viernes, 5 de diciembre de 2008

Una corta Feria 7.

Séptimo día de Feria. Un día de contrastes, de altibajos sentimentales que casi me tienen al borde de la razón: por un lado, su seguro servidor se aventó casi diez entrevistas, o no sé si fueron más, y fue y vino tantas veces de stand en stand que comenzó a ver borroso y a olvidar los nombres de autores, títulos y editoriales. Ése, aunque no parezca, es el lado ameno de la balanza: más entrevistas significan más retos profesionales, y, por ende, más avance en el terreno del periodismo, que tanto me apasiona.
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En el lado malo, sin embargo, se encuentra la terrible noticia de que mi hermano se ve obligado a abandonar el Distrito Federal, su ciudad amada, a falta de ofertas de trabajo accesibles y sustentables. A mí la noticia, dada por teléfono a kilómetros de distancia, me estrujó el corazón e hizo que sucediera lo único que me faltaba por hacer en FIL: llorar. Ahora sí: la Feria del libro más grande de América Latina, y el único evento que al año me hace sentir orgulloso de mi ciudad y mi Universidad, es para mí una casa, una patria, un suelo anual dadivoso y fértil, lleno de mí y mis circunstancias.
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La parte buena incluyó mucha gente. Yo, francamente, estoy sorprendido de la cantidad de chavos y chavas que han inundado los pasillos de Expo Guadalajara esta semana. "Invasiones bárbaras", los llama atinadamente el periódico Público, en su edición de hoy. Uno los ve a los pubertos, que es lo más bonito del asunto, y lo que más hace que se me haga la piel de gallita, buscando autores y frecuentando libros. No entraré, porque no me da la gana, en la polémica sobre si sí leen lo que compran y qué es lo que leen. Yo los veo llevar libros, felices y contentotes, y pienso que, los lean o no, ya hicieron algo por la industria editorial mexicana y por sus trabajadores, ya pusieron su granito de arena para construir un México mejor, y ya adquirieron un pedazo de imaginación, cultura o muerte profunda, que los hará mejores sólo de traerlo bajo el brazo. Ahora que, si lo leen, no sólo tendrán un mundo en el horizonte, sino que serán partícipes de él, y, de paso, recibirán mi más profundo y sincero agradecimiento.
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La parte mala incluye una debacle personal. Mi hermano se siente caído, y yo no puedo hacer otra cosa que sentirme caído también. Los ánimos están por los suelos, y quedan pocos sueños visibles en la inmensidad de la noche. Le he prometido soñar por él, en lo que él se levanta un poco y es capaz de ver las cosas con más claridad. Y lo haré: soñaré y veré lo que él no ve ni sueña, hasta que las cosas en él estén mejores, y yo pueda entonces devolverle los sueños que he cuidado mientras tanto. Después de todo, si hoy estoy en pie es, sin duda alguna, por la asistencia puntal y efectiva que él ha puesto en mí cuando he estado en suelo. Es el momento de tender mi mano y amarrar sus brazos a mi espalda. Su problema no es el mío, eso lo entiendo, pero no lo dejaré caído mientras tenga las energías suficientes para levantar su ánimo y limpiar su camino.
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La FIL se precipita a su final. Esto inclina todavía más la balanza hacia el lado malo. Yo vivo las otras 51 semanas del año porque sé que vendrá ésta. Cuando se acaba, la única esperanza que queda es saber que, entro de 365 días, estaremos la FIL y yo viéndonos de nuevo las caras. Hoy ya lloré con ella -que no por ella, como otras veces he estado a punto-, y hoy ya me ha consolado. No sé por qué, pero todo apunta a que esta Feria es la amante más placentera que he tenido entre mis brazos. Y conste, que eso ya es mucho decir.
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¿Ya vinieron? Mañana es fin de semana. El que no venga, y deje ir la oportunidad de (re)encontrarse con los libros, no merece esta Feria, que todos hemos construido, y no merecer esta Feria, créanme, también es mucho decir.
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¡Salud!
¿Dónde está la FIL? Aquí 'táááá.

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