sábado, 31 de enero de 2009

A lo bestia.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Tabaquería, Fernando Pessoa.
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Yo cada vez estoy más convencido de que el arte, como las otras muchas cosas que son producto de los procesos de la actividad humana, está condenado a repetirse. Hoy observamos una pintura que nos remite a un poema escrito hace más de cien años, o viceversa, como en este caso, es un poema lo que nos trae a colación una de las últimas producciones independientes que Holliwood ha dado al mundo con su brillantísima rama in-d de distribuidoras de renombre, Paramount en este caso, Camino salvaje la cinta.
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El título de la obra en su idioma original me agrada más, no tanto por su significación evidente cuanto por su magestuosa, radiante y bélica sonoridad: Into the wild. Into the wild (o Camino salvaje) triunfa precisamente porque su trama bien construida, su argumento bien elaborado y su marco actancial -osea, el conjunto de personajes que participan- bien pensado y regulado, a modo de fórmula química precisa, exacta, eficaz, todo eso que la convierte en una gran película, están basados, a su vez, en los elementos estructurales de un libro, rescatable de entre la larga lista de recientes best seller, basado a su vez en una historia real.
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Into the wild (en España recibió el gracioso e ilustrador título de Hacia rutas salvajes) narra la iluminadora historia de Christopher McCandless, un brillante joven estadounidense que, apenas terminado el bachillerato en una prestigiosa high school de vínculos oxfordianos, y teniendo todo preparado para seguir el "curso natural" de las cosas de los chicos de su edad y clase social -Harvard, leyes, esas pequeñas cosas que engrandecen a los hombres... dicen-, decide -casi literalmente- quemar las naves y abandonarlo todo -dinero, estabilidad, padres insoportables, ególatras, iracundos, medio sicópatas-, comenzar a recorrer su país de cabo a rabo y encontrar la verdad.
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Bonita tarea se encomienda Chris. Bonita y menuda tarea. Alejandro Filio dijo alguna vez, con sabia sagacidad: "la verdad es que un día se cansó la verdad de buscar su verdas sin hallarla", y yo estoy de acuerdo con él: para encontrar la verdad, hace falta preguntarse no sólo para qué se quiere echar uno al plato semejante responsabilidad, sino también cuál de todas las verdades que constituyen nuestra existencia -decir que hay una, la Verdad, es como querer encontrar y aislar de un bolillo su molécula de carbohidrato madre (está en chino)-.
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Obviamente el viaje de Chris requiere quemar más que las naves -o los dólares que lleva en el bolsillo-: requiere también enfrentar a sus altaneros y dominantes padres con sus propios demonios, abandonar a su querida hermana, incluso rehusarse al amor de una chica endemoniadamente guapa -interpretada en la cinta por la muy joven Kristen Stewart, en un juego actoral mucho más afortunado que el ejecutado por ella misma en Crepúsculo (2008)-. Buscar la verdad, su verdad, implicará para Chris cambiarse el nombre, aprender nuevos oficios, incluso convivir con personas legalmente non gratas. Abandonarse, en pocas palabras, al arrebato fúrico y desenfrenado en que consiste la vida, "a lo salvaje".
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La novela, basada a su vez, como ya les decía, en un caso real documentado y fidedigno -¡gulp!-, escrita por Jon Krakauer en 1996, significó para muchos de sus lectores la posibilidad de la experimentación en torno a una pregunta tan incómoda como provocadora: ¿qué si de pronto todos buscásemos en el regreso a lo básico la plenitud y la felicidad? La pregunta hipotética, muy panteísta-naturista, tiene tantas respuestas como seres humanos puedan enfrentarse a la obra. Ahí, en su capacidad de adaptarse al receptor, más que en su endemoniada tenacidad, radica el éxito de la marca.
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Todos hemos querido, ¿apoco no?, levantarnos un buen día y mandarlo todo a la goma. Chris lo hace: a sus padres -ya lo dije, y lo repito porque de todas las cosas que Chris poseía, sus padres eran lo más difícil de arrancar, y al mismo tiempo lo más necesario-, su estatus, su dinero, su auto, incluso sus cuchillos o su navaja de afeitar. Chris manda ésas, y otras tantas cosas, literalmente "al cerro a sembrar". Alaska es el fin de su viaje, en que recorre algunos de los más representativos estados de la Unión Americana en el transcurso de poco más de dos años. No les quiero contar lo que pasa en Alaska, pero decir que el hombre moderno volviendo a las cavernas es un mero cuento infantil comparado con lo que Chris experimenta, les dará una idea.
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La dirección es de Sean Penn, faltaba decir, como cereza en el pastel, y la cinta cuenta, además de todo, como topping de chocolate -imagino que Chris también habría renunciado a las cerezas, los pasteles y los toppings de chocolate-, cuenta con actuaciones de verdaderos consagrados como Marcia Gay Harden, Hal Holbrook y William Hurt. Además, Emile Hirsch, jovenzuelo poco conocido pero de gran capacidad actoral, verdaderamente se luce en el papel del obstinado Christopher McCandless/Jim Supertramp, completando mágica y soberanamente el total de la obra maestra del ex de Madonna -¿esa no se la sabían?-
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Quedan pocos días para que todo el sistema U. de G. vuelva a labores normales. No sean gachos y réntenla antes del martes. No les llevará más que una tarde y cambiará sus vidas -si no, al menos, comprenderán muchas cosas, y encontrarán, espero, mucho de sí mismos en alguno de los personajes de la historia-. Mandas las cosas a freír espárragos es sano de vez en cuando. Chris da buenos ejemplos de cómo hacerlo, aunque llegue al extremo de perderse en la búsqueda de la verdad y raye en olvidarse de sí mismo.
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Vuelvo al extracto del poema "Tabaquería", del portugués Fernando Pessona -mágico ser de ilustres palabras- que ilumina, cual foco flourescente, el inicio de esta entrada, y que ya les comentaba yo que me ha llevado a dilucidar el arte como un proceso cíclico y repetido -nunca ciclado ni repetitivo, que son cosas distintas-. La creación de Pessoa, como la de Penn, y seguramente también la de Krakauer, son claras en el momento de decir que somos, como seres humanos, como resultados esforzados y clarividentes de la evolución homínida, nada, vacío y depósito de todas las realidades posibles. El personaje de "Tabaquería", como el de la marca Into the wild, se busca a sí mismo en los rostros borrados de la realidad, en las formas inconclusas de los otros. No hay nada de lo que somos en los demás. Todos, como productos de un proceso de selección natural, somos lo que Neruda, para otros fines, definió como "lanza, sudor y estrella". Somos la gran verdad sobre la suave nada. Naturaleza muerta.
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¡Salud!

miércoles, 28 de enero de 2009

Desidero.

