lunes, 1 de diciembre de 2008

Una corta Feria 3.

Tercer día. Si esto fuera Pascua, Cristo habría resucitado hoy. Pero no, es esto, al igual que la Pascua, una fiesta, pero su motivo de celebración son los libros, no las muertes vencidas, ni los pecados originales subsanados. Esto es la FIL, y, acuso, su gran problema no son los organizadores, ni las jefaturas de prensa, que tienen tan malos pelos, sino las editoriales. .
Sí, las dueñas del dinero que circula por aquí, que baña pasillos y sostiene a todo el evento, por más que Raúl Padilla y su gente se afanen en decir que el dinero sale de y se queda en la Feria, las señoras editoriales, se han puesto este año, dicen las malas lenguas -que son de mis informantes- que por la crisis, unos moños, que ya los quisiera Minnie Mouse o la pájara Peggy, o el árbol navideño Coca Cola.
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Las dichas editoriales, creyéndose -porque lo son- las que más lana ponen, y las que más lana esperan sacar, me han traído vuelta tras vuelta procurando autores y títulos, con el único miserable y desinteresado fin de entrevistar gente que yo ni he leído, y en su mayoría, ni quiero leer. Desde Fernanda Familiar, que se negó a dar entrevistas a los medios -fiuuu-, hasta Jorge Meyer, que traído por Planeta -la gran madre de las malas madres de esta FIL 2008- ha producido un libro tan pero tan caro que ni copias engargoladas me quieren dar, todos andan tan ufanos y creídos que estoy por mandarlos a todos, con el respeto -poco- que me merecen, a pelar habas en algún lejano país.
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Pero mientras mi paciencia se agota, mi gusto por esta Feria crece y crece. Ayer, me dicen mis informantes, cuando yo ya los había saludado a ustedes y avisado nuevamente que pasaran a visitar la FIL, Carlos Fuentes se reunió con sus compinches el Monchis y el Gabo -osea, para los no lectores (pobres almas en desgracia) Carlos Monsiváis y Gabriel García Márquez-. La gente se apelotonó -no en el sentido sentimental de la palabra, que usan los argentinos-, se arremolinó, pues, afuera del auditorio Juan Rulfo, clamando por entrar a ver a los tres autores hispanos, o, de perdida, oír sus voces, en el entendido de que eran tantos los que colmaban la sala, que de tantas cabezas altas a duras penas podría uno disfrutar de sus lecturas y anécdotas orales.
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Fue tanta la gente, que los que terminaron pagando el arremolinamiento -¿sí se dice así?- fueron los chavos de servicio social de la U. de G. -ya me veré en ésas-, quienes fueron colocados hábil y estratégicamente por el comité organizador de la Feria... ¡como barrera humana! Ahí los veía uno, paraditos, hombro con hombro, impidiendo la entrada, con caras de desaliento y frustración, mientras el mar de gente desprendía stands y cacetas telefónicas para romper la valla, acabar con la medida de seguridad biológica, y entrar a ver -o, repito, escuchar- a sus autores favoritos.
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Yo me refugié en la sala de prensa cuando vi que las cosas iban para mal y para largo. Dicen mis informantes, que aunque no estaban haciendo valla sí andaban en el chisme, que hubo saldo blanco -sí, es que todos los chicos de servicio social traen playera blanca, y hubo muchos de ellos que quedaron en calidad de saldos.
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Así las cosas. Como bien verán si ven bien, puro folklore hay aquí. Yo, por mi parte, no me canso de invitarlos. Hoy veo más gente que ayer, que era domingo, y cada día veo más convencida a la organización del evento de armarse más y más en grande, hasta que ya no quepamos ni los periodistas, ni los fotógrafos, ni los autores, ni los lectores, quienes, ante todo, deben ser los principales requeridos en esta celebración.
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Ya huele a pastel, ensalada fría de coditos y rollitos de jamón. Falta la gelatina de limón en flanerita, ¿quién la trae? No hay fiesta decente sin gelatina de limón en flanerita, no sean así. Aquí los espero. No me acabo mi ensaladita ni me agüita de jamaica hasta que no lleguen con la gela. Ya dijeron.
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¡Salud!
Qué bonita Feria, qué bonita Feria. Ya, en serio, vengan.

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