domingo, 30 de noviembre de 2008

De Bermeja a Barataria.

Este es un paréntesis chismográfico, anterior a mi comentario diario respecto a la FIL 2008. Consultando el raquítico y paupérrimo sistema de noticias de T1 Msn, que amablemente me informa día con día de las novedades más intrascendentes del mundo entero -ojalá no se tomara la molestia, digo yo-, me he encontrado hoy una noticia tan arrabalera como cuchufletera -osea, nada chingüengüenchona, nada importante, totalmente inestable, absolutamente inviable y radicalmente opuesta a los intereses de mi educación, nuestro blog -sí, también es suyo, y tuyo, y de él, y de todos los demás, que cooperan con los gastos- y la conciencia del país.
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Resulta ser que Bermeja es una isla... no, ya desde ahí, de entrada, estoy mal. Bermeja solía ser una isla que figuraba en los tratados cartográficos marítimos mexicanos desde el siglo XVI, y hasta 1946, cuando el gobierno mexicano editó un libro sobre islas y arrecifes nacionales, Bermeja seguía ahí, redondita y verdecita, a cien kilómetros norte del estado de Yucatán.
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Pero en los '90, según me dicen mis informantes, cuando México negociaba con Estados Unidos un acuerdo para delimitar las fronteras marítimas entre ambos países, ya saben, por aquello de los intereses petroleros, que requieren siempre pintar raya, el gobierno mexicano envió a un grupo de investigadores para conocer la localización exacta de la isla.
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Y, ¡oh, sorpresa! Los investigadores fueron, vieron y no vieron nada: en el lugar en que los antiguos tratados de cartografía marítima marcaban el puntito que simbolizaba a Bermeja, no había ni árboles, ni pájaros, ni tierra: nada, a lo sumo, imagino, el profundo y rasposo silencio de las inmensidades desoladas -¡ámonos! se puso poético el blog-.
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Ahora, con todo el debate reavivado -¿pus cuándo ha estado muerto?- en torno al petróleo y sus reformas -aviso al margen: el petróleo nunca se reforma: lo que se reforman son las leyes que giran en torno a él, intentan resguardarlo, manipularlo o explotarlo. fin del aviso al margen-, la cosa se ha puesto gruesa, y los diputados de las distintas facciones, que siempre están intentando aplicar sus arraigados y profundísimos conocimientos en el doloroso y complejo arte de no hacer nada, decidieron trasladarse hasta el lugar donde -quesque- estaba Bermeja, y corroborar de una vez por todas si nunca estuvo ahí, o si se nos desapareció, o si se hundió por el calentamiento global, la recesión económica o alguna de esas otras causas de todos los males mundiales.
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Como sus sueldos millonarios no les alcanzaban para ir en avión, decidieron pedirle a la UNAM prestado un navío explorador. Pero la UNAM, que vio a Manlio Fabio y a la Gordillo -ah, no, esa ya no es diputada, nada más se queda en las cuatro letras intermedias de la palabra-, bueno, a Manlio Fabio y a Ruth Zavaleta como con ciertos aires de robacoches de la Ángeles, decidió mejor someter a consideración de su Consejo General Universitario si le prestan el coche o no a los niños desquehacerados.
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Entre si se deciden si van o no, y quién va y por qué -tengo entendido que Encinas ya solicitó lo dejen ir, aunque sea en la cajuela-, les explico el fundamento de mi sospechosismo -ah, es que, faltaba decirlo, todo este asunto de Bermeja y su parecido con cierta palabra castellana de uso coloquial con que designamos, en femenino, a todo aquel ente que no da muestras de poseer amplia o profunda capacidad intelectual, todo este asunto de Bermeja, decía, me trae sospechosista-. Mi sospechosismo radica en el hecho de que, según mis informantes, si México hubiera encontrado en los 90 a su ansiada islita, hubiera podido pelearle a Estados Unidos una fracción más grande de territorio marítimo explotable de la que se le concedió -o se acordó- en el ya mencionado tratado.
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Pero no. Bermeja nomás no dio señales de vida, y México tuvo que quedarse con muchos miles de kilómetros menos de mar explorable y cargadito, sobra decirlo, de petróleo, ese recurso no renovable que tanto sustenta nuestra economía, y tan fritos trae entre sí a todos los distintos y distinguidos miembros que forman la opinión pública -ustedes y yo incluidos-.
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A mí todo esto me suena, siendo sincero y francote -¿cuándo no?-, a los dramas estilo el pastelero francés de la Merced cuyo reclamo de pago de pérdidas supuso detonar la invasión francesa a México en 1862, o estilo también el asesinato del archiduque austriaco Francisco Fernando, cuyo asesinato, en 1914, supuso detonar -sí, también- el inicio de la primera Guerra Mundial. Bermeja, y, repito, su semejanza con "pendeja" -oops, ahora sí lo dije-, me suena, en resumen, a uno de esos pretextos pendejos para pendejear y hacer actos pendejos, los cuales terminan, casi indistintamente, por cimbrar los suelos y modificar la historia de las naciones, no necesariamente pendejas.
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En la segunda parte de su libro El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Sancho Panza, el gentil escudero de don Quijote, recibe de manos de un duque el supuesto gobierno de una supuesta ínsula, supuesta porque no era ínsula, ni el gobierno era gobierno como tal, llamada "Barataria". Barata era Barataria; pendeja es Bermeja. La historia, y sus nombres, me sorprenden. Sancho se lanzó a gobernar airado y ufano una isla barata, de pacotilla; nuestros diputados quieren encontrar, pendejos como suelen ser y estar, una isla pendeja, para motivos pendejos, que no logran repeler el pensamiento unívoco entre los mexicanos: lo que hace falta no es buscar más petróleo, ni siquiera cuidar el que ya hay, sino encontrar medios verdaderos, sustentables y a todas luces provechosos, de mantener nuestra economía. No baratijas, no pendejadas: realidades útiles y fructuosas.
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Yo, por mi parte, y para no quedar en el plan de esos observadores políticos que suelen decir cuán mal estamos, sin dar su propia solución a nuestras desgracias, yo, decía, por mi parte, propongo que la base de nuestra economía comience, de ya, a ser el libro. Como dice el comercial de Pronósticos: Ya me vi. Ya me vi: México en la cumbre de la industria editorial no sólo de habla hispana, sino mundial, internacional. México fabricando -y exportando- libros de editoriales mexicanas, argentinas, españolas, estadounidenses. México haciendo guiones, películas, promoción exhaustiva en torno al negocio de los libros. México sin petróleo: pero lector, rico y feliz.
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Claro que hacen falta muchas cosas. No se me escapa de las manos el hecho de que mi solución también es barata y pendeja, de tan soñadora, digo. Pero yo sí creo que es posible construir estrategias y realidades partiendo de sueños. Bermeja y Barataria son dos sueños emparentados, baratos y pendejos por igual. Me decía al respecto mi beatífica madre, citando a un respetado suyo, que no mío, pero teniendo a la vez una excelente idea: "Soñar y os quedaréis cortos", dijo alguna vez el fundador del Opus Dei, hoy canonizado ya, José María Escrivá de Balaguer. Yo ya estoy dispuesto a soñar, y espero ustedes también. Soñemos, y nos quedaremos cortos.
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¡Salud!
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Son ya 2 días de Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Ustedes, ¿ya vinieron? ¿siguen soñando?

1 comentario:

Fantômas dijo...

Me gustaría que opines en esta entrada de A Saucerful Of Secrets.
Hay mucho por comentar de un disco de tal magnitud e historia.

Un abrazo.