Cuando deseas algo con la suficiente fuerza,
el Universo entero conspira en tu contra para que lo obtengas.
La menor de mis hermanas.
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Quien por cierto se casa este sábado por el civil, boda que ya tiene preparada y para la cual ya ha meditado lo suficiente acerca de votos y restricciones, a sabiendas de que tras su "sí" y su firma, no habrá mucha vuelta de hoja. De ella -de mi hermana, y también de su boda, que algo tiene de acierto del Universo- es la frase que abre esta entrada, y cuya lucidez volvió a iluminar mis horas cuando su recuerdo -el de la frase, el de la menor de mis hermanas también- llegó ayer por la tarde tras mi quincenal sesión con La Nancy, otrora mi maestra, hoy mi amiga muy querida y terapeuta personal.
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Ya sabrán que La Nancy, cuando se trata de ayudarme -pues por algo le pago, dirán, y tendrán razón-, no se anda por las ramas. Ayer, tras múltiples zopapos y pellizcos, me hizo llegar a la esperanzadora conclusión de que sería indicado, en estos momentos y para mí, exclusivamente para mí -digo, para que luego no digan que les ando dando ideas- pedir al Universo una pareja acompañante.
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De primer vistazo, el asunto suena a que La Nancy anda promoviendo conmigo alguna línea de chicas de compañía que ella conoce -o maneja-, de muy alto nivel -nivel ejecutivo, dicen las tarjetitas que regalan en los cruceros cuando te ven sujeto interfecto masculino y con cara de solitario o acompañado insatisfecho-, pero el primer vistazo se acaba cuando ella, que es tan profesional para verlo todo como su profesión se lo indica -?-, me explica que todos tenemos a nuestro lado, a menos mientras así lo deseemos, un lugar vacío que lleva el rótulo de "Pareja", y que a lo largo de nuestras vidas vamos llenando con toda clase de personas -y artefactos, de vez en cuando también artefactos- mágicos y, al menos lo esperamos al ponerlas en tal lugar, satisfactorias. Medias naranjas para el alma de los adoloridos.
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La punto morrocotudo está en que, cuando las relaciones se acaban -que es como decir, a título de programa amarillista, "Cuando los edificios se derrumban" o "Cuando las cirugías fallan"-, el asiento de "Pareja" queda vacío, y si uno no se pone rápido las pilas y manda su solicitud de pareja al Universo, osea, su pedido de ídem, su requerimiento -firmado, sellado y con tres copias-, uno mismo comienza, por efectos de esa necesidad natural que tiene el ser humano de llenar los espacios vacíos hasta con la mirada, a llenar el espacio de "Pareja" con tantas cosas como es posible, no siempre provechosas: miedos, inseguridades, insatisfacciones, restricciones, pensamientos infructuosos, trabajo excesivo, comida, vicios, ceguera, infelicidad, indecisión y hasta con ego alzado, cosa por demás innecesaria y a la larga dolorosa.
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La petición de pareja al Universo tiene sólo dos condiciones: debe ser muy específica, por un lado, y debe estar respaldada por una evidente intención de ofrecimiento personal, de contraoferta. Explico esto último, según se lo entendí a La Nancy y lo puse en práctica ayer mismo: si uno pide a una chica rubia, de buenos modales y finas caderas, tres deseos por demás importantes y asequibles, uno debe ofrecer al Universo también la férrea intención de modular su temperamento, o limar los modos, o alivianar las cargas horarias. Pidiendo y dando, diría mi beatísima madrestad.
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La otra condición para la petición de pareja que La Nancy me ha planteado, la especificidad, es mucho más fácil de cumplir: al momento de elaborar por escrito el pedido, uno debe especificar todo lo que quiere en la persona compañera, pero todo, todo, en verdad lo que se dice todo, desde el color de su esmalte de uñas preferido, hasta el último razgo del carácter y la personalidad. ¿Y qué pasa si un detalle se pasa por alto, o se olvida? Según La Nancy, que ya ha comprobado la eficacia del Universo para las entregas de pedidos amorosos en el cien por ciento de los casos en que ha puesto a sus pacientes a elaborar el experimento, se corre el riesgo de que el solicitante no reciba un "producto" que sea de su entera satisfacción, lo cual resultaría, para cubrir la "vacante" -así lo llamó ella, término que me sonó a bacanal y júbilo incontenible-, desastroso y lamentable.
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Además hay que tomar en cuenta que lo que uno pide tiene sus contrapartes -como las "baterías no incluidas"-: pedir un novio que irradie mucha luz implicará también estar conciente de que tanta luz esconde, de a fuercitas, una importante carga de oscuridad encubierta. Por eso, me explicó La Nancy, hay que estar muy conciente al momento de solicitar las cantidades, y, en la visión de ella, al solicitar lo básico para pensar en obtener lo máximo.
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El Apapachoquealivia me ha hecho hoy la sana observación, al plantearle hoy la cuestión, de que no considera que uno deba pensarse incompleto mientras no tiene pareja. No podía estar más en lo cierto mi estimadísimo y rubio amigo -muchachas, la que escriba en su solicitud "rubio natural, cuerpazo, inteligente y servicial", no busque más y comuníquese conmigo pa' enlistarla en el próximo castin' para cubrir la vacante de El Apapacho...-. La cuestión está en que debe buscarse quien cubra el espacio de "Pareja", no quien cubra nuestras propias carencias -son, como notarán, cosas diamentralmente distintas-.
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El problema radicaría realmente en que hay quienes sí nacen con el espacio de "Pareja", y quienes no. Error lamentable sería estar intentando llenar un espacio que no está, que nunca ha estado ni estará. ¿Y eso como se sabe? Hasta que la tienes y eres muy sincero al decir que te gusta -pruebe primero, decida después-. Además serás tú con o sin lo que pidas, pues has sido tú hasta antes de pedirlo, pero eso no quita que quieras para ti algo mejor, algo que te rodee con sus suaves brazos y te haga sentir siempre bienvenido, siempre mejor.
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Para La Nancy, uno va pidiendo y pidiendo hasta que hace un pedido a la perfección y entonces sí, ya solicitada, aparece la famosísima media naranja -como la de la canción noventera de Fey-. El aparente "tiempo perdido" que podrían significar las relaciones pasadas antes de "la definitiva", se convierte instantáneamente en experiencia fruto del tropezón, nunca en pérdida. La casa, finalmente, siempre gana. Yo no sé si exista eso de la pareja ideal, o la media naranja, pero sí creo que vale la pena solicitar y solicitar hasta obtener lo que se espera, probarlo y decidir. Total, creo, uno no pierde nada al intentar.
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Yo, ya adivinarán, ya hice mi solicitud. La Nancy me ayudó explicándome el proceso, y diciéndome que la decisión de olvidar a quien yo mantuve recientemente en el espacio de "Pareja", y quien tal fue para mí, sin su aprovación, resultando el lugar ocupado-vacío de manera intermitente, el hecho de que yo haya decidido liberarme de ella y otras muchas cosas, ahora me da la capacidad de avisar al Universo que el lugar está vacío, y que se solicita quien lo cubra.
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Tardé unas tres horas, y la lista final de requisitos llenaba cinco hojas completas, por ambas caras. Si algo se me escapó, allá el Universo que se las arregle, y acá mi corazón que sepa entender la falta al recibir lo que llegue, cuando llegue -según La Nancy, el envío es dilatado, pero la recepción justifica la espera-. Yo estoy abierto, abierto a obtener, a abrazar, a poseer, pero también a entregar, a compartir, a construir. Abierto a que el Universo me las devuelva todas, una por una, y juegue conmigo a fomentar mi felicidad. Ya es hora, ya es mi hora.
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Y tú, ¿qué vas a pedir hoy? Sin miedo. El Universo está listo para complacerte.
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¡Salud!

lunes, 26 de enero de 2009

El huevo tenía razón (en parte).

"Las palabras significan lo que uno quiere que signifiquen". Humpty Dumpty no podía tener más razón. Su frase, extraída de algún pasaje del clásico de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, que yo no he leído, pero que sí me han contado -gulp!- llega hasta nosotros, directa desde el siglo XVIII, brillante, inteligente y reluciente. Probablemente si el escritor británico, autor -o compilador- del personaje, y también de la frase, hubiese vivido hoy día, ni él ni su Humpty Dumpty hubieran escapado de la alabanza pública y el aplauso altisonante en vivo y en directo.
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Saco todo esto a colación por una razón más allá del evidente "sentimentalismo" con que hemos llegado, al menos en el caso de la lengua española, a rodear a las palabras, lo que ha derivado en una risible y casi deleznable actitud de censura y revisión constante de todo lo que decimos, escribimos o hasta pensamos -porque todo, como diría Octavio Paz, es palabra-.
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"Es la era del eufemismo", dice mi buen El D'Artagnan -que a estas horas, todavía el muy desgraciado, disfruta de las "palmeras borrachas de sol" de su natal Mazatlán-. Y yo le creo. Ahora, con eso de la equidad de género -que de equitativa equitativa, lo que se dice equitativa, no tiene nada-, los derechos humanos y el profundo humanismo -¡ajá!- con que hemos rociado -no hay palabra mejor- a nuestras instituciones -?-, decir "puta" en lugar de "sexoservidora", "discapacitado" en lugar de "individuo con capacidades diferentes" o "ancianos" en lugar de "personas de la tercera edad", ya casi es considerado un delito vigilable, consistente y punible -¡cómo si hubiera de ésos en este país!-
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Pero todo eso, que no hace más que obviar que no son las palabras las que tienen significado por sus propios méritos, sino que somos sus hablantes los que las dotamos de sentido -o hasta hacemos que lo pierdan-, viene a colación por la reciente campaña -si es que a esa ola de comerciales de televisión y pancartas citadinas sin sentido, oficio ni beneficio, se le puede llamar campaña- que el gobierno de la república acaba de lanzar con motivo -¿ven?, ya hasta burocrático soné- de algo que dan en llamar, los muy insensatos, "no violencia contra las mujeres".
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En primera instancia, para no entrar en confrontaciones inútiles, definamos violencia. Pero aquí, ¿cómo le hacemos? Y ahora, como dirían en los seriados de Chespirito, ¿quién podrá defendernos? Si hemos llegado al punto en que las palabras tienen tantos significados como hablantes las usan, ¿cómo definir violencia sin caer en el error de herir susceptibilidades o tirar ídolos? ¿En qué momento acabamos con la literariedad de los significados, para en su lugar construir estratagemas dispersos de sentimentalismo infinito? Sepa la bola, pero violencia sería, creo yo en un nivel de equilibrio de fuerzas, toda clase de agresión intencional dirigida hacia un individuo, o grupo de ídems, y hasta ahí, párenle de contar.
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La campaña que quiere hacer pasar por tal la Secretaría de Gobernación pone a un montón de artistas reconocidos -?, digo, reconocidos, sí, pero ¿por quién? Triste, pero cierto: por los millones de lectores de Tv Notas, Tv y Novelas y otras tantas tragicómicas revistas del corazón, que habitan en México, y se hacen llamar "ciudadanos"-, artistas, reconocidos, decía, y a su lado una frase que presuntamente es de sus autorías -osea, de la autoría de cada uno, según sea el caso-, y que tiende a sugerir -porque no es otra la palabra- a sus cuates, los otros hombres, que ya no sean tan gachos y dejen de pegarles, por favorcito, a sus novias, esposas, madres y/o -porque hay cada degenerado...- amantes.
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Sugerir, sí, leyeron bien. La palabra sugerir significa, aquí y en China -bueno, allá no sé si se use, pero aquí sí- proponer o aconsejar algo. Y todo buen mexicano que se aprecie de serlo sabe perfectamente que lo que menos importa en esta vida son las sugerencias. Ésas, hasta en los menús de los restaurantes, nos las brincamos. Las órdenes son cosa distinta, porque nos las saltamos no sin experimentar cierto sentimiento de culpa, pero las sugerencias ni eso. Nos dan igual, "nos valen" -que es una expresión extraña, contrasintética, que usamos para decir que no nos valen nada-.
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Uno de los anuncios decía, literalmente, "Amigo, de hombre a hombre, ya bájale a la violencia contra las mujeres". ¡Uy! Puedo imaginar a don Celebronio Capristano, galán concupiscente, violentador de féminas y aguerrido macho mexicano, leer el panorámico y exclamar un risueño: "¡Ah, chingao! ¿Bájale? ¡Pus sí! Yo nunca le pego dos veces a mis viejas con la misma intensida' ". Y don Capristano tendrá razón. No sólo porque el mensaje suena a sugerencia -le damos, pues, el significado de mero, llano y, por lo tanto, violable consejo, esto por su tono familiar-, sino porque la expresión "bájale" no indica, ni aquí ni en China -ésta sí se usa en China, casi estoy seguro-, "acaba y vámonos", sino "síguele con lo mismo, pero no tan gacho".
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Así que la Segob no quiere acabar con la violencia contra las mujeres -que no es cosa sólo mexicana, sino rezago de gran parte de la humanidad, que no ha entendido todavía que nacimos para el equilibrio, no para la marginación o la discriminación-. Quiere, nada más, "bajarle". Como cuando uno llega a su casa y el hermano está viendo la tele con el volumen del sonido al nivel de hacer que los pollos -que no tienen orejas- se suiciden, y sube y le dice "¡No mams, caón! Bájale", y el hermano nada más estira la mano y hace descender con el control el infierno auditivo dos rayitas. O como cuando uno está haciendo su rabieta y mamá, harta de tanta alharaca, voltea con cara de asco y suelta un "¡Ya bájale!", y uno sigue con otro argumento, pero nunca se detiene.
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Así quieren que México, que es tan visceral para hablar -o escuchar, o comunicarse- el español, ya no tenga maridos golpeadores, ni novios abusivos, ni amigos pasados de lanza, ni jefes coquetones, ni padres inquisidores, ni mujeres violentadas. Así, con meras sugerencias, pretenden hacer de México un país de equidad, respeto e igualdad de oportunidades. No, sí, chido, ahí la llevan.
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Humpty Dumpty, con voz de Lewis Carroll, atina en el clavo al decir que somos nosotros los que damos significado a las palabras, no las palabras a sí mismas. A Humpty y a su creador, sin embargo, se les ha escapado de la idea una cuestión valiosa y sustancial: las palabras no tienen significado si no se usan, y es en su uso que encuentran, porque todo cambia al chocar entre los individuos, su valor último y su sentido verdadero.
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Yo, hoy quiero que "bajarle a la violencia contra las mujeres" signifique hacer que desaparezca la discriminación, creando condenas consistentes y fortaleciendo el sistema de justicia hasta hacerlo incorrompible, indestructible, leyes soberanas, legisladores inteligentes. Si "bajarle" a la violencia contra la mujer significa todo eso, yo, entonces, estoy dispuesto a bajarle. ¿Y tú, qué quieres que signifique?
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¡Salud!

