viernes, 12 de diciembre de 2008

Ciudades esperanza.

Ocurre con las ciudades lo que en los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado, pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un temor. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas, y cada cosa esconda otra.
Las ciudades invisibles, Italo Calvino.
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Como seguro ya sabían, porque yo mismo se los platiqué, hace unos días el mayor de mis hermanos dejó la Ciudad de México, de forma forzada e incriminante, ante falta de opciones laborales satisfactorias para su juventud y preparación académica, para regresar a Guadalajara, este pueblito de calles pavimentadas que sus nativos dan en llamar "ciudad" pero que aún conserva, en mucho, su gente incluida, el rictus propio de los más aislados poblados de dos o tres chozas, típicos del preclásico precolombino americano.
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El punto es que el mayor de mis hermanos ya está aquí, recuperándose del golpazo y dispuesto a seguir caminando. Todavía se pregunta cómo es que la vida da un giro tan maravillosamente deleznable que lo coloca en la misma situación que estaba, si no es que poquito pior, de cuando salió rumbo al Viejo Continente dispuesto a estudiar una maestría, un año ha. Yo mismo, que no he salido de aquí, todavía me lo pregunto. No hay respuesta. La vida, como la cantaba Jonhy Laboriel, es una tómbola, y lo que te salga, como en las de la Lotería Nacional, o las de las kermeses placeras, es un misterio tan magestuoso como es la vida misma.
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Guadalajara no lo recibe, pero yo sí. Yo le doy un abrazo al mayor de mis hermanos, un abrazo que es también un beso, una flor, una canción, un luengo deseo de pronta recuperación -nota al márgen: recuperación, en este caso, significa "estadía irrevocable en Ciudad de México"-, y un absoluto abrazo de letras y dulzores.
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Aprovecho para meter el comentario literario del mes. Italo Calvino, un cubano muy hacendoso, escritor de corazón y de razón, muerto en la patria europea que lo adoptó desde temprana edad, Italia -decir que no hay relación entre su nombre y la naturaleza patriótica de sus padres es como decir que el Cheese Weese y el pan de caja no se llevan-, escribió en 1974 la que es considerada su más grande obra, Las ciudades invisibles, una novela constuida a base de fragmentos de narraciones echas -literariamente hablando- por Marco Polo al gobernador de las Asias -no pregunten dónde quedan las Asias... estamos hablando de literatura, y con eso hay que tener cuidado-.
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El personaje de Marco Polo que Italo Calvino coloca como el narrador más importante de su creación literaria, plantea al Gran Jan -así se llama el emperador de las Asias- la construcción, situación y peculiaridad de cada una de las ciudades que componen su basto -y decadente- imperio. Y las hay de todas: hay ciudades de memoria, ciudades de deseo, ciudades de nombres, ciudades de luz.
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Yo me quedo con las primeras, las siguientes, las siguientes y las últimas. Me quedo con todas. Hay también ciudades esperanza, y también con ésas me quedo yo. Y yo, que me las quedo todas, tengo la esperanza. La Ciudad de México -que, por cierto, también se menciona en el libro, aunque su dominio no le corresponsa al Gran Jan- es una ciudad sempiterna y abrazable, dadivosa y dulce. Si el poeta dijo alguna vez de ella que su gloria es infinita, yo repito la idea de que vivir en ella, para mi hermano y otros tantos simples mortales, es cuestión de tiempo. Y al tiempo, diría Marco Polo, hay que darle tiempo.
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Por eso yo he construido mi propia ciudad. Todos, aunque lo nieguen, también construyen sus propias ciudades. La mía es respuesta a mis anhelos, mis necesidades, mis más fervientes deseos. La de mi hermano es respuesta a sus ansias por volver a vivir en la Ciudad más magnífica que posee este país de luz y fuerza -no del Centro... chiste local-. La mía posee fuentes y jardines, asoleadores de sueños y restaurantes de palabrería. La de mi hermano, posee una Torre Latino, un Bellas Artes, una Alameda, una Condesa, un Polanco, un Santa Fe. Las dos son posibles. Su posibilidad radica en la capacidad que tenemos sus creadores, sus poseedores, sus emperadores, de regresar a ellas cada vez que el tiempo nos da tiempo de ameritarlas.
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Sé que volverá. México es suya, le corresponde como el talco al pie o la tecla al ordenador. Sólo es cuestión de tiempo. Los grandes imperios de la historia, incluído el de las Asias del Gran Jan, no se han construido de la noche a la mañana. El México de mi hermano tampoco se ha fabricado en uno o dos santiamenes. Su regreso a la Ciudad de los Palacios será cuestión de semanas, meses, quizá años. Pero volverá, porque con las ciudades invisibles de nuestros corazones hay que "buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio".
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¡Salud!

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