lunes, 22 de diciembre de 2008

Nez.

Para él, que llegó, y para mi hermano, que lo trajo a casa.
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El primer recuerdo que tengo de Nez es un aroma. Sentado en la sala de televisión de mi antigua casa, pude saber que mi hermano había entrado con algo nuevo bajo la chamarra sólo de oler esa extraña mezcla entre vacuna, croqueta, leche, miedo y moco. Y había además algo aceitoso, un aroma a pulcritud y novedad, que se me agarraba a la garganta, me obligaba a voltear hacia su fuente. "Es que es un cachorro, y como acaba de nacer, pues huele a nuevo", me dijo mi hermano cuando, días más tarde, le hice ver mi apreciación. Y tenía razón, creo, porque los bebés humanos también huelen a nuevo, y conforme pasan los años uno va haciéndose a la idea de que no nacimos para oler a flores, sino para llenarnos de los malos aromas del mundo, para buscar jabones, lociones, fragancias, que nos quiten lo humano y nos devuelvan lo primigenio.
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El segundo recuerdo que tengo de Nez es la visión de una gran rata. Cuando mi hermano lo colocó en el piso, apenas entrando en la casa, sus patitas tambaleantes de recién nacido, aferrándose a la vida, no pudieron resistir lo resbaloso de las baldosas de la sala y dieron con todo y perro en el suelo. Cuando pudo levantarse, trémulo y miedoso, me sorprendí de encontrar frente a mí, parado a duras penas, a un ratón algo grandecito. "Parece una ratota", dije, mientras mi madre se agachaba un poco para acariciar su pequeña cabeza. "Es que está chiquito", me hizo ver mi hermano, sin que yo entendiera qué demonios tenía que ver que ese ratón estuviera chiquito con que pareciera una gran rata. "Crecerá y verás que es un perro con todas las de la ley". A mí no me lo pareció entonces, pero le di la razón a mi hermano cuando Nez creció y tomó forma, y entonces pude comprender que nadie viene a este mundo igualito a como será de adulto porque conforme pasan los años perdemos el reflejo de la belleza de Dios que Él mismo puso en nuestros rostros para llevar esperanza y fe a los que nacer nos ven.
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El tercer recuerdo que tengo de Nez es un gran charco de orina. Apenas acababa mi madre de decir un cauteloso "Bienvenido a casa, Nez", cuando el cachorro dachshund de un mes de nacido aflojó esfínteres y soltó con todas sus fuerzas el contenido de su vejiga. "Pues para ser tan chiquito, tiene un gran tanque", atiné a decir, mientras mi madre, acostumbrada a meados y otras muchas funciones escatológicas tras tres embarazos y cuatro niños, buscaba algo con qué limpiar, muerta de risa. "Mira, que ha tenido buena idea para inaugurar su entrada en casa", decía, mientras mi hermano tomaba al perro y lo colocaba suavemente en su nuevo hogar, en el cuarto de servicio, bajo la escalera de caracol. .
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El cuarto recuerdo que tengo de Nez es un chillido interminable. La primera noche que pasó en casa, Nez no paró de llorar. Mi hermano, que es un adversario nato de los ruidos, no pegó pestaña ni un sólo segundo, y por la mañana se declaró enfermo para no ir a trabajar. Yo, que no podía evitar seguirlo, le dije a mi mamá que me declarara enfermo también para no ir a la escuela. En mi caso, sin embargo, la mirada declaradamente reprensora de mamá terminó por convencerme, y tuve que ir, muy a mi pesar, a afrontar con gallardía uno de los días de mis últimos meses en la escuela básica. Cuando regresé, Nez seguía llorando, y buscaba tanto a qué nombrar mamá que mi hermano optó por meterlo en la casa y darle de comer él mismo, con todo el cariño y la consideración posibles. Muchas semanas después, cuando Nez dejó de llorar, era ya un cachorro vivaracho que nos seguía a todas partes, se dormía en nuestros zapatos y mordía lo que encontraba, como haciéndonos ver que estar con él, y él con nosotros, era un asunto de necesidad genética más que de impostación provisional.
