martes, 6 de enero de 2009

El laberinto.

Parental Advisori: Lo que sigue a continuación es una entrada muy personal. Quienes no me conozcan mucho, o crean no estar muy dispuestos a leer sobre mis penas, que pueden ser también las penas de cualquier persona, visiten el resto de El Baile. Esta vez, siendo muy egoísta, usaré este blog para desahogar la fuente de mis dolores, por lo que no están ustedes obligados a leer. Un abrazo.
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Volvió a caer. Mi padre, que no es una persona que a lo largo de mi vida se haya ganado mi confianza, ya no digamos mi cariño, volvió a caer anoche en el estado de demencia incontrolable que lo ha llevado ya tres veces al hospital siquiátrico. Mamá me habló serena a eso de las 10 para decirme que había tenido que llevarlo de emergencia pues se había puesto muy mal estando ambos en misa -¡esa misa que a veces parece no ayudar en nada!-, y que a la hora de detenerse en el hospital, lo había perdido pues el enfermo había salido corriendo y a ella le había resultado imposible alcanzarlo.
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Mi padre padece algo que es conocido en el bajo mundo de la medicina, ése al que nunca llegan los especialistas de los consultorios elegantes y las secretarias minimalistas, como "demencia senil progresiva por irrigación cerebral". El asunto es relativamente sencillo, por más que el nombre nos suene rimbombante: al no llegar suficiente sangre al cerebro, el paciente sufre de muerte en los tejidos no bañados por el oxígeno que transporta el vital fluido, lo que ocasiona no sólo pérdida progresiva de las facultades -una suerte de cáncer no ocasionado por las células, sino por la ausencia de sangre-, sino periodos de ausencia del sentido y descontrol.
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Yo me quedé en casa esperando a ver si llegaba aquí. A los pocos minutos, un primo nos avisó que mi padre había llegado a su casa, y que estaba evidentemente alterado. Mis hermanos se movieron rápidamente a casa de mi primo, y decidieron afuera llamar a una ambulancia de atención en crisis para pedir su ayuda. La ambulancia nunca llegó, así que telefonearon a una patrulla que lo único que pudo hacer fue tomar a mi padre y llevarlo hasta el carro de una de mis hermanas, para que ahí, con sus vidas en peligro -la pérdida del control ocasiona también impulsos neuroeléctricos de violencia y ceguera-, lo llevaran ellos mismos al hospital siquiátrico.
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Lo que a mí me tiene preso es la idea de que eso que a él le pasa, a sus casi 70 años, le puede pasar a cualquiera de los que ahora están leyendo esta entrada. Fue un hombre activo y estudioso toda su vida, se ejercitó hasta desarrollar una fuerza de fisicoculturista, terminó dos licenciaturas y dio vida a cuatro hijos. Esto tumbaría por completo la idea de quienes piensan que teniendo una mente y cuerpo activos se acaban los problemas en la vejez. Nanai, no, nel: los genes, el ambiente, la incapacidad misma de la persona de tratarse a tiempo -mi padre sabía que tenía algo mal dentro de él desde antes que yo naciera-, pesan mucho, pero mucho más, que la actividad mental o física en que el paciente base sus actividades diarias.
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La primera vez que esto pasó, yo le advertí a mi madre que el regreso a casa de mi padre no traería consecuencias favorables. Ella atinó a dejarle toda la responsabilidad al médico del hospital y a la medicina recetada. La segunda vez, el ataque fue contra mí, pero logré retenerlo a tiempo. Nadie va a borrar jamás de mi cabeza la imagen de mi padre siendo arrastrado, literalmente, por mí hasta la camioneta, entre gritos de "¡No, por favor!" y "¡Auxilio!", con la conciencia dudando cada segundo entre si estoy o no haciendo lo correcto, si debe poder en mí más la imagen del respeto al padre o la búsqueda de seguridad personal y para los míos.
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Vivir con él ya no es posible. Mis hermanos se han reunido, siendo ellos la principal fuerza económica de esta casa, incluso por arriba del negocio de mi madre, y han decidido en conjunto tomar las decisiones que mamá nunca ha estado dispuesta a encarar. Son decisiones drásticas, eso de sacar a tu padre de tu propia casa -la casa está a nombre de mi hermano-, pero no hay otra alternativa cuando él va perdiendo funciones, los médicos no logran equilibrarlo, y tu vida y la de los más cercanos a ti está en peligro de muerte.
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Tratarán de buscar el lugar más confortable que su pensión permita pagar, pero las residencias para ancianos que podrían aceptar a mi padre con lo que él obtiene de su pensión, no son precisamente villas campestres o casas de ensueño. Ahora, creo yo, sólo le toca a Dios perdonarlo y darle una vejez por lo menos tranquila, lejos de las personas a las cuales ha dañado y que no alcanzan aún a entender toda la complejidad de su circunstancia -yo, claro está, me incluyo-.
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No sé cómo anden los vientos por estos lares. Espero pronto estar de nuevo escribiendo sobre las otras cosas que nos unen, o que hacen de este baile un lugar acogedor, rítmico y alegre. Cuídense mucho, y amen a los suyos como jamás lo han hecho. El amor, creo yo, es lo único que puede salvarnos de la mierda que hay en el mundo, y que no imaginamos hasta que nos toca vivirla.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Agus:

No se si haga lo correcto al comentar entradas pasadas, ya que por consecuencia obligo a que recuerdes tus palabras plasmadas en este tu baile, claro que también de los que ayuden en los gastos, no había tenido la oportunidad de leer esta entrada, como te darás cuenta me estoy poniendo al corriente, casi siempre lo ago, pero cuando son muy atrasadas, no las comento, sin embargo en esta ocasión, tome la drástica decisión de hacerlo, con el fin de decirte que tu bien sabes que en estos momentos críticos no estas solo, y creo que hablo por muchisisisismas personas que te aprecian, estas piedras que nos obstaculizan el camino, grandes como la describes en tu entrada, son retos del destino y que por sus caprichos nos a puesto como retos inevitables, y que dependerá de nosotros el como las manejamos, dos opciones: o las movemos hacia un lado, para que el camino quede despejado y fácil como dios manda, o las tallamos como una figura de arte a nuestro favor, haciéndola pequeña para poder pasar, y claro esta aprendiendo de esta escultura, en fin, el punto es que cuentas con tu seguro y humilde servidor, las 24 horas del día y los 365 días del año, para lo que sea – sin albur – o simplemente recuerda aquel día en el CUCEA que comente como las parejitas les salía humo al caerles el agua de los aspersores de riego por lo fogosos que andaban, para que rías un ratito, una abrazo y saludos.