miércoles, 17 de diciembre de 2008

Álgido.

Cuando las cosas están en un punto álgido, es vitalmente necesario que un "no implicado" meta el hombro y lleve los malos tratos a buen puerto. Yo había estado teniendo días bastante pesados ante peticiones bastante incumplibles, cuando hoy, en pleno punto álgido, La desaparecida -iba a decir "extinta", pero eso se oye muy animal- Arandera dio la cara y me entregó, sonriente y matriarcal, un par de títulos literarios a reserva de que, según ella dice, ando por cumplir años.
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No le crean. Yo lo único que sé es que está por ser Navidad, luego el cumple de la autora de mis días, y posteriormente el de este Baile que hoy, a reserva de lo que digan mis informantes, está a once días de llegar a contar sus 365. No reconozco en ninguna fecha un cumpleaños para mí. Así que los libros, que La Arandera colocó en mis manos con gallardo gesto, me representan más bien un regalo por Navidad, el cumpleaños de mi beata madresota y especialmente el de este Baile, eventos todos de gran festejo y provechosa ocasión.
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Los libros de La Arandera llegan en un punto decisivo para mi tranquilidad. Mientras mi medio -o lo que yo consideraba como tal- periodístico se afana en quitarme otros libros, frutos de mi trabajo, y mientras que lucho por no soltarlos, la representante oficial de la pasada administración llega, sin más ni más, y pone en mis manos dos fabulosos ejemplares nuevos y de paquete -así decían en Familia con Chabelo, ¿no?-
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Obviamente La Arandera es la capitana del barco que ha tomado las cosas en su punto álgido y ha suavizado los mares alebrestados. Yo, ya nada más por tener dos títulos regalados tan desinteresadamente bajo mis brazos y en mis libreros, me siento más reconfortado y más pacífico. Seguiré peleando por el resto, en lo que consigo buenos acuerdos o malos cortes, pero éstos dos que ya están aquí, oficializados y personalizados, me aclaran el panorama para buscar conservar los otros varios.
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A esto habrá que agregar que La Arandera me dio el aviso oficial de que acaba de terminar una mala racha que había estado teniendo, y que amenazaba por torturarla insaciablemente hasta acabar el presente año, o incluso prolongarse hasta la primera mitad del siguiente. Pero ya no: su abundante inteligencia le permitió darse cuenta de que a las cosas hay que darles su lugar, y que nada vale más la pena por qué luchar que por estar bien uno mismo con uno mismo. ¡Bendita sea la razón femenina! El resultado es óptimo y entusiasmante: del lunes -cuando hizo su descubrimiento- para acá, no ha perdido nada, no se le ha enfermado ningún familiar, no ha caído enferma ni ha roto relaciones con nadie. Ha ganado, ha renacido, se siente bien. La abrazo entonces a ella también como ya he abrazado y vuelto a abrazar a los dos libros que ha traído hoy a mi vida.
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El semestre se acaba. La Wendy ya anunció en su respectivo blog que no piensa hacer otra cosa estas vacaciones que olvidarse de todo lo que la remita a la escuela. Yo no puedo. Tengo un altero de lecturas atrasadas de todo el año que ya desbordan mis estanterías, y me traen en jaque -¿quién me manda ser tan responsable?- El hedonismo de la página ya está haciendo de las suyas conmigo, y eso que es hasta el viernes cuando oficialmente estoy libre de notas, trabajos, exámenes y ensayos. Pero así pasa, así es la literatura: más placentera que el chocolate, más inevitable que la televisión.
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¡Salud!

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