domingo, 25 de enero de 2009

Recopilar.

Yo no soy un experto en la materia, pero decorando el mío he llegado a la conclusión de que el recopilador de hojas que uno escoge habla más de uno mismo que la playera que usa, la falda que se pone -o cómo se la pone- y hasta el color de tinte que pide en la Farmacia Guadalajara de la esquina, o el sabor de Starbucks que escoge al pararse frente al mostrador.
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La conclusión me llegó cuando me di cuenta que estaba yo creando un recopilador muy parecido al que en el semestre pasado di vida, y que tuvo a bien albergar durante los escasos cuatro meses que duró el sucodicho semestre -¿por qué insiste el ser humano en perpetuar sistemas de medición de tiempo que sólo aminoran o tergiversan el valor de la palabra, como "minutito", "momentito" o "en quince días le tengo la factura"?-. No es que hacerlo parecido hable de que yo no he cambiado, sino que, a mi modo de verlo, traer un recopilador que de nuevo es un artículo publicitario de El Baile de la Coma, habla de que estoy yo endemoniadamente enviciado con este blog, que es, además de mío, de los que cooperan con los gastos.
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Pero yo no espero un semestre similar. No, corrijo: yo no quiero un semestre similar. El pasado fue bueno, excelente, uno de los mejores no sólo académica sino hasta profesionalmente hablando. La cuestión está en que repetir un semestre, aún sólo en la similitud, me parece deleznable y firmemente contrario al ideal mismo que me lleva a plantarme día con día en esos salones de clases que -dicen- forman la División de Estudios Históricos y Humanos de la Universidad de Guadalajara: aprender -vivir- siempre algo nuevo.
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El problema está más bien en que he llegado a un punto en que la novedad me tiene preso. Ya son muchas, ya van demasiadas, y si algo nuevo pasa sin previo aviso amenazo con anunciar vacante mi puesto y desaparecerme. Estas vacaciones decembrinas, por sí solas, valen y sobran para que en lo que resta del año no me pasen cosas nuevas que no estén certificadas por el Club Internacional de la Buena Espina -no sé si exista, pero debiera de-.
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Mi recopilador de materias de El Baile de la Coma -mercadológicamente diría que es el "recopilador oficial", pero sólo hay uno, lo que limita la existencia de otro "no oficial", y además mi propósito no es vender, sino recopilar- es parecido porque exijo un semestre en dónde lo único que esté a merced de la novedad sea el aprendizaje mismo, y no las cosas de la vida diaria.
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Ahora bien, ¿qué clase de personalidad deforme y ambigua tendría la ocurrencia de conseguirse un recopilador de Garfield -con todo y cola-, o de Campanita -Disney acaba de relanzar la marca Tinkerbell, y uno ve hadas y polvitos mágicos hasta en la sopa-? ¿Quién en su sano juicio compraría una carpeta del Chavo del 8 en su versión animada y no la forraría, de perdis, con papel crepé de Snoopy? ¿Qué diría un manual sobre elección de pareja de un recopilador con Místico en la portada y Octagón en el lomo? Nada de eso suena bien, nada.
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Yo por eso les propongo renovadoramente que armen sus propios recopiladores para que hablen de ustedes. Bien o mal, pero de ustedes. No olviden que la función primaria del invento papelero es reunir en un reducido y ergonómico espacio los contenidos de todas las materias que lleven en la escuela, digo, para que luego no se pongan a colgarle hasta su disco favorito, o el pomito de emulsión de Scott que les recuerda a su mamá.
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El semestre ya huele, y no huele bien. No me quejo. Estoy vivo, estudiando lo que quiero y con recopilador bajo el brazo que me recuerda que, por sobre todos los dolores de cabeza que puedan atentar contra mi parsimonia, siempre tendré este baile para deshacer los complejos o, al menos, alzar la voz. ¿Han intentado alzar la voz? Hoy quizá sea un buen día para hacerlo.
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¡Salud!

miércoles, 21 de enero de 2009

Misma hora, mismo canal.