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Cuando mi hermano tuvo que imprimirle los últimos esfuerzos a su licenciatura, Nez y yo nos convertimos en inseparables. Yo fui entonces quien se encargó de bañarlo, alimentarlo, vacunarlo y sacarlo a caminar. Andando con él conocí calles de mi colonia que nunca había visto en ningún mapa, llegó a mi vida mi hoy amadísima La Prisciliana, y hasta comí porquerías que me hicieron engordar -Nez es, hasta la fecha, un fiel amante del Gansito-. Nos hicimos tan inseparables que, con el tiempo, yo no imaginaba mis tardes sin sacar a Nez a dar la vuelta, y él no sabía de otra cosa en el día que nuestra buena media hora de chorcha y caminata.
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Pero le fallé, porque no soy perfecto, y conforme se volvió viejo me olvidé de sacarlo a pasear y atenderlo. La secundaria llegó a mi vida con su ardid de irresponsabilidad y niñerías, y yo me concentré en conseguir amigos, encajar, ir a fiestas, visitar los antros, creérme la de "ya soy todo un adulto", y otras tantas cosas inherentes a la edad puberta. Cuando volví a Nez, ya no quedaba en mí sombra del gordito paseador de perros, y mi salchicha se había convertido en un verdadero albondigón que tenía serios problemas para levantarse y caminar.
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El colmo llegó cuando, una mañana, mi madre dio gritos de horror y, al acudir a la cocina, descubrí que Nez avanzaba arrastrando sus patas traseras, sumido en un lastimero y profundo aullido de dolor. Sin que yo entendiera qué pasaba realmente, sin que mi cerebrito adolescente pudiera explicárselo todo, Nez fue internado una semana y sometido a un agudo proceso quirúrgico para resarcir en lo posible, dijo el médico, el daño "casi irreparable" que habían causado en su delicada columna vertebral el peso y la falta de actividad física a la que antes estaba acostumbrado.
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Cuando llegamos al hospital -sí, es raro, pero existen los hospitales para perros-, mi mamá fue lo suficientemente clara: "Vas a entrar tú, y vas a hacer un acto de conciencia para prometerte a ti mismo que no dejarás que esto vuelva a pasar". No era necesario que ella me lo dijera: mi hermano había estado toda la semana visitando al can y me había estado pasando específicas cuentas de lo que mi inatención y mi irresponsabilidad habían causado en el pobre perro.
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Tengo un recuerdo más de Nez entonces: el del olor a desinfectante, orina, excremento y sangre que azotó mi rostro cuando entré, siguiendo a una espigada veterinaria, en la sala de recuperación del hospital veterinario. "Es la última reja. Jalas para abrir", me señaló. Caminé entre visiones de ojos palpitantes y hocicos retorcidos. Todo el peso de mi falta de criterio se me vino encima entonces, imaginando el deplorable estado en que estaría mi perro. Estuve tentado a no llegar hasta la última reja, salir corriendo, dejarlo todo y buscar consolar mi culpa en el recuerdo de alguna foto, algún buen rato. Pero no, no lo permití y dejé que mis pasos, casi sonámbulos, me llevaran hasta la pequeña celda de Nez.
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Dentro, su lengua lamía con insistencia las pequeñas costritas que en sus muslos habían dejado las agujas de las sondas y los sueros. Pude ver sus ojos cerrados, concentrados, mientras su lengua no debaja de moverse, arriba, abajo, adentro, afuera, casi palpitando de placer. Era la soledad, el abandono absoluto al que nunca debí permitirme llevarlo. Entonces, cuando yo estaba a punto de llorar, cuando ya lo había entendido todo, otro recuerdo, esta vez una imagen: sus dos fosas nasales, ventanas al mundo, comenzaron a palpitar desesperadamente. Levantó la cabeza. Al encontrarse con mis ojos, pude ver en los suyos un reclamo aireado de abandono e ineficiencia.
