aleje de mí sólo la parte de ella de la cual estoy enamorado. La esperanza es que, no pudiendo elegir dejar de amar a la amiga que hay en ella, sí estoy eligiendo dejar de amar a la persona hacia la cual me siento atraído física, mental y otras tantas "-mente".
.
El acto se presume digno de un artista cirsense, o de un gran mago. Yo no sé qué tanto será posible. Hoy, bajo la tempestad, con el agua al cuello, me atrevo a decir que no podré dejar de amarla hasta que su cara no sea su cara, sus abrazos no sean sus abrazos y ella no sea ella misma. Si es así, ésta es entonces una de esas situaciones en las cuales elegir está de más, y sentarse en la banqueta a esperar mejores tiempos será lo más sensato. Si no es así, si el tiempo y la distancia que ella me ha concedido olímpicamente, me permiten pasar del amor a la simple necesidad amistosa, o incluso algo menor, entonces habrá un mañana en que pueda volver a tomar su mano y acompañarla por la vida, con la amistad como bandera y nuestro cariño por defensa.
.
¡Qué confusas son la relaciones humanas! ¿Por qué será que hemos inventado botones que nos quitan o nos dan la luz eléctrica, nos proporcionan agua fresca, o incluso nos llevan a viajar por impensables latitudes, y no somos todavía capaces de inventar un botón que controle nuestros sentimientos? Eso sería sencillo, nos daría la capacidad de elegir. Yo elegiría no estar enamorado de ella, y ella, quizá, elegiría poder estar conmigo. Y las cosas serían distintas. Y yo no sería yo, sino otro presente, otro universo, otro cosmos, y no este dubitativo individuo jugando a ser él mismo, jugando a escribir, jugando a que es feliz.
.
En la vida, las cosas que no podemos elegir sólo nos abren dos caminos ineludibles: vivirlas y luego no tenerlas. Hay algunas que se prolongan en la primera fase, y nunca dejamos de vivirlas. Otras, la gran mayoría, pasan y luego ya no son. Yo espero que ésta sea de las segundas. Porque la necesito, sonriente, inteligente, amable, cordial, franca y sencilla. Conectada conmigo, dispuesta a escucharme y solícita de que la escuche. Porque no recuerdo otro amigo con el cual haya disfrutado tanto el tiempo juntos, y porque tampoco recuerdo un amigo con el cual me haya sentido tan comprometido, tan felizmente comprometido, a hacer de nuestra amistad un ligero y altivo papalote.
.
La necesito como es, porque es ella, y la amistad no me permite necesitarla de otra forma. La necesito pronto, y espero que, para cuando yo haya sanado muchas cosas y pueda volver a abrazarla sin temores, puñaladas mentales ni autoreclamos, no sea ya demasiado tarde, y no sea más bien tiempo de recoger fragmentos que de restablecer las conexiones. No sea ya, más bien, tiempo de guardar, sino tiempo de elegir, elegir para bien, para mal, para volver, pero elegir.
.
¡Salud!

2 comentarios:

Victor H. Vizcaino dijo...

Que cosa!!!!!!!!, pues esta ves, sin comentarios, solo te deseo muchísima SUERTE.

Saludos cordiales, tu amigo Víctor C. Obama

Victor H. Vizcaino dijo...

Oie, aunque no entendí muy bien, por que me limitas, pero ya abra tiempo para platicarlo.