Cuando llegue el día en que creas conocer a tus amigos, preocúpate.
Luego, reinvéntalos.
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Ha llegado la hora de las confesiones. Estos primeros días del año me han abierto tanto a la observación de otras personas, me han obligado tanto a ya no callar lo inenarrable, que he llegado al punto de no poder silenciar gran parte de mis proyectos, antes por derecho silenciosos. Por supuesto que toda confesión no obliga al escucha -o, en este caso, al lector- a proclamar otro secreto de vuelta. Secreto no necesariamente se paga con secreto, pues, pero si en su lugar se da una atenta mirada al secreto ofrecido, el escribidor -en este caso, yo- queda más que agradecido.
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Desde hace poco menos de dos años, estoy escribiendo una serie de televisión. ¡Pum! Caigan los astros del cielo y modifíquense el curso de los mares. ¡Qué declaración más notoriamente abierta, desinhibida y truculentamente incriminadora me acabo de aventar! Lo peor de todo es que es verdad, letra por letra, palabra por palabra, y sólo viene a demostrar, la declaración misma y lo que ella contiene, lo melodramáticos, fuertes y personajazos que son mis amigos más cercanos.
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Esto lo digo porque los personajes que estelarizan la serie para televisión que desde hace casi dos años creo están basados -basados solamente- en las historias, las personalidades, o las infinitas posibilidades, de algunos de los amigos de mi círculo más cercano. Falso amor, que es el nombre con el que el proyecto se identifica, sigue la vida de siete amigos de personalidades tan distintas como contrarias, cuyo único gran error es que no han aprendido a vivir, y, por ende, hacen el amor -no sólo en cuanto al acto sexual- de forma equivocada, siempre creyendo que lo que hacen es bueno, es magnífico, fine fine fine.
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¿Pero quién lo ha hecho? ¿Quién, aún contando con la mayoría de edad, o con un conteo de años avanzado, quién en esta Tierra ha aprendido a vivir, a amar? Si Falso amor podría funcionar en un futuro próximo, o si podría convertirse en un producto vendible e invadir así las pantallas de televisión -estén preparados, porque si le hacemos caso a la teoría de la poligénesis, en estos momentos alguien habrá tenido ya, en algún lugar del mundo, una idea muy parecida a la mía, y sabrá comerciarla mejor-, si podría, decía Falso amor levantarse y caminar con propio pie, ser una realidad lejana al papel que hasta hoy lo caracteriza, sería únicamente por el gigantesco morbo que personalidades tan fuertes, distintas y problemáticas como las de sus personajes generan, un morbo basado en la constante necesidad que padecen dichos personajes de aprender al más puro, simple, constante, cíclico y tremebundo catorrazo.
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Sí, están aprendiendo a vivir. Falso amor nació una noche de ocio -o más bien, una noche en que me negaba mentalmente a comenzar mis amontonadas labores-, y para su levantamiento inicial no fue necesario más que colocar, sobre cada uno de mis amigos más cercanos, una pregunta tan incriminadora como creacionista: ¿qué pasaría si (coloque aquí el nombre de su amigo) fuera un personaje de televisión? ¡Y zaz!, se hace la luz, y yo descubro, como seguro ustedes lo harán, que nuestros amigos, quizá porque los vemos con ojos de amor -frase atribuida a mi madre-, son siempre posibles protagonistas de una gran historia.
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El hecho de que los míos -mis personajes, mis amigos- sean partícipes de un hilo narrativo cuya gran hazaña es prolongar las caídas y levantamientos, los aprendizajes al estilo de prueba y error y los golpes, choques, dolores y malas decisiones, las inmadureces, las capacidades y los miedos, y todo lo que estos "valores frenesí" provocan, el hecho de que mis personajes-amigos den lugar a una trama tan caótica -Falso amor bien podría ser fuente de numerosos estudios sobre la teoría del caos, el apocalipsis y qué pasa cuando, en una historia, todo está siempre destinado a salir mal, siendo la culpa no de otros sino de sus propios protagonistas-, me deja pensando qué clase de amigos me ha conseguido la vida, qué particular cúmulo de seres extraños ha colocado el destino a mi lado para acompañar mis pasos.
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La respuesta a esta pregunta es hora que no me llega. Falso amor va, con numerosas posibles correciones, acercándose al final de su tercera temporada. A este punto, es hora que no concibo qué puede salir mejor, qué puede fomentar un momento de paz en la vida de los personajes que integran la historia. Mis amigos, que también tienen lo suyo, han dejado de inspirar a los personajes de la serie, más allá de la imagen física. Las posibles vidas que la serie representa han variado en ellos a tal grado que hoy día me resulta casi imposible distinguir rescoldos de los entes del papel en los entes que abrazo día con día. Mis amigos me han sorprendido, entonces, por su capacidad de variar el rumbo de sus vidas para evitar el caos.
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Claro que no todos lo han logrado, o han dado lugar a situaciones aún más caóticas que las que Falso amor pretende desarrollar dramáticamente. De cualquier modo, mi propuesta para ustedes es que empiecen de ya a escribir alguna serie de televisión -una telenovela, lo veo al paso del tiempo, sería menos vendible, pero más acertada, más tristemente acorde a la realidad-, o una película, o siquiera un cómic, utilizando a sus amigos como personajes. Descubrirán qué tanto los conocen -en su defecto, los desconocerán, siendo el desconocimiento el principio de la sabiduría-, y qué tanto pueden ellos generar en ustedes ínfulas de dioses -nadie me va a obligar a reconocerlo nunca, pero hacer que tus amigos tropiecen, caigan, se duelan y luego vuelvan a levantarse, al menos en papel, resulta, a ratos, placentero-.
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La confesión llega a su fin. Todo este desmantelamiento del secreto ha sido para enterrarles la espinita creativa y ponerlos a trabajar. Sé que muchos de ustedes vendrán a mí preguntando cómo demonios es su personaje en Falso amor, y sé también que muchos de ustedes regresarán a sus asientos con las manos vacías. Eso también resultará productivo: instigados por la negativa mía a convertirlos en personaje, crearán conmigo uno al que harán sucumbir de cólera, o rabia, o alguna otra enfermedad dolorosa y desconsiderada -sé de un amigo que me ha puesto en el triste papel de un hombre fanático de Paquita la del Barrio y Condorito-. Me dará gusto morir de esa manera, entre sus letras, porque, cuando hayan terminado de matarme, serán como dioses, un precio que pagaron caro Eva y Adán, y Hitler, y Stalin, y otros tantos aspirantes a deidad universal. ¿Ven? Hacer televisión basada en la amistad es peligroso. Manéjese con cuidado, pero manéjese.
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¡Salud!

martes, 20 de enero de 2009

La política de la esperanza.

Por increíble que parezca, en medio de una crisis económica que tiene al mundo entero pariendo chayotes con espinas -¡ay, qué fino me vi!-, Estados Unidos se da el gusto de celebrar con bombo y platillo, con el aire propio de los buenos tiempos y las estabilidades, el arribo a la Casa Blanca -o, lo que es lo mismo, a la silla presidencial- del recién electo presidente Barack Obama, el 44° en la historia del país norteamericano y el primero, no está de más precisar, de tipo afroamericano -Sergio Sarmiento ha hecho recientemente la puntual aclaración de que Barack es más bien mulato, pues su madre es más blanca que Mc Kain-.
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No está de más decirlo, aunque ya todos lo sepamos: la ascendencia racial del personaje, su particular estilo fresco y desinhibido al momento de hacer disertaciones públicas, al momento de plantarse frente a algún grupo de interesados en los temas de su agenda, incluso su juventud y jovialidad -que son cosas parecidas, pero nunca relativas la una a la otra-, hacen del recién nombrado presidente estadounidense un guía eficaz -al menos inicialmente, al menos en lo superficial- para un pueblo en crisis -la económica sigue a la crisis moral y a la axionómica-, una figura de la esperanza, que pretende gobernar, al menos así lo anuncian su precampaña y su campaña, con el estandarte de dicha virtud teologal y el motor del trabajo y la austeridad en el gasto público.
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A mi juicio, la llegada de Obama a la silla presidencial estadounidense no hace más que hablar de la rapidez con la que está acostumbrada a actuar la sociedad norteamericana: no hace más de cincuenta años, cuando el propio Barack Obama estaba tan sólo uno o dos de nacer, la legendaria activista Rosa Parks sorprendió a toda la nación americana al negarse a sentarse en los asientos traseros de un camión urbano, obligación que le tocaba por su condición racial -afroamericana-. Por si esto fuera poco, todavía en los años sesenta del siglo pasado -mientras nosotros cocinábamos Olimpiadas y Tlatelolcos, eventos ligados que pretendemos no olvidar-, el entonces presidente Kennedy debía mandar fuerzas especiales a la Universidad de Harvard para custodiar la entrada de los primeros nueve estudiantes negros al sistema educativo superior.
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El hecho de que Obama represente a una mayoría aplastante -la población afroamericana estadounidense- en el gobierno del país, sin dejar, claro, de ser por ello el presidente de las otras mayorías raciales -los blancos, los latinos, los chinos e indios-, ha levantado en torno a él la idea un tanto mítica de que su brazo guiará, al menos durante los próximos cuatro años, quizá ocho si es reelegido, el destino de una nación tan diversa como cuestionada a nivel internacional con el escudo de la igualidad y el ideal de la pluralidad, el respeto, la convivencia y el derecho, término éste último que el gobierno estadounidense parece haber olvidado desde la firma del Tratado de las Naciones Unidas, no sólo con la invasión repetitiva a territorios asiáticos, sino con la limitación de los derechos a inmigrantes -o la subsecuente pérdida de memoria respecto al tema-.
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Obama gobernará, eso es un hecho, y hasta ahí es dónde pueden llevarnos nuestras esperanzas. Que el destino de Estados Unidos -y, por ende, sus decisiones como nación- contribuya en mucho al éxito o fracaso de los destinos particulares de las naciones no potencias de todo el orbe -México incluido-, no quita del escenario histórico el hecho de que, finalmente, sus decisiones acertadas o erróneas como nación son sólo suyas, y de nadie más. Si a algún pueblo sobre la faz de la Tierra le toca esperar con fuerza y trabajo que Obama haga las cosas "bien" -un término tan ambiguo como anticuado para calificar cualquier acción-, es única y exclusivamente a los Estados Unidos de América.
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La política de la esperanza que el presidente mulato ha pintado en su carrera hacia la presidencia, y que hoy ha reiterado en el discurso de aceptación del cargo presidencial, un discurso cargado de ideas románticas, hermandad y buenas intenciones -lo que tristemente no escuchábamos tan bien estructurado desde el final de la Segunda Guerra, y eso los que lo escucharon, porque yo no había nacido todavía-, debe llevar al fortalecimiento de los lazos políticos entre la temida-odiada-amada potencia y las demás naciones de la Tierra, debe también, por el hecho de ser la esperanza su sustancia particular, de promover una redefinición de los ideales, un aumento en las fuerzas sociales, un sentimiento nuevo y preclaro de que, como diría de nuevo mi comadre Chenoa, "todo irá bien". Debe, con la jovialidad propia del nuevo presidente, de irle bien a todos, de ser universal.
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¡Salud!

lunes, 19 de enero de 2009

Rubik.

