lunes, 19 de enero de 2009

Arrancar para atrás.

"Ese año pasaron muchas cosas en el país. Entre otras, conocí a Andrés Ascencio".
Arráncame la vida, Ángeles Mastretta. .
Dicen los que lo saben -pus si no lo supieran, ¿cómo lo dirían?- que el comportamiento básico de los románticos -siglo XVIII, apróximadamente y a riesgo de que todavía hoy, en pleno XXI, sigan existiendo algunos- exigía un profundo reclamo melancólico de la fugacidad de la vida, específicamente de la rapidez con que la juventud se nos va dentre las manos y se convierte en el mañana. La niñez, decían, vive sólo en el recuerdo, nunca en el presente. La ventaja de poder regresar a los años mozos que nos ofrece cualquier clase de artilugio nemotécnico, es, por tanto, admirable y deseable.
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Arráncame la vida es un proyecto de muchas disciplinas artísticas que yo había ya tocado en este baile en pasadas ocasiones, versando, creo yo, específicamente sólo sobre la cuestión literaria del negocio: la novela, punto de partida para el resto de creaciones que se han hecho con el mismo relato, escrita por Ángeles Mastretta y publicada en la segunda mitad de los años 80 del siglo pasado. Pues bien, es justamente Arráncame la vida el detonador nemotécnico del corazón romántico de mi madre, y también un poco del mío, que este fin de semana algo desolador nos ha traído a ambos, sentados frente a una televisión y luego junto a un equipo modular, la paz de la remembranza romántica de la niñez.
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A riesgo de repetirme, creyendo no haber hablado antes de la película del año pasado, espléndidamente dirigida por Roberto Sneider, les diré que si no la han visto, si no acudieron a su cine en los últimos meses del año pasado, o si no han ido todavía al videocentro a rentarla, tienen todavía un deber incosteable no sólo hacia la cinematografía, sino hacia la historia de ese arte en la escala nacional, y hacia la Nación también.
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Además, lo que es todavía más intolerable, si no han visto Arráncame la vida, con las concientes actuaciones de Daniel Jiménez Cacho, en el papel del general Andrés Ascencio, Ana Claudita Talancón como la muy tonta -?- Catalina Guzmán, y José María de Tavira -que guapíííísimo, dice mi hermana- como el director de orquesta Carlos Vives, si no han apreciado sus buenas tomas, sus aplaudibles ambientaciones y su inteligente guión, no se han dado el gusto entonces de pasar un par de horas fabulosas y deliciosas, y nada tan feo como no darse el gusto, aún de vez en cuando.
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Yo no tuve una madre que usara esos vestidos, ni llegara a casa de misa en esos automóviles, ni usara esos tocados en el cabello, ni viera a su México, que también es, en parte al menos, mi México, salir de una revolución para entrar con todo -y de todo- en una etapa institucional todavía limpia y bien intencionada. Yo no tuve una madre así, pero mi madre sí la tuvo, y, según recuerdo de la abuela, la madre de mi madre sí que vivía añorando ese México dónde todo era familiar, todo cercano, todo mexicano, dónde los valores heredados se colocaban alrededor de una mesa bien puesta, con familias sufrientes, siempre sufrientes, pero bien formadas, bien educadas, bien llevadas.
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Por eso ver Arráncame la vida llevó a mi madre a su niñez, y a mí, de paso, me trajo la impresión pronta y expedita -como en lo teórico es la justicia mexicana- de que hubo un México mejor, diferente al menos, que acabó, o cambió, o evolucionó, mucho tiempo antes de que yo naciera, muchas décadas y generaciones antes de que yo apareciera en el mundo, en otro México, muy distinto que es el de hoy.
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El otro proyecto sobre Arráncame... que permitió a mi madre arribar a su niñez -ya muy, pero muy superada- se basa en realidad en la película, y de ahí parte con pie propio y magnífico. Se trata del soundtrack, que apenas terminó de ver la película mi madre me pidió le consiguiera. Lo hice, y con mucho gusto, y es hora que no para de repetirlo y repetirlo. Y no la culpo: si la película es toda una joya de arte, el soundtrack, en definitiva, le corresponde y, en ratos, hasta lo supera. No falta nada, a juicio de mi madre, y de mí también: Lara y al menos dos de sus intérpretes, entre ellos la singular -intepretada en la película por Eugenia León- Toña "La Negra", el Mariachi Vargas de Tecalitlán, y hasta la Orquesta Típica de la Ciudad de México, llegando hasta la orquesta americana de Glen Miller, de más recientes años, todo entra en el CD y nada queda fuera, creando un universo propio, un verdadero cosmos de sonidos que posee vida propia, con todo el poder de trasladar a su escucha a ese México de mi abuela, en que las cosas eran más claras, en que íbamos mejor - o por lo menos sabíamos hacia dónde-.
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Les dejo la tarea. Consulten la novela, eso está más que dicho, pero también contemplen la película y admiren la magestuosa elección que ha hecho la producción para las canciones que ambientan el filme. No pasa de que, como a mí y a mi madre, todo el conjunto de creaciones artísticas los traslade a otro México, los haga reconsiderar al suyo, que es el mismo, pero no es igual.
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¡Salud!

1 comentario:

Gala dijo...

Agus!

amo leerte, en verdad siempre lo digo, pero es verdad!

me encantó esta película, cómo lloré, creo que mi amigo se avergonzó de ver como me terminé los pañuelos desechables de mi bolso, las servilletas y le paré porque no pensaba sonarme con el abrigo.

salimos del cine y me dijo, sí por eso te traje porque sabía que te iba a gustar -masoquismo?-

de cualquier forma comparto la idea de que es una buena película, ahora que la adquiera pondré atención al soundtrack!!!

besos hasta mi amado Guadarrancho, que cada vez que me acuerdo más lo extraño.