miércoles, 15 de octubre de 2008

Una monja a todo dar.

En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?
Sor Juana Inés de la Cruz.
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Van a decir que ya era hora, que lo tenía yo prometidísimo y que nomás no daba mi brazo -ni mi pluma- a torcer. Van a decir que soy un jineteador de las verdades, un juguetero de las razones y un artífice de las lecturas. Y tendrán razón. Soy todo eso -que es como decir que soy un embaucador, pero más refinado- y mucho más. La cuestión es que no quería yo entregarles mi visión de sor Juana Inés de la Cruz-que es, en realidad, múltiples versiones- hasta no estar bien seguro en lo que iba a decir.
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Y ahora lo estoy, porque para hablar de la llamada "Décima musa" hay que tener la seguridad andante enmarcada en las palabras. Sor Juana Inés de la Cruz, o bueno, más bien dicho, Juana Inés de Asbaje y Ramírez, vino al mundo en fecha incierta. "Chin", van a decirme, "ya empezaste con incertidumbres". Y tendrán razón, a medias: la incertidumbre no la tengo yo, que confío a pie juntillas que nació, sino sus biógrafos e historiadores, que no saben si el asunto ocurrió en 1648 o 1651. Y es que su fe de bautismo, junto con otras muchas fes de bautismo y otros muchos documentos de toda índole, se perdieron en las metidas y sacadas -¡Jesús bendito!- de actas eclesiásticas -ah, ok, así sí- que formaron parte del desbarajuste -o uno de tantos- de la llamada Guerra de Reforma.
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Se sabe, sin embargo, que comenzó a escribir desde temprana edad -8 añitos, la muy inspiradita-, y que el primer contacto que tuvo con los libros -entiéndase literatura, medicina, filosofía, física, química, astrología, astronomía, anatomía, botánica, biología, teología y hasta alta cocina- le llegó a Juana Inés vía abuelar, osea, por la biblioteca que en casa tenía su abuelo materno -del paterno, incluso del padre, no sabemos nada-, un hacendado de letras y sobresaltos -enseñó a leer y escribir a sus cuatro hijas mujeres, algo insólito para una sociedad estructuralmente machista como la novohispana-.
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Educada para funcionar en las altas cortes virreinales -lo de "altas" es puro adjetivo insulso pa' que suene más bonito-, Juana Inés comenzó a moverse en las más altas -aquí sí cabe- esferas de la socialité novohispana. Ella misma afirma en su Respuesta a sor Filotea de la Cruz, que pudo tener acceso a las mieles del placer, el lujo y la fantasía cortesana. Para cuando decidió entrarle al convento, Juana Inés se había convertido ya en la poetisa oficial de la pompa y pompa del México del siglo XVII.
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Prueba de ello es el hecho de que sor Juana pudiera ingresar al convento -a dos, primero al de las Carmelitas Descalzas y luego al de San Jerónimo, en el que pasaría el resto de su vida- aún proveniente de una familia de no muchos recursos económicos. Su protectora, la Marquesa de Mancera, pagó no sólo su dote sino su manutención -incluidos algunos libros e instrumentos de alquimia-.
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Sor Juana -ahora sí, ya es "sor"- entra al convento de San Jerónimo tras haber pasado unos meses en la corte virreinal tras su salida del convento de las Carmelitas, lo que bien podría hablarnos de que no era en su casa dónde se sentía más cómoda, sino entre la crema y nata que tan bien la recibía. El punto es que, una vez vuelta jerónima -se ordena, según dice cierto documento del convento, en 1670 aproximadamente-, la monja pudo entonces quitar el velo de la seguridad vocacional religiosa que mantenía sobre su rostro para poder ingresar a la orden religiosa, y dedicarle todo su tiempo libre al esfuerzo del conocimiento.
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Sorry sentido y profundo por los que creen que la monja más famosa de la literatura mundial le entró a lo de la clausura y la contemplación porque tenía un amor fracasado, o porque era lesbiana de clóset -yo creo todo menos esto-, o porque nomás no se hallaba en el mundo. Entendamos su decisión en el concepto de su individualidad enmarcada en su sociedad, en la Nueva España que le toca vivir: su gusto por la lectura y el aprendizaje, por la búsqueda de la verdad, tiene dos caminos posibles: o consigue alguien que le pague los placeres -un esposo, cabe aclarar-, cosa complicada para una sociedad donde la Iglesia tenía en su poder libros y traductores, o desiste de su intento por saberlo todo.