Uno lo desea, y aparece. La filosofía easy for sale de la saga de autoayuda El Secreto (iniciada por Rhonda Byrne, y continuada al cine y a la literatura -?- con otros tantos títulos semejantes) propone precisamente eso: uno desea algo, cierra los ojos, y luego lo tiene. ¿Cuándo, dónde, cómo y para qué? A nadie le importa, pero el punto es que si hoy deseas, mañana, o el próximo año, o cuando lo hayas deseado con suficiente fuerza, eso que deseaste llegará a ti y te complacerá con su presencia.
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En cuanto instalé mi cuarto en la nueva casa, hace ya casi dos años, yo deseé tener un cubo Rubik. Verán: construí la localización de los muebles y enseres semejantes de esta habitación, blanca como la espuma que lleva el mar, de modo que todo redundara en tres ejes rectores, muy semejantes a los que motivan los actos de mi existencia -al menos, en su mayoría-: la cultura (arte: literatura, pintura, música, cine, fotografía; ciencia y estudio), representada en su mayoría por los libros de mi humilde biblioteca, mis discos, mis imágenes y litografías y mis películas; mi familia (presente en las fotografías que, prendidas mágicamente por todos lados, me recuerda qué soy, de dónde vengo, a quién me debo) y, finalmente, el sueño, reparador y funcional sueño, puesto a todas anchas en mi amable -y convidable- litera.
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El cubo Rubik que deseé tener hace ya dos años completaría el amueblado de mi cuarto: me recordaría, por un lado, al niño que llevo dentro -aunque el mundo entero sienta hacia él una mezcla particular de amor y odio, nadie deja de reconocer que tenerlo enfrente es inevitablemente equivalente a intentar solucionarlo-, los afanes del pensamiento que tanto me interesan, y mi particular tendencia de asirme a lo imposible. Sería, pues, mi cubo Rubik, un artículo deseado y bienvenido al llegar, completísimo espejo-vitral de mi existencia.
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Hoy ya está aquí. Tras dos años de haberlo deseado, el pasado año nuevo La Sandibell se lo ganó en un juego demoledor y divertido que La Traviata armó para todos sus invitados, y hoy ya ocupa -el cubo Rubik, no vayan a pensar que La Sandibell o La Traviata- un lugar privilegiado en el conjunto de las cosas que hacen convidable mi habitación -la hacen habitable, pero escribir eso sería repetir cacofónicamente los morfemas-.
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No, no he podido solucionarlo todavía, y me he conformado con mover sus coloridas caras a lo menso, guiado únicamente por la sana y nada comprometedora intención de que "quede bonito". Ahora mismo se ve muy bonito, sobre mi impresora, junto a Roja y mis libros, mis discos y hasta Lupita, la amable y carismática tortuga de peluche que La Zucaritas me regaló hace ya varios ayeres. No, mi cuarto no se ha llenado de juguetes. Superé esa etapa con mi último Matchbox, y no pienso dar vuelta atrás -aunque, si he de ser muy franco, siempre me quedé con las ganas de un Max Steel-.
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Y se ve bonito, se ve bonito mi cubo Rubik, con sus azules, sus amarillos, sus naranjas, blancos y verdes, sus rojos también. Espero así se quede. El cubo Rubik es peligroso, no sólo porque uno no puede evitar tomarlo e intentar solucionarlo mágicamente en cuanto lo ve -a duras penas uno lo mueve, ¿cómo espera poder solucionarlo, y además mágicamente?-. El cubo Rubik es peligroso porque representa estéticamente a toda una generación -los 80's, a decir de mi hermano-, de modo que su presencia en mi cuarto, y en muchos otros cuartos alrededor del orbe, ochenteriza la estética general de las habitaciones.
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También es peligroso porque representa ideológicamente a la misma generación -¿es la Next o la Y? Mis informantes me fallan, como siempre-: tendidos a lo imposible, buscamos retos más allá de lo imaginable, más allá de nuestras fuerzas, y luego esperamos abandonarlos. Un cubo Rubik es un juguete inevitablemente destinado al abandono. Incluso los solucionados, los que han conseguido la gloria y el éxito de que su poseedor complete diestramente su acertijo, están destinados a no pasar del aparador: si uno ha logrado armar lo imposible, ¿cómo atreverse a tocar a ese dios de lo imposible que ha recreado? Habría que estar loco, o tener otro cubo Rubik, para intentarlo de nuevo.
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Por eso digo que están todos ustedes cordialmente invitados a ver mi cubo Rubik en mi cuarto. Yo lo deseé, y, si la ley de la atracción es justa y existente, el que ahora tengo es producto del deseo. Quisiera hoy que muchas otras cosas, y hasta menos dificultuosas que el acertijo Rubik, fueran producto del deseo. ¿Será que desear los imposibles es también generacional, y yo ni puedo, ni debo, ni tengo para qué evitar hacerlo? Será, será, será.
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¡Salud!

Arrancar para atrás.

"Ese año pasaron muchas cosas en el país. Entre otras, conocí a Andrés Ascencio".
Arráncame la vida, Ángeles Mastretta. .
Dicen los que lo saben -pus si no lo supieran, ¿cómo lo dirían?- que el comportamiento básico de los románticos -siglo XVIII, apróximadamente y a riesgo de que todavía hoy, en pleno XXI, sigan existiendo algunos- exigía un profundo reclamo melancólico de la fugacidad de la vida, específicamente de la rapidez con que la juventud se nos va dentre las manos y se convierte en el mañana. La niñez, decían, vive sólo en el recuerdo, nunca en el presente. La ventaja de poder regresar a los años mozos que nos ofrece cualquier clase de artilugio nemotécnico, es, por tanto, admirable y deseable.
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Arráncame la vida es un proyecto de muchas disciplinas artísticas que yo había ya tocado en este baile en pasadas ocasiones, versando, creo yo, específicamente sólo sobre la cuestión literaria del negocio: la novela, punto de partida para el resto de creaciones que se han hecho con el mismo relato, escrita por Ángeles Mastretta y publicada en la segunda mitad de los años 80 del siglo pasado. Pues bien, es justamente Arráncame la vida el detonador nemotécnico del corazón romántico de mi madre, y también un poco del mío, que este fin de semana algo desolador nos ha traído a ambos, sentados frente a una televisión y luego junto a un equipo modular, la paz de la remembranza romántica de la niñez.
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A riesgo de repetirme, creyendo no haber hablado antes de la película del año pasado, espléndidamente dirigida por Roberto Sneider, les diré que si no la han visto, si no acudieron a su cine en los últimos meses del año pasado, o si no han ido todavía al videocentro a rentarla, tienen todavía un deber incosteable no sólo hacia la cinematografía, sino hacia la historia de ese arte en la escala nacional, y hacia la Nación también.
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Además, lo que es todavía más intolerable, si no han visto Arráncame la vida, con las concientes actuaciones de Daniel Jiménez Cacho, en el papel del general Andrés Ascencio, Ana Claudita Talancón como la muy tonta -?- Catalina Guzmán, y José María de Tavira -que guapíííísimo, dice mi hermana- como el director de orquesta Carlos Vives, si no han apreciado sus buenas tomas, sus aplaudibles ambientaciones y su inteligente guión, no se han dado el gusto entonces de pasar un par de horas fabulosas y deliciosas, y nada tan feo como no darse el gusto, aún de vez en cuando.
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Yo no tuve una madre que usara esos vestidos, ni llegara a casa de misa en esos automóviles, ni usara esos tocados en el cabello, ni viera a su México, que también es, en parte al menos, mi México, salir de una revolución para entrar con todo -y de todo- en una etapa institucional todavía limpia y bien intencionada. Yo no tuve una madre así, pero mi madre sí la tuvo, y, según recuerdo de la abuela, la madre de mi madre sí que vivía añorando ese México dónde todo era familiar, todo cercano, todo mexicano, dónde los valores heredados se colocaban alrededor de una mesa bien puesta, con familias sufrientes, siempre sufrientes, pero bien formadas, bien educadas, bien llevadas.
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Por eso ver Arráncame la vida llevó a mi madre a su niñez, y a mí, de paso, me trajo la impresión pronta y expedita -como en lo teórico es la justicia mexicana- de que hubo un México mejor, diferente al menos, que acabó, o cambió, o evolucionó, mucho tiempo antes de que yo naciera, muchas décadas y generaciones antes de que yo apareciera en el mundo, en otro México, muy distinto que es el de hoy.
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El otro proyecto sobre Arráncame... que permitió a mi madre arribar a su niñez -ya muy, pero muy superada- se basa en realidad en la película, y de ahí parte con pie propio y magnífico. Se trata del soundtrack, que apenas terminó de ver la película mi madre me pidió le consiguiera. Lo hice, y con mucho gusto, y es hora que no para de repetirlo y repetirlo. Y no la culpo: si la película es toda una joya de arte, el soundtrack, en definitiva, le corresponde y, en ratos, hasta lo supera. No falta nada, a juicio de mi madre, y de mí también: Lara y al menos dos de sus intérpretes, entre ellos la singular -intepretada en la película por Eugenia León- Toña "La Negra", el Mariachi Vargas de Tecalitlán, y hasta la Orquesta Típica de la Ciudad de México, llegando hasta la orquesta americana de Glen Miller, de más recientes años, todo entra en el CD y nada queda fuera, creando un universo propio, un verdadero cosmos de sonidos que posee vida propia, con todo el poder de trasladar a su escucha a ese México de mi abuela, en que las cosas eran más claras, en que íbamos mejor - o por lo menos sabíamos hacia dónde-.
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Les dejo la tarea. Consulten la novela, eso está más que dicho, pero también contemplen la película y admiren la magestuosa elección que ha hecho la producción para las canciones que ambientan el filme. No pasa de que, como a mí y a mi madre, todo el conjunto de creaciones artísticas los traslade a otro México, los haga reconsiderar al suyo, que es el mismo, pero no es igual.
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¡Salud!

domingo, 18 de enero de 2009

Fe de erratas.

