miércoles, 24 de diciembre de 2008

Tradicional(de)mente.

¿Por qué será que nosotros heredamos la costumbre americana, inglesa, europea entonces, de entrarle al pavo en estas fechas? Porque, hasta donde tengo entendido, y hasta donde mis informantes me tienen enterado, hoy todavía en la capital de este país tan folklórico se consumen por la noche romeritos con mole, tortitas de pescado, bacalao y hasta tamales con champurrado. Del pavo, ni asomos. Los que le entran a la carne blanca más cotizada de las fechas decembrinas, son los mismos habitantes de México que viajan a los Estados Unidos en estas fechas, tienen familiares allá, o han heredado la sana -y cara- costumbre de generación en generación.
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Y es que, comentario aparte, todos tenemos una tradición navideña familiar, por más que nos afanemos en negarlo -nunca falta, y también son tradición, el tío o la tía Scrooge-. Los hay de todos tipos: la corona para la puerta que ha pasado de generación en generación, el plato en que se hace la "ensaladita de repollito", que ya a estas alturas sabe -el plato- a navidades añejas, el mismo vino que se compra en el mismo abarrotito, la misma estrella que se posa en la punta del mismo árbol, el mismo niñito Dios que se arrulla y se posa en el mismo nacimiento de cerámica -lo de "niñito" es un decir: también es tradición que la creaturita de porcelana parezca hijo de Godzila entre tanta figura dispareja, porque el nacimiento, al paso de los años, las mudanzas y las compras, ya parece collage de estilos decorativos (esto también es tradición)-.
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Es extraño, pero en el mexicano, y ahí mi comentario respecto al pavo y los romeritos, una gran parte de las tradiciones familiares navideñas desembocan, o se relacionan, o contemplan aún lejanamente, la degustación de manjares particulares. Hasta el niñito Dios-Bebé Patito que se arrulla y se pone a dormir en el portalito -en que a duras penas cabe, como ya dije-, se pone en una canastita con chocolates Palmer, de ésos de huevito y envoltura verdiroja, que, tradicionalmente -ya la palabrita empieza a perder sentido para mí a estas alturas de la entrada-, se compran en la misma dulcería.
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Aunque sigo sin explicarme por qué en Guadalajara hay más pavo que romeritos en las mesas familiares esta noche -se aceptan sugerencias-, no puedo evitar pensar en la tradición familiar navideña más célebre en mi caso. Se trata del famoso, esperado y multisolicitado suflé de jamón, que mi beatísima madre prepara sólo una vez al año en esta fecha, y que se acaba más rápido que el también famoso, esperado y multisolicitado pavo horneado.
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Cuenta la leyenda -yo ya estaba vivo cuando la leyenda empezó, pero sinceramente no me acuerdo- que de niños, mis hermanos y yo hacíamos verdadera trampa, comiéndonos el suflé y proclamando, apenas terminábamos la segunda ración, con el pavo y el relleno todavía esperando en el plato, que estábamos llenos y no dispuestos a comer nada más. Ni mamá ni papá ni ningún otro invitado podían obtejar nada, porque apenas anunciábamos nuestro cese de actividades en la mesa, saltábamos y corríamos a refugiarnos en las camas para esperar ocho inexpugnables horas, o más, a que llegara "el niñito Dios".
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Esa es la tradición en mi caso. Comentario aparte: yo siempre fui de la idea de que era ridículo esperar a que el niñito Dios llegara, pues si apenas lo habíamos acurrucado en el portal, ¿cómo era que iba a llegar? ¿qué no para llegar, reflexionaba yo, hay que no estar primero? Él ya estaba... ¿tons? ¿Cómo ahí qué?
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Sé que ustedes tendrán sus propias tradiciones navideñas, y que, si son mexicanos, de seguro su tradición remitirá a la comida: el pozole que lleva frío la tía Inés, que siempre llega tarde y maquilladísima, oliendo a Chanel No. 5, los tamalitos de elote que compra "a la pasada" la tía Rosa "nada más para no llegar con las manos vacías", o la insufrible ensalada de pasitas, uvas, manzana y crema que prepara, por cantidades industriales, el tío Manuel, que además da muy malos regalos -calcetines, gorros, esas cosas que uno pierde antes de usar-.
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Reflexionándolo bien, toda tradición navideña familiar, por más cruel, despiadada o insufrible que sea, no tiene otra función que recordarnos que, nos plazca o no, que eso ni se nos pregunta, somos parte de una familia que, para bien, mal o regular, nos ha educado -o lo ha intentado-, y está dispuesta siempre a darnos todo su cariño y comprensión -o sus regalos de roperazo-, aunque sea una vez al año.
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Yo les deseo felices fiestas a todos. Que la paz, la ¡salud! y la prosperidad, arriben esta noche a sus casas y se queden en sus corazones el resto del año.
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¡Salud!

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