sábado, 13 de diciembre de 2008

Siete pecados Filadelfia.

Hoy estamos a trece de diciembre. Faltan exactamente quince días para el festejo de nuestro -suyo y mío- primer aniversario de El Baile de la Coma. Mientras los festejos se preparan, y nuestra junta editorial -?- se reúne -?- para planear -?- la nueva imagen que tendrá esta feria -nota al margen: "feria" es aquí usada como término homólogo a "vaina" (ah, no, así pues sí)-, les aviso que la cuenta regresiva ya empezó, y que cuando resten diez días para el onomástico van a empezar los descuentos, los deschongues y los arrebatos de lujuria, placer y carnaval, con los cuales pensamos festejar el numerito. Avisados están. Luego no digan que no los invitamos.
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Éste fue, como hacía mucho tiempo no me lo daba, un sábado de pelis. También fue un sábado de pelos, de mucho estar tirado en cama, leyendo la vida pasar, o pasando la vida al leer. Pero lo que importa es el hecho de que dos películas de importancia y pompa rimbombante fueron degustadas por los ojos de ésta su pluma. Viene, pues, la observación personal de ambas cintas, resultado de la observación directa de las ídems.
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Se7en -sigo sin entender si es Seven o Se7ven o Se7en, pero de cualquiera de las tres formas nominales entiendo su razón-, del director David Fincher, es una perturbadoramente real cinta de suspenso, sangre y terror sicológico que yo ya había degustado antes, pero hacía tanto tiempo, y en circunstancias tan poco formales -no vi Se7en aquella vez: la oteé desde la puerta entreabierta de mi recámara, subestimada mi capacidad de digerirla por los adultos alquiladores de la peli-, que cuando la vi en el videoclub no pude más que tomarla y traerla a casa.
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Creo que ya se saben la trama, así que no ahondaré mucho en el asunto, no mucho más allá de expresar lo que provoca: un asesino serial, inspirado en la tradición cristiana de los siete pecados capitales, mata al mismo número de personas con modus operandi bastantito pasados de lanza, agresivos, locochones, inteligentes y admirables. "Ay, ya empezó éste con sus contrariedades", van a empezar a decir cuando lean que considero los modos de asesinar del "chico seven" obras maestras de ingeniería mortuoria.
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Pero no me voy a echar pa' trás. El asesino de la cinta, encarnado por un bastante siniestro y con rostro de pervertido -más de lo que ya lo tiene- Kevin Spacey, hace de sus obras verdaderos arranques de inteligencia maestra, propia sola de un genio hecho, derecho y mal encausado. El punto, claro está, no se halla sólo en lo bien lograda que está la dirección de la cinta, ni lo sangrientos o morbosamente novedosos que resulten los modos de asesinar que tiene John Doe -"Juan Pérez", según Palmera Records-.
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Lo realmente magnífico de la cinta está en el terror que sobrepasa la pantalla e inunda al espectador al cuestionarlo sobre temas tan morrocotudos como maldad, bondad, ira y envidia. Después de todo, ¿no somos todos envidiosos, al desear más de lo que la naturaleza misma puede darnos?, ¿no todos malos, al intentar hacer que otros entiendan y sigan nuestras propias visiones de la vida, que muchas veces no son compatibles con las del mundo entero? Yo, que no suelo cuestionarme mucho ese tipo de cosas, terminé temblando. Recomendable es poco: Se7en (la del 1995, no sé si haya otra, pero por si las dudas...) merece de sobra los fans que tiene y los que están por formársele. Merece un reestreno, pero no voy a promulgar eso en tiempos tan caóticos, dónde hasta el cine podría terminar siendo presa de sospechas y señalamientos de generador de violencia. Mejor véanla en casita, y regrésenle las veces que quieran.
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La otra película fue más pasajera, pero cierta situación familiar me hizo suceptible a sufrir su trama: Philadelphia, de Jonathan Demme, el mismo director de la primera entrega de Hannibal el caníbal, El silencio de los inocentes, es un verdadero mar de cuestionamientos morales, sociales, culturales y hasta personales -bueno, esto en mi caso-, que no sólo merece, sino hasta tiene con qué.
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Tom Hanks, un muy joven Tom Hanks, interpreta al inteligente y profesional abogado Andrew Beckett, quien es despedido injustificadamente por la prestigiada firma para la cual trabaja al descubrir que padece cáncer. Decidido a no dejarse caer -abogado al fin y al cabo, y eso que no graduado en la U. de G. ni en la UNAM-, contrata -o convence- los servicios de otro abogado, Joe Miller, interpretado por un diez años más joven, y diez años igualito, Denzel Washington, quien hará hasta lo imposible no sólo por defender a su cliente, sino por entender la situación de su homosexualidad y cambiar, aunque sea poquito, su modo cuadrado de comprender la sexualidad humana, de entender la naturaleza humana.
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Philadelphia vale la pena por muchas razones. Vale la pena su música -que le otorgó a la cinta un Óscar en la entrega de 1994-, su dirección escénica, sus actuacioens proverbiales -falta agregar a Antonio Banderas como Miguel Álvarez, la pareja de Andrew-, y sus discursos, diálogos y escenas no sólo bien planteadas, sino bien aderezadas, bien llevadas y bien manipuladas.
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Pero ante todo, creo de Philadelphia que vale la pena porque nos permite, a quince años de distancia de su estreno, replantearnos cuestiones de vital trascendencia para la comunión de nuestras sociedades, cuestiones que, todavía hoy, siguen pulverizando la dócil locomoción de nuestros días como multitudes cultas: la "supervivencia del más fuerte", que nos deshumaniza, el criterio de adaptación a las minorías, las minorías -que a la mera hora resultan ser mayorías aplastantes-, la discriminación, la polarización de las conciencias, la radicalización de los paradigmas y las ataduras de conciencia que nos provocan los convencionalismos, los formalismos y las fobias.
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Les dejo las dos películas para que las disgusten, gusten y digieran. Sepan que ambas son verdaderos retos a la conciencia, la paz y lo que el concepto americano de la palabra da en llamar "felicidad". La felicidad, decían los románticos alemanes, es un adefesio construído para esquivar el estado verdadero de la condición humana: la melancolía. Yo no lo creo tan así, no me voy tan al extremo, pero sí considero que la verdadera felicidad radica en estar enterados, concientes y dispuestos a modificar la situación de las cosas. Sean, pues, felices con una buena dosis de buen cine.
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¡Salud!

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