lunes, 26 de enero de 2009

El huevo tenía razón (en parte).

"Las palabras significan lo que uno quiere que signifiquen". Humpty Dumpty no podía tener más razón. Su frase, extraída de algún pasaje del clásico de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, que yo no he leído, pero que sí me han contado -gulp!- llega hasta nosotros, directa desde el siglo XVIII, brillante, inteligente y reluciente. Probablemente si el escritor británico, autor -o compilador- del personaje, y también de la frase, hubiese vivido hoy día, ni él ni su Humpty Dumpty hubieran escapado de la alabanza pública y el aplauso altisonante en vivo y en directo.
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Saco todo esto a colación por una razón más allá del evidente "sentimentalismo" con que hemos llegado, al menos en el caso de la lengua española, a rodear a las palabras, lo que ha derivado en una risible y casi deleznable actitud de censura y revisión constante de todo lo que decimos, escribimos o hasta pensamos -porque todo, como diría Octavio Paz, es palabra-.
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"Es la era del eufemismo", dice mi buen El D'Artagnan -que a estas horas, todavía el muy desgraciado, disfruta de las "palmeras borrachas de sol" de su natal Mazatlán-. Y yo le creo. Ahora, con eso de la equidad de género -que de equitativa equitativa, lo que se dice equitativa, no tiene nada-, los derechos humanos y el profundo humanismo -¡ajá!- con que hemos rociado -no hay palabra mejor- a nuestras instituciones -?-, decir "puta" en lugar de "sexoservidora", "discapacitado" en lugar de "individuo con capacidades diferentes" o "ancianos" en lugar de "personas de la tercera edad", ya casi es considerado un delito vigilable, consistente y punible -¡cómo si hubiera de ésos en este país!-
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Pero todo eso, que no hace más que obviar que no son las palabras las que tienen significado por sus propios méritos, sino que somos sus hablantes los que las dotamos de sentido -o hasta hacemos que lo pierdan-, viene a colación por la reciente campaña -si es que a esa ola de comerciales de televisión y pancartas citadinas sin sentido, oficio ni beneficio, se le puede llamar campaña- que el gobierno de la república acaba de lanzar con motivo -¿ven?, ya hasta burocrático soné- de algo que dan en llamar, los muy insensatos, "no violencia contra las mujeres".
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En primera instancia, para no entrar en confrontaciones inútiles, definamos violencia. Pero aquí, ¿cómo le hacemos? Y ahora, como dirían en los seriados de Chespirito, ¿quién podrá defendernos? Si hemos llegado al punto en que las palabras tienen tantos significados como hablantes las usan, ¿cómo definir violencia sin caer en el error de herir susceptibilidades o tirar ídolos? ¿En qué momento acabamos con la literariedad de los significados, para en su lugar construir estratagemas dispersos de sentimentalismo infinito? Sepa la bola, pero violencia sería, creo yo en un nivel de equilibrio de fuerzas, toda clase de agresión intencional dirigida hacia un individuo, o grupo de ídems, y hasta ahí, párenle de contar.
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La campaña que quiere hacer pasar por tal la Secretaría de Gobernación pone a un montón de artistas reconocidos -?, digo, reconocidos, sí, pero ¿por quién? Triste, pero cierto: por los millones de lectores de Tv Notas, Tv y Novelas y otras tantas tragicómicas revistas del corazón, que habitan en México, y se hacen llamar "ciudadanos"-, artistas, reconocidos, decía, y a su lado una frase que presuntamente es de sus autorías -osea, de la autoría de cada uno, según sea el caso-, y que tiende a sugerir -porque no es otra la palabra- a sus cuates, los otros hombres, que ya no sean tan gachos y dejen de pegarles, por favorcito, a sus novias, esposas, madres y/o -porque hay cada degenerado...- amantes.
