martes, 30 de diciembre de 2008

A propósito.

Oh-mein-holy-god! El susto que me acabo de pegar. Revisando la entrada del 1° de enero de este año, en que intenté -¿notan cómo yo siempre ando intentando todo?- hacer una lista de propósitos para el 2008 pero a manera futurista, como si el 2008 ya hubiera pasado y yo ya hubiera alcanzado todo lo propuesto, me acabo de dar cuenta que mis propósitos no sólo se cumplieron, sino, tétrica y desaforadamente, rebasaron mis expectativas. El experimento, ya lo sabrán, me trae espantado. Ahora 'o verán.
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Me propuse entrevistar como loco y hacer artículos más profundos, o, en su defecto, más cortos. Listo, hecho, done. Si revisan los ejemplares de Mujer Hoy que hasta la fecha rondan por ahí -es que es hora que no sé a ciencia cierta a dónde va a parar todo lo que escribo y se publica-, se darán cuenta de que entrevisté hasta cansarme, y un poco más, y todavía tuve tiempo para armar artículos especiales, de esos que salen en media hora cuando la melodiosa voz de La Pau suena en mi teléfono y me indica, tan ecuánime y amorosa cual es: "Pinche Agus, estarás güey, hiciste un artículo menos la edición pasada. Pues ahora vas a tener que chutarte uno sobre los tamales radioactivos del mercado Corona, o sobre la viejita que atropelló el metro y ahora exige una indemnización por las tres piernas que perdió".
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Hice, si las cifras no me fallan, un promedio de dos entrevistas por mes, y sumando las de la FIL, hasta una por semana. ¡Qué trabajal! Estoy a punto de pedir el Pullitzer honorario a la joda más fuerte y prolongada. ¿Me lo ganaré? Conocí, eso sí, a muchos grandes y unos tantos pequeños, y completé, lo que no era mi propósito en la entrada de hace ya casi un año pero sí lo tenía bien propuesto en mi cabeza, a representantes de todos los géneros artísticos frente a mi micrófono: escritores, pintores, escultores, bailarines, actores, retóricos, cineastas, chefs -¿quién dijo que la gastronomía no es un arte?- y hasta músicos, desfilaron mes con mes frente a mis ojos, mis oídos y mis preguntas. Bien por ellos. Bien por mí.
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También dije que en el 2008 habría tenido muchos sueños y pesadillas. Evité rotundamente la posibilidad de que esos sueños y pesadillas traspasaran mis etapas freudianas oníricas y formaran mi realidad, pero de nada me sirvió: este año coseché grandes sueños, avances y metas cumplidas que me hicieron sentir seguro y feliz, pero también, porque en la vida hay que guardar equilibrio, tuve días de pesadumbre, desasosiego e insomnio. En el balance general, este 2008 no debería repetirse, pero de que se cumplió lo que pronostiqué para mí, ni duda me queda.
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En la cara bonita hubo viajes, nuevos conocidos y sensaciones de ensueño, muchas de las cuales todavía me tienen pensándomelas. En la cara fea -guiuuug-, hubo enfermedades, traspiés, derrotas -propias y ajenas- y leves caídas. Al final, creo yo, lo importante es que estoy aquí sentado, con todo y compu nueva -Roja es otro de los buenos avances de este 2008, aunque La Wendy insista en que soy el primer sujeto del que ella sabe que haya bautizado a su computadora-, escribiendo cosas que muchos leerán, y algunos otros evitarán -sabias decisiones ambas, según sea el caso-.
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Finalmente, supuse que para el final del 2008 habría yo reconquistado a amigos del pasado y conquistado a conocidos del presente. No pude tener predicciones más llenas de razón: muchas personas que ya se habían desaparecido de mi vida largo tiempo atrás, y otras que hacía apenas unos meses me habían dicho adiós con nula esperanza de retorno, regresaron y volvieron a iluminar mis días, recordándome que lo maravilloso de la amistad, de las relaciones humanas en general, es que están destinadas a un eterno retorno, mágico y didáctico, casi como el de Cien años de soledad, o el de Rayuela -si no las han leído, póngalas en sus propósitos para este 2009-.
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Imaginarán -y si no... ¡imagínense!-, que por estas simples tres razones no voy a hacer propósitos para el 2009. No, por lo menos, hasta que se me baje el espanto. De tan empachado que me dejó el susto voy a tener que sobarme la panza con alcohol, o pedirle a alguien me cachetee salvajemente -esta segunda opción suena mejor, no sé qué opinen sus católicas y moralistas conciencias-. Así que ya dije: para el 2009, y hasta el cansancio, sólo espero tener mucha dicha, progreso y amistad rodéandome. Lo que venga con esas tres cosas, o me lleve a ellas, como diría Doña Naborita, el célebre personaje de Los Polivoces, no me gusta, no me gusta, no me gusta.
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¡Salud! y buen año 2009.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Un año menos.

Sólo quiero de regalo
dar la vuelta al calendario
para que estos años
pasen hacia atrás.
Cumplir un año menos. La Oreja de Van Gogh.
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La sola idea es tentadora: cada año que pase, día por día, en un conteo exacto de horas y envejecimiento generado por el paso del tiempo, lograr ir hacia atrás y ser cada vez más joven. La idea no es mía -la sola posibilidad de que sea mía me pone los pelos de punta-. Le corresponde al grupo español La Oreja de Van Gogh la autoría de una canción que de eso trata: la posibilidad de cumplir cada vez menos años, hasta regresar al punto más maravilloso de nuestras vidas, o lo que evaluemos como tal, en que todo esté bien, nada falte, nada sobre, todo sea un paraíso, un sueño, un ardid de vida.
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Toda esta reflexión, ya podrán imaginarlo, viene a cuento a raíz de que, pese a mis intentos por refutar la idea o simplemente evadirla, todo el día de ayer me dio por cumplir años. Yo esperaba que el asunto pasase desapercibido, y que el maravilloso y a todas luces festejable primer aniversario de El Baile de la Coma robara toda la atención a la conmemoración de mi nacimiento.
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Pues no. Sucede que, contrario a lo que yo esperaría, tengo más gente que recuerda mi cumpleaños que la que recuerda la fecha en que este Baile abrió sus puertas. También puedo -¿o debo?- pensar que hay más cantidad de personas que consideran más importante a ésta su pluma que el blog en el cual escribe -o hace el intento-. Como quieran verlo, el punto es que, desde muy temprana hora -9 de la mañana, ¿y en vacaciones? Es más temprano que madrugar-, y hasta pasadas las 12 de la noche, ni mi teléfono celular dejó de recibir mensajes y llamadas, ni el de ésta su casa dejó de sonar.
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Los hubo de todos: los que mandaron mensaje cuando yo esperaba su llamada, y los que llamaron cuando yo me conformaba con un pequeño texto vía Telcel de su parte-yo soy Telcel, y La Wendy, La Casicasi, La Traviata (ella también es Movistar), La Prisciliana, La Zucaritas...-. También estuvieron los que fueron recordados de ni onomástico por el -bendito- Facebook -es que ya me sumé a la larga lista de gente menuda que se inscribe a la comunidad en internet más grande, internacional y chismorruda-, y ni tardo ni perezosos me dejaron un mensaje en mi Muro -así se llama la suerte de "pizarrón" personal en que la gente que no tiene nada qué hacer (me incluyo) deja mensajes a otros desquehacerados-.
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También estuvieron los que saben que mi "cumple" es para mí un día más en el año, y prefirieron felicitarme hasta hoy, 29, un día después, con tal de no desatar mi interminable perorata sobre lo "terrible que es llegar a esta edad" (digo lo mismo desde que cumplí 16), o, ya de plano, no felicitarme.
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Pero bueno. Me pasó el año pasado y creo que en éste con más razón, porque tuve más felicitaciones -¡hasta de un amigo de la primaria, que habló a mi celular a temprana hora sin que yo pudiera, por obvias, desveladas y crecidas razones, reconocerle la voz!-: mi cumpleaños me ha traído la inconmesurable y terrorífica sensación de que voy por la vida haciendo amigos -o relaciones menores- a lo menso, sin oficio, control o atino.
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Bueno, eso de sin oficio o sin atino es un decir. Sé que todos los que son mis amigos -o a los cuales puedo aventurarme a considerar como tales- han entrado en mi vida en momentos estratégicos y definitivos, aunque luego se hayan ido sin volver, o hayan permanecido sin que yo se los pidiera. Me han dado la mano al necesitarlos, o me han negado su brazo en un momento específico, con lo cual me han fortalecido. Han pedido perdón al cometer errores, y me han perdonado al cometerlos yo -usualmente los míos son más graves-. Tanto sucede esta reflexión hoy día, que he llegado a experimentar la sensación de que el próximo año ya no me pesará tanto "llegar a esta edad", sino no estar tan estratégicamente en la vida de mis amigos en los momentos en que les hago falta.
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No celebré mi cumpleaños porque me faltaran razones, luego de un año tan cargado de experiencias críticas y dolorosas que no alcanzo aún a asimilar. No celebré mi cumpleaños porque decidí tomarme a "luto" mis 21 para exigir a Dios un mejor año para los 22. Cuando llegue al próximo 28, le dije bien clarito, hacemos cuenta y pachangón. Si el Señor se redime en este próximo 2009, el próximo 28 de diciembre tiro la casa, el changarro y hasta la escuela por la ventana. Si no, nein.
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Celebré a mi manera. Además de recibir con agrado el abrazo cálido y sincero por parte de mis seres queridos, partí en la tarde a tomar "una ardillita rosada" en un paquidérmico bar en un centro comercial de esta ciudad. Sólo tres acompañantes cercanos y fraternales iluminaron mi tarde: El Apapachoquealivia -quien además merece doble mención, porque pagó las ardillas rosadas, las jirafas verdes y todo el resto de animales multicolores que pedimos-, La Zucaritas -que sigue creyendo en Dios y transmitiendo su creencia en el ejemplo, lo cual es doblemente admirable-, y la edición especial de Cabaret (Bob Fosse, 1972) que entre los dos me regalaron y que ya me eché -es un decir- tres veces, con todo y contenidos especiales.
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¿Que si tengo algo planeado para el próximo año? Por lo pronto ya soy mayor de edad en el mundo entero -gracias a La Chocopau por recordármelo hoy-, y ya le dije a Dios que, o afloja un mejor año para los siguientes 12 meses, o me veré en la necesidad de cortar relación y hacerlo tratar con mi abogado -no dudo, con el perdón que La Cotejasentaderas me merece, que haya abogados que ganen millones defendiendo en juicios contra Dios... si no los conoceré...- Por lo pronto, y de cualquier manera, me niego rotundamente a pedirle a la vida "un año menos". No porque no me haga falta edad, sino porque he descubierto que los años que cumplo son directamente proporcionales a los amigos que gano, y cambiar amigos por juventud me parece pésimo, por demás de idiota. Es más inteligente, creo, pedirle a la vida más y mejores amigos, en los años que me queden.
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¡Salud!

sábado, 27 de diciembre de 2008

525,600 minutos.

