viernes, 2 de enero de 2009

Catafixia.

Choose Life. Choose a job. Choose a career. Choose a family. Choose a fucking big television, choose washing machines, cars, compact disc players and electrical tin openers. Choose good health, low cholesterol, and dental insurance. Choose fixed interest mortage repayments. Choose a starter home. Choose your friends. Choose leisurewear and matching luggage. Choose a three-piece suite on hire purchase in a range of fucking fabrics. Choose DIY and wondering who the fuck you are on a Sunday morning. Choose sitting on that couch watching mind-numbing, spirit-crushing game shows, stuffing fucking junk food into your mouth. Choose rotting away at the end of it all, pishing your last in a miserable home, nothing more than an embarrassment to the selfish, fucked up brats you spawned to replace yourself. Choose your future. Choose life.
Trainspotting, John Hodge.
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La vida es escoger. Como en la célebre composición que corona el guión de Trainspotting, de John Hodge, y con ello también el filme resultante, la vida se compone de las decisiones más insospechadas y variadas que a diario tomamos. Escogemos todo: la ropa que nos pondremos al iniciar -o al acabar- el día, el shampoo que tersará nuestro cabello, la marca de pan que tostaremos para desayunar, o hasta la calle o el camión que tomaremos, incluso, más básicamente, el medio de transporte que usaremos para llegar a nuestras labores -escuela, trabajo, desquehacer, cosas que, de paso sea dicho, también escogemos-.
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Escogemos una carrera, una pareja, una música, una marca, un comercial, un canal de televisión, una página de internet, una media vuelta o un apretón de manos. Escogemos abrazar y dejar ir, mirar a los ojos o bajar la mirada, incluso aveces, cuando es apropiado, escogemos abrir el paraguas o dejarnos empapar bajo la lluvia. Escogemos mirar las estrellas o las nubes, o mirar el paso de unas a otras. Escogemos mar o sierra, barco o tren. Incluso, a veces, hasta escogemos no escoger.
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Por estas fechas, escogemos regalos, o tiendas en las que los compraremos, envolturas, formas ingeniosas de presentarlos: bajo el árbol, a los pies de la cama, en una copa de champagne -¿sí se escribe así? hasta cómo escribir escojo yo-, en un día soleado, en una noche romántica, a la luz de la velas, ensartados en las velas de un pastel de aniversario. Escogemos los lugares en el cine, la película que rentamos, el idioma en que la vemos o las características especiales por la que la compramos.
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En La vida que se va, la maravillosa y a todas luces recomendable novela de Vicente Leñero, el personaje principal, una anciana caprichosa y juguetona de nombre Norma y de apellido Andrade, vuelve loco al periodista que está escuchando la narración que la mujer avanzada en año hace de sus días al contar -ella, que el periodista no hace más que escuchar- una historia diferente cada que vuelve a empezar. Así, a través de su propio relato, doña Norma -y con ella el reportero escucha y el lector lector- es capaz de imaginar qué hubiera sido de sí misma, viviendo vidas distintas, tan sólo con cambiar sus decisiones.
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Un "no" por un "sí", un "va" por un "mejor ahí la dejamos": con posibilidades infinitas, el número de decisiones que tomamos multiplica nuestras vidas. Hoy somos lo que somos, pero ¿qué sería de nosotros sin ese "adiós" que dijimos ayer, o ese "mañana te veo" que protagonizaremos ahora? Lo que decidimos no sólo condiciona entonces el fluir de nuestros días, sino el advenimiento de situaciones desconocidas que habrán de marcarnos radical y largamente. Bien pensado, nuestras elecciones son oro puro, y no sólo en el terreno democrático nacional.
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Hace poco, una amiga muy querida me dijo algo que hizo latir mis oídos a un ritmo dichoso: "La familia, Agus, no es la que uno tiene, sino la que uno escoge". Estoy de acuerdo: podré haber nacido en el seno de una "tribu" dónde hay una madre que grita, un padre que esconde o un tío que baila la danza del avestruz en celo cada Navidad -gracias a La Isabela por el referente-. De todos ellos, sin embargo, yo escojo a quiénes dejar entrar en mi corazón, y la familia, como entidad básica de levantamiento y construcción de individuos íntegros, no puede vivir en otro lugar que no sea el corazón.
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Yo ya escogí a mi familia, pero siempre habrá espacio para los que sigan llegando. Admito que soy una persona difícil de ganar. Si yo fuera Norma Andrade, y un reportero estuviese escuchando la historia de mi vida sentado frente a mí, me sería difícil contarle mi existencia con otras decisiones, otros conocidos, otros caminos recorridos. Soy lo que soy, y me cuesta admitir otras posibilidades. Mi familia es la que es, la que yo coloco dentro de mí, en el más claro y profundo lugar del corazón, y a la que me cuesta mucho dejar ir.
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Una vida hecha de decisiones, creo, hace bien a todos. Si dejáramos a otros decidir por nosotros, o peor aún, si estuviéramos destinados a recibir todo hecho y considerado, planteado y analizado, nuestras vidas serían una especie de agua encanalada antes que el gigantesco mar de posibilidades infinitas en que pueden considerarse: navegable hasta donde nuestras decisiones nos lleven, el mar de nuestras vidas será tan inmenso como variadas sean nuestras elecciones.
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El personaje principal de Trainspotting, de cuyo nombre no quiero acordarme, termina también por elegir. Al elegir una familia, un trabajo, una profesión, un vecindario, incluso un traje y una corbata, elige dar un paso por encima de sí mismo y salir adelante. Decide también, en cierta medida, dejar de ser quien es. Las decisiones que tomamos, como bien lo da a pensar el personaje de Leñero, Norma Andrade, requieren siempre de dos ingredientes indispensables: decisión y sacrificio. No sacrificio en el sentido cristiano de la palabra, de sufrir la ausencia -o presencia- de algo con vistas a ganar un fruto evidentemente mucho mayor que lo intercambiado. El sacrificio que todas nuestras decisiones conllevan es de carácter más bien existencial: al escoger el contenido de la caja uno y no el de la dos, abandonamos lo que había en la dos y le negamos la posibilidad de cambiar el curso de nuestras vidas. Elegir es sacrificar, aunque lo que dejemos ir no sea siempre una o mil opciones, sino muchas más, muchas otras vidas en las cuales jamás, porque el tiempo no puede regresarse, y por ello no puede tampoco decidirse en segundas vueltas, jamás sabremos cómo nos hubieran sido.
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Yo decido elegir. Elegir nos hace humanos, y en épocas de conservación y resguardo, como son éstas, no hallo nada más apetecible que saberme propenso al error. Escojo errar, escojo una familia, escojo una profesión, escojo un blog, escojo una vida. Escojo quererme y serme fiel. Escojo ser feliz.
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¡Salud!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

aawww
ii ioo te scOjo a tii :)
Para k siiemPree sEas part d Mii vidaaa.. k dicEs???
te adOro aguuuuuuuuuuuuuuuuus!!!!!<3
at_la weeRaaa

Wendy Piede Bello dijo...

Y cuando no tenemos la capacidad de elegir, decidir, escoger... llega La náusea (Jean Paul Sartré) y nos obliga.
Estoy comenzando La vida que se va, porque hace tiempo me la prestó el bune Veneceo y no me acordaba, es una buena manera de comenzar el año, lo cual es sólo un decir, porque como el dicho buen ha dicho, "sólo hay un ciclo que es la vida".