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Nada. Entra al convento y, entonces sí, aprende lo que puede, hasta más. Incansable, inestable incluso, se rebela contra todo aquél que le pide termine de leer y empiece a buscar a Dios. Su superiora le reclama, le dice que no es asunto de mujeres el entendimiento de las cosas. Sor Juana contesta, en alegato sin igual, famoso: "Tonta, tonta, más que tonta". La madre superiora corre con el padre prior de acusona. El padre escucha el reclamo: la madre Juana Inés de la Cruz no hace más que leer, leer y leer, medir, conocer, preguntar. "Me ha dicho tonta, tonta, más que tonta". El padre no defiende ciegamente a la superiora, cosa esperable por su condición de mediador. Antes bien, contesta: "¿Le ha dicho tonta? Demuestre que no lo es y se le hará justicia".
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Y dentro del convento tampoco faltan los encargos: silvas, redondillas, sonetos, liras, puestas teatrales nacen de su mano y se convierten en el disfrute de toda la sociedad novohispana. Al final, asegura sólo haber compuesto una obra para su propio placer: “El sueño”, el gran poema de la literatura novohispana, tratado y retratado por cientos de intérpretes de todos los idiomas hasta nuestros días.
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Sobra decir lo que todos hemos leído o escuchado en nuestros cursos de literatura en secundaria o bachillerato: declarada defensora de sus derechos como mujer, es también preclara disertadora en torno al tema. “Hombres necios…”, “En perseguirme, mundo,…” y otras muchas composiciones suyas, retratan una sor Juana sumamente preocupada por el acceso de la mujer –egoísta: su acceso- a entornos más equitativos de trato genérico.
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Para mí, más que encasillar su perspectiva en un término como “feminista”, es válido interpretar en sor Juana los arranques, las desveladas (“Nocturna, más no funesta, de noche mi pluma escribe”), e incluso los desvaríos (llegó a cortarse el cabello y vestir de hombre antes de ingresar al convento), como los síntomas de un enamoramiento: el de la monja –que además era experta cocinera, dicen sus biógrafos- hacia el conocimiento, la verdad, la razón máxima de las cosas.
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Creo que es por eso por el que experimento yo un vínculo singular, cada vez más fuerte, con “La Fénix Mexicana”: a los dos, yo hombre, siglo veinte, ella mujer, siglo XVII, nos atrae particularmente la capacidad humana de abstraer, entender, comprender, abrazar, construir; a los dos nos gusta la cocina –a mí más bien ver cómo se hace que ejecutarla, pero ahí de vez en cuando también muevo la cuchara-; a los dos nos atrae particularmente la necesidad de expresar, de sacar la verdad del fondo de las cosas cueste lo que cueste. A los dos nos gusta vivir para saber, saber para crecer. Crecer para creer. Los dos somos ego, esencia, dilema. Los dos nos debatimos, nos entregamos, nos entendemos. Los dos somos palabra.
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Ahí la dejo. Ya la alcé mucho y luego si a ustedes no les gusta me la van a hacer caer. Pero esto está bien. Si esta mujer de baja estatura y abundantes ojos negros ha llegado hasta nuestros días revestida en gloria y talento pasados casi cuatrocientos años de su habitar en el mundo, es seguramente porque supo –sabe, seguirá sabiendo- mover el abanico. Y si no me creen, no me crean: acérquense a sus obras, sus sonidos, sus figuras. Sean testigos de su ingenio. Abrácenla. Alguien que ha puesto el nombre de las letras mexicanas –hispanas- en tan alto sitio, se merece, ya de perdis, un buen abrazo y una buena lectura. Lléguenle. Hay retearto de dónde escoger.
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¡Salud!
Faltan 44 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara 2008.

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Está claro que de tonta no tenía un pelo. Yo en su lugar no sé con sinceridad que habría hecho, pero de elegir otra opción no habría sufrido menos.