525,600 minutes, 525,000 moments so dear,
525,600 minutes, how do you measure, measure a year?
In daylights, in sunsets, in midnights, in cups of coffee,
in inches, in miles, in laughter, in strife,
in 525,600 minutes, how do you measure a year in the life?
Seasons of love, RENT.
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Bienvenidos. El Baile de la Coma, un blog hoy diverso y muchas veces remodelado, nació durante las últimas horas del 27 de diciembre de 2007, mientras aquel día se precipitaba a su final, y mis 19 años a su cataclismo absoluto. Una hora después -la primera entrada fue escrita en breves minutos, a eso de las 11 de la noche-, yo dejaría atrás los "diecis" y me precipitaría súbitamente a una etapa completamente nueva en mi conteo de años: los "veintis", que, he descubierto a un año de haberlos alcanzado, son como los "diecis", pero con responsabilidad más aplastante inmersa.
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Pero mi edad no es importante, ni el hecho de que este Baile que ustedes visitan -y algunos, incluso, frecuentan-, inauguró mis veinte y, con ello, entró en el punto justo de mi vida en que lo necesitaba. Importa el Baile de la Coma, que este día, oficialmente, cumple su primer aniversario en medio de fiesta, algarabía, lecturas y escrituras, consolidándose ya como el blog diverso, abierto, franco, "ecléctico", dice mi buen amigo El Alejandro, con atinada razón, el blog entero, que nunca imaginé crear.
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Si no me creen miren la entrada inicial. Al leerla yo, preparando esta entrada -es que, aunque no parezca, sí preparo mis entradas-, he descubierto que mi idea inicial respecto a este Baile no era ni fue nunca nada. Mi propósito era tener un espacio, mío, propio, lo que entonces, hace un año, ni en mi cuarto se me daba, y ya. Egolatría. Una zona de confort, una suerte de refugio personal, y no una atalaya desde la cual vigilar y procurar al mundo, ni un último reducto de la buena letra, de la diversidad con que la palabra, ésa gran amiga, puede obrar, cual reina en el ajedrez, señora y ama de todo lo posible.
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Hoy, a un año, tengo que decirlo, el proyecto me ha superado, y en momentos, incluso, me ha ahogado. He descubierto que uno no puede, torpe y tontamente, intentar escribir en la web sólo para sí mismo, cuando hay más usuarios de este medio electrónico que chinos en el mundo -lo cual, sin agredir nancionalidad alguna, ya es mucho decir-. Hoy, a un año, cerrando el balance general con números positivos, he descubierto que la idea de un blog que no lleve a nada, que no tenga tema, fondo, sustancia, es tan inadmisible como la idea de un blog público sin lectores esporádicos o constantes, pero lectores al fin y al cabo.
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A un año, este blog cosecha ya las 265 entradas -100 menos de la que yo prentendía alcanzar, por ahí de enero de este 2008, cuando le agarré sabor al asunto de escribir, a un año del "lanzamiento"-. Tiene por lo menos seis lectores diarios declarados -más de los que nunca tuve en mi vida escrituril-, y suma más de cuatroscientos comentarios a sus entradas. Ha tocado temas tan, pero tan diversos, que todavía hoy me sorprendo de lo que la palabra, y el idioma que hablo y amo, el español, son capaces de alcanzar a fuerza única de letras y silencios.
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El Baile de la Coma ha hablado de temas tan profundos como literatura, pintura, música, televisión, teatro, radio, política, historia, geografía, viajes, industria, cine, tecnología, periodismo, arte en general, amistad, amor, cultura -de hecho, creo, ha demostrado que todo es suceptible de ser catalogado como "cultura"-, humanidad, sociedad, internet, aborto, paternidad responsable, maternidad, femineidad, consumismo, mercadotecnia, efemérides, nación, nacionalismo, astronomía, astrología, familia, hermandad, biografías, lenguaje, niñez, economía, ecología, terrorismo, nutrición, seguridad, fidelidad, felicidad, pasión.
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Por otro lado, y atendiendo siempre a la necesidad de expresión que reclama la letra misma, El Baile de la Coma ha demostrado que la palabra, nuestra gran invitada a cada entrada, es capaz de hablar de todo, tocando temas tan idiotas como la carrera de Lucero, la entrega de los Óscares, el chocolate, la fabricación de juguetes en México, el escándalo "sexual" de Belinda, la música y el particular modus operadi de Madonna, el terror de iniciar un -de hecho fueron dos, para dos entradas- nuevo semestre en la licenciatura, los gajes y oficios del trabajo reporteril, etc. Ninguno de estos temas, por más que lo parezca -y, en su momento, por más que no los reprocháramos nosotros mismos, sus elaboradores-, ha sido un tropiezo, sino, por el contrario, un gran paso: gracias a estas entradas superfluas, innecesarias aparentemente, hemos logrado comprobar que la palabra, la gran palabra, todo lo adquiere, todo lo lleva, todo lo puede, todo lo hace real -hasta lo más insano-.
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En 525,600 minutos, que es lo que dura un año en términos horarios casi mínimos, ustedes se han enterado de dos decepciones amorosas, un noviazgo, por lo menos cinco reuniones de El Club de la Media Noche, y dos de El Club de la Media Tarde. En un año, han leído acerca de la enfermedad mental de mi padre y su grave recaída, la necesidad de mi madre de procurarse buena literatura e, incluso, se han enterado de los preparativos para la boda de mis dos hermanas. En un año, lo crean o no, han construido conmigo mi realidad, y han sido testigos de algunos de mis pasos más importantes, sucedidos en los últimos 365 días: un viaje a la Ciudad de México -de importantes consecuencias para el resto de mi vida-, la cubertura de un Festival Internacional de Cine en Guadalajara y de una Feria Internacional del Libro, arduamente esperada.
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Han leído también, chismosos como son -y yo que padezco una inconmesurable necesidad de contarlo todo-, de un accidente automovilístico, mi gusto por la lluvia y mi encuentro con un número incontable -aquí mis informantes no me ayudan- de lecturas y producciones cinematográficas que yo he puesto sobre la mesa y ustedes han también comentado.
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En un año, que se dice fácil -así, dos palabras, "un año"-, caben 265 entradas de fiesta, celebración y vida. Los momentos amargos y los más dulces, las rupturas del corazón y los desencuentros, los abrazos y los besos, han quedados plasmados aquí sin que yo me lo propusiera, y sin que ustedes se negaran a leerlos. Creo que, después de todo, El Baile de la Coma es, más que un blog, incluso más que un homenaje a la palabra misma, un gran teléfono, o sala de chat, si lo quieren más moderno, a través del cual yo he logrado plasmar mi visión de mi realidad y mi vida, mis gustos y mis fantasías, mis visiones y mis cegueras, y ustedes han podido dialogar conmigo, e incluso con ustedes mismos, sin censura y sin final.
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Este Baile, que hoy, aquí frente y gracias a ustedes, festeja su primer aniversario, le debe mucho a la capacidad que tiene la vida de sorprendernos día con día, de captar nuestra atención a través de una noticia, una buena lectura, un fraternal apretón de manos. El Baile de la Coma, viéndolo bien, no es un homenaje a la palabra, o lo es en forma implícita, porque, antes que nada, incluso antes que bailar la coma, nuestro blog es un homenaje, soberano y bien merecido, a la vida.
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Yo, si me lo preguntan, me quedo con tres entradas o temas, terminado este primer aniversario, y preparándose el festejo del siguiente: "Amor al revés es Roma", la entrada del 14 de febrero en que hablé de grandes amantes frustrados en el arte en general; la serie "Crónicas de la nueva Nueva España", en que les comenté paso a paso mi recorrido por la capital de México, sucedido en septiembre pasado; y, finalmente, la singular y profunda entrada "El resguardo cristalino de las gotas", que escribí en marzo o abril de este año, cuando las cosas andaban mal -o peor-, y a mí sólo me quedaba la esperanza de que las próximas y características lloviznas tapatías, se llevaran a la alcantarilla la suciedad de mis malos días.
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¡Qué cantidad de recuerdos!, ¡qué variedad de vivencias! Nada de esto, lo sé muy bien, sería posible sin mis lectores-amigos, la mayoría de los cuales ha adoptado feliz y decididamente el apodo que yo, defendiendo sus respectivas integridades y privacidades -?-, he puesto sobre sus cabezas con ánimo amistoso. A todos ellos, y los que estén por venir, va un profundo, sentido y sincero agradecimiento, aunado a un abrazo cálido de bienvenida y amistad, que los haga sentir hoy, mañana y siempre, tan bien recibidos como siempre lo son.
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Ahora súbanle a la fiesta. Este Baile de la Coma está cumpliendo un año, y el festejo merece más algarabía y música de la que tenemos por aquí el resto del año. No hay planes para el próximo, más que continuar con el sentido y ameno diálogo que siempre nos ha caracterizado. Bienvenidos sean entonces los regalos, bienvenidos los abrazos, bienvenidos los consejos y las advertencias. Bienvenida la integridad, el respeto y la diversidad. Bienvenida la palabra. Bienvenida la palabra. Bienvenida la palabra. Bienvenida la salud.
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¡Salud!
PD: Bienvenida la remodelación.

