sábado, 1 de noviembre de 2008

Una ofrendita se columpiaba...

¿Soy yo o este año hay Día de Muertos para todos y por todos lados? Es extraño, pero algo me indica que la mercadotecnia escoge fechas por año para conmemorarlas más que a las demás, y uno termina un año llenando la casa de monos de nieve, y al siguiente de roscas de reyes, o rosas rojas para el 10 de mayo, o panes de muerto. Este fue el año de los panes de muerto.
.
Pero ya le tocaba. A mí, en lo personal, la tradición de Día de Muertos me sabe bien y me gusta mejor. No soy de los que ponen altar, a duras penas de los que aprovechan el día festivo para recordar a los suyos "caídos en combate". No obstante, sí soy de los que se atascan de pan de muerto -es una vez al año, pero si lo vendieran diario, lo comería diario-, se pasan las horas contemplando los altares y ofrendas que se montan por toda la ciudad, visitan ocasionalmente un cementerio para no perderse el espectáculo que sabe a veladora, copal y cempazúchil, y tienen el sueño guajiro de aprender algún día a hacer calaveritas de azúcar.
.
Y como este año me contagiaron los naranjas, morados, lilas y negros que vi por todos lados, he decidido, por vez primera en vida, en acontecimiento histórico, montarle una ofrenda de muertos a algunas de las cosas que sé bien que han muerto para mí en lo que va del año, que ya más bien huele a año siguiente. Así las cosas, los invito a contemplar la más particular de las ofrendas. Pásenle, pásenle a lo barrido, y mañana, ya cuando hayan comido los muertitos, le entramos al mole, las tortas y las flautas.
.
Un plato de agua para la nada, y otro de aire para el miedo a la soledad. Ya lo tengo resuelto: no es que no quiera pareja, es que no tengo pa' qué. Así entendido, ni me frustro, ni me apeno, ni me pongo de malas. Que la indicada llegue cuando lo desee, se gane mis ganas y entonces sí, bien ganados los dos, se siente a sus anchas junto a mí -o sobre mí... no entendí-. Y mientras no, que se hagan a un lado todas -no estorben, que traemos cola-, dejen a este su papichulo vivir la vida agusto y estar metido en todo lo que no le importa, tal como le gusta.
.
Un plato con jericallas muy dulces, calaveritas de azúcar concentrada y betún de pastel a punto de turrón, malvaviscos cubiertos de chocolate, fresas en almíbar, ate de guayaba y caramelos en número tal como para matar a un ejército de diabéticos. Que ante la ofrenda mueran los endocrinólogos, los dietistas y los amantes de lo amargo. No, no murió mi amargura. No es que ni siquiera considere tener cierto grado de la misma circulando por mis venas. Ya no. No tengo tiempo de amargarme. Murió mi virginidad, y con ella se fueron también muchas de las grandes rastras de la inocencia de la primera edad -feo término, pero útil-. Ya asimilado el borlote y hasta guardados los lutos, no me queda más que asimilarme y quererme... como siempre... como nunca. Soy otro, pero eso me hace todavía más especial. ¡Caray, soy un paquetazo!
.
Un plato de buñuelos quebrados para mis ídolos caídos, un reloj de pulso para mis citas perdidas, un trenecito de madera y hojalata para las oportunidades que dejé pasar, un plato de frijoles para el platillo que menos como -obvio, los frijoles-, y un cuartito de manteca para los kilos perdidos en el estrés de los meses difíciles. Un paquetito de kleenex para las lágrimas derramadas, y un confetti para celebrarlas -sí, a las lágrimas, que me recuerdan que sigo siendo humano, a pesar de todo, a pesar de todos-. Unas llaves, para que ya no las pierda al volver a casa. Un cargador para mi celular muerto -y sepultado-.
.
Un flan con chocolate -¿han notado que el 90% de las cosas que ponemos en nuestros altares de muertos son comida?-, u otro postre de esos que me gustan, para los apetitos moribundos, las penas y los triunfos -penas y triunfos con pan son más chidos-. Una memoria USB para las cosas nuevas aprendidas, un cd con mi música favorita para hacer menos abrumadores los caminos en mi búsqueda de la felicidad -¿y esa para qué servirá, tú?-, y una libretita con muchas páginas para mis muchas cosas olvidadas, muertas y sepultadas también.
.
Dos corazones de pollo para dos descepciones amorosas, junto a dos escaleritas de mano para las mejorías después de los "cracks". Una lata de atún para las hambres, una hamburguesa de cadena rápida para las prisas y dos frascos de Prozac para los buenos consejos. Un buen consejo.
.
¡Caray! Quedó más densa la ofrenda de lo que yo pensaba. Será cuestión de moderarla... o darse cuenta de todo lo que se puede vivir en un año. Otro como estos y tiro la toalla -en el sentido menos vulgar que la expresión amerita-. Y a todo eso faltaría agregar un corazón de cofre para guardarlo todo, incluidos los nuevos amigos y las nuevas vivencias, los viajes, los viajezotes, los tropezones, cosas no muertas, pero que igual ya pasaron. Si le sigo voy a terminar pensando. ¡Dios no lo permita! Ya, ahí le paro. Feliz Día... Internacional del Pan de Muerto.
.
¡Salud!
Faltan (sí, todavía) 29 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara 2008.

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Te tengo una sorpresa, para que te relajes en estos días:


Estaba la muerte sentada
esperando al buen escritor
le había traído serenata
para llevárselo al panteón

Agustín no se lo esperaba
y sorprendido se quedó
al ver a la muerte parada
de rodillas reclamó

he sido un buen muchacho
y no merezco aun morir
por favor yo te lo pido
al pozo aun no quiero ir

a la muerte no le importa
ya que tiene una razón
Agustín a sido llamado
y al pozo lo llevó

JAJAJAJAJAJAJAJA apoco no esta genial, bueno al menos hace reír, no la hice yo, bueno no del todo, yo participe, y aguas que la calaca viene por ti, JAJAJAJAJA