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Sugerir, sí, leyeron bien. La palabra sugerir significa, aquí y en China -bueno, allá no sé si se use, pero aquí sí- proponer o aconsejar algo. Y todo buen mexicano que se aprecie de serlo sabe perfectamente que lo que menos importa en esta vida son las sugerencias. Ésas, hasta en los menús de los restaurantes, nos las brincamos. Las órdenes son cosa distinta, porque nos las saltamos no sin experimentar cierto sentimiento de culpa, pero las sugerencias ni eso. Nos dan igual, "nos valen" -que es una expresión extraña, contrasintética, que usamos para decir que no nos valen nada-.
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Uno de los anuncios decía, literalmente, "Amigo, de hombre a hombre, ya bájale a la violencia contra las mujeres". ¡Uy! Puedo imaginar a don Celebronio Capristano, galán concupiscente, violentador de féminas y aguerrido macho mexicano, leer el panorámico y exclamar un risueño: "¡Ah, chingao! ¿Bájale? ¡Pus sí! Yo nunca le pego dos veces a mis viejas con la misma intensida' ". Y don Capristano tendrá razón. No sólo porque el mensaje suena a sugerencia -le damos, pues, el significado de mero, llano y, por lo tanto, violable consejo, esto por su tono familiar-, sino porque la expresión "bájale" no indica, ni aquí ni en China -ésta sí se usa en China, casi estoy seguro-, "acaba y vámonos", sino "síguele con lo mismo, pero no tan gacho".
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Así que la Segob no quiere acabar con la violencia contra las mujeres -que no es cosa sólo mexicana, sino rezago de gran parte de la humanidad, que no ha entendido todavía que nacimos para el equilibrio, no para la marginación o la discriminación-. Quiere, nada más, "bajarle". Como cuando uno llega a su casa y el hermano está viendo la tele con el volumen del sonido al nivel de hacer que los pollos -que no tienen orejas- se suiciden, y sube y le dice "¡No mams, caón! Bájale", y el hermano nada más estira la mano y hace descender con el control el infierno auditivo dos rayitas. O como cuando uno está haciendo su rabieta y mamá, harta de tanta alharaca, voltea con cara de asco y suelta un "¡Ya bájale!", y uno sigue con otro argumento, pero nunca se detiene.
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Así quieren que México, que es tan visceral para hablar -o escuchar, o comunicarse- el español, ya no tenga maridos golpeadores, ni novios abusivos, ni amigos pasados de lanza, ni jefes coquetones, ni padres inquisidores, ni mujeres violentadas. Así, con meras sugerencias, pretenden hacer de México un país de equidad, respeto e igualdad de oportunidades. No, sí, chido, ahí la llevan.
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Humpty Dumpty, con voz de Lewis Carroll, atina en el clavo al decir que somos nosotros los que damos significado a las palabras, no las palabras a sí mismas. A Humpty y a su creador, sin embargo, se les ha escapado de la idea una cuestión valiosa y sustancial: las palabras no tienen significado si no se usan, y es en su uso que encuentran, porque todo cambia al chocar entre los individuos, su valor último y su sentido verdadero.
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Yo, hoy quiero que "bajarle a la violencia contra las mujeres" signifique hacer que desaparezca la discriminación, creando condenas consistentes y fortaleciendo el sistema de justicia hasta hacerlo incorrompible, indestructible, leyes soberanas, legisladores inteligentes. Si "bajarle" a la violencia contra la mujer significa todo eso, yo, entonces, estoy dispuesto a bajarle. ¿Y tú, qué quieres que signifique?
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Me agarraste de bajada, ósea no tengo NPI, bueno, estoy en frió, pero para serte sincero, me hiciste pensar, no he visto el anuncio, pero lo mas seguro es que al verlo, y con lo que acabo de leer salga de mi un buen nacido pronostico de opinión, pero sin opacar el tuyo, tu entrada me gusto, Felicidades, a y por cierto tenia rato que no leí “sepa la bola”, es como decir “que chévere”, da risa, ya que traen recuerdos.

Saludos cordiales.