Ya la fiesta comenzó.

Ya cerramos la calle. Ya mandamos poner farolas en todo el vecindario, y ya la señora que hace tamales en la esquina, y el falluquero del pasaje, prometieron darnos tregua nada más por una noche. Mañana, como a esta hora, estaremos ustedes y yo, y los que se sumen al festejo, atiborrándonos de botana, platicando de lo posible, y, claro está, bailando hasta morir. Todo esto porque éste que ven aquí, que sigue escribiéndose y reinterpretándose, este Baile de la Coma, apagará su primer velita en el pastel.
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Ya también mandamos a hacer el pastel. Asistiendo a las alergias de algunos, y los gustos de otros, mandamos a hacer un pastel como de seis pisos, tipo buffet. En el de mero abajo habrá chocolate mezclado con consideración y respeto; en el siguiente, con vainilla y tres leches, pondremos fresas de abrazos y cerezas de esperanza; más arribita, masa con escencia de naranja y trocitos de durazno, mezclados con buena suerte y felicidad; en el cuarto nivel, más pesado, habrá torta de elote y buen consejo; en el quinto, ya casi coronando la cuestión, vamos a poner un pastel de trufa holandesa -para los refinados-, con unas cuantas gotas de chocolate blanco y anís de fidelidad; para finalizar, abajito de la velita que orgullosamente dirá "1", hemos decidido ofrecerles flan napolitano, relleno de ¡salud!
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Ése será el pastel monumental, pero también habrá comida a pasto -¿sí se dice así, cuando uno quiere decir que habrá mucho mucho mucho?-, y botanas a morir. Ya le pedimos al barman que cubra turno extra -es que es domingo-, y se surta de vodka de amistad, whisky de buenos deseos y ron de amabilidad, sin olvidar, claro está, el mexicanísimo tequila de libre expresión, y que procure que nadie deje de tener una copa en la mano durante todo el festejo.
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La Butter, de España, ya nos mandó la tortilla y la paella, El Luigi, de Ciudad Juárez, ya nos prometió burritos, y La Gala cabrito y tortillas de harina a morir. Me dicen mis informantes -que ya fueron a rentar sus fracs-, que el piano para cerrar el festejo llegó ayer en un embarque a Manzanillo desde Mazatlán -no entendí por qué tanto movimiento-, y que el remitente prefirió el anonimato.
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Ya mandamos traer los jamones de York, las papas fritas de California y el pescado gratinado de Inglaterra. Nuestras mesas se están preparando con manteles andaluces, y la luz y el sonido nos los ha patrocinado un raven holandés. Los meseros, como siempre, llevarán abundantes vinos hasta sus manos, y chin chin el que no esté feliz. Las invitaciones no serán necesarias, porque el guateque de nuestro primer aniversario será, como lo ha sido todo el resto de este Baile, una invitación abierta a la pluralidad, la diversidad y el respeto. Puertas abiertas.
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Así que ya saben. Es de traje, de lleve, y de vine y vi. Vengan con niños, mascotas y fetiches. En la entrada habrá guardarropa, por aquello de que les dé flojera -la pena no está permitida- andar por la fiesta cargando sus libros, sus juguetes sexuales o sus ideas. Lo único que no se admiten son armas, o drogas, no porque no respetemos su uso, sino porque el Baile de la Coma busca que todos estemos bien con todos, y ambos inventos humanos siempre la llegan a cagar -con el perdón del funcionamiento escatológico-.
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Tendremos seis estacionamientos, pero todos estarán cerrados porque será domingo, así que lleguen en metro, bici, caminando, corriendo, o como sea que no gasten gasolina ni contaminen -sé de un lector chino que vendrá en papalote-. Vengan con la conciencia tranquila, el alma franca y la disposición al festejo. Aquí no hay niveles -más que los del pastel-. El baile está puesto, el aniversario preparándose, las horas faltantas disminuyendo. Sean, entonces, bien bienvenidos.
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¡Salud!

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Tradicional(de)mente.

¿Por qué será que nosotros heredamos la costumbre americana, inglesa, europea entonces, de entrarle al pavo en estas fechas? Porque, hasta donde tengo entendido, y hasta donde mis informantes me tienen enterado, hoy todavía en la capital de este país tan folklórico se consumen por la noche romeritos con mole, tortitas de pescado, bacalao y hasta tamales con champurrado. Del pavo, ni asomos. Los que le entran a la carne blanca más cotizada de las fechas decembrinas, son los mismos habitantes de México que viajan a los Estados Unidos en estas fechas, tienen familiares allá, o han heredado la sana -y cara- costumbre de generación en generación.
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Y es que, comentario aparte, todos tenemos una tradición navideña familiar, por más que nos afanemos en negarlo -nunca falta, y también son tradición, el tío o la tía Scrooge-. Los hay de todos tipos: la corona para la puerta que ha pasado de generación en generación, el plato en que se hace la "ensaladita de repollito", que ya a estas alturas sabe -el plato- a navidades añejas, el mismo vino que se compra en el mismo abarrotito, la misma estrella que se posa en la punta del mismo árbol, el mismo niñito Dios que se arrulla y se posa en el mismo nacimiento de cerámica -lo de "niñito" es un decir: también es tradición que la creaturita de porcelana parezca hijo de Godzila entre tanta figura dispareja, porque el nacimiento, al paso de los años, las mudanzas y las compras, ya parece collage de estilos decorativos (esto también es tradición)-.
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Es extraño, pero en el mexicano, y ahí mi comentario respecto al pavo y los romeritos, una gran parte de las tradiciones familiares navideñas desembocan, o se relacionan, o contemplan aún lejanamente, la degustación de manjares particulares. Hasta el niñito Dios-Bebé Patito que se arrulla y se pone a dormir en el portalito -en que a duras penas cabe, como ya dije-, se pone en una canastita con chocolates Palmer, de ésos de huevito y envoltura verdiroja, que, tradicionalmente -ya la palabrita empieza a perder sentido para mí a estas alturas de la entrada-, se compran en la misma dulcería.
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Aunque sigo sin explicarme por qué en Guadalajara hay más pavo que romeritos en las mesas familiares esta noche -se aceptan sugerencias-, no puedo evitar pensar en la tradición familiar navideña más célebre en mi caso. Se trata del famoso, esperado y multisolicitado suflé de jamón, que mi beatísima madre prepara sólo una vez al año en esta fecha, y que se acaba más rápido que el también famoso, esperado y multisolicitado pavo horneado.
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Cuenta la leyenda -yo ya estaba vivo cuando la leyenda empezó, pero sinceramente no me acuerdo- que de niños, mis hermanos y yo hacíamos verdadera trampa, comiéndonos el suflé y proclamando, apenas terminábamos la segunda ración, con el pavo y el relleno todavía esperando en el plato, que estábamos llenos y no dispuestos a comer nada más. Ni mamá ni papá ni ningún otro invitado podían obtejar nada, porque apenas anunciábamos nuestro cese de actividades en la mesa, saltábamos y corríamos a refugiarnos en las camas para esperar ocho inexpugnables horas, o más, a que llegara "el niñito Dios".
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Esa es la tradición en mi caso. Comentario aparte: yo siempre fui de la idea de que era ridículo esperar a que el niñito Dios llegara, pues si apenas lo habíamos acurrucado en el portal, ¿cómo era que iba a llegar? ¿qué no para llegar, reflexionaba yo, hay que no estar primero? Él ya estaba... ¿tons? ¿Cómo ahí qué?
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Sé que ustedes tendrán sus propias tradiciones navideñas, y que, si son mexicanos, de seguro su tradición remitirá a la comida: el pozole que lleva frío la tía Inés, que siempre llega tarde y maquilladísima, oliendo a Chanel No. 5, los tamalitos de elote que compra "a la pasada" la tía Rosa "nada más para no llegar con las manos vacías", o la insufrible ensalada de pasitas, uvas, manzana y crema que prepara, por cantidades industriales, el tío Manuel, que además da muy malos regalos -calcetines, gorros, esas cosas que uno pierde antes de usar-.
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Reflexionándolo bien, toda tradición navideña familiar, por más cruel, despiadada o insufrible que sea, no tiene otra función que recordarnos que, nos plazca o no, que eso ni se nos pregunta, somos parte de una familia que, para bien, mal o regular, nos ha educado -o lo ha intentado-, y está dispuesta siempre a darnos todo su cariño y comprensión -o sus regalos de roperazo-, aunque sea una vez al año.
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Yo les deseo felices fiestas a todos. Que la paz, la ¡salud! y la prosperidad, arriben esta noche a sus casas y se queden en sus corazones el resto del año.
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¡Salud!

lunes, 22 de diciembre de 2008

Nez.

