viernes, 21 de noviembre de 2008

Frigorífico asunto es el frío.

Hace frío. "Ay, ya empezó este con sus obviedades", va a anunciar seguramente el sabio lector de este su blog, que va que vuela para alcanzar las 250 entradas... hasta pasado el 2010. Y es que justamente el frío, que es tan obvio como se siente, ha traído mi cerebro en fase neanderthal, con más prejuicios que beneficios, y menos pensamientos que lapsus brutus. El problema del frío, que me trae tan menso, es que me gusta.
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"¡Chin, ahora ya pasó a lo personal, y se nos va a perder!", sale a la luz el comentario del lector, y hasta acá, a estas -también- frías lejanías, me llega su voz. Pero sí, tendré que apechugar y hacer oídos sordos -no mudos, ni que esto fuera sinestesia- a todo comentario, porque la verdad es que el frío me gusta, y yo, con tal de hablar con la verdad, ni a las críticas cedo lugar.
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El punto es que el frío llega y lo pone a uno a pensar. "Oh, pues, ¿qué no habías dicho lo contrario, que el frío te trae más menso de lo que ya naturalmente estás?". Sí, queridísimo -?- lector, sí dije eso, pero olvidé agregar que lo menso que me pone el frío no se compara en nada con lo mucho que puede inspirarme: por él dejo de hacer muchas cosas -como salir a caminar, cosa que tengo por costumbre inquebrantable-, así que es de esperarse que mi tiempo libre -friolento también, ¿hay acaso algo más frío que el tiempo mismo?- lo dedique yo a otras cosas, como pensar.
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Y pensando, llegué a la conclusión de que el frío hace muchas cosas por nosotros. Para empezar, descubrí que el frío lo pone a uno más guapo. No, les juro que no estoy divagando, no más de lo que comúnmente divago. A ver, vayan al baúl de sus recuerdos, o al rinconcito del gabinete de la cocina donde guardan sus álbumnes fotográficos, y saquen toda la marabunta de fotos desordenadas y apolilladas. O, si ya se las dan de muy tecnológicos, abran sus archivos digitales y extraigan dos fotografías suyas, una tomada en un día caluroso y otra en un día de chamarra, bufanda y mitones.
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¿No notan ninguna diferencia? Yo sí. A mí el frío me pone guapo, me hace ver más chulo y hasta me quita años de encima -arrugas incluídas-. ¿Por qué? No sé, pero las fotos en las que mis poros nasales salen más abiertos, mi frente más calva y mis cachetes más prominentes, son definitivamente fotos de verano. Las de invierno son otra cosa: uno me ve posando frente al árbol navideño, o rodeado de regalos, y no tiene otro aprecio de mi persona que el de ser un émulo de Adonis prominente, un Brad Pitt ojinegro en sus mejores años, un latin lover -no, no, el luchador no, el otro latin lover, que es más genérico- con dientes perfectos y look ensuetereado, tipo catálogo de Hugo Boss.
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También llegué a la conclusión, luego de estar mirando con recelo el último paquete de galletas que rodaba solito sobre la mesa de la cocina -es que eran galletas circulares, y estaba entrando aire (también frío)-, de que con el frío a uno le entran repentinas e insaciables ganas de tragar. Ojo, lector avezado: no dije "comer", ni "alimentarse". No, eso sería moderado, suficiente y satisfactorio para el buen nutrimento de nuestros cuerpecillos. Dime "tragar", así, de rompe y rasga, toma y daca, agárrate que ahí te voy.
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Y de la cocina, si se descuida la alacena, agarramos parejo: chocolates, papitas, pastelillos, galletas, dulces y cacahuates, y toda esa mole de cosas que los mexicanos compramos como si crecieran en los árboles, y que terminan creciendo en nuestras caderas y abdómenes prominentemente. El frío, si algo tiene, es que engorda.
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"Ay, ya empezó éste con sus complejos corporales", escucho decir al afable lector. Pues no, no es eso -esta vez-, sino que mis estadísticas personales -comprobables al ver los cuerpecitos esponjosos de mis compañeros de escuela al regresar de vacaciones invernales cada febrero, después de que en diciembre uno los dejara en calidad de vacas hambreadas, más para dar lástima que contento-, mis estadísticas personales, decía, demuestran que uno de cada un mexicano engorda en invierno. Por cierto, en lo que escribía esto, el frío ganó y el paquete de galletas circulares ya no rueda más en la cocina. Amén.
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El frío también nos pone comprofílicos. Todo mundo quiere hacer compras, y las compras tienen, definitivamente, destinatario. El destinatario es diverso: hay quienes compran para estrenar la tarjeta de crédito, con lo que hacen de su destinatario a la tienda departamental; hay otros, sin embargo, que compran para comprar poquito, haciendo destinatario de su compra a su bendita tacañería. Yo no compro -?- Ahí la dejo.
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Finalmente, mientras me zampaba la última galleta circular, llegué a la conclusión de que el frío nos pone melancólicos. Basta una tarde de ocio -ocio obligado, porque nadie quiere salir a hacer algo con el reverendo frío que azota la ciudad- para que se vengan a la mente toda clase de seres desaparecidos, desde la miss de inglés de la primaria, que no dejaba de gustarnos por más que se divorciaba, hasta la última neurótica secretaria con suéter de reno de Santa Claus que nos atendió en el último trámite burocrático. Vaya, con decirles que el frío hace que uno comience a añorar la presencia hasta del cilantro pegado en el colmillo superior de la boca del último camionero que nos arrancó el transvale de la mano y casi nos escupe antes de dejarnos pasar a "su unidad". "Híjole, tan cafre el bigotón, y con esas lonjitas tan bonitas", comienza uno a pensar, arropado en el sillón.
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Por eso es por lo que yo, mejor, escribo, porque escribir es la forma más certera de no dejar que el frío más terrible, el del corazón, se apodere de nosotros. Si ustedes tienen frío, les recomiendo emigrar, como los patos, a algún clima más templado, o, ya de perdis, tomarse muchas fotos. Aprovechen que el frío nos pone guapos. En verano, cuando quieran fotos sexys en la playa, ni la cámara ni el calor cederán belleza a sus atolondrados rostros. Por eso, viva la belleza. Viva el frío.
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¡Salud!
Faltan 9 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Con frío y todo, pero ayquir.

1 comentario:

Gala dijo...

Amo el frío, acá en MTY ya hace bastante. Ayer fui a una inauguración de una exposición y si corroboré que la gente se pone más guapa con el frío y a media luz. L. O. L.

Todo es más elegante, más cordial y aunque nos apegamos a un consumismo desmesurado en esta época es la mejor del año, hay más conciertos, más libros, más cine, más de todo, aunque el bolsillo no parezca estirar mucho para todo alcanza, muero porque sean los últimos días de Diciembre para ir a mi tapamocha perla e ir de compras con mi madre y mi hermana.

Como buenos seres postmodernos, esperaremos que el año que entra por se año nuevo, será un año mejor y el ciclo comenzará, nos pondremos a dieta para quemar las calorías extras del ponche, las cenas y el pavo. Haremos propósitos que tendremos olvidados para marzo y todo volverá a su ciclo normal de locura y perdición. Guadalajara y Monterrey se derretirán bajo el calor de mayo –más MTY- se volverán de papel en el tiempo de lluvias y podremos engordar de nuevo –benditas estrías- para el próximo frío.