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Entonces yo no pude hacer otra cosa que decir un sentido "perdón" y bajar la mirada. Cuando volví a levantarla, entendí que había captado mi punto. Parado con dificultad sobre la reja de su celda, me miraba con recelo y vigilaba mis movimientos. Acerqué mi mano, sin dejar de temblar. Acercó su hocico, olió. Entonces, otra imagen, otro milagro, otro recuerdo: su cola, esa extremidad magnífica con que el Creador lo dotó para manifestar sus sentimientos detalladamente, comenzó a moverse de lado a lado, primero lenta, acompasadamente, y luego más rápido, frenéticamente, hasta casi hacerlo volar.
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"Gracias", dije, una, diez, quince veces. Sabía que había un pacto, y que romperlo me haría acreedor a un rechazo tan pronto y espedito que no podría soportarlo. Abrí la reja, extendí mis brazos y Nez saltó a mi hombro. Era otro, diez o veinte kilos más delgado, se movía con dificultad y sus ojos cafés parecían dos pelotas gigantescas y llorosas en medio de su rostro demacrado. "Gracias", seguí diciendo de camino a casa, al acostarlo en su casa, sobre sus cobijas, al darle de comer, al medicarlo, al bañarlo, al sacarlo a pasear, de nuevo, recuperando el vínculo. "Gracias", le dije tantas veces que perdí la cuenta.
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Hoy, mientras escribo estas líneas, a muy altas horas de la noche, Nez se debate valientemente entre el sueño y la vigilia recostado en el suelo, a mi lado. Cada vez que escribo, saca sus trapos de donde quiera que los tiene y los trae hasta mi cuarto, se sienta a mi lado y deja que el sonido de las teclas chocantes de Roja lo mezan. Está aquí, a mi lado, recordándome que tenemos un pacto, y que el primero que lo venza, que no será él, eso seguro, deberá hacer grandes esfuerzos para reconciliarse con el otro, para recuperar su confianza. Yo recuerdo el pacto, como recuerdo tantas cosas de él, y no dejo de preguntarme con curiosidad quién habrá sido el sabio que dijo aquello de que los perros son los mejores amigos de los hombres, y que tener uno al lado te hace no sólo excelso, sino invencible.
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Los aztecas, y otros tantos pueblos nahuas, dicen mis informantes, colocaban un xoloescuincle en sus entierros porque creían que sería un perro de dicha raza quien guiaría al difunto en su recorrido por los más oscuros pasajes del Mictlan. Los egipcios creían algo similar, y todavía hay hoy gente que tiene la extraña idea de que hay Cielo para perros. Yo soy de ésos, y lo seguiré creyendo hasta que muera y Nez, o algo parecido a él si es que él no ha muerto para entonces, me acompañe por esos otros caminos que forman la vida después de la muerte, que atiborran el "más allá".
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Ahora, mientras lo veo durmiendo a mi lado, llego a la conclusión de que Nez, y los otros perros del mundo, son creaciones que Dios ha ideado para recordarnos que no estamos solos, que Él está presente en cada paso que damos, y que por más que intentemos apartarnos del camino, siempre estará la humildad y la querencia para limpiar nuestras lágrimas y saciar nuestra sed de búsqueda infinita.
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¡Salud!

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

De tus mejores entradas mi estimado, ya te habías tardado en darle una entrada a Nez, que bien merecida y ganada se la tenia, yo en lo personal, amo a los dachshund, o mejor conocidos como salchichas, yo tengo 2 perritas, hermosas como ellas solas, y son mi razón de ser, y la verdad los salchichas tienen un gran corazón, bueno todos los perros lo tienen, pero yo me inclino mucho por esa raza, algo tienen que me cautivan, me hacen suyo.

Saludos cordiales.

PD:
Estuve apunto de llorar cuando describiste sus ojos, me lo imagine.