Para él, que llegó, y para mi hermano, que lo trajo a casa.
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El primer recuerdo que tengo de Nez es un aroma. Sentado en la sala de televisión de mi antigua casa, pude saber que mi hermano había entrado con algo nuevo bajo la chamarra sólo de oler esa extraña mezcla entre vacuna, croqueta, leche, miedo y moco. Y había además algo aceitoso, un aroma a pulcritud y novedad, que se me agarraba a la garganta, me obligaba a voltear hacia su fuente. "Es que es un cachorro, y como acaba de nacer, pues huele a nuevo", me dijo mi hermano cuando, días más tarde, le hice ver mi apreciación. Y tenía razón, creo, porque los bebés humanos también huelen a nuevo, y conforme pasan los años uno va haciéndose a la idea de que no nacimos para oler a flores, sino para llenarnos de los malos aromas del mundo, para buscar jabones, lociones, fragancias, que nos quiten lo humano y nos devuelvan lo primigenio.
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El segundo recuerdo que tengo de Nez es la visión de una gran rata. Cuando mi hermano lo colocó en el piso, apenas entrando en la casa, sus patitas tambaleantes de recién nacido, aferrándose a la vida, no pudieron resistir lo resbaloso de las baldosas de la sala y dieron con todo y perro en el suelo. Cuando pudo levantarse, trémulo y miedoso, me sorprendí de encontrar frente a mí, parado a duras penas, a un ratón algo grandecito. "Parece una ratota", dije, mientras mi madre se agachaba un poco para acariciar su pequeña cabeza. "Es que está chiquito", me hizo ver mi hermano, sin que yo entendiera qué demonios tenía que ver que ese ratón estuviera chiquito con que pareciera una gran rata. "Crecerá y verás que es un perro con todas las de la ley". A mí no me lo pareció entonces, pero le di la razón a mi hermano cuando Nez creció y tomó forma, y entonces pude comprender que nadie viene a este mundo igualito a como será de adulto porque conforme pasan los años perdemos el reflejo de la belleza de Dios que Él mismo puso en nuestros rostros para llevar esperanza y fe a los que nacer nos ven.
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El tercer recuerdo que tengo de Nez es un gran charco de orina. Apenas acababa mi madre de decir un cauteloso "Bienvenido a casa, Nez", cuando el cachorro dachshund de un mes de nacido aflojó esfínteres y soltó con todas sus fuerzas el contenido de su vejiga. "Pues para ser tan chiquito, tiene un gran tanque", atiné a decir, mientras mi madre, acostumbrada a meados y otras muchas funciones escatológicas tras tres embarazos y cuatro niños, buscaba algo con qué limpiar, muerta de risa. "Mira, que ha tenido buena idea para inaugurar su entrada en casa", decía, mientras mi hermano tomaba al perro y lo colocaba suavemente en su nuevo hogar, en el cuarto de servicio, bajo la escalera de caracol. .
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El cuarto recuerdo que tengo de Nez es un chillido interminable. La primera noche que pasó en casa, Nez no paró de llorar. Mi hermano, que es un adversario nato de los ruidos, no pegó pestaña ni un sólo segundo, y por la mañana se declaró enfermo para no ir a trabajar. Yo, que no podía evitar seguirlo, le dije a mi mamá que me declarara enfermo también para no ir a la escuela. En mi caso, sin embargo, la mirada declaradamente reprensora de mamá terminó por convencerme, y tuve que ir, muy a mi pesar, a afrontar con gallardía uno de los días de mis últimos meses en la escuela básica. Cuando regresé, Nez seguía llorando, y buscaba tanto a qué nombrar mamá que mi hermano optó por meterlo en la casa y darle de comer él mismo, con todo el cariño y la consideración posibles. Muchas semanas después, cuando Nez dejó de llorar, era ya un cachorro vivaracho que nos seguía a todas partes, se dormía en nuestros zapatos y mordía lo que encontraba, como haciéndonos ver que estar con él, y él con nosotros, era un asunto de necesidad genética más que de impostación provisional.
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Cuando mi hermano tuvo que imprimirle los últimos esfuerzos a su licenciatura, Nez y yo nos convertimos en inseparables. Yo fui entonces quien se encargó de bañarlo, alimentarlo, vacunarlo y sacarlo a caminar. Andando con él conocí calles de mi colonia que nunca había visto en ningún mapa, llegó a mi vida mi hoy amadísima La Prisciliana, y hasta comí porquerías que me hicieron engordar -Nez es, hasta la fecha, un fiel amante del Gansito-. Nos hicimos tan inseparables que, con el tiempo, yo no imaginaba mis tardes sin sacar a Nez a dar la vuelta, y él no sabía de otra cosa en el día que nuestra buena media hora de chorcha y caminata.
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Pero le fallé, porque no soy perfecto, y conforme se volvió viejo me olvidé de sacarlo a pasear y atenderlo. La secundaria llegó a mi vida con su ardid de irresponsabilidad y niñerías, y yo me concentré en conseguir amigos, encajar, ir a fiestas, visitar los antros, creérme la de "ya soy todo un adulto", y otras tantas cosas inherentes a la edad puberta. Cuando volví a Nez, ya no quedaba en mí sombra del gordito paseador de perros, y mi salchicha se había convertido en un verdadero albondigón que tenía serios problemas para levantarse y caminar.
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El colmo llegó cuando, una mañana, mi madre dio gritos de horror y, al acudir a la cocina, descubrí que Nez avanzaba arrastrando sus patas traseras, sumido en un lastimero y profundo aullido de dolor. Sin que yo entendiera qué pasaba realmente, sin que mi cerebrito adolescente pudiera explicárselo todo, Nez fue internado una semana y sometido a un agudo proceso quirúrgico para resarcir en lo posible, dijo el médico, el daño "casi irreparable" que habían causado en su delicada columna vertebral el peso y la falta de actividad física a la que antes estaba acostumbrado.
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Cuando llegamos al hospital -sí, es raro, pero existen los hospitales para perros-, mi mamá fue lo suficientemente clara: "Vas a entrar tú, y vas a hacer un acto de conciencia para prometerte a ti mismo que no dejarás que esto vuelva a pasar". No era necesario que ella me lo dijera: mi hermano había estado toda la semana visitando al can y me había estado pasando específicas cuentas de lo que mi inatención y mi irresponsabilidad habían causado en el pobre perro.
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Tengo un recuerdo más de Nez entonces: el del olor a desinfectante, orina, excremento y sangre que azotó mi rostro cuando entré, siguiendo a una espigada veterinaria, en la sala de recuperación del hospital veterinario. "Es la última reja. Jalas para abrir", me señaló. Caminé entre visiones de ojos palpitantes y hocicos retorcidos. Todo el peso de mi falta de criterio se me vino encima entonces, imaginando el deplorable estado en que estaría mi perro. Estuve tentado a no llegar hasta la última reja, salir corriendo, dejarlo todo y buscar consolar mi culpa en el recuerdo de alguna foto, algún buen rato. Pero no, no lo permití y dejé que mis pasos, casi sonámbulos, me llevaran hasta la pequeña celda de Nez.
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Dentro, su lengua lamía con insistencia las pequeñas costritas que en sus muslos habían dejado las agujas de las sondas y los sueros. Pude ver sus ojos cerrados, concentrados, mientras su lengua no debaja de moverse, arriba, abajo, adentro, afuera, casi palpitando de placer. Era la soledad, el abandono absoluto al que nunca debí permitirme llevarlo. Entonces, cuando yo estaba a punto de llorar, cuando ya lo había entendido todo, otro recuerdo, esta vez una imagen: sus dos fosas nasales, ventanas al mundo, comenzaron a palpitar desesperadamente. Levantó la cabeza. Al encontrarse con mis ojos, pude ver en los suyos un reclamo aireado de abandono e ineficiencia.
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Entonces yo no pude hacer otra cosa que decir un sentido "perdón" y bajar la mirada. Cuando volví a levantarla, entendí que había captado mi punto. Parado con dificultad sobre la reja de su celda, me miraba con recelo y vigilaba mis movimientos. Acerqué mi mano, sin dejar de temblar. Acercó su hocico, olió. Entonces, otra imagen, otro milagro, otro recuerdo: su cola, esa extremidad magnífica con que el Creador lo dotó para manifestar sus sentimientos detalladamente, comenzó a moverse de lado a lado, primero lenta, acompasadamente, y luego más rápido, frenéticamente, hasta casi hacerlo volar.
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"Gracias", dije, una, diez, quince veces. Sabía que había un pacto, y que romperlo me haría acreedor a un rechazo tan pronto y espedito que no podría soportarlo. Abrí la reja, extendí mis brazos y Nez saltó a mi hombro. Era otro, diez o veinte kilos más delgado, se movía con dificultad y sus ojos cafés parecían dos pelotas gigantescas y llorosas en medio de su rostro demacrado. "Gracias", seguí diciendo de camino a casa, al acostarlo en su casa, sobre sus cobijas, al darle de comer, al medicarlo, al bañarlo, al sacarlo a pasear, de nuevo, recuperando el vínculo. "Gracias", le dije tantas veces que perdí la cuenta.
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Hoy, mientras escribo estas líneas, a muy altas horas de la noche, Nez se debate valientemente entre el sueño y la vigilia recostado en el suelo, a mi lado. Cada vez que escribo, saca sus trapos de donde quiera que los tiene y los trae hasta mi cuarto, se sienta a mi lado y deja que el sonido de las teclas chocantes de Roja lo mezan. Está aquí, a mi lado, recordándome que tenemos un pacto, y que el primero que lo venza, que no será él, eso seguro, deberá hacer grandes esfuerzos para reconciliarse con el otro, para recuperar su confianza. Yo recuerdo el pacto, como recuerdo tantas cosas de él, y no dejo de preguntarme con curiosidad quién habrá sido el sabio que dijo aquello de que los perros son los mejores amigos de los hombres, y que tener uno al lado te hace no sólo excelso, sino invencible.
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Los aztecas, y otros tantos pueblos nahuas, dicen mis informantes, colocaban un xoloescuincle en sus entierros porque creían que sería un perro de dicha raza quien guiaría al difunto en su recorrido por los más oscuros pasajes del Mictlan. Los egipcios creían algo similar, y todavía hay hoy gente que tiene la extraña idea de que hay Cielo para perros. Yo soy de ésos, y lo seguiré creyendo hasta que muera y Nez, o algo parecido a él si es que él no ha muerto para entonces, me acompañe por esos otros caminos que forman la vida después de la muerte, que atiborran el "más allá".
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Ahora, mientras lo veo durmiendo a mi lado, llego a la conclusión de que Nez, y los otros perros del mundo, son creaciones que Dios ha ideado para recordarnos que no estamos solos, que Él está presente en cada paso que damos, y que por más que intentemos apartarnos del camino, siempre estará la humildad y la querencia para limpiar nuestras lágrimas y saciar nuestra sed de búsqueda infinita.
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¡Salud!