No somos lo que quisiéramos ser,
sólo un breve latir, en un silencio antiguo con la edad del cielo.
Calma, todo está en calma,
deja que el tiempo cure,
deja que tu alma, tenga la misma edad que la edad del cielo.
La edad del cielo. Jorge Drexler.
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Voy a retirar lo dicho. No, corrijo -retiro lo dicho sobre retirar lo dicho-: voy a agregar a una afirmación que hice en una entrada anterior un comentario de precisión indispensable. Yo dije: "La vida se compone del conjunto de decisiones que tomamos (...) Siempre es posible decidir". Debí decir: "La vida se compone en su mayoría del conjunto de decisiones que tomamos. No siempre es posible decidir. Hay situaciones ante las cuales lo único que uno puede hacer es sentarse con los brazos cruzados y esperar. Esperar a que sean mejores tiempos, o a tener la cabeza más fresca, las ideas más "al tiro". Hay situaciones en las que elegir será para mañana".
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Uno no elige enamorarse. He pasado todo el día de hoy elucubrando qué otras cosas no elegimos. No llegué muy lejos. Terminé en los padres, y a reservas de que sí los escojamos, pero olvidemos dicha capacidad democrática al nacer, y no conté más que algunas otras cosas, como el libro que nos regalan -a excepción de los que hacen estrictas listas de lo que quieren para recibir, como en las mesas de regalo de bodas de las tiendas departamentales-, el hijo que tenemos -o parimos-, aunque sí podamos decidir tenerlo o no tenerlo, o a qué alturas de nuestra vida, y los amigos que nos llegan.
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No, yo no creo que uno tenga voz y voto en lo que se refiere a elegir a sus amigos. Escogemos nuestra compañía -o es de esperarse que lo hagamos, para evitarnos malos ratos-, pero no a los amigos, no a esas personas que llegan hasta nuestras vidas, se pasan sin tocar la puerta y luego uno ya no quiere sacarlos, ya no quiere dejarlos ir. Sí, esa cuestión también está incluida en mi conclusión de hoy: los amigos y los amores son cosas similares, al menos porque uno no las elige, y luego cuesta trabajo dejarlas ir.
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Yo no escogí enamorarme de ella, como tampoco escogí que fuera mi amiga. En ambas cuestiones las cosas se fueron dando, en un abrazo sincrónico, inevitable, invisible e insensible, hasta que, cuando menos lo pensé, el mar de su amistad había rebasado mi coronilla y yo flotaba sin remedio, a la deriva, minúsculo en la inmensidad del profundo enamoramiento que todavía siento por ella, que, debo decirlo con rigo, me ha superado. Intenté de todo: no entrar en pánico, pensar muy bien mis actos, medir mis consecuencias, mis palabras, mis capacidades y mis contrariedades. Intenté también alejarme, repelerla, enamorarme de otra persona. Pero si uno no elige enamorarse, es lógico que haya poco qué hacer al respecto si la situación no le parece.
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No, a mí no me parece. Si alguien me diera la capacidad de cambiar la realidad, eligiría una y mil veces no estar enamorado de ella. No porque su amor no sea apetecible, o porque alguno de los dos no nos merezcamos. Eligiría no estar enamorado de ella porque estarlo es un problema cuando ella es mi amiga, y yo no quisiera que eso cambiara. Sí, sacrificaría incluso, sin lugar a dudas, mi felicidad amorosa de toda una existencia por seguir conservando su amistad.
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Hoy ya no, hoy ya es tarde. Con la clarividencia del que está cansado de la misma situación, y que no ve un futuro próspero en la conservación del mismo estado de las cosas, fui claro -o lo intenté- y ante su capacidad de ceder la palabra -una de sus tantas capacidades- le pedí que se alejara y me dejara solo. No en un estado de soledad física únicamente: le pedí, en pocas palabras, que se olvidara de ser mi amiga.
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Uno no escoge eso. No escoge tampoco dejar de amar a los amigos. A las parejas es otra cuestión: uno toma distancia, en primera instancia, y le da al tiempo la capacidad de sanar el resto, de olvidar; incluso, cuando es el caso, le cede al tiempo también la capacidad de perdonar. Pero con los amigos es distinto. Yo le pido hoy a ella que se aleje por completo porque no puedo pedirle que se aleje de mí sólo la parte de ella de la cual estoy enamorado. La esperanza es que, no pudiendo elegir dejar de amar a la amiga que hay en ella, sí estoy eligiendo dejar de amar a la persona hacia la cual me siento atraído física, mental y otras tantas "-mente".
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El acto se presume digno de un artista cirsense, o de un gran mago. Yo no sé qué tanto será posible. Hoy, bajo la tempestad, con el agua al cuello, me atrevo a decir que no podré dejar de amarla hasta que su cara no sea su cara, sus abrazos no sean sus abrazos y ella no sea ella misma. Si es así, ésta es entonces una de esas situaciones en las cuales elegir está de más, y sentarse en la banqueta a esperar mejores tiempos será lo más sensato. Si no es así, si el tiempo y la distancia que ella me ha concedido olímpicamente, me permiten pasar del amor a la simple necesidad amistosa, o incluso algo menor, entonces habrá un mañana en que pueda volver a tomar su mano y acompañarla por la vida, con la amistad como bandera y nuestro cariño por defensa.
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¡Qué confusas son la relaciones humanas! ¿Por qué será que hemos inventado botones que nos quitan o nos dan la luz eléctrica, nos proporcionan agua fresca, o incluso nos llevan a viajar por impensables latitudes, y no somos todavía capaces de inventar un botón que controle nuestros sentimientos? Eso sería sencillo, nos daría la capacidad de elegir. Yo elegiría no estar enamorado de ella, y ella, quizá, elegiría poder estar conmigo. Y las cosas serían distintas. Y yo no sería yo, sino otro presente, otro universo, otro cosmos, y no este dubitativo individuo jugando a ser él mismo, jugando a escribir, jugando a que es feliz.
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En la vida, las cosas que no podemos elegir sólo nos abren dos caminos ineludibles: vivirlas y luego no tenerlas. Hay algunas que se prolongan en la primera fase, y nunca dejamos de vivirlas. Otras, la gran mayoría, pasan y luego ya no son. Yo espero que ésta sea de las segundas. Porque la necesito, sonriente, inteligente, amable, cordial, franca y sencilla. Conectada conmigo, dispuesta a escucharme y solícita de que la escuche. Porque no recuerdo otro amigo con el cual haya disfrutado tanto el tiempo juntos, y porque tampoco recuerdo un amigo con el cual me haya sentido tan comprometido, tan felizmente comprometido, a hacer de nuestra amistad un ligero y altivo papalote.
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La necesito como es, porque es ella, y la amistad no me permite necesitarla de otra forma. La necesito pronto, y espero que, para cuando yo haya sanado muchas cosas y pueda volver a abrazarla sin temores, puñaladas mentales ni autoreclamos, no sea ya demasiado tarde, y no sea más bien tiempo de recoger fragmentos que de restablecer las conexiones. No sea ya, más bien, tiempo de guardar, sino tiempo de elegir, elegir para bien, para mal, para volver, pero elegir.
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¡Salud!

sábado, 17 de enero de 2009

Prohibido (no) besar.