Corríjanme si me equivoco.

Ya saben que por mí no hay bronca. El Lupe, en recientes fechas, me hizo ver que mis conocimientos matemáticos distan mucho de ser siquiera "suficientes", y más bien coquetean con la "nada". El Lupe tiene, está por demás decirlo, todo el derecho que le da su profesión, sabia y matemática profesión, para reclamarme que haya yo dicho que 5 es múltiplo de 250, cosa que no es así, sino al revés, según indica él, que se ha tomado prudente tiempo para meter numeros en mi cabezota, tarea ésta de muy duros afanes y pocos resultados -si no me creen, pregúntenle al Capi (el apodo no lo puse yo, sino el cúmulo de sus educandos en conjunto), mi barrigón y amistoso profesor de matemáticas de la prepa, que claramente escribió junto a mi calificación reprobatoria en cierto examen: "Es usted la negación absoluta del afán numérico que Dios me ha dado por misión de vida"-.
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En la entrada de ayer, mi buen amigo no abrazado carnalmente todavía El Alejandro, dueño de una tierra de irrealidad concreta que hace llamar Wonderland, y que yo invito a todos a que visiten dando "click" en el listado de blogs "Otros bailes de otras comas" que aparece entre los menús del lado derecho de este su Baile, El Alejandro, decía, en mi entrada de ayer, ha hecho un atinado comentario a una falacia ortográfica que he cometido y que, según veo en su respuesta, él no está dispuesto a dejarme pasar.
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Él también hace bien en corregirme, y, por obviedad sumatoria, en no dejarme pasar la falta. Soy, sin siquiera intentar lo contrario, materia dispuesta a equivocarse, regarla y volverse a equivocar. Mis padres intentaron crearme perfecto, pero a la mera hora les dio flojera y se conformaron con confeccionar un adecuado cerebro para mí y luego rodearme de libros y hermanos sabios y conocedores de las cosas del mundo. Por eso, porque soy como cualquiera, tengo derecho a cajetear la banqueta de vez en cuando.
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Claro que la ortografía, y otras tantas cosas del lenguaje, forman parte activa de mi profesión. Sin ella, sin la gramática en general, y sin algunos fundamentales datos que aporta la lingüística, mi estadía en la Universidad tendría poca razón de ser. Por eso es por lo que el error de "aprovación" por "aprobación" que ha tenido a bien El Alejandro en indicarme, merece mi total consideración y mi pronta corrección. Ya lo he hecho: si revisan la entrada, encontrarán sólo una "aprobación" y ninguna "aprovación", cosa que indica, creo yo, que he respondido a la aguda observación de El Alejandro y le he dado específica solución.
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No es tampoco la primera vez que me pasa. Si revisan otras entradas, encontrarán no sólo muchos otros errores sin corregir, sino cantidad de veces en que La Wendy, incluso cuando por motivos impronunciables todavía era apodada La Malagueña, ha puesto en acción parte de sus conocimientos del español en bien de la correcta escrituración -?- de este su humildísimo y cuasicumpleañero blog.
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Por lo mismo no puedo prometer que no volverá a pasar. Las entradas de este Baile, pese a la amistosa puntualización de El Alejandro, las escribo siempre sobrio, o por lo menos con la cabeza muy despierta, esto porque ustedes, los que las leen, se merecen en ellas todo mi respeto y consideración, toda mi lucidez. El problema es que mi estado de lucidez máxima apenas es comparable con el estado de lucidez media de una persona común. En resumidas cuentas, yo diario ando como borracho, no sé dónde piso y mucho menos suelo fijarme en lo que escribo. Y sí, sí vuelvo a leer sopetecientas veces mis entradas antes de darles "click" en "Publicar", pero mi ya mencionada y constante seudolucidez no me permite hacer mucho.
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Así que va de una vez una sentida disculpa por las veces futuras en que encuentren ustedes graves, gravísimos e imperdonables errores de dedo, ortografía, fundamentación, sintaxis, tematización y hasta graves faltas a la eufonía. Yo amo el español, y ese amor que siento por la "lengua de Cervantes" me ha llevado a buscar estudiarlo de forma concienzuda y en pos de la profesionalización. Pero por más que intento, y que escribo con la versión en línea del santo diccionario de la RAE abierta a un ladito de la entrada en proceso de escritua, nomás no lo manejo todo, y siempre estoy poniendo letras en la pantalla entre dudas y sobresaltos.
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Una vez más una sentida disculpa. Mi atolondrada visión de las cosas quiere creer que si siguen todavía "al pie del cañón" taloneando en este baile es porque han encontrado en él cosas más placenteras que los tantos errores que cometo. Eso es un alivio, pero no hace que olvide el compromiso que tengo con el resguardo y la correcta defensa de mi idioma, este español mío que, por lo que leo y leen, también hablan ustedes. Por eso es por lo que prometo no bajar el pie del estribo y seguir dando batalla, hasta que pase una de dos: o ustedes me hagan ver todos los errores que cometo y cierre este baile en bien de un descanso personal eterno, o yo cometa menos errores y quedemos todos contentotes. No creo que pase ninguna de las dos, así que bienvenidas sean las observaciones y los cambios, las moderaciones y los diálogos. Éste, más que un baile, ya se la saben, es un gran canal de conversación, donde todo está permitido... incluso errar.
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¡Salud!

domingo, 21 de diciembre de 2008

Red Label.

A sólo 7 días de que este Baile nuestro -bueno, no de todos, pero sí de los que comparten los gastos-, cumpla su primer añote de vidota, y a sólo 1 entrada de completar las 260 -este dato es innecesario, pero lo doy para dar más emoción al asunto-, su seguro servidor ha tenido una reunión más del Club de la Media Noche que esta vez, y por causas cuya explicación es superficial e innecesaria, se ha reunido con miembros distintos, pero igual de entrañables, y ha devorado -es la palabra adecuada- tres botellas de sueños etílicos, mientras ha jugado baraja, ha conversado la vida y ha delimitado su existencia.
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La idea fue de El Meromerosaborranchero, quien aseguró, ante mi negativa a ir a la posada de grupo de mi escuela -ambos compartimos el grupo, y otras tantas cosas-, que tenía una botella en casa comprada exclusivamente para compartirla conmigo en dicho evento multitudinario. Yo no fui a la posada de mi grupo -parece canción de Pedrito Fernández- porque me he dado cuenta que no traigo ganas de convivir con gente en demasía. Mi grupo de amigos iría, es cierto, pero a ellos puedo verlos en otro momento, con más calma, sentaditos y bañaditos, y no rodeados de personas que me son, por decir lo menos, totalmente indiferentes.
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Ante el aviso de la botella, dudé, lo admito, por un segundo, entre mandar a volar mis paradigmas decisivos y degustar ese flamante whisky con mi cuatachón, o resignarme a imaginar que lo bebería con otro hasta alcanzar un estado etílico envidiable y ensordecedor -?- Pero, como buenos cuates, llegamos a un acuerdo: "Tú cuentas conmigo", le dije, "del lunes en adelante para darle mate a esa botella el día que quieras". El Meromerosaborrachero, que, no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, pero en vida real tiene nombre de emperador romano, aceptó la propuesta y propuso algo más, el sábado como el día, la hora como muy en la noche, y la botana como excelsas y baratas hamburguesas de un puesto cercanito a su casita que él ya conocía -y muy bien, porque cabe agregar que si El Meromero... te recomienda un lugar para comer, es que ya ha comido ahí y lo reconoce bueno, barato y barato-.
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Con hamburguesas de por medio, y a pesar de que El Meromero... y su silente primo olvidaron la mochila que contenía la botella de whisky en un camión, por lo que tuvimos que ir a comprar otra y de paso una baraja, porque en la extraviada mochila iba también un dominó que haría las veces de cena del alma. Con hamburguesas de por medio, decía, el Club de la Media Noche tuvo exitosísimamente la que será, oficialmente y si no se nos ocurre otra, su última reunión del año. Un año cargado de crisis, dolores, sinsabores y malversaciones, y por ende, creo yo, de crecimiento paulatino, a distancia.
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Y, como ya dije, todo salió bien. Pude ver ebrios, o sumidos en arrebatos de hidrógeno oxidado -es que, me dicen mis informantes, la fórmula química del alcohol combina hidrógenos y oxígenos con otras muchas cosas-, pude ver ebrios, decía, a compañeros que hasta hoy no eran más que entes amigables o personas pasajeras, y pude compartir con ellos, sin temor a represalias futuras, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
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Yo hablé de los malos amores, otros hablaron de los buenos, y hubo quienes nomás escucharon y dieron su aprobación. La amistad, he recordado yo una noche más, no se construye con reglas o suplementos acomodados, sino con pasos forzados y sorpresas, hechos no planeados. Mientras más a uno lo descubra la lluvia una pronta tarde, andando por la calle, o mientras más uno tenga la iniciativa espontánea de "tomar un cafecito", o "ir a algún lugar", más la gente con la que nos venga la ocurrencia tendrá etiqueta de amistad indeleble hacia nosotros.
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Siete días, señores, y whisky y otras delicias pasarán por nuestros paladares. No rajen. Del 25, cuando amanezcan crudos, al 28, hay tres sabios y prudentes días de recuperación. De lo que sí no respondo es del 29, cuando vuelvan a aparecer en "estado inconveniente", como dice mi beatísima madrestad, al 31, cuando seguro van a volver a entrarle duro a todo lo mezclable, bebible y tragable -si no los conoceré-. Entonces ya están. La fiesta oficial, si mal no imagino, será una entrada llega de alegría y felicidad, recordando los, a gusto de un servidor, mejores momentos de este Baile, o los más significativos, además de un Baile de la Coma completamente remodelado, que ya se lo tienen merecido. Va a ser muy similar al que ustedes ven, pero con mucho, mucho, mucho más ángel y fácil lectura. Ya están. El Club del Medio Baile pronto entrará en sesión.
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¡Salud!

viernes, 19 de diciembre de 2008

La defensa de las páginas.

Para La Wendy y La Casicasi, fieles compañeras de trinchera.
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Les dije que iba a dar la lucha, y yo cuando doy la lucha, soy peor que garrapata sanguinolienta. Hoy, en junta premeditada y alevosa en Mujer Hoy, un servidor y La Wendy, que también sabe pelear, dejamos muy en claro la noción de nuestro caso: los libros que las editoriales con las que tratamos nos dieron en FIL, no tendrán, ni ahora ni nunca, ningún otro librero destinatario que los nuestros propios, así llueva, truene, relampaguee o todo el ejército de las mujeres que hacen Mujer Hoy se nos echen encima para modernos, destazarnos o vejarnos. No pasarán.
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Pero no hubo necesidad de ponerse sangriento, aunque yo personalmente pude dilucidar el cuchillo de tres cortes, acero alemán, que La Wendy llevaba debajo del brassier. No ganamos, porque no era una batalla, pero sí quedó muy claro que no nos moverían, así se desnudaran y bailaran hawaiano para nuestros personales deleites. Somos un par de testarudos, es cierto, pero nos ponemos peor cuando tenemos la razón.
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Así que aquí están, a su entera disposición, los libros que la FIL dejó cuando bajó la marea. Son míos, totalmente míos, y estoy dispuesto a compartirlos con quien diga que los va a leer -carta juramento de por medio-. Porque no los gané para empolvarlos, como me dijo La Pau cuando vio que yo no iba a dar vuelta atrás en mi resolución, así perdiera la chamba. Los gané para leerlos, para amarlos, para que me acompañen como símbolos que son.
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Sí, leyeron bien. Y si no me creen, vuelvan a leer y verán. Los libros que La Wendy y yo obtuvimos en FIL, respaldados o no por un medio, son el símbolo de nueve días de friegas, subidas, bajadas, entrevistas logradas o mal logradas, venidas -oops-, seducciones, complejidades, diplomacias, amontonamientos, luchas a muerte, dedicaciones y fricciones. Estos libros que ahora contemplo, de regreso en sus peldaños, son la manifestación más clara del compromiso que tengo conmigo mismo y quien quiera ayudarme a construir mejores cosas, mejores lugares, mejores personas, mejor periodismo. No son de mi medio, así me cueste la vida. Son míos, y sólo los compartiré con quienes compartan mi compromiso con la literatura, el arte y la cultura, la vida misma.
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Claro que mi biblioteca, como las páginas de los libros que contiene, está y estará siempre abierta a todo aquél que desee consultarla. Pero ojo, porque ellos, los libros, también son selectivos, cual pudendos caballeros, y no con cualquiera las aflojan. La lectura, bien lo decía Nubia "Todoterreno" Macías hace poco cuando la entrevisté, es un proceso de seducción, y sólo a través de una mirada instintiva, un paso malintencionado o una palabra asertiva, se puede seducir a la lectura y entrarle al coqueteo. Y una vez adentro, sólo queda esperar a que alguien intente despojarte de ella, para que entonces sí saltes con uñas y dientes y defiendas las páginas que te has ganado, porque los libros, como la tierra, son de quien los trabaja.
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¡Salud!

jueves, 18 de diciembre de 2008

Crepuscular.

A Crepúsculo (Twilight, 2008), le faltan muchas cosas. Ya sé que empecé mal, con tanta negativida' insufrible, pero qué quieren si sincero soy. Repito la idea, hasta ampliada, y no me voy a echar pa'trás: Crepúsculo, el primer trabajo como directora de la consagrada diseñadora de producción Catherine Hardwicke, adolece de cosas fundamentales para el cuenteo cinematográfico de la historia que pretende llevar al espectador.
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Y, como ya dije, no me voy a echar pa'trás: Crepúsculo, basada en la multivendida -y nada mal escrita, me dicen mis informantes- novela de Stephenie Meyer -otra novata con mucha suerte-, adolece de un buen actor protagónico que sepa llevar, con la gallardía y galanura que requiere, el papelón del vampiro más guapo de los guapos sobre la faz de la Tierra; adolece de un buen ingeniero de efectos especiales que sepa entrarle a la computadora sin hacer parecer las escenas paranormales -medulares para el conjunto de la cinta- como arreglitos de Chespirito o una cuarta parte de Shrek; adolece de un buen guionista, que pueda tomar la historia de vampiros y hombres lobo que es, en cierta medida, Crepúsculo, con las agallas y el entusiasmo que un proyecto de esta embergadura requiere. Con tantas dolencias, la cinta casi comienza a adolecer de sí misma. ¿Qué la salva entonces? Ooots, aguanten y las digo.
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Voy por partes. Robert Pattinson, a quien ustedes vieron -o casi no- como el galanazo -es un decir- Cedric Diggory en la quinta entrega de Harry Potter, Harry Potter y el Cáliz de Fuego, no es un muy mal actor, pero su capacidad histriónica evidencia serias deficiencias al momento de encarnar a un personaje como Edward Cullen, el vampiro "vegetariano" -es un chiste local... de la película- con look de adolescente y más años que Matusalém, que, según dice la creación de Meyer, es más guapo que Andrés García, Brad Pitt o George Cloney, juntos, en sus mejores años.
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En menos palabras, Cullen supone ser un verdadero "papacito". Pattinson no es feo, pero tiene un ojo más grande que el otro, cara como de idolito de la isla de Pascua y boca muy chiquita para semejante quijadota. A eso agréguenle que su expresión facial es mala, muy mala, de tal forma que a ratos uno no sabe si está enojado o triste, sonriendo o con ganas de vomitar. Me queda claro que lo peor que uno puede hacer para hablar de cine o de literatura es comparar libro y cinta. No lo haré, pero la descripción que tanto la cinta como el libro dan del personaje, rebasa por mucho a lo que Robertito puede hacer por él mismo para llevarlo a la pantalla y a la vida: su "belleza extraña" o "fealdad dudosa", aunado a su mal manejo de tiempos actorales -ese dato me lo dio una amiga cuya intimidad resguardaré-, y su pésima expresión de los guiones, no hacen de él más que el espectador desee ver a otro en su papel.
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Dejando atrás al protagonista, habrá que decir que los ingenieros de efectos especiales que hicieron de las suyas en Crepúsculo, no saben lo que hacen o lo hacen muy mal. Si usted va a ver la cinta esperando ver excelentes efectos, grandes creaciones y fabulosas animaciones, quédese en casa y no gaste su dinero, o gástelo en otra cosa. Crepúsculo no da una en ese sentido: si el vampiro corre a velocidad luz, parece que se está desparramando, si el vampiro brilla cual diamante con la luz del Sol, parece bola disco mal enchufada, si el vampiro brinca y vuela, no se ven los hilitos que lo sostienen nada más porque Dios es grande -y eso que no actuó en la peli-.
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Finalmente, el manejo de escenas en el guión deja mucho qué desear. Yo, para lograr hacer un filme más entusiasmante e interesante, borraría fácil la mitad de las escenas que aparecen en la cinta, en su mayoría innecesarias o sólo "prolongantes", a lo menso, de la duración de la película. No hay acción, y las escenas de amor a duras penas y se entienden como tales. Si la idea era mezclar un filme romántico con la problemática horrorífica de los vampiros, y si el resultado no tiene ni acción ni romanticismo, ¿entonces qué puede contar Crepúsculo que no sea otra película en sí?
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Habrá cosas, sin duda, que para las siguientes tres partes -es que, por lo menos hasta ahora, Stephenie Meyer ha escrito cuatro obras con los mismos personajes, y falta ver las que se echa ahora que ya es millonaria y descubrió que eso de escribir best sellers sí deja, y bien-, para las siguientes tres partes, decía, la producción de la cinta tendrá que ponerse las pilas y modificar: otro actor protagónico -o el mismo, pero más estudiadito-, otro guionista, otro equipo de efectos, quizá otra locación, porque tanto azul aburre, duerme, cansa.
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¿Qué salva a Crepúsculo de recibir mi total repudio y pedir la devolución de mi entrada a Cinépolis? Su actriz coprotagónica, Kristen Stewart, valiente, decidida y bien instruida; su argumento, que tiene elementos que pueden gustar a hombres y mujeres, cinéfilos y literatos; su conjunto mitológico, que sabe coordinar leyendas distintas sobre los mismos entes monstruosos para respaldar cada característica de sus personajes; su diseño de arte, que tiene apuntes de inteligencia y funcionalidad. Y ya. Si esto se conserva para las siguientes partes de la "franquicia", incluído el cómico cameo de la autora de los libros, Meyer, todo, como dice mi comadre Cheona, todo irá bien. Pero si insisten en los mismos errores, auguro mala imagen, mala suerte y mal cine. Conste que advertí, y eso que sólo soy un simple espectador.
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¡Salud!