Dame un beso que me haga viajar.
Perdóname, La Oreja de Van Gogh.
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Tan ricos que son, y a una ciudad tan colonialmente romántica como Guanajuato, se le ocurre prohibirlos. El reciente anuncio por parte del gobierno del estado del Bajío, otrora importante centro minero, dejó a todo México, y quizá a más de un turista extranjero, lamentándose y pensando si no será ésa una medida extrema, si no estaremos ya siendo superados por las ideas del panismo -o de la fracción más extrema del partido-, y si no será ya necesario crear nuevas opciones, darle lugar a más voces, a representantes del pueblo más concientes de lo que el pueblo es y necesita. Si nuestros gobiernos no han entendido que superamos la era victoriana mucho tiempo atrás, o que al menos estamos haciendo el esfuerzo por ser contemporáneos de las ideas y quehaceres del resto del orbe, quizá sea una buena opción pensar en los besos prohibidos como estandarte de alguna reforma de los partidos en el poder. Besar es, para los mexicanos, parte de lo que consideramos actos diarios, comunes, corrientes e imprescindibles. Junto al taco, el beso nos define.
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En la escala mundial, yo no he conocido todavía un ser humano que no disfrute el beso. Claro que los hay de todas clases, y las clases se adaptan también a los distintos gustos: los hay fríos, de esos que despiertan dudas, que hacen que le duela a uno la cabeza y las ideas lleguen por millones, en plena lid de la puñetería mental; cálidos, simples, de fraternal abrazo y delicada relación; los hay también extensos, bien dados -y recibidos-, dónde labios, ojos, lengua, naríz, boca, manos y hasta pies, juegan un papel exacto y dadivoso, contribuyendo todo al beso, haciendo del beso acto de todo el cuerpo -un beso comprometido con el beso mismo-.
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A mí me llega de pronto la ligera impresión de que el beso es cultura. No, miento, no es una impresión: es un hecho. Alguna encuesta seguramente ya se habrá encargado de investigar qué individuos de qué nacionalidad besan mejor, y ya seguramente más de alguno(a) habrá corrido a buscar labios italianos, franceses, ingleses, alemanes o chinos -ignoro, como lo notarán, el resultado de la encuesta, y mis informantes han quedado, a dos semanas de finalizado el Maratón Lupe-Reyes, en franco estado vegetativo-. Lo cierto es que hemos colocado besos en prácticamente todos los distintos estrados que definen nuestra cultura -la cultura humana, como producto universal-.
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Pienso, por ejemplo, en una de mis más queridas esculturas, ya antes puesta sobre la mesa aquí para beneplácito de todos ustedes: El beso, de Rodin. Pienso en esas manos suspendidas en el aire, a milímetros de totalizar el abrazo, pienso en esos labios encontrados, en esos rostros fundidos, en esa inmensidad de amor latente, contante y sonante. Pienso en el beso de Judas, punto de partida de la pasión de Jesucristo y, por ende, del fundamento idílico de la cristiandad misma. Pienso en el beso de telenovela, que declara el amor verdadero, difícil y, sin embargo, alcanzable, de los protagonistas sufrientes en cada capítulo.
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Pienso en el beso acorralado, casi frustrado, de Rick Blaine (Humphrey Bogart) y su casi inseparable amor vital Ilsa Lund (Ingrid Bergman), en Casablanca, con un "We allways have Paris" que lo destruye todo, incluso el beso mismo. Pienso en el beso tierno y plagado de dolor que, dicen, Juan Domingo Perón plantó en la frente del cadáver de Eva antes de apagar la luz del cuarto cuya ventana daba a una calle en Buenos Aires que, repleta de gobernados fanáticos de la primera dama sudamericana, tembló ante la falta de luz, y, luego, al conocer la escena, volvió a temblar ante el beso mismo.
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Pienso en el beso con el que diariamente se despiden los enamorados en los aeropuertos, las paradas de los autobuses, las estaciones de trenes, aquí y en China -literalmente-. Pienso en el beso con el que sellan su amor -es un decir: aquí, el beso, de nuevo, cumple un papel ritualístico antes que definitorio- los novios ante el altar, o ante el juez en los juzgados de lo civil, y pienso también en el beso frío, distante, cortés pero no radiante, con el que dos individuos, recién divorciados, se separan tras abandonar la corte, también aquí y en China, día con día, hora con hora.
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Todos besamos. No aprendemos a hacerlo, es lo raro, pero sí lo perfeccionamos: aparecemos en el mundo y recibimos besos -o al menos, así es de esperarse- y no dejamos de recibirlos y darlos hasta que morimos. En la niñez los damos tiernos, específicos, plagados de nosotros mismos. En la adolescencia son tímidos, y luego exagerados, radiantes, cargados de juventud, tanto que hablan de nosotros mismos, de las hormonas que rigen nuestros actos, de la fluidez que reina en nuestra sangre, del calor que nos invade cada día hasta que la adultés, con besos relajados, experimentados, dadivosos, nos devuelve la serenidad y también se la devuelve a nuestros besos.
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Hay cierto salmo -aquí mis informantes siguen vegetando, así que les debo el número- que dice que cada miembro del cuerpo humano está diseñado para honrar a Dios, para hacerlo manifestarse en cada uno de nuestros actos, en cada una de nuestras presencias. El salmo no menciona los labios, ni la lengua, ni las manos, ni todo lo que es necesario -o, al menos, deseable- en un buen beso, en un beso que se plazca de ser tal. Eso es un error, un grave error que ha cometido el redactor de los textos sagrados: los labios, al menos los labios, son persistentes e indomables instrumentos de Dios. A través de ellos, Dios cobra vida en nuestro amor a los demás.
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¡Qué besos! ¡Qué cosa es un beso! Lamento terriblemente que el gobierno de Guanajuato haya prohibido los besos en las calles de su capital por considerarlo "un atentado a la moral". ¿Qué clase de época más deleznable es ésta en la que vivimos, que considera a la manifestación más obvia del amor -hasta los leones y los perros se dan besos...- un atentado a la moral, y que, además, en un acto que podría considerarse puro y neto terrorismo al humanismo, lo coloca en el marco de las leyes, haciendo entrar la iniciativa con calzador en medio de un marco de normas que, si algo permiten por sobre todas las cosas, al menos en su estructura básica, es el reinado del amor? ¡Caramba! ¡Qué malos días! ¡Cómo hacen falta besos que abrasen las conciencias, y nos permitan de nuevo pensar sin limitantes! ¡Cómo nos hacen falta besos inmorales! -e inmortales-.
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¡Salud!

viernes, 16 de enero de 2009

Limítrofe.

Mi espacio personal comienza dónde el tuyo dice "no".
. Todos tenemos límites. Los establecemos sin siquiera pronunciar una palabra. Así, por ejemplo, todos tenemos una amiga a la cual, sabemos de antemano, podemos llegarle tarde, un amigo al cual nunca podemos dejar de hablarle en su cumpleaños, y un conocido que no soporta que le hablen de su madre mientra come -yo no tengo de éste último caso, pero imagino que lo habrá-. Los límites personales son como los poros en la piel de la espalda: damos por hecho que los tenemos, y los demás los conocen bien en nosotros aunque rara vez nos los hayan visto. Son más una cuestión de sensibilidad -que no es lo mismo que sentido común- que de declaración evidenciadora.
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Todo esto me lo explicó La Nancy cuando acudí a terapia con ella hace unos días. Y en todo, he de decirlo, tiene razón. En eso, y en que a mí me hace falta poner límites claros. Todos saben que mi cumpleaños me da lo mismo, no me gusta que me anden colocando pareja -como si fuera perrito, o un necesitado de amor- y suelo tomarme mi tiempo en los días de vacaciones para estar nada más que conmigo. Los que me conocen, al menos, no ignoran éstas y otras tantas cuestiones sobre mi persona. Pero el resto, que consiste en un gran cúmulo de decisiones y agrupa muchos aspectos de la vida diaria, tiene en mí la frontera misma que hay entre una línea de aire y otra. Nada.
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No digo "no" como debería, no digo "sí" como debería, lo que redunda en una alarmante incapacidad de los demás para saber qué tan mal me parece una idea, y una incapacidad personal de sentirme satisfecho con las decisiones que otros toman basados en mi concenso. Ni picho, ni cacho, ni me siento agusto al batear, en resumidas -y populacheras- cuentas. Ya se imaginarán entonces que el resultado es debastador, apocalíptico y de total incomunicación reinante -tipo la fábula de la torre de Babel, pero con más idiomas involucrados-.
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Nancy me ha pedido que comience a decir "sí" y "no" cuando lo sienta, sin meter explicaciones de por medio. Sé que esto será un balde de agua helada en la espalda de muchos de mis amigos, quienes no aceptan semejante clase de respuestas "secas" sin sentirse agredidos, o ignorados, o desconcertados. Yo, como persona medianamente madura que soy, asumo con consideración, alevosía y ventaja, desde este momento y hasta que el alma me aguante los retortijones, toda la responsabilidad que mis actos de "no" y "sí" radicales atraigan a mis relaciones amistosas. ¿Quieren que lo firme? Con gusto lo haré, nomás pásenme una hoja y me las arreglo.
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Así que ya lo saben. Cuando me oigan decir "no", apártense y cuéntenselo a quien más confianza le tengan. Estoy haciendo lo correcto. Mis límites traerán, en la visión de mi terapeuta, y con el tiempo, más capacidad para desarrollarme socialmente hablando de forma efectiva, más y mejores relaciones, más desenvolvimiento, más paz. Perderé, como siempre sucede cuando uno cambia de rumbo, los estribos, la dirección y en más de una ocasión también las amistades. Quizá aquí entre en juego mi idea de la soledad como buena herramienta para la felicidad y me saque adelante. Quizá me pierda un par de veces, y ya no sepa qué decirles, o cómo decírselos. Pero confío en que mis amigos son seres inteligentes, y que un "no" no los detendrá jamás para permanecer a mi lado. Pinky Promise.
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¡Salud!

miércoles, 14 de enero de 2009

Transportación.