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Álgido.

Cuando las cosas están en un punto álgido, es vitalmente necesario que un "no implicado" meta el hombro y lleve los malos tratos a buen puerto. Yo había estado teniendo días bastante pesados ante peticiones bastante incumplibles, cuando hoy, en pleno punto álgido, La desaparecida -iba a decir "extinta", pero eso se oye muy animal- Arandera dio la cara y me entregó, sonriente y matriarcal, un par de títulos literarios a reserva de que, según ella dice, ando por cumplir años.
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No le crean. Yo lo único que sé es que está por ser Navidad, luego el cumple de la autora de mis días, y posteriormente el de este Baile que hoy, a reserva de lo que digan mis informantes, está a once días de llegar a contar sus 365. No reconozco en ninguna fecha un cumpleaños para mí. Así que los libros, que La Arandera colocó en mis manos con gallardo gesto, me representan más bien un regalo por Navidad, el cumpleaños de mi beata madresota y especialmente el de este Baile, eventos todos de gran festejo y provechosa ocasión.
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Los libros de La Arandera llegan en un punto decisivo para mi tranquilidad. Mientras mi medio -o lo que yo consideraba como tal- periodístico se afana en quitarme otros libros, frutos de mi trabajo, y mientras que lucho por no soltarlos, la representante oficial de la pasada administración llega, sin más ni más, y pone en mis manos dos fabulosos ejemplares nuevos y de paquete -así decían en Familia con Chabelo, ¿no?-
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Obviamente La Arandera es la capitana del barco que ha tomado las cosas en su punto álgido y ha suavizado los mares alebrestados. Yo, ya nada más por tener dos títulos regalados tan desinteresadamente bajo mis brazos y en mis libreros, me siento más reconfortado y más pacífico. Seguiré peleando por el resto, en lo que consigo buenos acuerdos o malos cortes, pero éstos dos que ya están aquí, oficializados y personalizados, me aclaran el panorama para buscar conservar los otros varios.
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A esto habrá que agregar que La Arandera me dio el aviso oficial de que acaba de terminar una mala racha que había estado teniendo, y que amenazaba por torturarla insaciablemente hasta acabar el presente año, o incluso prolongarse hasta la primera mitad del siguiente. Pero ya no: su abundante inteligencia le permitió darse cuenta de que a las cosas hay que darles su lugar, y que nada vale más la pena por qué luchar que por estar bien uno mismo con uno mismo. ¡Bendita sea la razón femenina! El resultado es óptimo y entusiasmante: del lunes -cuando hizo su descubrimiento- para acá, no ha perdido nada, no se le ha enfermado ningún familiar, no ha caído enferma ni ha roto relaciones con nadie. Ha ganado, ha renacido, se siente bien. La abrazo entonces a ella también como ya he abrazado y vuelto a abrazar a los dos libros que ha traído hoy a mi vida.
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El semestre se acaba. La Wendy ya anunció en su respectivo blog que no piensa hacer otra cosa estas vacaciones que olvidarse de todo lo que la remita a la escuela. Yo no puedo. Tengo un altero de lecturas atrasadas de todo el año que ya desbordan mis estanterías, y me traen en jaque -¿quién me manda ser tan responsable?- El hedonismo de la página ya está haciendo de las suyas conmigo, y eso que es hasta el viernes cuando oficialmente estoy libre de notas, trabajos, exámenes y ensayos. Pero así pasa, así es la literatura: más placentera que el chocolate, más inevitable que la televisión.
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¡Salud!

martes, 16 de diciembre de 2008

La chancla que yo tiro.

La imagen es apetecible a primer vistazo: un muy aletargado -¡qué raro!- George W. Bush está parado -o algo así- en medio de un estrado de madera pronunciando un inaudible discurso -es que no importa realmente qué dice-, seguramente sobre la importancia de los Estados Unidos en el reestablecimiento del orden en las fuerzas públicas de la nación iraquí, cuando un periodista, iraquí también, se levanta, se quita uno de sus largos zapatos, lanza alguna consigna inentendible al aire y luego hace volar el luengo zapato hacia la cabeza del actual presidente de los Estados Unidos de América.
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Tristemente -digo tristemente porque la escena de pastelazo no se pudo completar- Bush rehuyó hábilmente -es raro en él la habilidad... de cualquier tipo- el zapatazo, y sólo atinó a decir, riendo "I just can say it is 10th", oséase, según los Babel Fish de mis informantes, "Sólo puedo decir que es talla 10".
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Pero no paró ahí la cosa, no sólo porque el periodista se quitó el otro zapato y también lo aventó -y no, tampoco el segundo intento le pegó en lo más mínimo al presidente estadounidense-, sino porque la opinión pública, que diario anda buscando tela de dónde cortar, levantó inmediatamente la voz y se puso en posición de ejecutar una ardua labor informativa y crítica, ya para vituperar la acción del periodista, de nombre insospechado e impronunciable, ya para avalar la ocurrencia con fuerza, enjundia y ceguera política.
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Sí, ceguera política. El acto del periodista iraquí, por más obvio, risible o aplaudible que nos parezca, es un atentado al derecho de libre expresión del cual también goza el presidente norteamericano. Tirar a alguien un zapatazo, así haya cometido estupideces, amenazado a muchas naciones u obstaculizado el progreso de la suya propia, todo en lo que ese "alguien" representa, es una manera troglodita, falta de raciocinio y hasta animal de manifestar una desaprovación para la cual las palabras, por más lejanos que los idiomas sean entre sí, siempre tienen lugar y sustento.
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Pero, claro está, por más detestable que sea la reacción del iraquí, no deja de sorprender no sólo la valentía con que ha actuado, a sabiendas que el hombre al cual "bombardeó" es el hombre más resguardado sobre la faz de la Tierra, y, por ende, el ser cuya agresión podría ser más cruentamente castigada -digamos que, en términos coloquiales, el iraquí atentó contra la última Coca en el desierto-.
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También sorprende que las voces del mundo dicen "qué bueno", y todo Iraq festeja el golpe -o el intento-. La opinión pública se vuelca en su mayoría sobre un mismo juicio de razón: Bush se merece un zapatazo. Yo concuerdo únicamente en el sentido de que un zapatazo indica rechazo -troglodita, ya dije, decididamente expresable mejor de otras maneras, pero rechazo al fin y al cabo-, y el señor George W. Bush ha demostrado ya en múltiples ocasiones no merecer el gobierno del país que ostenta, ni representar a un pueblo que, si algo tiene demostrado, es que sabe salir adelante con inteligencia, gallardía y prontitud.
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Por eso Bush merece rechazo, porque está en un puesto que no le va, creando conflictos al interior de su propia nación por decisiones no acertadas -claro que no actúa solo, pero da la cara y la decisión final, al menos en materia ejecutiva, es suya-, trayendo crisis por las ídems, manifestando en todo momento su estupidez, ineptitud e impostación.
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No dejo de lado el hecho de que todo este despapaye se arma "porque es Bush". A mí no me parece una buena razón. Creo que ese zapatazo, de merecerse como signo de rechazo y de injuria, debe dárselo a don George uno de sus compatriotas, o, como en este caso, el habitante de un país que ha sido invadido, por buenas razones o no, pero invadido, por las tropas de las cuales es jefe supremo George, y de las cuales pretendía, en dicha visita al país asiático, anunciar su retiro. Ese zapatazo, aquí la realidad, deberían dárselo a sus malos gobernantes los pueblos de todo el mundo.
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Yo, que siempre estoy atento a la paz y la concordia, me manifiesto a favor de zapatazos, pero de zapatazos que no sean bestiales o trogloditas, sino que hablen bien de su lanzador. ¿Qué tal un zapatazo que consista en un levantamiento de firmas para pedir algo a cierta autoridad, o renegar de ella? ¿Qué tal un zapatazo que consista en un paro de labores en todos los sectores profesionales para exigir gobernantes con sueldos más realistas, más acorde a los tiempos económicos del país? ¿Qué tal un zapatazo que consista en buscar todos, de la mano, educar a jóvenes y niños con férreos valores y hábiles en la toma de decisiones, para que ningún oligárquico o egomaníaco los venga a sonsacar? Esos sí serían duros golpes, fuertes zapatazos a la historia de nuestros regímenes injustos, y no reacciones de niños kindergardeanos maleducados
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Del zapatazo iraquí a Bush ya hay hasta juegos en internet. Al periodista iraquí protagonista de todo el borlote nadie lo encuentra -y, seguro, como dijo don Teofilito, ni lo encontrarán-. Don Bush ya va de salida, como sus tropas, y nosotros seguimos expectantes, sufrientes, en un país de impunidad, inseguridad e injusticia, mientras aplaudimos el repudio que a otros impunes, inseguros e injustos se les manifiesta en otras latitudes. Ya ni la muelan. Aprendamos del zapatazo, y aprendamos a darlos bien.
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¡Salud!

lunes, 15 de diciembre de 2008

Re-gresar.