Hasta ayer, cuando Ivabelle Arroyo iluminó mi conciencia con su oportuno comentario editorial en Mural, yo creía que todo el asunto de los camioneros, el alza al precio del transporte público y el interminable ligue de caracter sadomasoquista entre el Estado y los prestadores de servicios, todo eso, era nada más que un escenario más de la obra dramática tragicómica que constituye a la política mexicana -y, según veo, del resto del mundo-.
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Pero no. Ivabelle lo deja más claro, y ha despertado en mí su posición un sentimiento como de reservas y duda -puro, mero y garrafal "sospechosismo"-. Esto es de lo que todos nos hemos enterado: camioneros -término muy general que agrupa a un conjunto de organismos (empresas) que tienen la concesión del transporte público (Alianza, Sistecozome y SyT, principalmente), y que, por lo tanto, son los encargados de operar las distintas rutas que llevan a todos los usuarios diariamente a su destino (o algo así, porque al destino destino no todos llegan)- se ponen sus moños y deciden que ya todo está muy caro y el negocio ya no es negocio, así que deciden que subir el precio del pasaje de 5 pesos que ahora cuesta, a 7, será la mejor decisión que hayan tomado en sus garroteras vidas.
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Estado -término general que agrupa a un conjunto de políticos, principalmente panistas, que toman decisiones (quesque) y operan en nombre del pueblo la administración de los recursos (buena broma)- se pone a pensar -?- que el nuevo precio no conviene "a los bolsillos de los consumidores" -el mío, en lo personal, siempre está vacío, porque todo mi dinero lo cargo en la mochila, no en los bolsillos- y se niega a aceptar el aumento al servicio, aceptación sin la cual dicha nueva tarifa no sería legal, y, por lo tanto, sería penalizada su aplicación.
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Acto seguido, al más puro estilo de berrinche de Quico en El Chavo del 8, los camioneros amenazan con dejar de operar rutas hasta que el Estado acepte como oficial la nueva tarifa para que ellos puedan cobrarla. Esto el domingo, y ya para el lunes la cosa comienza a no jalar. El gobernador -quesque- se asusta nomás de imaginar el caos financiero, empresarial y estudiantil que ese paro significará, y, según la versión oficial, ofrece a los camioneros algo que da en llamar "subsidio", y que no es otra cosa que una millonada -258 millones de pesos- extraída del erario -osea, el dinero que todos apoquinamos para que el gobierno lo administre y nos dé servicios y calidad de vida elevados- para pagar a nombre de todos -¿alguien ya notó que, finalmente, todos lo estamos pagando?- lo que los 5 pesos que cuesta el transporte no alcanzan a satisfacer -diesel, revisiones, llantas, etc.-
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Hasta aquí la información generalizada. Dinero -salido, finalmente, del bolsillo de todos, usemos camiones urbanos o no diariamente- aparece en escena y salva a todos los usuarios de un cataclismo transportista. El dinero se acabará -los millones se otorgarán poco a poco durante seis meses-, pero ya en junio, dice el Estado, veremos cómo come la marrana para ver de qué lado le ponemos las bellotas -osea, ya que se acabe el tiempo, o que se nos venga encima, lo que pase primero, nos preocuparemos-. Y todos felices.
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No. Ivabelle entra aquí a salvar mi capacidad de analizar -digerir- la información, y es clara al decirme, junto a todos los lectores de Mural, que la solución del subsidio no es solución. Para empezar, fomenta en los camioneros -los choferes podrán ser otra cosa, muy general, pero sus líderes y jefes son verdaderas abominaciones- la sensación de que el Estado, la ciudadanía y hasta el servicio que prestan -¡ojo, prestan!, no venden ni monopolizan- les deben pleitesía y fidelidad ciega, a costa de todo; en el Estado, los intereses son partidistas, electoral y populistas -no debe ser casualidad que el subsidio al transporte se agote justo en mes de elecciones en el estado-; en la población en general, el subsidio genera la temible y rechazable idea de que el Estado está sacando dinero de sus arcas, en un acto casi de caridad humana, y salva el pellejo al monedero de los tapatíos, cuando nada podría ser más falso, pues el subsidio, como ya expliqué, lo estamos pagando todos.
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Con transportistas que se presumen todopoderosos, un Estado débil -si no hay decisiones contundentes, como retirar las concesiones del transporte (concesión = derecho cedido, pero no regalado a perpetuidad), no hay un Estado fuerte y soberano, que actúe con todo el derecho que la ley le otorga- y siempre tendencioso hacia los votos, y una población desinformada y agachada -nadie iba a dejar de usar los camiones, al fin y al cabo, ni a rechazar ninguna clase de tarifas de manera expuesta y contundente-, Jalisco apesta, y su transporte más.
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Yo agradezco infinitamente a Ivabelle por abrirme el camino al pensamiento efectivo. Yo no sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero de aquí a seis meses se nos va a volver a echar el muerto encima, y, conociendo a lo que huelen los camioneros, temo que no será un muerto de presencia agradable. ¿Y qué vamos a hacer entonces? El gobierno federal acaba de pedir a los estados de la unión que regresen un porcentaje de los presupuestos otorgados en diciembre del año pasado, como una medida contundente, pero presumiblemente efectiva, de ahorro ante la crisis generalizada.
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¿Y? ¿Así las cosas va a volver don Emilio "La Monja" Márquez a sacar dinero de su sombrero mágico para entregarlo a los transportistas y pagar de nuestros bolsillos otros seis estúpidos meses de inútil subsidio? ¿Vamos a hacer cooperacha para pagarnos entre todos los lugares en el transporte? ¿O mejor vamos a indignarnos con efectividad y a reaccionar con inteligencia, haciendo latente nuestra inconformidad ante un servicio caro y de cuarta, que además de todo, nos suele costar la vida? Está como de novela de Thalía, eso de aguantar a lo baboso las cachetadas que nos ponen los transportistas, que todavía no han entendido que su servicio no responde a su negocio, sino a las necesidades de la población. ¿Un paro? Sí, propongo un paro, un paro de idas al trabajo que a nadie nos va a costar la chamba, pero que va a dejar a los transportistas con la sensación, temible y apocalíptica, de que sí somos un pueblo organizado, y no una manada de vacas a las cuales les toca, casi por cesión divina, llevar al matadero.
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¡Salud!

lunes, 12 de enero de 2009

One, two, three, go!

Con un martes que se avecina tormentoso, este fue un lunes radiante y oloroso -sí, como comercial de Fabuloso, pero sin hacer feliz a ninguna nariz-. Después de pasar una tarde en vivo y en directo con mi entrañable Zucaritas -yo insisto en que Matel debería de hacer copias exactas de ella para venderlas como mejores amigas, aunque el producto sería de un acabado algo macabro, tipo Furbis o Tamagochi-, me vine directo a mi casa para escribir a ustedes, en vista de los malos tiempos, sobre buenos resultados de un estudio que recientemente se publicaron en la prensa mundial.
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Se trata de un artículo que apareció en el New York Times la semana pasada -si les digo que mis informantes nos traen pura fuente de primera calida', y ustedes no me quieren creer-. En él, se da a conocer la respuesta que un conjunto de estudiosos del Departamento de Psicología Harvard obtuvieron al observar durante algunos años los procesos de la mirada humana enamorada. Ya viene el 14 de febrero -se precipita la fecha funesta; amarren navajas y preparen anticorazonadas-, así que los resultados podrían agradarles tanto a ustedes como a mí. Música, maestro.
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Todos ligamos con la mirada. En la observación obtenida por los investigadores estadounidenses, quedó muy claro el hecho de que todos los seres humanos establecemos un primer contacto a través de la vista. En el caso de los ciegos, incluso, el enamoramiento, que sucede a través de la voz, o posiblemente del tacto, no sería posible sin la definición de una imagen -dibujo totalmente mental- del objeto de deseo -¡auch!, qué bonito sinónimo me acabo de aventar-.
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Lo curioso, sin embargo, es que para que exista una conexión amorosa entre las personas, son necesarios sólo -o al menos- tres segundos de mirada directa e intencional. Osea que el ligue, para que sea ligue, debe nacer de vista a vista. Eso explicaría, en palabras de los investigadores, por qué es que las mujeres no sienten llegar a su verdadero amor cuando un hombre "inspecciona" -eufemismo para decir "se las come vivas"- sus curvas, o viceversa. De hecho, dicen los investigadores, son pocos los hombres -individuo, ser humano, género masculino- que pueden desarrollar sentimientos amatorios sinceros y leales partiendo sólo de miradas furtivas femeninas a ciertas partes de su cuerpo que no corresponden con la vista.
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De ojo a ojo, tres segundos, y tenemos magia. Yo me puse a pensar de inmediato, apenas mis informantes me trajeron el agua caliente para mis callos y me pasaron el resumen ejecutivo del estudio que leyeron, en todas las veces que he intentado ligar en un camión, o que alguien -mujer u hombre, porque de todo hay en esta vida- ha intentado ligarme a mí. Y sí, no me queda la menor duda: la mirada, más que un gesto, un movimiento exagerado de labios o extremidades, incluso más que un pellizco o agarrón de cualquier parte corporal, es determinante para que uno baje la guardia, ría nerviosamente, y admita haber sido señalado y tocado -en el sentido sentimentla de la palabra-.
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Por eso yo rara vez mantengo la mirada cuando alguien intenta ligarme a mí. No, es cierto, a veces, muchas veces, me dejo cautivar. ¿Quién puede negar que es lindo, al menos de vez en cuando, sentir la necesidad del otro de encontrar nuestros ojos y hacerlos papilla con los suyos? Es admirable, creo yo, y hasta aplaudible, la capacidad que tienen muchos, quizá ganada a fuerza de decepciones y tropiezos, para resistir las miradas implicosas y caprichosas. ¿Cómo es que no caen ante tres segundos, o hasta menos, en el caso de los facilotes como yo, de bombardeo de iris y pupila? Hay que ser dioses, o ciegos, o insensatos, para no morir en tal batalla de fragmentos oculares.
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También pensé en todos los amigos que tengo que han agarrado novia(o) en ligues de a miraditas en los camiones. No los tengo muchos. La mayoría agarra así relaciones esporádicas, no muy convincentes. A los estudiosos harvarianos quizá les faltó investigar qué tanto esos tres segundos de tocar la puerta del alma que son los ojos garantizan no otros tres segundos de permanencia en el corazón. Yo he ligado en camiones, pero nunca he sacado de esos ligues relaciones fructuosas -en el sentido romántico de la palabra- ni de larga duración. Pequeños momentos. Pareciera entonces que el número de segundos que miramos a los ojos intentando enamorar, es proporcional al número de horas que pasamos al lado de esa persona, pensando en sólo no dejar de amarla.
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Hace unos días, cuando las cosas estaban mejor, mi amiga de antaño, una de las pocas de antaño que tengo siempre cerquita, La Wera, me confesó un reciente traspié amoroso. Yo sufrí con ella en cada parte de su confesión, pero más cuando me explicó, a detalle y sin escalas, cómo es que comenzó a adivinar que las cosas no iban bien con su chico tan sólo mirándolo a los ojos. No lo vio tres segundos, ni dos, ni uno: bastó, con la inteligencia femenina que la caracteriza, tan sólo un leve atisbo, un desvío, una luz mal reflejada, para romper el corazón de mi amiga y anticipar declaraciones.
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Harvard no ha reiterado la idea de que los ojos son la ventana del alma, pero creo que todos podemos concluirlo ahora. Si el alma humana es luchona y no se doblega ante el dolor ni la adversidad, ¿cómo no esperamos que su ventana hable también de lucha, y haga caer rendidas otras almas a través de otras ventanas? Cuide sus ojos. En un futuro, quizá no muy lejano, podrían sacarlo de insondables soledades.
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¡Salud!