We're just two lost souls swimming in a fish ball, year after year. Running over the same old ground, what have we found? The same old fears. Wish you were here.
Wish you were here. Pink Floyd.
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Hay tres cosas en mi vida a las cuales no puedo evitar regresar. Pasan los años, cambian mis modos, mis preguntas, mis resoluciones, hasta las palabras de mi vocabulario se alteran, se modifican, evitan la anterioridad y se modernizan. Cambia todo. Nunca, decía un filósofo griego cuyo nombre mis informantes no me han proporcionado, nunca se baña uno dos veces en el mismo río. La Naturaleza es un constante fluir. La vida, la sangre, los movimientos de los astros, fluyen y fluyen y vuelven a fluir. Pero en medio de tanta novedad, hay tres cosas en mi vida a las cuales no puedo evitar regresar: mis discos compactos, mis libros y mis amigos.
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Las tres cosas, ahora que las veo todas juntas, son muy parecidas. Las tres me han dado afecto y comprensión en punto estratégicos de mi vida, a las tres considero no haberlas escogido yo, sino ellas a mí, y las tres están ahí, siempre dispuestas, cada vez que las necesito.
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Hoy comprobé, sin embargo, y con un trago muy amargo, que mis libros pueden irse y no volver, por más que los abrace, y sin siquiera despedirse. El problema radica en que, como me pasa también con mis amigos y mi música, soy dado a creerlos míos, cuando no siempre me pertenecen. Son de otros, del mundo, de un Universo que justifica su existencia en su lectura, que, como yo, tampoco puede vivir sin tenerlos al lado, mano a mano, lomo a lomo, juntitos y sin chistar.
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Mi música sí sigue ahí, pero me recibe diferente cada vez que la visito. Las canciones nos hablan de nuestro pasado, pero nos lo platican distinto cada vez que las procuramos, esperando ver en ellas lo que éramos, lo que fuimos al escucharlas, y, por consiguiente, lo que somos ahora cuando ellas ya sólo son memoria. Las canciones de mi vida, el "track list" de mi existencia, me recibe, sí, cada que regreso a él con los brazos abiertos, pero me platica cosas tan distintas cada vez que vuelvo que comienzo a dudar de su fidelidad amistosa.
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Pero mis amigos de carne y hueso son la más grata sorpresa que me ha dado la vida. Para empezar, me consta, no los he escogido yo: todos, sin excepción alguna, han venido a iluminar mis pasos hasta en los senderos más oscuros, ya con una mirada de complicidad, con un gesto de aprovación, con una palmada en el hombro, con un segundo de escucha o un minuto de consejo. Me hablan y les hablo, y aunque la vida me separa a ratos de sus francos brazos, nunca pierdo la esperanza de rebobinar el cassete y encontrarlos de nuevo, tan radiantes, tan frescos, tan dispuestos a darse en la amistad que nos une.
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Toda esta melcocha del "eterno regreso a mi manera" viene a colación porque hoy tuve uno de esos retornos con dos grandísimas compañeras de vida. La Jirafa y La Wera, mujeres de curvilíneas figuras y graciosas sonrisas, me propusieron hace ya una semana salir hoy al cine, y a pesar de que temo gastar en estas fiestas -¿más?-, no pude negarme y acepté sin chistar.
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¿El resultado? Una cuña bien colocada en la puerta caída de un día que se precipitaba a lo baboso hacia la derrota absoluta. Un cúmulo de aire fresco rozando mi cara, haciéndola sentir viva. Un par de horas de risas sin parar, de pasados rememorados, de cartas puestas sobre la mesa, de negociaciones satisfactorias, lúcidas, lúdicas, entrañables.
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La Jirafa falló en algún momento conmigo, me dio la espalda y se arrepintió tanto que todavía sigue creyendo que me debe una. Yo no la desmiento, pero tampoco le acepto la deuda: en algún momento, estoy seguro, le he pagado con plata de reventa, y eso ha equilibrado la balanza, aunque la amistad ha cambiado, y con ella la relación entre ambos, y nos ha hecho más concientes de quiénes somos, qué necesitamos, qué queremos, qué podemos dar el uno al otro. Nos ha hecho más hermanos, lo que no necesariamente significa "más queridos".
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Con La Wera la situación es otra: en mis malos ratos me ha mandado mails enternecedores, ha dado la cara por las veces que en sus malos ratos he respondido yo. Por eso cada vez que nos vemos, nos miramos a los ojos con el semblante mismo de un par de buenos negociantes, de buenos vendedores, de buenos amantes. La Wera vuelve a mí muy a lo largo, pero eso no quita que cada vez que podemos nos recordamos que estamos el uno para el otro, en las buenas y las malas, así Giovannita pronostique un terremoto -'nche vieja-, o Mujer Hoy decida quitarme los libros que conseguí en FIL y que representan para mí tanto trabajo, tanto esfuerzo, tanta madre.
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Hoy he tenido un buen regreso a las tres cosas que sostienen mis revueltas. Las tres, me han dado con buenos semblantes la bienvenida. Los libros que ahora mismo preparo para entregar a manos ajenas, que, siendo muy sincero, siento que no los merecen, me han dicho "ánimo, ya tendrás dinero para tenernos de vuelta en tu corazón". La música, mi música, me ha recordado cuánto puede cambiar un individuo simple y humano de un minuto a otro, y cuánto vale la pena regresar al pasado para descubrir los aciertos y errores que hemos permitido nos cambien. Los amigos, mis amigos, me han recordado que soy humano, y que tenerlos conmigo, también humanos, es un buen bálsamo para el cansancio en los pies, un buen aliento para el alma debilitada, y un buen brazo para el caminar trajinado. Son todo, son todos.
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¡Salud!

domingo, 14 de diciembre de 2008

Y retiemble en sus centros la Tierra.

Bonito aviso me trae la tarde. Ya estaba yo preparándome para mi baño vespertino de azaleas y flores rojas, cuando, al revisar rutinariamente mi correo electrónico, me he topado con un mensaje de La Wendy que, al estilo cadena, dice advertir de un terremoto que azotará las costas de América desde Los Cabos hasta Perú, dejando mucho desastre, mucho herido, y mucha zozobra.
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A mí el mensajito, ya lo podrán adivinar, me enchiló la punta del hígado por ambos lados. Contra La Wendy no tengo nada: ella sabe a la perfección lo que la quiero, abrazo y contradigo a diario. Mi problema es realmente contra los creadores de semejantes alucionaciones y defecaciones mentales, que se placen de sembrar el miedo, la duda, la incertidumbre y hasta el terror, y luego, ya que tiraron la piedra, esconden la mano o dicen "se los dije" con aires de adivinadores, magos y sabios todopoderosos.
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Dice el creador del mail, cuyo nombre me viene guango, que una tal Giovanna fue la áurea y dadivosa pronosticadora de semejante desastre natural. Y luego argumenta, el desgraciado, que Giovanna predijo la caída de las Torres Gemelas, en 2001, el triunfo del hoy Presidente Calderón, el derrumbe de la bolsa, y la migraña de su esposo. Agrega el infeliz que la tal Giovanna también pronosticó cosas que no han acontecido, pero que "de seguro pasarán, dada la gran habilidad y el largo prestigio que sucede a la adivina mexicana".
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Por mí, la tal Giovanna puede adivinar que AMLO tiene hemorroides, Chiapas no es un problema para México y el asunto del narcotráfico se resolverá en tres minutos. Por mí, Giovannita puede también decir que la Iglesia cerrará sus puertas para evitar la sobrepoblación de feligreses, que los libros se borrarán y que la Coca de dieta desaparecerá. Puede, en pocas palabras, la tal Giovannita decir misa. Lo que no es tolerable, lo que no puede hacer, es soltar un dato tan detonante a lo menso, como esperando ser reconocida cuando, si es que tiene la tal mujer un don que falta ver si en verdad es posible que exista, lo que debería de hacer es poner al servicio de todos la información que calla, las mentiras que inventa y las alucionaciones que se avienta.
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Al margen de tiempo que la Giovanniwis dio para el advenimiento de tal suceso, le quedan cinco días. Si para el viernes no ha temblado, yo propongo que linchemos a la tal Giovanna en plaza pública, le rompamos la... bola de cristal, y la mandemos al exilio, para que le diga a Francia, España o Inglaterra de qué pringados males han de morirse. Pero que no atente aquí, que no venga a decirnos que la colonia Roma se va a caer, que la Latino va a desaparecer y que Televisa -la que, por cierto, le paga los libros- va a quedar en calidad de chánwich de tres pisos o rebanada de hojaldre.
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No lo tolero, y, espero, ustedes tampoco lo tolerarán. Si la doña no tiene clara la información, alguien debería prohibirle tenernos como idiotas diez días esperando un sismo, sin animarnos a subir las escaleras del trabajo, o despegando los cuadros de la pared para evitar nos caigan encima semejantes trastos de arte. Calladita, en resumen, se ve más bonita.
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Y claro que va a temblar. Pero no para que se caigan los edificios, o para que la naturaleza le dé la razón a una "profesional de los astros" -achis, achis, ni que fuera astrónoma, y de la UNAM-. Va a temblar porque diario tiembla, a cada minuto, en esta Tierra viva que no deja de moverse, de separar a las masas continentales, de arrengar a sus mares y océanos contra las superficies de tierra en que vivimos nosotros, simples mortales. Si no me lo creen, pregúntenle a un geólogo. Y ya que acaben de averiguar, se lanzan para acá y vamos todos a quitarle a la Giovanniwis sus cartas y ojos de bruja, y la colgamos del asta bandera de dónde se les ocurra, al fin que para banderas monumentales y otras inutileces, como adivinar los terremotos, o creérselas a los que dicen adivinarlos, los mexicanos nos pintamos solos.
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¡Salud!